Lamia, Premio Nacional del Cómic Noir

“Por su capacidad de innovación formal y estética, que aprovecha el andamiaje de una historia de género negro para relatar una parte de nuestro pasado, y por su tratamiento del papel de la mujer en dicho periodo”, reza el acta del jurado que le concedió al artista canario Rayco Pulido el premio más importante del tebeo español, en 2017.

“Lamia” es, efectivamente, un cómic de género negro que cuenta una investigación. O, para ser más exactos, dos. Por un lado, la policía investiga los crímenes que están aterrorizando la Barcelona de 1943, tal y como nos muestra una de las primeras viñetas del álbum, con un pasajero de autobús que lee el periódico y cuya primera plana alerta: “El asesino sigue suelto”.

Y a través de este enlace de IDEAL tenéis el artículo completo de El Rincón Oscuro de esta semana. Y, si no conectáis a través de IDEAL, está también aquí, en Calibre 38.

Jesús Lens

 

Jessica Chastain, el rostro femenino del noir

En 2012 fue elegida como una de las 100 personas más influyentes del mundo por la revista Time y, desde entonces, combina a la perfección el activismo feminista con el cine, mostrándose coherente en las decisiones que toma a la hora de elegir y rechazar determinados papeles, bien porque no le convence el guion y/o su personaje, bien porque las condiciones económicas que le ofrecen no son dignas, en comparación con los sueldos de sus compañeros masculinos.

 

Y es que Jessica Chastain es mucha Jessica Chastain, lo que se pone de manifiesto en buena parte de los personajes que ha interpretado. El más reciente, por ejemplo, esa Molly Bloom a la que da vida en la película escrita y dirigida por Aaron Sorkin, una organizadora de partidas de póker en las que participan celebridades de Hollywood, grandes empresarios y magnates y deportistas de primer nivel. Partidas que empiezan a tener tanto nombre que atraen a jugadores con fortunas de origen dudoso. Y, tras ellos, el FBI.

La entrega semanal de El Rincón Oscuro está en IDEAL impreso y en el suplemento Evasión de IDEAL On, en internet, a través de este enlace. Pero no me resisto a dejaros el final del mismo, que no hay spoilers 😉

 

Si hay un elemento que vertebra la filmografía de Jessica Chastain es que interpreta a mujeres que se tienen que hacer respetar en el mundo de los hombres. Porque, en pleno siglo XXI y en las sociedades más modernas y desarrolladas, hay espacios reservados a los hombres en los que las mujeres resultan sospechosas y se ven obligadas a demostrar que pueden ser tan buenas como ellos. Y mejores. Da lo mismo que se trate de organizar partidas de cartas que de interrogar a un testigo. De detener a un sospechoso o de vestir traje de chaqueta para debatir con un ministro. Ellas siempre tienen que demostrar algo que a ellos se les presume. Aptitudes que a nosotros, los hombres, se nos dan por supuestas.

Hay quien critica a Jessica Chastain por masculinizar sus papeles. ¿Somos conscientes del alcance de dicha crítica? Hace unas semanas, durante la promoción de “Molly’s game”, la actriz pasó por El Hormiguero y Pablo Motos le preguntó: “¿Qué tiene que pasar para que los hombres y las mujeres dejemos de desafiarnos como si fuésemos rivales?”

 

Con cara de sorpresa, la actriz le dijo que no éramos rivales, dándole al presentador un abrazo consolador. Y respondió a la pregunta con una verdad incómoda: tiene que haber “más mujeres en puestos de liderazgo, para que ese liderazgo se pueda compartir. Eso ayudaría mucho. Todos los hombres que yo conozco apoyan que las mujeres tengan una profesión, saquen adelante a sus familias y se ganen la vida. No creo que nos quede tanto para conseguirlo”, concluyó entre aplausos.

Photo Credit: Kerry Hayes.© 2016 EuropaCorp Ð France 2 Cinema. .

Gracias a personas como ella, como Jessica Chastain, estamos en el camino correcto.

