LA TRILOGÍA DE BOURNE

Sacai y yo habíamos declarado el mes de febrero como “Mes Bourne”, teniendo la firme intención de ver las tres partes de su trilogía, cosa que efectivamente hemos hecho. No sé si será muy ortodoxo hablar de las tres películas como si fueran una, pero realmente parecen concebidas como una sola entrega, dividida en tres entregas, sucesivas y complementarias.

No sé qué razón me llevó a dejar de ver estas pelis en el cine. Porque uno, aunque no frecuente el whisky, hace ya tiempo que se ha hecho adicto a la combinación de J y B: James Bond, Jack Bauer y, ahora, Jason Bourne.

Significa eso, por supuesto, que me ha gustado, y mucho, la saga de Bourne. Me ha gustado cómo empieza, en lo que debe ser un homenaje a Corto maltés, el personaje de Hugo Pratt que surgió de los mares, hizo de la madre naturaleza. Me gusta el ritmo, bestial, de cada una de las entregas. Todo lo que pasa y cómo pasa a una velocidad de vértigo.

Me gusta cómo Bourne va al grano, sin desviarse de sus objetivos, aún estando amnésico. Hay momentos esplendorosos, como cuando se da cuenta de sus habilidades, sin saber para qué las necesita ni por que las tiene. Me gusta la actualización tecnológica al mundo del siglo XXI del cine de espías de toda la vida, con esos centenares de cámaras por todos sitios, convertidas en el Ojo que todo lo ve; esos móviles que dejan rastro y señal, esas combinaciones por voz de las cajas fuertes, los satélites, las transacciones bancarias… Los espías de siempre, reciclados al mundo de hoy.

Me gusta el mensaje de la película, entre conservador y crítico con el sistema USA. Crítico porque habla sobre la manipulación de las mentes de las personas, el adoctrinamiento, los parasistemas alegales de las agencias de información, etc. Conservador porque siempre son unos locos extremistas quienes ponen en marcha este tipo de iniciativas, unos exaltados mafiosos que van más allá de lo que marca la política oficial del sistema.

Pero si dejamos de lado esa cuestión, Bourne nos sigue gustando. Por las peleas, secas, dañinas, duras, contundentes. Sin artificios y sin saltos a lo Mátrix (aunque en la tercera de la serie, se le va algo más la pinza al director) con las coreografías suscintas para demostrar que en este vida, además de aprender álgebra y geografía, hay que memorizar hasta la extenuación según que movimientos de lucha… si te quieres dedicar a eso del espionaje posmoderno. ¡Qué jartá palos, se pegan los amigos!

Y nos gustan las persecuciones. Porque desde “Ronin” no veíamos persecuciones tan falsamente realistas como las de Bourne, tan bien rodadas, tan magistralmente filmadas, de las que te tienen pegado a la butaca (sofá) conteniendo el aliento. Sencillamente, y en dos palabras, aco-jonantes.

Y los paisajes. Los países. Las ciudades. Que Bourne es un catálogo promocional de las ciudades más in del momento, de Berlín a Goa, pasando por Nueva York. Y dos lugares muy especiales: Madrid y Tánger.

Más allá de cualquier otro baremo, para saber qué lugares son los que petan en el mundo, películas como las de Bourne resultan de lo más esclarecedor. ¿Querrá decir algo que Barcelona sea el escenario de la última película de Woody Allen y Madrid lo sea de la Bourne?

Y está Tánger, claro. Con un momento muy especial, cuando la acción acontece en ese Café de París en cuya terraza, un día de febrero de hace tres o cuatro años, hicimos un estimulante ejercicio de escritura automática, dada la enorme y apasionante cantidad de estímulos que llegaban, desde todos los rincones de una ciudad que tiene el aroma a un pasado fastuoso, un presente melancólico y un futuro incierto.

En fin, que el visionado de las tres entregas de Bourne ha constituido todo un placer. Que Matt Damon da el perfil perfecto de joven idealista metido en un berenjenal que no entiende y del que lucha denodadamente por escapar. Y que el cierre marítimo de la saga, circular, es el más apropiado para una historia en que continente y contenido están a la altura de lo que se espera de una película de estas características.

