Nos lo hemos planteado, seguro, más de una y de dos veces. Pero la mayoría no lo hemos llegado a hacer. “El día menos pensado lío el petate, me las piro y ahí os quedáis”. Lucía, sin embargo, se atrevió. Y es que así empieza la novela ‘La hora de los monstruos’, del novelista y también periodista Miguel Ángel Santamarina, recién publicada por Ediciones B

“Lucía volvió a detenerse en la Gran Vía por cuarta vez en apenas cincuenta metros. La firme decisión que había guiado sus pasos hasta hacía un momento se había evaporado. Ahora le asaltaban las dudas, y los remordimientos empezaban a cuestionar la intrépida resolución de esa mañana. Huir es más complicado de lo que parece”.
Es uno de mis terrores recurrentes: que un ser querido desaparezca sin dejar rastro. Porque la gente desaparecida es más vulnerable y está más expuesta. Y las preguntas: ¿qué, cómo, cuándo y por qué? Lucía es una mujer que, no tardaremos en saber, tenía sus razones para tomar las de Villadiego e irse a comprar tabaco.
Los adolescentes Mario y Bruno, de Ciudad Real, también están desaparecidos. Pero nada hace pensar que la suya haya sido una fuga voluntaria, una chiquillada a destiempo. Lo dice la tele, en un programa de esos de telerrealidad con gente invitada, de la familia, y contertulios habituales.
¿Por qué exclama Lucía, en el bar donde repone fuerzas, un “que se jodan” que suena estentóreo y fuera de lugar al escuchar la noticia?
A través de una narración impecable y de lectura adictiva, Miguel Ángel Santamarina nos irá contando las vidas, avatares, sinsabores, ilusiones y decepciones de una amplia panoplia de personajes, incluyendo a los periodistas que cubren el caso de la desaparición de los chaveas y a sus familiares, que no dudan en pisar cualquier plató de televisión que dé cobertura al misterio, con la ¿vana? pretensión de que la onda expansiva llegue hasta dónde tiene que llegar.
¿Y los monstruos del título? A veces, los monstruos no son seres más o menos imaginarios que se ocultan debajo de la cama. Como reza la contraportada del libro, “Los verdaderos monstruos no se esconden. No entienden de miedo. Están entre nosotros”. Y eso es, posiblemente, lo que más miedo da.
Junto a la mítica advertencia de Nietzsche con que se abre la novela: “Quien lucha contra monstruos debe procurar no convertirse en un monstruo en el proceso”.
No es de extrañar que las memorias del pionero del FBI en la captura de asesinos en serie, Robert K. Ressler, se titulen precisamente así, ‘El que lucha con monstruos’.
Nuevamente, tras el planteamiento inicial, me abstengo de contarles nada de la trama de la novela. Lean ‘La hora de los monstruos’ para navegar entre personajes turbios. Muy turbios. Algunos, realmente aterradores. Porque el Mal, en mayúsculas, existe. Y no es cosa de demonio, como a veces nos gusta engañarnos.
Y es que uno de los protagonistas, un periodista en horas bajas llamado Javier Redondo, “se verá envuelto en una peligrosa trama en la que descubrirá las atrocidades de las que es capaz el ser humano mientras pone en juego su propia vida”.
Y ojo a la crítica del autor hacia esas redes sociales en las que se hace mofa y burla de una desgracia: “Había ocurrido en el pasado con casos similares —al de Bruno y Mario—: el de Marta del Castillo o los niños de Córdoba”. Y es que, insistamos, hay personas de lo más execrable. En ‘La hora de los monstruos’ conoceremos a algunas. ¡Enhorabuena, Ángel Santamarina por este viaje al inframundo, tan terrenal él!
Jesús Lens



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