 

Jesús Lens

La vida es un cabaret

Consumimos los últimos suspiros del año 2017 entre pesadas y largas digestiones y los planes para el despiporre de fin de año, con ganas de darle matarile a un ejercicio tanto o más complicado que sus predecesores y antesala de 365 días… que tampoco serán fáciles. Ni muchísimo menos. Por eso, el cuerpo pide fiesta, locura, abandono y desenfreno.

El Rincón Oscuro, en IDEAL

Históricamente, las fiestas más desmadradas y espectaculares se han celebrado en tiempos difíciles y complejos, tumultuosos y propicios a cambios vertiginosos. Ya lo cantaba Sally Bowles, a comienzos de los años 30, sobre el escenario del Kit Kat Club berlinés: la vida es un Cabaret que invita a beber champán, a gozar del jazz, a hacer sonar los tambores y a disfrutar de un buen jolgorio.

“Cabaret”, película mítica de Bob Fosse, filmada en 1972 e interpretada por una majestuosa Liza Minelli, mostraba la contradicción de una Alemania libertina y desenfrenada que, sin embargo, ya empezaba a sufrir los primeros embates del nazismo que estaba por llegar, poniéndolo todo patas arriba. Ahora, recuperando aquel espíritu contradictorio, nos llega una de las mejores series europeas de los últimos años, “Babylon Berlín”, que nos transporta a la capital alemana de los años 20 del pasado siglo, uno de los momentos estelares en la historia de la humanidad.

Cuando digo que la serie nos transporta a otra época, no exagero un ápice: son tales el cuidado en el detalle y el preciosismo en la ambientación que cada episodio de “Babylon Berlín” se transforma en un viaje a un pasado mítico, a una época convulsa en la historia del Viejo Continente… que terminó de la peor manera posible. Sin embargo, las contradicciones y dificultades sociales, políticas y económicas de la Alemania de los años 20 y de la República de Weimar supusieron, paradójicamente y desde un punto de vista artístico y creativo, uno de los momentos cumbres de la cultura europea, como la editorial Taschen mostrará, con todo lujo de detalles, en uno de sus libros más esperados: la edición en inglés de “La noche cae sobre Berlín durante los locos años veinte”, de Robert Nippoldt y Boris Pofalla.

“Un paseo por un tiempo tan presente y apasionante como ningún otro de la historia alemana”, define al libro uno de sus autores. “Explore el Berlín de la década de 1920, las luces brillantes, los susurros entre bastidores y los frágiles consensos políticos… un vívido retrato de las personas, los lugares y las ideas de una metrópolis efervescente durante una década de gran transformación”, nos sugiere la editorial.

Mientras nos comemos las uñas, esperando la edición del libro, podemos matar el gusanillo disfrutando de esa “Babylon Berlín” que le pone imágenes, música y ambientación a aquellos tiempos difíciles, a través de una trama policíaca protagonizada por Gereon Rath, un joven policía de Colonia destinado a Berlín para investigar una red de pornografía y chantajes varios. Gereon se encuentra, solo, en una ciudad convulsa que, a medida que se aproxima la celebración del 1 de mayo de 1929, amenaza con arder por los cuatro costados. Una metrópoli, sin embargo, en la que nadie parece dormir, yendo de los despachos y las calles a clubes como el Babylon, sin pasar por casa. Y viceversa.

En el segundo episodio de la serie, algunos de los personajes participan de una ceremonia ritual que se celebra, por supuesto, en el Babylon. Cae la oscuridad sobre el escenario. La batería y el contrabajo toman la manija musical y un misterioso personaje irrumpe en escena, vestido de cuero negro, con sombrero de copa y un fino bigote negro sobre su nívea cara. Y comienza a cantar. Quedo, al principio; de forma abrasadora, inmediatamente después. “Zu Asche zu Staub”, demasiada ceniza, demasiado polvo; se titula una canción cuyas coreografías combinan a la perfección la libertad de una Josephine Baker con la estética nazi que ya se intuía en el ambiente.

