Todo parece ilimitado

Ahora que han pasado un par de días de la muerte de Bernardo Bertolucci y se apagan los ecos de los encendidos panegíricos y las demoledoras críticas por el rodaje del tango en París, quiero recordar una de las secuencias de la historia del cine que más me han emocionado en mi vida cinéfila.

Se trata del final de “El cielo protector”, cuando Kit regresa a Tánger tras su peregrinar por el desierto y las áridas y duras tierras del África subsahariana. Afectada por todo lo que le ha ocurrido, escapa de la gente y, en su deambular, recala en un café. Suena la música. Una voz le pregunta si se ha perdido. Ella responde que sí. Y la cámara se fija en el narrador, que recita uno de esos soliloquios imposibles de olvidar. De los que marcan. Por siempre jamás:

“Como no sabemos cuando vamos a morir, creemos que la vida es un pozo inagotable. Sin embargo todo sucede sólo un cierto número de veces. Y no demasiadas. ¿En cuántas ocasiones te vendrá a la memoria aquella tarde de la infancia, una tarde que ha marcado el resto de tu existencia? Una tarde tan importante que ni siquiera puedes concebir el resto de tu existencia sin ella. Quizá cuatro o cinco veces. Quizás ni siquiera eso. ¿Y cuántas veces más contemplarás la luna llena? Quizás veinte. Y sin embargo, todo parece ilimitado.”

El narrador es nada menos que Paul Bowles, el autor de la esplendorosa novela original. No tardaría mucho en morir. Cuando estuvimos en Tánger, la pasada Semana Santa, mi querido Antonio Lozano nos llevó a los cafés en que Bertolucci filmó diferentes secuencias de la película.

Volví a sentir la emoción. Del viaje, de la ciudad, del cine. La emoción de vivir momentos únicos. Del tiempo. “Kit y Port nunca se habían fijado objetivos concretos. Tal vez por eso habían cometido el error de contemplar el tiempo de forma confusa. De considerarlo inexistente. Para ellos un año era igual a otro, cualquier cosa que les pudiera ocurrir sucedería por casualidad”.

Buen viaje, maestro.

Jesús Lens

Días de cine

¡Qué frío, por favor! Y qué poca originalidad, lo sé. Pero es que la visión de los Alayos cubiertos de nieve, en octubre, como si estuviéramos en lo más crudo del crudo invierno, impresiona. Como las imágenes de Venecia bajo las aguas. Que no es por sacar a relucir la cuestión del cambio climático, pero que ya verás tú cómo…

El caso es que estos días, y una vez pasado Halloween -ahora mismo pasan unos chaveas por debajo de mi ventana cantando “Lopetegui dónde estás” y me recorre un escalofrío de pavor- hay que ir al cine, antes de que las pantallas de inunden de películas protonavideñas.

Que tampoco está la cartelera como para lanzarse de cabeza, pero que, sobre el papel, hay algunas películas interesantes. Por ejemplo, y aunque la crítica no ha sido particularmente benevolente con ella, tengo ganas de ver “La sombra de ley”, una película de gángsteres que transcurre en la Barcelona de los años 20 del pasado, tanto o más violenta que el Chicago de Capone o el Berlín de la hiperinflacción.

También se puede encontrar en la cartelera lo último de Spike Lee, un cineasta cuyas historias nunca dejan indiferente: “Infiltrado en el KKKlán”, publicitada como una comedia negra. Lo que no sé si como muestra de humor negro… o afroamericano. Veremos.

Está la biografía de Freddy Mercury, pero les confieso que no soy muy de biopics, que tienden a aburrirme soberanamente: me interesa mucho más ver documentales que películas, habitualmente hagiográficas y más falsas que las promesas de un político en campaña electoral.

Llegados a este punto, tenemos que prorrumpir con la ya famosa consigna: “¡Menos mal que nos queda el Madrigal!” Ahora mismo presenta un sugestivo y sugerente programa doble: “Cold War”, la película de la temporada, a las cuatro; y después “Quién te cantará”, de Carlos Vermut, uno de los directores españoles con más personalidad y que cuenta con un reparto femenino de impresión: Najwa Nimri, Eva Llorach, Carme Elías y nuestra Natalia de Molina. ¿Y usted? ¿Tiene pensado ir al cine estos días? ¿A ver qué?

Jesús Lens

El reino más necesario

En un momento dado de la imprescindible y soberbia película “El reino”, de Rodrigo Sorogoyen, la secretaria de organización del indeterminado partido político que protagoniza la trama le pregunta a un grupo de sus dirigentes, acusados de corrupción: “¿para qué entrasteis en política?”

Automáticamente el espectador recuerda el “para forrarme” de Vicente Sanz, secretario general del PP valenciano, escuchado en una grabación. O el “me tengo que hacer rico” de Zaplana, que oímos entre filtraciones.

Cartel alternativo al oficial de la película “El reino”, de Rodrigo Sorogoyen.

En otro momento de la espectacular cinta de Sorogoyen, la fiscalía relata los lugares donde los dirigentes territoriales se reunían para cerrar contratos y rematar negocios. Muchos de ellos tenían nombre de lupanares. Y el espectador piensa automáticamente en la tarjeta de crédito usada en un prostíbulo por Fernando Villén, el responsable de la Faffe, una fundación andaluza de la órbita del PSOE. O en Francisco Javier Guerrero, el fontanero de los ERE con querencia por el Malboro y el gintónic como engrasadores.

“El reino” es una película extraordinaria que funciona como un juego de espejos: todo lo que vemos -y escuchamos- en pantalla nos devuelve el reflejo de la realidad que conocemos gracias a los sumarios, las filtraciones y las informaciones de los medios de comunicación.