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.

FAMILIA

Dedicado a La Madrina, que sabe mucho de familias buenas.

Hace unas semanas, tras la charla de nuestro amigo Corricolari sobre “Los mundos del corredor”, coincidimos en La Casa de la Cultura de Armilla, que también es un bar, un grupo de corredores aficionados, para tomar unas Verdes, sana costumbre que ha dado nombre a un colectivo de amigos del atletismo… y la cerveza.

Habíamos ido a escuchar a José Antonio, la mayoría acompañados por nuestras mujeres, parejas y, en algún caso, hasta hijos. Como éramos bastantes, aunque juntamos dos de las mesas del bar, no había sillas para todos y, por tanto, ranciamente caballerosos, los hombres nos quedamos de pie y las mujeres, sentadas.

Los Verdes & familia. Juntos y bien avenidos.

Cuando volvíamos a casa, le pregunté a Sacai por los temas de conversación que hubo entre las mujeres.

-Que estáis locos- me dijo.

Al principio me quedé un poco parado. Pero, a nada que lo pensemos, es verdad. Somos unos tipos raros que se visten de colorines para echarse a los caminos, a sudar, a las horas más intempestivas, haga calor, frío, lluvia o viento.

Organizamos nuestra agenda en base a la hora de salir a correr, condicionamos las comidas, los eventos y hasta las relaciones sociales a algo tan aparentemente banal como es el hacer deporte. Pero lo peor no es eso -¡ cada loco con su tema!- Lo peor es que, sobre todo, condicionamos la vida de nuestras parejas, que siempre están ahí, solícitas, apoyándonos en nuestras chalaúras, animándonos cuando las cosas no salen bien, cuidándonos cuando nos lesionamos, mimándonos siempre. Porque en esto del correr, la comprensión, el apoyo y la complicidad de la familia son esenciales.


Y, si no, miren lo que cuenta Manu Leguineche: “un ejecutivo amigo corre la maratón, mientras su mujer, eso es amor, le sigue de estación en estación de metro. Le espera entre el público, le saluda, le anima y otra vez al subterráneo.” Sin palabras.

Y quien dice en el correr dice, por supuesto, en cualquier otra actividad de nuestra vida cotidiana. Parafraseando a Vito Corleone, y sin buscarle otras connotaciones a esta aseveración, la familia es lo más importante que tenemos las personas: “un hombre que no vive con su familia no es un hombre”, decía el Padrino. O, como Francisco González Ledesma pusiera en labios de su carismático Inspector Méndez, “la familia es la red de seguridad y auxilio social más importante con que cuenta la sociedad española.”

Cientos, miles de chistes y chascarrillos se han hecho a lo largo de la historia a cuenta de cuñados, suegros, abuelos y demás parientes, cercanos o lejanos. El más paradigmático, posiblemente, el archiconocido “familiares y trastos viejos, mejor cuanto más lejos”.

En ciertos momentos, puede ser cierto. Pero, a la hora de la verdad, cuando queremos compartir una alegría o llorar una pena, es a la familia a la que necesitamos, la que nos gusta que esté ahí cerquita. A veces, es imposible. Por distancia física, geográfica o, en algún desdichado momento, por distancias emocionales.

La otra noche, sin embargo, tomando unas verdes, nos sentíamos parte de dos comunidades tan distintas como complementarias. Una era la de los compinches, los colegas de aficiones comunes. La otra, la familia. A veces, parecen ser antagónicas y enemigas, las unas y las otras. Pero en noches como la de ese viernes, cuando se conjugan amablemente, resulta un enorme placer el sentirnos partícipes de dos grupos que, como los astros y los planetas, a veces se alinean favorablemente, lo que siempre es símbolo de dicha y buena fortuna.

Se trata de conseguir que dicha conjunción se repita más veces. Es sano y reconfortante para todos.


Madrina, y que no haga falta una boda para juntarnos. Ojalá.

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.

STRIPTEASE ELECTORAL (POST TRISTE DEBATE)

Hace ya varios meses que comenté la idea de hacer un striptease electoral sobre mi trayectoria como votante, algo que me demandó varias veces un ex-seguidor de este Blog, Conde Duque, que hace tiempo que no se prodiga por aquí.

