Estos días, cuando leo la información que publica nuestro periódico sobre las narcolanchas, alucino. Y no les cuento la impotencia e indignación que siento al saber de las embestidas que sufre la Guardia Civil cuando las persigue. Hace unos días, dos agentes murieron en Cádiz y otros quedaron gravemente heridos durante una larga persecución que comenzó en Huelva.

Lo he escrito otras veces: somos demasiado permisivos con todo lo que tiene que ver con el narcotráfico, sea de hachís, marihuana y hasta de cocaína. ¡No está lo suficientemente mal visto en la sociedad! Sobre todo porque hay mucho consumidor más o menos habitual que no se plantea cuestiones éticas sobre esta modalidad de delincuencia, sus orígenes y consecuencias. Eso y que mucha gente se lucra del tinglado, directa o indirectamente, tampoco vamos a engañarnos ni a hacernos trampas al solitario.
Y luego está la cuestión romántica del forajido, del outlaw. ¿Qué les voy a contar, cuando soy el primero en fliparme con la historia de Bonnie & Clyde? Seguro que les suenan. Pero también me jugaría un DVD de la película de Arthur Penn a que el nombre de Frank Hamer les dice mucho menos. Y es que se trata del Texas Ranger que tendió la emboscada a los gángsteres en la que fueron ‘abatidos’ a tiros.

Pasa lo mismo con Dillinger: nos flipamos mucho con el enemigo público número 1, pero no le hacemos ni puñetero caso a Melvin Purvis, el agente del FBI encargado de la llamada ‘caza del hombre’. ¡Ni cuando le interpretó Christian Bale —que también es Batman’— en ‘Enemigos públicos’, la estupenda película de Michael Mann!
El cine ha hecho del ‘fuera de la ley’ un mito fundacional casi desde los tiempos del western. Y sin el ‘casi’. Pero la España de 2026 dista mucho de parecerse al Far West. O debería. Sin embargo, todo lo que tiene que ver con el narcotráfico nos acerca a los tiempos de la igualmente famosa Prohibición.
No es momento ni espacio para abrir el melón de la legalización de según qué sustancias más o menos estupefacientes. El marco legal es el que es y a él nos debemos adaptar, enganches ilegales a la red eléctrica para el cultivo ‘casero’ de marihuana incluidos, por supuesto.
Siempre nos ha resultado más simpático y atractivo, en la ficción, el malo que el bueno. Al menos, ese malo que nos han vendido las buenas novelas y las grandes películas. Ese malo que se enfrenta al sistema que trata de domeñarle. Ese malo que apela a un supuesto individualismo libertario y luchador.

¿Leyeron lo que publicó nuestra compañera Laura Velasco sobre el ‘petaqueo’ que se ha hecho fuerte en las costas granadinas? Como hay menor vigilancia que en el Estrecho y nuestras playas de chinos atraen a menos turistas, son objeto del deseo del narco para campar a sus anchas, sin empacho en desembarcar sus fardos a la hora de las cañas si hace falta.
Ojalá, pronto, buenas novelas, películas y/o series sobre el arriesgado trabajo de la Guardia Civil en este campo acuático, aunque no sea plato de gusto para cierto número de aficionados al noir. Y si los protas son los narcos —recuerden ‘El Niño’— seamos lo suficientemente avispados para distinguir entre la ficción romantizadora que tanto nos gusta de la crudeza de la cruel, vil y áspera realidad.
No sé cuán permisivo es usted con la cuestión de las drogas, ¿pero le gustaría que sus hijos y sobrinos le pegaran a la ‘maría’, incluso a la coca, con absoluta normalidad, como el que se come una piruleta? Pues en esas estamos. O casi.
Jesús Lens



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