Una intensa secuencia que marcan los mejores cinco minutos de la televisión de este 2017 que ya se termina y que nos recuerda a otro fiestón descomunal: el que abría la serie “Boardwalk Empire”, en el episodio piloto dirigido por Martin Scorsese. ¿Se acuerdan?

Termina el año 1919 y Nucky Thompson, tesorero del Ayuntamiento de Atlantic City, pronuncia un encendido discurso en contra del consumo de alcohol frente a las damas de la Liga de Mujeres por la Templanza. Acto seguido se desplaza hasta el Babette Supper Club, donde se celebrará una fastuosa fiesta para dar la bienvenida a la Prohibición, que entró en vigor el 1 de enero de 1920. Una fiesta lógica y generosamente regada con alcohol y en la que un baile desaforado, al son del jazz más caliente, es buena muestra de por qué aquella década pasó a la historia como los Locos Años Veinte, antecesores del crack del 29 y de los oscuros, sombríos y violentos años 30.

Pero esta sería otra historia: en este final de año tan solo queremos celebrar, cantar, bailar y disfrutar como locos. La resaca llegará después, pero mientras… ¡salud y feliz 2018!

Jesús Lens

 

El hogar perturbado

Es, posiblemente, la novela más desasosegante, perturbadora e inquietante de las que he leído en los últimos meses. “Canción dulce”, de Leila Slimani, publicada por la editorial Cabaret Voltaire y ganadora del Premio Goncourt del año 2016, el más reputado y reconocido de las letras francesas. Una autora, por cierto, que vendrá a Granada el próximo año, a la Feria del Libro, en el marco del “Tres Festival, voces del Mediterráneo”, de la Fundación Tres Culturas.

“El bebé ha muerto. Bastaron unos pocos segundos. El médico aseguró que no había sufrido. Lo tendieron en una funda gris y cerraron la cremallera sobre el cuerpo desarticulado que flotaba entre los juguetes. La niña, en cambio, seguía viva cuando llegaron los del servicio de emergencias. Se debatió como una fiera. Había huellas de forcejeo, fragmentos de piel en sus uñas blandas.”

Así arranca una novela que, a la vista está, muestra sus cartas desde el inicio de la narración, sin engañar al lector en ningún momento. Una novela valiente, por tanto, que no busca sorprendernos con giros imposibles en la historia ni con sorprendentes escorzos en la trama. Una novela que, partiendo de la peor y más aterradora premisa, ofrece una explicación, que no justificación, a unos hechos aterradores y espeluznantes, narrados con la frialdad de un informe forense, para tratar de condicionar lo mínimo posible al sobrecogido lector. Si tal es posible, claro.

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Jesús Lens

De chupas, abrigos y gabardinas

Cuando ustedes vayan a ver “Blade Runner 2049” -tranquilos, que no voy a desvelar nada sobre su trama ni argumento- se encontrarán al personaje interpretado por Ryan Gosling permanentemente ataviado con un abrigo de corte largo, con las solapas cubiertas de lo que popularmente conocemos como piel de borrego por estos pagos.

 

El caso es que el abrigo tiene su historia. Porque la secuela de “Blade Runner” trata de ir más allá del original, en todos los aspectos, pero respetando casi hasta la veneración uno de los clásicos indiscutibles de la ciencia ficción universal.

Si recuerdan ustedes la película de Ridley Scott, el personaje interpretado por Harrison Ford vestía una prenda que los especialistas llaman trench y que, para un profano como yo, era una gabardina, prensa que conectaba con la vestimenta habitual de los detectives clásicos del cine negro norteamericano.

 

En “Blade Runner 2049”, el clima es más extremo, más duro, más agresivo. Los paisajes por los que transitan los personajes son descarnados, apocalípticos y agrestes… aunque sean urbanos. Y, por tanto, una gabardina ya no era suficiente. Se imponía que Gosling vistiera una prenda más acorde con el entorno, de carácter cuasimilitar.

