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Arqueología en clave negro-criminal

Estos días confundo lecturas y no sé si tengo entre manos la novela o el periódico. Porque ha querido la casualidad que el final de agosto en que se ha producido el robo del conocido y valiosísimo Tesoro de Villena me haya pillado leyendo ‘Los malos muertos’, de Elisabeth Anglarill publicada por la editorial Siruela.

La novela comienza con una sorpresiva aparición, en absoluto áurea. En 2012, el hallazgo de unos restos óseos en las ruinas de Empúries sacude a la población costera de L’Escala. Vale que estemos en un yacimiento de tiempos de los griegos y por el que también pasaron los romanos, pero la presencia de unos botones más o menos modernos y del capuchón de una pluma hace que de dichos restos se haga cargo la Policía en vez de los arqueólogos.  

Y no va a ser una investigación fácil, que en una osamenta “no hay ni huellas dactilares ni nada. Queda bien poco de lo que fue. Aquí la verdad se esfumó hace tiempo”, señalará el forense, que “prafraseaba una sentencia clásica de la investigación criminalística”.  

Lo peor para las investigadoras al mando es que al poco tiempo aparece un segundo cuerpo en la playa. Y éste, desde luego, no es un resto arqueológico. No hay duda ahí. 

La agente Alex Sabell se encuentra inmersa en una investigación que, por haces del destino, terminará afectándole personalmente, no en vano, ella es nativa de L’Escala. Y verá cómo el pasado se empieza a filtrar en el presente. Y es que, muchas veces, lo que pasó entre ayer y antes de ayer condiciona el aquí y el ahora. Por doloroso y extraño que pueda parecer. Y ser.

‘Los malos muertos’ es una fascinante novela que combina lo policíaco con lo histórico. Porque también nos trasladaremos a 1912, cuando la ilusión de Mateu Mercader, un joven arqueólogo recién llegado a las excavaciones de Empúries, se desvanece al descubrir que los más descarados expolios están a la orden del día. ¿Se pondrá del lado de los que se enriquecen con el tráfico de piezas históricas o hará lo posible por ponerle fin? Porque cada pieza extraída del yacimiento y alrededores será objeto de codicia. 

¿Ven lo que les decía? Que la pulsión por el tráfico de restos arqueológicos lleva de triste ‘actualidad’ desde hace décadas. Siglos, incluso.

A estos personajes hay que sumar a Jérôme Tolbert, un comisario francés prejubilado que andaba haciendo prácticas de arqueología por la zona y que no dudará en apuntarse a una de las investigaciones. Paradójicamente, a la en apariencia menos interesante: la del muerto de décadas atrás. ¿Pero y si precisamente ahí radicara parte de lo que pasa ahora? 

Y no deja de ser una feliz coincidencia: Tolbert “se preguntó por qué estaba estudiando arqueología y no filosofía, sociología o cerámica. ¿Se engañaba a sí mismo? No podía investigar más casos porque estaba prejubilado, pero podía ser detective de la historia. Al fin y al cabo, era lo más cercano que se le ocurría a una investigación criminal. Se requería la misma combinación de observación, precisión, perseverancia e intuición”.

La investigación de unos crímenes cometidos en un entorno arqueológico en plena excavación le permite a la escritora, Elisabeth Anglarill, que también es periodista y guionista llevarnos de viaje en el tiempo y en el espacio. De hecho, ya tengo Empúries y el Alto Ampurdán como destino viajero apuntado, que también quiero visitar Girona. Por lo histórico y monumental, pero también por lo baloncestístico y gastronómico.

Pero de eso hablamos otro día. Ahora, a entregarse a ‘Los malos muertos’ para seguir disfrutando del verano lector. 

Jesús Lens 


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