La caja de Henriette y Mariano

Se abre una elegante caja redonda y frente a nuestros ojos se despliega un vaporoso vestido de seda plisada que, al desenrollarse, parece bailar en pantalla. Es un Delphos, creación icónica de Fortuny, obra maestra surgida del genio creativo de Henriette Nigrin.

El viernes tuvimos el privilegio de disfrutar del estreno de ‘El universo en una caja’ en el Centro Lorca. Es la película más reciente de José Sánchez-Montes y es una auténtica gozada, de principio a fin. (AQUÍ, una fascinante entrevista a José Sánchez-Montes en RTVE).

Hasta hace un par de años, yo tampoco sabía nada del granadino Mariano Fortuny Madrazo, un español universal al que es justo y necesario reivindicar como genio universal alumbrado por nuestro país y que, sin embargo, ha permanecido demasiado tiempo en la sombra. 

En junio de 2020, recién salidos del confinamiento, organizamos en la plaza de las Culturas de CajaGranada Fundación unos ‘Encuentros en la tercera fase’ que acogieron el estreno en pantalla grande de otra película de Sánchez-Montes, ‘La Alhambra en juego’. Mar Villafranca estaba entre el público y al terminar el coloquio, tomando una cerveza, nos contó la alucinante historia de Fortuny. Esa fue mi primera vez. 

El año pasado, en el marco del festival Gravite patrocinado por Caixabank y en colaboración con la Asociación FortunyM Culture, organizamos una sesión dedicada a su figura que resultó de lo más ilustrativa. Y en noviembre, una visita guiada por Mar a la magna exposición dedicada a su genio creativo terminó de abrirnos los ojos sobre la importancia de Henriette Nigrin en la vida y obra de Fortuny.

Por eso me gustó tanto ver que en la patente del Delphos aparece el nombre de Henriette, como nos muestra ‘El universo en una caja’, magistral título de una igualmente magistral película. De hecho, es más que probable que el mítico vestido fuera invención suya.

Es emocionante ver a la actriz Nerea Barros vestir dos ellos en pantalla con la misma elegancia con que lució una bellísima creación de la diseñadora Pilar Dalbat sobre el escenario del Lorca. Arte, ingenio, moda, fotografía, cine, ópera, viajes, pintura, creatividad, diseño industrial… ¡el Universo Fortuny es inagotable!

Jesús Lens

Una de básket noir

Hay deportes más literarios, periodísticos y cinematográficos que otros. El boxeo sería el Top 1. Más allá de la cantidad de novelas y películas que ha inspirado, muchas expresiones boxísticas forman parte de nuestro lenguaje cotidiano, del KO a bajar la guardia, tirar la toalla o estar contra las cuerdas. 

Con el ciclismo pasa igual. Aunque su narrativa queda más reducida a las crónicas periodísticas que a la ficción; apelar a la sangre, el sudor y las lágrimas es una constante en el lenguaje de un deporte tan sufrido como exigente. Lo hemos podido ver en la recién terminada Vuelta a España, con nuestro paisano Carlos Rodríguez hecho un ecce homo sobre la bicicleta.

El deporte es poco cinematográfico, por lo general. Será porque es muy televisivo. Funcionan bien las historias de redención y superación, eso sí. Hablando de películas sobre baloncesto, ahora que estamos en pleno Eurobásket, muchas veces se ha puesto el acento en la importancia del trabajo en equipo por encima del talento individual. 

De superación va precisamente ‘Garra’, la película baloncestística más reciente que Adam Sandler y LeBron James han producido para Netflix. Y es que el actor y comediante norteamericano es un gran aficionado al básket y es fácil encontrarle jugando en los playgrounds estadounidenses y, por supuesto, como espectador en los pabellones de la NBA. 

