Volemos. A Islandia. Que una avalancha de nieve en un remoto fiordo de la isla ha permitido descubrir el cadáver de un tipo al que… Y ahí está Hildur, a la que ahora les presentaré, al mando de la investigación.

No me puedo entretener mucho, disculpe usted las premuras, pero apenas me quedan 100 páginas por leer de ‘Huellas en los fiordos’, de la escritora Satu Rämö, y estoy loco por hincarles el diente.
No suelo escribir en esta sección de mis lecturas en curso. Prefiero esperar hasta haber terminado el libro, dándome tiempo para procesarlo. Pero el nacimiento literario de un personajazo como Hildur Rúnarsdóttir me tiene tan fascinado y deslumbrado que no podía, ni quería esperar más para descubrírselo y animarle a conocerla. Sobre todo porque, como es tradición en la literatura islandesa, va a protagonizar toda una saga.

Nacida en Finlandia en 1980, la escritora Satu Rämö lleva más de veinte años en Islandia. Se fue para estudiar y terminó quedándose en una pequeña localidad del noroeste de la isla. Se casó con un islandés y tiene dos hijos. Empezó escribiendo no ficción sobre su país y pueblo de adopción y luego se pasó al policial. Ha vendido más de un millón de libros y Hildur ha convertido a su autora en un fenómeno editorial en todo el mundo, hasta el punto de poner de moda el nordic blue, la versión más amable del thriller nórdico. ¡Y cómo se agradece! Pero que nadie se piense que es cozy noir amable y blandengue, por mucho que a un joven investigador, compañero circunstancial de Hildur, le guste de tejer jerseys siempre que puede.
Ya saben que me encantan las novelas negras muy telúricas en las que el paisaje, además de hacer más atractiva la lectura —Islandia es uno de mis destinos viajeros soñado— es parte esencial de la trama, condicionando tanto la investigación como la vida de los personajes. Por ejemplo, a Hildur le gusta el surf, aun en condiciones extremas de frío.

“El océano gemía suavemente, El oleaje venía de lejos. La tormenta que había caído sobre Groenlandia días atrás llegaba ahora a la escarpada costa noroccidental de Islandia. Las olas rompían contra las rocas. Los rociones entraban borboteando en las cuevas volcánicas”.
“Uno se adentra en el mar tanto como le deja la mente. Ese día Hildur quería alejarse de la costa todo lo posible. Las olas no tenían altura, pero eran largas, como siempre después de una tormenta en Groenlandia. Le gustaba remar a contracorriente, aunque fuera agotador: donde el cuerpo se exige, la mente se aclara”. Ojo, que además de la exigencia física, el surf te pone a prueba: “Nadie podía prever con exactitud los movimientos del mar. El agua ocultaba un fondo oscuro y gélido que las previsiones no mostraban y al que había que prestar atención. A Hildur le fascinaba el peligro. Jugar en ese mundo gélido la hacía sentirse viva”. Y hasta aquí. O no. Porque sí. Hildur arrastra un trauma del pasado. Lo sabremos desde el segundo y maravilloso capítulo, su auténtica presentación en sociedad. Se lo podría contar sin hacerle spoiler argumental, pero prefiero que lo descubra usted. ¿Y el primer capítulo? Otra pasada. ¡Así nacen las sagas y los mitos!
Vamos, que no sólo quiero cerrar pronto estas líneas para irme a leer el final de ‘Huellas en los fiordos’, sino para volver al verano de 1550 en Mosfellsheidi cuando todo comenzó. La novela, mismamente. Ahí lo dejo. La jefa de Hildur es otro personajazo, por cierto ¡Y Brenda! Y Freysi.

¡Vénganse de viaje a Islandia sin moverse del sofá o la tumbona! Van a disfrutarlo. ¡Y sin turbulencias!
Jesús Lens



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