Entre la Luna y Marte

Hace unas semanas, viendo la incomprensiblemente insulsa ‘First man’ que contaba la llegada del hombre a la luna, lo que más me sorprendió fue la cantidad de antiguallas con las que contaba la NASA en la misión del Apolo 11. Es un tópico, pero hay más tecnología en cualquiera de los teléfonos móviles que llevamos en nuestros bolsillos que en la mitad de Cabo Cañaveral. Los ordenadores, por ejemplo, parecían funcionar a pedales, los teléfonos tenían cables y las televisiones… ¡ay, las televisiones!

Hoy me acuerdo de mis padres. Era uno de sus recuerdos recurrentes, cuando los vecinos de la Chucha vieron juntos la llegada del hombre a la luna en la única tele que había disponible. Una tele culona, en blanco y negro y con interferencias, cuyas antenas en forma de cuernos había que orientar hacia el espacio exterior en busca de señal. En los días del Apollo 11, no existían Netflix ni la HBO, por supuesto, pero es que ¡ni siquiera existía Tele5!

Cuando el hombre llegó a la luna, para que nos hagamos una idea, ni siquiera habíamos inventado la maleta con ruedas y había que llevar los petates a pulso o cargados sobre los hombros.

Cuando ves películas y documentales sobre la gesta del Apolo 11, lo fácil es recurrir al tópico de que fue un milagro que, con aquella tecnología tan aparentemente arcaica, pobre y vetusta, el hombre llegara a la luna. Y no, oigan, no. Más allá de la suficiencia despreciativa de la frase de marras y al margen del valor incontestable de aquellos osados astronautas, lo que hubo detrás de la misión espacial más emblemática de la historia fueron cientos de científicos dando lo mejor de sí mismos; miles y miles de horas de investigación invertidas en la consecución de un éxito sin precedentes.

Estos días, además de mirar hacia atrás para recordar la gesta, oteamos el horizonte en busca de nuevos desafíos, de la cara oculta de la luna al sueño de Marte. ¿Qué sería de la vida sin ellos, sin los sueños?

Jesús Lens

Carchuna & Corto Maltés

Quiso la casualidad que, ayer lunes, día en que se celebraban los 50 años de la publicación de la primera aventura de Corto Maltés, estuviéramos en la Costa Tropical, con Concepción Abarca y CAJAGRANADA Fundación, entregando unas sillas anfibias para las playas de Carchuna y Calahonda.

50 tacos ha cumplido ya el marinero surgido de lo más profundo del océano -y de la fértil y portentosa imaginación de Hugo Pratt- una ocasión extraordinaria para reflexionar sobre un tema en el que no solemos reparar: la dificultad de acceso al mar para miles de personas de movilidad reducida.

 

El mar, sinónimo de goce y disfrute, de aventuras náuticas, de intrépidas singladuras, de catamaranes que surcan las aguas a toda vela, del descubrimiento submarino de los fértiles fondos marinos o del surf más espectacular; es terreno vedado para personas que, por su avanzada edad o por accidentes y desgraciados avatares de la vida, no pueden valerse por sí mismas. Para miles de personas, algo tan aparentemente sencillo como darse un chapuzón, en la orilla del mar, es imposible.

Una sociedad es tanto más avanzada cuanto mejor cuida y protege a su gente más necesitada y vulnerable. Y hacer posible que ancianos y personas parapléjicas o tetrapléjicas se bañen en las aguas del Mediterráneo, con seguridad y en unas condiciones dignas, es justo y necesario.

 

Lo decía David, responsable de Serviola que gestiona el servicio de sillas anfibias: las caras de satisfacción de gente que lleva años sin tocar las aguas del mar, cuando por fin consigue bañarse, no tiene precio. “Los hay que lloran, que te abrazan y que hasta tratan de invitarte en el chiringuito más cercano”.

 

Como chuchero de toda la vida, aunque últimamente ejerza poco, me produce una íntima a la vez que inmensa alegría que dos de nuestras playas más cercanas sean accesibles. Ha sido un empeño feliz de Conchi Abarca, peleona presidenta de la ELA Carchuna Calahonda, que se ha anotado un importante tanto para la comunidad.

Me gusta esta mujer, su carácter y su claridad de ideas, que dejó pasar las Banderas Azules –y la consiguiente foto- por no entrampar a Carchuna y a Calahonda en unos gastos inasumibles; ejemplo práctico de cómo no sobrepasar eso que se ha dado en llamar “el techo de gasto”. ¡Enhorabuena y a celebrarlo, con un baño… y un álbum de Corto Maltés!

 

Jesús Lens

En kayak por la Costa Tropical

Cuando mi hermano me despertó, a eso de las 7 de la mañana de ayer sábado, le odié profundamente, que los estupendos Premios Costa Tropical se habían alargado hasta bien entrada la madrugada. Pero me acordé de las palabras de Diego Vargas… y salté de la cama.