Me ha gustado ‘Garra’ y su protagonista, nuestro Juancho Hernangómez, está muy bien. Da el perfil del personaje. Curiosidad: no se decidió a rodarla hasta que la pandemia paró el deporte profesional. Interpreta a Bo Cruz, un obrero de la construcción que redondea su magro salario jugando en las canchas callejeras de Madrid. Allí le descubre un cazatalentos de los Philadelphia 67ers, que lo apuesta todo por ‘Misil’ Cruz. A destacar el momento en que entrena con jugadores de la Selección Española dirigida por Sergio Scariolo, logo de Caixabank incluido. ¡Realismo a tope!

Aunque ‘Garra’ tiene algunos de los tópicos habituales de este tipo de cine, no tenemos que soportar la clásica secuencia del balón que, a cámara lenta, duda si entrar o no en la canasta para convertir en héroe o villano al protagonista de la función. Va de otra cosa. Ojo a la nómina de jugadores que aparecen en la pantalla interpretándose a sí mismos, con el mítico Dr. J a la cabeza, y a la importancia que el guion concede al poder de las imágenes, los vídeos y las redes sociales. Más contemporaneidad, imposible, insisto. 

Pero la que sí es negra y criminal, de verdad, es la anterior película con trasfondo baloncestístico que Sandler protagonizó para Netflix. Se titula ‘Diamantes en bruto’ y en ella se cuenta la historia de Howard Ratner, un apostador empedernido con una deuda de 100.000 dólares que regenta una joyería. Por haces del destino, le llega un raro ópalo negro con el que espera pegar un pelotazo a través de una subasta. Entonces entra a su tienda el mismísimo Kevin Garnett, estrella de los Boston Celtics, que se queda prendado de la joya. KG, que hizo la película cuando ya se había retirado de las canchas, está espléndido.  

La vida de Howard es una tortura. Como adicto al juego, un ludópata de manual, parece apostar por castigo. Además de por necesidad. Sus andanzas por las calles de Nueva York, de un realismo extremo, son angustiosas. Siempre en busca de dinero, de un aplazamiento, de una prórroga. ¡Qué tensión! Por no hablar de su relación con su ex mujer y con su actual pareja. Y ojo al desenlace de la película. Es de los que no se olvidan.

Jesús Lens

Ofendiditos y amargaditos

Tardé lo mío en traducirlo. Imaginaba que José Enrique Cabrero lo comentaría en la entrevista, pero me empeñé en entenderlo como trato de adivinar la jugada ganadora del ajedrez en los Pasatiempos de IDEAL o la película del Frame, el nuevo vicio en que me ha introducido mi hermano. 

Tampoco fue tan complicado. La firma de Albert Einstein se reconocía al primer golpe de vista y, sabiendo que el 7 es la T y que el texto estaba en inglés, fue coser y cantar: “La medida de la inteligencia es la capacidad de cambiar”.

¡Qué gran camiseta lucía el profesor Eduardo Segura para una entrevista encabezada por el siguiente titular: “Hay fanáticos que me insultan por ser asesor en ‘Los anillos del poder’”. Y es que hay peña indignada por la presencia de elfos y enanos negros y por el protagonismo heroico de las mujeres en la serie. ¿Será por indignarse? (Leer AQUÍ la entrevista)

Flipo con la gente que ve series y películas con el único fin de ponerlas a parir. Pasó con la nueva entrega de ‘Depredador’, en agosto, de la que escribí AQUÍ. Amargados que viven solo para el ñañaña y que no paran de quejarse porque las cosas ya no son como eran. Como han sido toda la vida. 

