Un soberbio cómic artefacto

Los libros muy buenos, los excelentes y significativos de verdad, también se dividen en dos clases. Por una parte, están los que te conmueven y te remueven. Los que te tocan la fibra sensible y te dejan cavilando. Los que te hacen correr a las redes para recomendar su lectura. Los que regalas a las amistades una y otra vez. Me acaba de pasar, por ejemplo, con ‘Catedrales’, de Claudia Piñeiro.

Y luego están los libros que, además de conmoverte y removerte, te mueven. Te empujan. Te llevan a hacer cosas. Libros tan deslumbrantes que te invitan a viajar, por ejemplo. Que al abrirte la mente, te conducen a nuevas y diferentes lecturas. Que cambian tu forma de ver las cosas. Que te llevan a hacer cambios en tu vida, por sencillos e intrascendentes que parezcan. ‘Warburg & Beach’ es de uno de estos.

Me cuesta definir el artefacto alumbrado por el talento de Jorge Carrión y Javier Olivares, recién publicado por Salamandra Graphic, como cómic. Y no porque tenga nada en contra del noveno arte o me parezca algo menor, que ya saben ustedes de mi pasión por los tebeos.

En formato acordeón, ‘Warburg & Beach’ se puede leer de principio a final o de final a principio. Se puede leer como una historia doblemente lineal, por supuesto, pero pide a voces desplegarse en toda su inmensidad para gozar de su enorme caudal de posibilidades gráficas y narrativas. Lo que han hecho Carrión y Olivares es un tour de force en el que la labor de edición de Catalina Mejía resulta especialmente reseñable.

Estamos ante un collage narrativo en el que se cuenta la vida y la obra de la librera Sylvia Beach y del historiador alemán Aby Wargur, conocido por haber alumbrado una de las bibliotecas personales más singulares de la historia. Se trata de un encendido homenaje a dos prescriptores literarios cuya magna obra no está constituida por lo que escribieron o pintaron, sino por lo que hicieron con y en torno a los libros: crear espacios míticos en los que pasaban cosas. Puntos de encuentro, diálogo, reflexión, diversión y descubrimiento en torno a la literatura.

Tengo curiosidad por saber qué harán con este artefacto tan especial nuestras librerías especializadas en cómics, de Picasso y Subterránea a Dune, Flash o Cómic Stores. ¿Dejarán ejemplares abiertos para que la clientela los manipule a su antojo, desplegando el atlas de mitología literaria que atesoran? Ojalá que sí.

Jesús Lens

¡Pónganmela! ¡Póngansela!

Para viajar al Malí, hace ya la intemerata de años, me tuve que poner mil y una vacunas. La mayoría eran voluntarias, aunque recomendables, incluyendo la profilaxis de la malaria, enfermedad que sigue sin vacuna. Pero había una sin la que no podías entrar a la mayoría de países de África: la de la fiebre amarilla. Era requisito sine qua non. Como tener el pasaporte en regla y pagar una morterada por los visados.

Nunca dudé en pincharme todo lo que me proponían los expertos del Centro de Vacunación Internacional, de la polio a la hepatitis A, el tifus o el cólera. Y la fiebre amarilla, claro. Porque, insisto, si no tenías tu carné de vacunación en perfecto estado de revista, te quedabas en tierra.

Quién me iba a decir, tantos años después, que volvería a estar preocupado por las vacunas y que la cuestión del certificado iba a generar tanta controversia en la Europa del siglo XXI. Vaya por delante que me quiero vacunar. Cuanto antes, mejor. Por edad me toca la AstraZeneca, que no parece tan buena y resolutiva como otras, pero entre el 0% de protección y el 75%, ¿qué quieren que les diga? Ojalá hubiera barra libre de Moderna y Pfizer, pero no es el caso.

Sorprende que muchos de los que hace unos meses dudaban de que las vacunas para la Covid-19 se pudieran desarrollar en tampoco tiempo, ahora se muestren desdeñosos ante una protección del 75%, mirándola por encima del hombro. Con cuatro millones de personas paradas y otro millón en ERTE, ponernos de forma masiva toda vacuna testada que esté disponible en el mercado es un ejercicio de responsabilidad social y solidaridad comunitaria. Y si ahora no nos toca la mejor, ya que hay personas de riesgo que la necesitan antes que nosotros, que nos pongan la siguiente en el escalafón.

¿Y la obligatoriedad? Tema espinoso. Ya antes de la pandemia detestaba furibundamente a los antivacunas por ser unos magufos egoístas que se aprovechaban de la inmunidad del rebaño, el ejemplo mejor acabado de los progres-regres, como los llamaría el hermano Ángel, célebre profesor de los Maristas.