En su brillante intervención durante la gala celebrada en Motril, nos aconsejó impregnarnos de todas las maravillas que nos ofrece esta franja costera: monumentos, pueblos con encanto, comidas, gentes y, por supuesto, el mar. Y sus playas, calas y acantilados. Y de todo ello escribo hoy en mi columna de IDEAL.

Kayak La Rijana

Y a eso nos aplicamos mi hermano y yo, el sábado, desde muy temprano. Que nos habíamos inscrito a la 9 Travesía en kayak Costa Tropical, 14 kilómetros entre Castillo de Baños y el Cámping Don Cactus de Carchuna. Lo que pasa es que, al acostarme, el temporal y el ventarrón que rugían a nuestro alrededor no hacían previsible la celebración de la prueba.

Y, sin embargo, salimos. Que la mar estaba picada, pero se podía remar. Fuimos de la partida varias decenas de embarcaciones, entrando a trompicones al agua, sorteando las olas. Una primera parte de la Travesía, pausada, nos condujo a Castell de Ferro, cuyo castillo en ruinas, amenazado y cercado por los esqueletos de otras ruinas más modernas, da un poco de pena.

Kayak Costa Tropical

La parte auténticamente chula de la Travesía comenzaba entonces, junto a los acantilados. Es toda una experiencia detenerse y escuchar cómo el agua horada la roca y sale expulsada con violencia, por el flujo y el reflujo de las olas, sintiendo cómo respira la naturaleza y cómo resopla la roca viva.

En ese punto, el mar de fondo era poderoso y las olas a través de las que navegábamos tendrían cerca de dos metros. No es de extrañar, pues, que al desembarcar en la Rijana y echar pie a tierra, perdiera el equilibrio y me hocicara contra la rompiente, incapaz de mantener la verticalidad, tras varias horas sacudido por las olas del mar.

Al terminar la travesía, agradecimos a Álvaro y a Mar, del histórico Cámping Don Cactus, que pongan en marcha iniciativas como esta, que permiten conocer y disfrutar del Mediterráneo de forma más intensa.

Final de travesía
Final de travesía

Anímense a probar, un día de mar en calma. Con ellos o con Javi, desde la Rijana. Y entenderán el adagio latino: vivir no es necesario. Navegar sí lo es.

Jesús Lens

Twitter Lens

Cabo Sacratif

No sé si seguís las cosillas que voy publicando en el Twitter (que se puede ver en la Margen Derecha de esta pantalla o a través de mi cuenta @Jesus_Lens ) y del Facebook ( www.facebook.com/jesus.lens ) , pero estos meses  he subido un tipo de foto recurrente: un libro en la playa y, de fondo, un cabo sobre el que reina un faro.

Herejes

Ese cabo, el Cabo Sacratif, es una de las vistas esenciales de mi vida. Uno de los paisajes de mi infancia, juventud, madurez y… ¡lo que te rondaré!

Escucho esta composición de José Antonio Guerra y siento que ahí está, el Cabo Sacratif. Que ahí está su magia y su poesía. Una maravillosa banda sonora para uno de esos lugares que ocupan un lugar especial en nuestro corazón, en nuestro imaginario.

 

¡Gracias, José Antonio, por ponerle música a un paisaje único y Mucha Chucha!

Jesús Lens

CRUZAR EL CABO

Aunque ida y vuelta no son más que un par de kilómetros, nos sigue gustando cruzar el cabo, a nado, en verano. El Cabo Sacratiff. A mi hermano y a mí. Y, esta tarde, se ha venido Daniel.

Con el mar picado, cruzar el Cabo te da una inmensa sensación de libertad. Y de algo que tenga que ver con lo indómito, lo salvaje. Que estoy helado y los dedos arrugados se me pegan al teclado. Y no estoy muy lúcido para adjetivar.

El caso es que eso de echarse a las aguas y compartir hora y media de natación, con las gafas cubriendo los ojos, ora viendo la montaña, el acantilado, ora el fondo del mar, es de lo más estimulante. Agua fría, que te fuerza a moverte sin parar. Con las olas elevándote y hundiéndote, con las gaviotas por encima y los bancos de peces por debajo, el cielo y la tierra, arena y rocas.

El año pasado ya lo escribí y lo podeis leer AQUÍ. Desde hace muchos veranos, cruzar el Cabo es un reto para mi hermano y para mí. Y estos días ya lo hicimos dos veces. Por desgracia, se termina esta burbuja playera y veraniega. Cuando para muchos, aún no ha empezado, para mí ya se termina.

Cuando esté en la oficina, maldiciendo mi suerte por lo bajo, me quedará recordar estos días de sol, playa, libros leídos al aire libre y, por supuesto, la sensación de libertad que provoca eso tan sencillo que es cruzar el Cabo.

Jesús Lens, arrugado, pero contento.