Lo repetiré hasta la saciedad: me encantan los pastiches como concepto. Las secuelas, precuelas, spin offs, universos expandidos, segundas partes, sagas, crossovers, continuaciones, adaptaciones y un etcétera tan largo como sean capaces de imaginar. Después, cada uno de esos nuevos libros, temporadas o tebeos me gustará más, menos o nada. Pero me hace feliz que los creadores sigan trabajando en universos, personajes, tramas y ambientes que me fascinan. Y que le aporten su sello personal. Que los adapten al mundo contemporáneo, si les apetece. Que los actualicen y los transformen a su gusto. ¿Por qué no? Mientras lo hagan bien…  

Hay universos que me son ajenos. No puedo con Marvel, por ejemplo. Lo sé, lo sé. Es problema mío. Asumo que me estoy perdiendo cosas chulas, pero me aturden el ruido y la furia de las pocas películas que he visto y termino aburriéndome. Por tanto, cuando se estrena algo de Marvel, me limito a no verlo. No estoy ahí agazapado, esperando cada estreno para perder tres horas de mi vida en algo que presumiblemente no me va a gustar y dedicarme después a criticar, insultar y trolear en las redes sociales mañana, tarde y noche.    

Jesús Lens

Se acabó lo que se daba

Advertencia: la lectura de esta columna puede producir melancolía, tristeza y pesadumbre. Aunque vamos a intentar que no sea así. Ustedes lo saben. Hoy es 29 de agosto. Lunes. Para algunos afortunados, la vida normal no empezará hasta el lunes 5 de septiembre. ¡Suertudos ellos! Para el común de los mortales, hoy comienza todo, otra vez. Los equipos deportivos  aprovechan para hacer pruebas de selección, los bares y cafeterías de toda la vida reabren sus puertas y toca darse un garbeo por el barrio a ver cómo sigue todo.

Lo más importante para no sucumbir a la llamada depresión posvacacional, una de esas folletaícas de pijos sin mayores preocupaciones, afortunados ellos; es buscarse buenos planes para estos días que nos permitan recuperar el pulso a la normalidad con optimismo y alegría, dentro de lo que cabe. 

Por ejemplo, en Bubión nos invitan a disfrutar de un festival adscrito a la filosofía Slow con Soleá Morente como cabeza de cartel. También podemos ver la película de Elvis en televisión, que la estrenan el 2 de septiembre, engancharnos a ‘La casa del dragón’ o ver a Stallone, superhéroe de barrio, como si fuera el personaje de una canción de Kiko Veneno. Y apoyar a nuestra selección en el Eurobásket, faltaría más, además de al Granada C.F.

Es tiempo de rentrée literaria y ya tenemos una nueva entrega del Corto Maltés clásico en las librerías, a la espera de la nueva aventura que nos propondrán Díaz Canales y Pellejero. No hay como acompañar a Corto en sus viajes por el mundo para sentir el salitre, el sol y el viento en el rostro. 

Serpiente Negra trae los primeros conciertos de su siempre excitante y provocadora propuesta musical desde el mismo 13 de septiembre, El Roto desembarca en el Centro Guerrero antes de fin de mes y Lorenzo Silva publica una nueva entrega de Bevilacqua y Chamorro en unas semanas. Y ojo a la magna retrospectiva que se está preparando del dibujante e ilustrador Sergio García en el Hospital Real. 

También toca apuntarse al gimnasio. Otra vez. Y a la academia de idiomas. Y/o a la de música. O comenzar uno de esos coleccionables que —¿todavía los hay?— nos fidelizan a nuestro quiosco de confianza. 

Para evitar cualquier atisbo del referido síndrome posvacacional, roce más o menos de cerca la depresión —un concepto que no debemos banalizar, dicho sea de paso— tengo otra propuesta, pero es mucho más desagradable. ¿Han visto ustedes lo de la inflación, los tipos de interés, el Euríbor y las previsiones económicas y geopolíticas para el otoño y el invierno? ¡Está el patio como para deprimirse por el final de las vacaciones!

¿Lo ven? Es mejor concentrarse en el disfrute de las pequeñas cosas. Para amargarnos, de verdad, tendremos motivos de sobra. Por todo ello… ¡vamos, vamos! Comienza un nuevo curso y a buen seguro que, con curiosidad y buen ánimo, nos reserva un montón de grandes momentos, aunque sean sencillicos.