Será complicado obligar a que todo el mundo se vacune, pero el cartel de ‘Reservado el derecho de admisión’ va a adquirir una nueva dimensión, hará correr ríos de tinta y no tardará en judicializarse. Yo, por si acaso, ya he desempolvado mi vieja cartilla de vacunación, tan bonica ella.

Jesús Lens

Operación ‘Insultar a Messi’

El Barçagate es un ejemplo de manual para estudiar en qué se han convertido las redes sociales y por qué dan cada vez más asco. Si son ustedes aficionados al fútbol, estarán al cabo de la calle. Y si no, también, que fue la noticia del día.

La detención de Bartomeu y sus adláteres por corrupción, administración desleal y blanqueo de capitales es revelador, sobre todo, por el objeto del contrato con la empresa I3 Ventures: “atacar y desprestigiar a personalidades del entorno azulgrana y a algunos jugadores como Messi o Piqué a través de las redes sociales”, leíamos ayer en Deportes.

Le he echado un ojo a la web de I3V y se vende con la típica palabrería del sector de la consultoría. “Extraemos un volumen considerable de datos para generar valor”, reza su lema. A partir de ahí, un empacho de terminología cripto-cuqui: consultora de data analytics, social analytics, report y un largo etcétera. De esparcir mierda en las redes, presuntamente, contra quienes no eran de la cuerda de Bartomeu, ni una palabra. Sobre contribuir a convertirlas en un albañal, silencio sepulcral.

El pianista James Rhodes dejó hace unas semanas las redes, a las que tilda de “antisociales”. Sigue la estela de muchas otras personas que, asqueadas del lodazal en que se están convirtiendo, huyen de ellas como de la peste, literalmente hablando. Verbigracia, el escritor Lorenzo Silva, quien no duda en mostrarse feliz y dichoso por haber dado ese paso. Lo que decenas de tuiteros le espetaban a Rhodes era tan vomitivo que daban ganas de tirar la toalla, efectivamente.

Eso hace que cada vez haya menos intercambio de ideas on line. Dado que hasta el tema más banal es susceptible de convertirse en un pimpampún y obliga a tomar partido y a posicionarse entre el blanco y el negro, sin espacio para los grises, ¿para qué meterse? La autocensura es norma general y no dejará de crecer.

Por supuesto, no todo es basura, que las redes también tienen mucho de bueno. Sin embargo, la juventud les da mayoritariamente la espalda a las viejunas y tensas twitter y facebook y optan por espacios más amables como instagram o tik tok. También proliferan los espacios cibernéticos bajo moderación que facilitan la conversación sin dejar huella, como Clubhouse. El hartazgo por la toxicidad en las redes es palpable. ¿Tomarán cartas en el asunto sus máximos responsables o seguirán haciendo como las avestruces?

Jesús Lens

Ida Lupino, directora pionera del Noir

Dada la creciente cantidad de plataformas y canales temáticos que hay en nuestra vida, al comentar en las redes sociales las películas que veo, cito dónde se pueden ver para facilitar su búsqueda a los internautas.

De un tiempo a esta parte, para evitar que algún malintencionado piense que tengo intereses espurios —y por no resultar cansino, para qué nos vamos a engañar— cuando veo películas en Filmin, no lo explicito: en lo que llevamos de 2021, pueden haber caído treinta o cuarenta títulos de su ingente y inagotable catálogo.

Esta semana, sin embargo, debo agradecerle a la plataforma española que nos ofrezca la posibilidad de ver dos películas dirigidas por Ida Lupino, una mujer del Renacimiento a la que resulta imprescindible reivindicar. Nacida en Londres en 1918, sus padres eran actores de teatro, por lo que no resulta extraño que estudiara arte dramático. Su paso al profesionalismo, eso sí, resultó casual: acompañaba a su madre a una prueba cinematográfica y fue Ida la que salió con un papel debajo del brazo en 1932.

En 1934 se fue a Estados Unidos y, tras varios años interpretando personajes secundarios, en la década de los 40, Lupino saltó a los roles principales en cintas tan famosas como ‘El último refugio’, de Raoul Walsh, uno de los clásicos por excelencia del cine negro norteamericano.

Con su segundo marido y harta del sistema de estudios, Ida Lupino creó una productora a la que llamó nada menos que The Filmakers. Y quiso la casualidad que, a comienzos del rodaje de ‘Not Wanted’, el director elegido para rodar un guion de la propia Lupino sufriera un infarto. Aprovechando su experiencia no acreditada como directora en alguna película anterior, se hizo con las riendas de la filmación y a su rol de actriz, guionista y productora sumó el de directora.

