La ballena pillapulpos

Ayer estábamos en la playa, dándole el primer descabello al verano, cuando vimos salir del mar a un tipo desbordantemente robusto, por describirlo de forma austera, embutido en un traje de neopreno de camuflaje, arrastrando una boya roja y varios aparejos de pesca submarina.

Habíamos estado viendo, durante buena parte de la mañana, cómo se sumergía en una zona de la playa de la Chucha con rocas, algas, cuevas y abundante vegetación y fauna marina. Al emerger, las que debían ser sus hijas, su mujer y sus padres (o suegros) se acercaron a ver el botín conseguido por el aprendiz de Ahab submarino: un puñado de pulpilllos que cabían en la palma de una mano. E, indignado, escribí mi columna de IDEAL de hoy domingo.

Pulpillo

Mi hermano y yo pensamos qué hacer. Si denunciar el hecho a las autoridades o dejarlo correr. Mirábamos al tipo, gordo como la ballena blanca perseguida por el personaje de Melville, alardeando delante de las niñas de su gesta, y seguíamos indecisos, viendo el toldo verde bajo el que la familia pasaba un sábado de playa, con sus neveras y sus colchones inflables.

No es plato de gusto denunciar a nadie. No es un papel que guste desempeñar, el de delator y acusica, por mucho que Elia Kazan tratara de dignificarlo en «La ley del silencio», usando para ello a Marlon Brando. Finalmente no hicimos la llamada y nos fuimos a comer.

Ballena pulpo

Por la tarde nos enteramos de que hubiera dado igual que llamáramos o no. Porque otro de los habituales de la Chucha sí alertó a la Guardia Civil, quienes le dieron una larga cambiada diciendo que no había Sepronas disponibles y que llamara a la Policía Nacional. Llamada que también hizo. Para que le respondieran que aquello era cosa de la Guardia Civil.

Ustedes entenderán la frustración que te asalta ante situaciones como esta. Quizá, la solución hubiera sido ir a montarle el pollo, directamente, al paquidermo esquilma fondos marinos. Y que se hubiera liado el pifostio, llegado el caso. Eso hubiera obligado a las autoridades a intervenir, claro. Pero imaginen la estampa, en la playa, para los niños y jóvenes que por allí andaban.

Pulpitos

Permítanme que la próxima vez que escuche las palabras «colaboración ciudadana» me ría a mandíbula batiente, recordando al intrépido cazador de pulpitos y la inacción de los responsables de impedir estas tropelías. ¿Será culpa, también, del gobierno en funciones?

(*) Esta columna tiene segunda parte, publicada el lunes, igualmente en IDEAL. Porque, finalmente, sí que apareció la Guardia Civil. Lean, lean aquí…

Jesús Lens

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