Jesús Lens

¡Qué cracks, J.L. Garci y Alfredo Landa!

Vamos a terminar con este largo paseo nostálgico por algunos de mis imprescindibles del noir que hemos dado a lo largo del verano hablando del mejor cine negro español. Estas semanas hemos hablado de novelas yanquis y españolas. De cómics de fuera y de casa. De no ficción y de un peliculón norteamericano. Y como ya tendremos ocasión de profundizar en las escuelas de Madrid y Barcelona de los años 50, vamos a rematar con un clásico (más o menos) contemporáneo del noir hispano. 

“—Tú bigotes. ¿Tienes mucha hambre, no? Pues ahora te voy a dar yo una cosita. Deja eso y pon ahí tu carterita de mierda… 

—¡Bareta! Dame el mechero o te quemo los huevos”.

Medianoche. Bar de carretera. Máquina de pinball. Supergarcía metiendo caña al presidente de la Federación de fútbol en la radio. El camarero y un cliente juegan a los dados. Al fondo, un hombre solo está cenando un plato del día. Se le ve pequeño, lleva bigote y viste chupa de cuero. Acompaña el filete con una botella de vino presuntamente peleón. Entran dos atracadores. Baretta se acerca al comensal y le quita el mechero. El resto es historia del cine. Del mejor cine negro. Español. Europeo. Y universal. 

Garci lo clavó. Bueno, Garci y Alfredo Landa. O Germán Areta, que para el caso es lo mismo. En el imprescindible libro ‘Adictos al crack’, publicado por Notorius, el propio Garci recuerda que, a Landa, el trabajo que más le gustaba de su filmografía había sido el que hizo en ‘El crack 2’. Garci le insistía en que no. Que su más perfecta composición la había dado en ‘Los santos inocentes’. Y ahí estaba el quid de la cuestión para Landa: su Paco el Bajo era una muy buena interpretación. Pero interpretación al fin y al cabo.

Areta era otra cosa. “Areta no es una actuación, Areta soy yo. He tenido la suerte de encarnar a alguien con quien, desde niño, soñaba: un tipo así, recto, un personaje mítico, un detective, alguien honrado, nada español, o muy poco. Un hombre de fiar”. 

Año 1981. Por fin, un inquieto cineasta madrileño, se apresta a rodar su primera película noir. En 1978 lo había intentado con ‘Pérfida’, pero su alto presupuesto lo impidió. Su idea: filmar un noir clásico, canónigo. Como los clásicos norteamericanos que tanto le gustaban. Pero en la España contemporánea de aquel momento. ‘El crack’ está protagonizada por un detective privado, ese Germán Areta al que veneramos, interpretado por un Alfredo Landa en estado de gracia y al que los productores no veían en el papel, que el ‘landismo’ había hecho mucho daño. 

El milagro de ‘El crack’ es que empiezas viendo a Alfredo Landa en el bar y cinco minutos después, ya es Germán Areta por siempre jamás. Un Areta que me recuerda mucho a Philip Marlowe: el cinismo y el descreimiento, las réplicas ingeniosas, la soledad… y su pasión por la verdad, más que por la pasta. Como muestra, un botón: “Este mundo huele muy mal, hace mucho tiempo que está lloviendo mierda, en mi oficio es donde más se nota, aunque a mí el olor me tiene ya sin cuidado. Pero lo que no me gusta es que traten de engañarme. Quien me pide que ponga la verdad en su mano tiene que empezar poniendo su verdad en la mía”. 

¡Tremendo, el ‘piojo’! Que así le llamaban a Areta en sus tiempos de poli. El piojo Areta, un crack. “Mi trabajo es como otro cualquiera: duermo poco, ando mucho y lo que veo no me gusta”. ¡Menos mal que en 1982 no había tanto futbolista con apodo y el término de crack solo hacía referencia a ruptura, no a fenómeno! Porque para fenómenos, Areta, Garci, Landa y compañía.

Jesús Lens