En la década de los 50, Lupino dirigió varias películas. En concreto, las dos que podemos ver el Filmin datan de 1953, ambas interpretadas por Edmond O’Brien, un actor tan solvente como poco divo. En ‘El Bígamo’, el actor interpreta a un viajante de comercio a quien el destino sitúa en la tesitura que explicita el título. Lo interesante de la cinta no está, por tanto, en descubrir la condición de bígamo del protagonista, sino en saber cómo y por qué se casó con dos mujeres… y no estar loco. Hay que resaltar el tono semidocumental de la película, el rodaje en exteriores en las calles de San Francisco y de Los Ángeles y, sobre todo, el tratamiento adulto de cada uno de los personajes: todos tienen sus razones.

En poco más de una hora —Ida Lupino iba a lo mollar de la historia que quería contar y no se desviaba ni un ápice— se les coge enorme cariño a los tres personajes principales de una historia en la que se hace una velada crítica al capitalismo que exprime al ser humano al considerarlo, por encima de todo, ‘homo productor’, sin importar la soledad, el abandono y el desarraigo al que es sometido.

De ese mismo 1953 data ‘El autoestopista’, catalogada como la primera película de género negro dirigida por una mujer. Es otra cinta de menos de hora y media de duración y, esta sí, se recrea en los paisajes exteriores por los que circulan en coche los tres protagonistas: dos amigos que iban de pesca y son secuestrados por un psicópata, un asesino en serie al que recogen haciendo autostop.

Basada en hechos reales, se trata de un noir clásico que dinamita el sueño americano a manos de un ‘desperado’, un forajido de torva mirada que anticipa los horrores que sacudirían los cimientos de la sociedad estadounidense.

Jesús Lens

¿Alguien en las izquierdas?

Ayer domingo, los perfiles en redes sociales de decenas de amigos y conocidos amanecieron teñidos de blanco y verde. Celebraban el Día de Andalucía con golpes de pecho andaluces y mucho andaluces. A algunos solo les faltó grabarse mientras interpretaban el himno con la flauta, recordando sus años mozos de la EGB.

Les confieso que me pareció pelín forzado, que no sabía yo del ADN tan verdiblanco que alguno parece tener incrustado en lo más jondo de su corazón de un tiempo a esta parte. También les digo que entre el empacho de senyeras y esteladas de unos y el madrid-centrismo mesetario de los otros, no está de más sacar pecho de cuando en vez.

Otra gente, sin embargo, cargó contra la festividad de ayer. Para los regionalistas granadinos, por ejemplo, no había nada que celebrar. Entonces me surgió una duda: la escisión podemita anticapitalista capitaneada por Teresa Rodríguez, ¿en qué punto se encuentra, soberanísticamente hablando? ¿Y su gente de Granada, Jaén y Almería?

AFP PHOTO/ JORGE GUERRERO

Me pierdo con las múltiples escisiones, fusiones y refundaciones de las izquierdas a la izquierda del PSOE. Las miro como un complejísimo juego de rol en el que solo los iniciados, avezados jugadores, saben quién es quién, qué defienden y qué políticas territoriales representan.

Ahora mismo no sabría decirles quién rige los destinos de Izquierda Unida en Andalucía. Me quedé en Maíllo. Me suena que la sucesora de Teresa Rodríguez en Podemos se llama Martina, pero nada más.

Extrapolado a Granada, al margen de Antonio Cambril, independiente, mi única figura de referencia es Francisco Puentedura, siempre en Izquierda Unida. No ubico a Elisa Cabrerizo y no tengo idea de quiénes son las cabezas visibles de Podemos en nuestra tierra. Ni siquiera sé si lo de Errejón ha tenido continuidad por estos lares.

Reconozco que soy un desastre y que me tengo que poner las pilas, pero me temo que no soy el único que anda perdido en este proceloso mar de desconocimiento.

¿Puede articularse una alternativa de izquierdas en Andalucía al margen del PSOE solo en base a unas siglas, sin que haya un solo rostro reconocible, una voz identificable al frente? Me cuesta creerlo.

Se habla de elecciones anticipadas en Andalucía. Ahora mismo, PP y Vox tendrían todas las papeletas para alzarse con un triunfo arrollador. Y eso, en pleno desgaste por la gestión de la pandemia. Los otros no están. Y no sé si se les espera.

Jesús Lens