Sin necesidad de nombrarles, ahí están la Gürtel y los EREs, Bárcenas, Rodrigo Rato, Pujol, el Bigotes, Camps, Ignacio González y tantos y tantos políticos corruptos convencidos de que su reino no era de este mundo. Seres superiores que vivían en una realidad paralela, ajena por completo a la del común de los mortales.

Una realidad alimentada a base de majestuosas mariscadas -soberbio ese travelling con que arranca la película, recreando una de las secuencias más famosas de “Uno de los nuestros” y que es más, mucho más, que un simple homenaje a Scorsese y sus gángsteres y mafiosos- y regada con Moet Chandon. Una realidad cronometrada a través de caros relojes regalados en la cubierta de un yate bajo el sol de un verano eterno que, sin embargo, no tardará en dejar paso a un otoño pardo y a un invierno frío, gris y ceniciento.

Vean “El reino”. No estará mucho más tiempo en cartelera y sería una pena que dejaran escapar una película que retrata, en dos horas de cine nervioso y adictivo, la España de la corrupción y la podredumbre, ética y moral.

Jesús Lens

Todos lo saben

Es una de las películas del año. “Todos lo saben”, dirigida por Asghar Farhadi, portentoso cineasta iraní cuya “Nader y Simin, una separación” es una de las obras cumbres de la historia del cine contemporáneo.

Después de haber filmado en Irán y en Francia, lo hace en España. Una historia dura, que se le ocurrió cuando viajaba con su familia por nuestro país, hace años, y se topó con los carteles con el rostro de un niño desaparecido. Su hija sintió pavor ante aquella situación y él se planteó cómo se viviría en el seno de una familia algo parecido. Sobre todo si la investigación apunta a que se trata de un secuestro cometido por alguien del entorno más cercano.

Pueblo pequeño del centro de España. Reencuentro de familiares con motivo de una boda. Alegría y felicidad desbordante, que parte de la familia viene de Argentina. La cámara se desliza con nervio y virtuosismo, presentando a un personaje detrás de otro a una velocidad meteórica. Por la pantalla van desfilando Penélope Cruz, Javier Bardem, Bárbara Lennie, Eduard Fernández, Inma Cuesta, Ramón Barea, Elvira Mínguez… ¡Se me descolgó la mandíbula frente a semejante reparto! Que luego están los jóvenes, igualmente impecables: Carla Campra, Sara Sálamo, Sergio Castellanos…

Todo el primer tercio de la película resulta deslumbrante, entre las brutales elipsis y desbordamiento pasional. Tengo la sensación de estar ante algo histórico, uno de esos instantes que se quedan grabados en el ADN cinéfilo por siempre jamás. Entonces se produce la situación, llamémosla así. Y todo cambia. El tono de la película, por supuesto. Y el ritmo. Lo que hasta ese momento avanzaba a pasos agigantados, empieza a retorcerse sobre sí mismo. Por lógica narrativa y con razón. Y llega él. Darín. A partir de ahí, me cuesta seguir creyéndome lo que pasa.

Trato de hacer abstracción de detalles inverosímiles para centrarme en lo importante, pero me voy distanciando progresivamente de la historia, con demasiadas vueltas y revueltas para llegar a un semifinal tan burdamente subrayado que me irrita sobremanera. Menos mal que el final, el verdadero final, sí funciona.

Jesús Lens

Los orígenes del cine

¿Se imaginan la historia de la literatura sin Homero, Shakespeare, Cervantes o Chandler? ¿La historia de música sin Bach, Mozart, Beethoven o Louis Armstrong? ¿La historia de la pintura sin Velázquez, Picasso o Warhol? ¿Cómo se puede entender, entonces, la historia del cine sin René Clair, Charles Vidor, Jean Renoir o G.W. Pabst?

No sé en los planes de estudios de colegios e institutos -aunque apostaría a que los grandes clásicos del cine no se encuentran entre las prioridades de la mayoría de ellos- pero en el día a día no veo yo a la gente muy atenta a la Historia del Cine. Lo que no deja de ser curioso, dado que vivimos en una sociedad cada vez más audiovisual…

En Granada tenemos la inmensa suerte de contar con una persona cuyos ojos han visto todo el cine que deberíamos haber visto los demás, una auténtica enciclopedia del séptimo arte que, para más inri, sabe cómo enseñarnos a mirar las películas, más allá de simplemente verlas.

Lo he escrito otras veces: Juan de Dios Salas es un lujo y el festival que ha puesto en marcha por encargo del Ayuntamiento, Granada Paradiso, viene a satisfacer las demandas de la cinefilia granadina: el cine mudo y el cine clásico. Su trabajo al frente del Cine Club Universitario es modélico y, más allá de que podamos ir o no al Espacio V Centenario de la UGR, no debemos dejar de coleccionar los descargables que Juande prepara para cada uno de sus ciclos. ¡Son un tesoro!

Como los buenos festivales, Granada Paradiso no se limita a programar un puñado de películas durante una semana y, después, si te he visto no me acuerdo. Tiene continuidad todo el año. Por ejemplo, hoy y mañana, en el Centro Lorca, tendremos la oportunidad de disfrutar de clásicos como “Gilda”, “La gran ilusión” o la “Sangre y arena” de 1922, además de cortos y mediometrajes franceses de años tan improbables como 1916 o 1918, filmados durante la I Guerra Mundial, que vienen de la mano de otra institución imprescindible en nuestra ciudad: la Alianza Francesa de Granada.

No le tengan miedo al desafío. Déjense seducir por los clásicos. Entren en la sociedad secreta de los amantes del cine silente. Cada sesión será presentada por Juande y ya verán que, además de aprender, lo pasamos en grande.

Jesús Lens