Si sigues on line, aquí estamos. Por fin.

Y lo hacemos justo después de un debate absolutamente decepcionante en que los dos candidatos a la Presidencia de Gobierno se han limitado a intercambiar los mismos golpes que en el debate pasado. ZP ha estado algo más contundente, pero después de la expectación creada, nos hemos llevado un notable chasco. Eso sí, el que aconsejara a Rajoy volver a Irak, se ha lucido.


¿Por qué poner al desnudo nuestras veleidades electorales? El voto, sabido es, es secreto. Nadie tiene por qué saber qué ha votado su vecino, por supuesto. Pero, por otra parte, como no me avergüenzo de mi trayectoria electoral… pues venga: ¡que suene la música!

Empezaré diciendo que, con dos excepciones, he concurrido puntualmente a mi cita con las urnas. Una vez fallé por dejadez y abandono. De ésta sí que me arrepiento. Mi otra abstención fue activa y militante, con conciencia. Y por supuesto, no me arrepiento. De hecho, para el Senado suelo no votar.

Ahora no repetiría esa abstención militante. Sobre todo, desde que fui mesa electoral y una señora mayor se vanagloriaba, con orgullo, de haber votado en todas las citas con las urnas desde la restauración de la democracia. Que nunca sabemos valorar lo que tenemos… hasta que lo perdemos.

En mis años mozos, entre los dieciocho y los veintitantos, fui votante de IU. Era una época en que leía El Mundo y pensaba que Pedro J. y los suyos querían regenerar la democracia de este país. ¡Cuánta inocencia, candidez e ignorancia! Pero, eso sí, la primera vez que voté en unas elecciones, mi voto fue para Los Verdes, algo que siempre quise hacer desde que leía Natura, era socio de Greenpeace y salía al campo con los amigos de AGNADEN.


Además, en unas municipales voté por el CDS. Resultó que mi profesor de derecho penal se presentaba a Alcalde de Granada por dicho partido. Era un buen profesor. De los que te hacen pensar, y no sólo memorizar. Y me gustó haber podido conocer a un candidato en persona, más allá de las campañas electorales. Perdió, por supuesto.

De hecho, jamás “gané” unas elecciones hasta que voté por ZP en 2004. Los amigos de IU son como el Atlético de Madrid, siempre abonados al sufrimiento y al rechinar de dientes.

Otra vez voté por un experimento llamado Foro, que salió de las ruinas del propio CDS y que comandaba Eduardo Punset, actual estrella mediática de la tele científica. Quién lo iba a decir.

Y he reincidido con los Verdes, siempre en las elecciones europeas, pensando que, como la circunscripción electoral era todo el país y que un Eurodiputado “costaba” sesenta y pico mil de votos; sería posible sacar un Verde, como en Alemania. Pero no. Nunca ha sido posible.

En otra ocasión, pensando que el PNV y CiU eran lo mejor para el País Vasco y Catalunya, cuando se coaligaban con los grandes partidos en el Parlamento nacional y conseguían grandes beneficios para sus comunidades, voté al PA, un partido que en Granada tiene actualmente a muy buena gente, pero cuyos antecesores dilapidaron hace tiempo el poco crédito que llegaron a tener dichas siglas.


Y luego, será la edad, será el conformismo, será el utilitarismo, será la falta de alternativas, será el escándalo de Irak y el No a la Guerra, será el cansancio por una Izquierda permanentemente (des)Unida, siempre sumida en rebatiñas internas, será, será, será… en 2004 voté por ZP. Y en las municipales granadinas, por Torres Vela, también socialista. Y a mucha honra, que conste.

Ahora llega el 9-M. ¿Qué voy a votar?


Pues más o menos lo tengo claro. Sólo diremos que no será el mismo voto en cada una de las tres urnas. Eso sí. Y, al menos, en una de las votaciones, espero ganar.

¡Ah! Y una vez voté en blanco. Nunca he metido un voto nulo en la urna, insultando a nadie, pero sí deposité un voto en blanco. Una vez.

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.