A la de Nolan, me refiero, por supuesto. Ayer, haciendo caso a las autoridades y ante la alerta naranja por calor que nos animaba a extremar las precauciones, sólo salimos de casa, en coche y con el aire acondicionado a tope para ir al Kinepolis, uno de los refugios climáticos del entorno capitalino.

Del peligro de asarte esperando el Metro en las desabridas estaciones no subterráneas hablamos otro día, por cierto.
Teníamos cita con Nolan. Confieso que yo iba entregado de antemano, que soy fan de su cine, incluso del más desmesurado. Pero es que, además, en casa, siempre fuimos muy de Ulises, que La Chucha era terreno abonado para la aventura.
De críos, con ramas de almendro, nylon pillado en los extremos de la madera y flechas hechas con cañaveras afiladas a cuchillo, elaborábamos arcos artesanales de lo más chulos, decorados con plumas de gaviota, al estilo de los arcos de los ‘indios pieles rojas’ del Lejano Oeste. A falta de caballos salvajes, a lomos de nuestras bicicletas BH éramos temibles.
Una tarde de verano, mi padre nos dio tremenda sorpresa a mi hermano y a mí: se había hecho con el mismísimo arco de Ulises, con esa extraña curvatura en su parte superior e inferior. Era de fibra de vidrio y tensarlo costaba una jartá. Las flechas, de madera ‘buena’, además de llevar sus plumas, tenían una puntas metálicas que no vean cómo se clavaban en los troncos de los grandes eucaliptos. ¡Tremendo!

Desde entonces, siempre que hacíamos viajes de naturaleza y nos quedábamos en cámpines que organizaban actividades de aventura, además de rutas muy montañeras y piraguas para bajar ríos, mi hermano y yo buscábamos arcos, flechas y dianas. ¡Y no se nos daba mal la cosa!

Me hubiera gustado llevar aquel arco, sin tensar, al cine. ¿Un poco de romanticismo exagerado? No sé qué cara me hubieran puesto al ir a pagar los gusanitos, la verdad.
Jesús Lens



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