Y ahí le tenemos, con un abrigo fabricado de grueso algodón, tratado con una capa impermeable, con costuras redondeadas en los hombros, cuatro bolsillos multifuncionales y un diseño que permite cerrar el abrigo de forma cruzada, lo que convierte a las solapas en un cuello alto que protege nariz y boca en entornos hostiles repletos de polvo y polución.

 

Una idea, por cierto, del propio actor, con mucha vista para esto de la moda. No sabemos si Zara o El Corte Inglés tendrán este modelo de abrigo en su colección de otoño-invierno, pero no estaría de más asomarse a ver.

 

Ryan Gosling, con su cara de buen chico y aspecto despistado, también lució una chupa inolvidable en la película que le propulsó a la fama. ¿Se acuerdan de su papel en “Drive”, un conductor frío como el hielo al que contrataban para pilotar coches durante la comisión de atracos? ¿Y recuerdan aquella cazadora dorada, con el escorpión a la espalda? Pues también fue idea de Gosling, tal y como explica el diseñador de vestuario Erin Benach: “el actor había comprado una chaqueta coreana de los años 50, de esas que te llevas como souvenir si visitas un país, con la que se paseaba por el plató. Creamos una parecida, aunque cambiamos el nylon del cuello y de las muñecas por algodón”. En principio, iba a ser plateada, pero no daba bien en cámara. De ahí su definitivo color áureo.

Lo del escorpión llegó después, inspirado en un cortometraje de Kenneth Anger de corte homoerótico protagonizado por un motero llamado Scorpio que recorre las calles de Los Ángeles a toda velocidad… sin olvidar que el signo zodiacal de Gosling, nacido el 12 de noviembre de 1980, es Escorpio, por supuesto.

 

Para chaquetas cuestionablemente molonas, la que lucía el inefable Nicholas Cage en “Corazón salvaje”, una de las películas menos recordadas y más incomprendidas de David Lynch. La abrasadora y demencial historia de amor de Sailor y Lula encontraba en la cazadora que vestía Sailor -y que tantos problemas le provocaba- una auténtica declaración de principios que oscilaba entre lo sublime y lo patético: “¡Esta es mi chaqueta de piel de serpiente! Y para mí es un símbolo de mi individualidad, y mi creencia en mi libertad personal”; dicho lo cual… se liaba a mamporros con cualquiera que hubiera osado cuestionar su barroco estilismo y su discutible gusto estético.

Pero si hablamos de piel de serpiente hay que recordar la película que, con dicho título, protagonizó Marlon Brando, a las órdenes de Sidney Lumet. Un Brando que, además de actor excepcional, fue icono de la moda. ¿Cómo olvidar una de sus imágenes más populares y universalmente extendidas, apoyado sobre una moto, con su chupa de cuero negro y su gorra con visera ladeada sobre la cabeza?

 

Echen un vistazo en Ebay y verán los precios que alcanzan dichas gorras. Y no digamos ya las cazadoras negras de piel que le identificaban como el líder de la banda de moteros de “Salvaje”, cinta de 1953 que contribuyó a consolidar a Brando como uno de los iconos del cambio generacional del cine norteamericano.

¿Y qué me dicen de aquel memorable abrigo con el que Brando se protegía del frío glacial del puerto de Nueva York, donde trabajaba como estibador tras haber colgado los guantes de boxeo, en “La ley del silencio”? Era una cazadora a cuadros, posiblemente negros y rojos, que la excelente fotografía de Boris Kaufman hacía relucir con luz propia. Una cazadora que, por supuesto, hoy haría furor entre esos Hipster aficionados a los cuadros canadienses con pasión por cortar árboles a hachazo limpio, metafóricamente hablando.

En un futuro volveremos sobre las chupas de personajes como el Renton de “Traisnpotting”, el Tyler Durden de “El club de la lucha” o el Jimmy Stark de “Rebelde sin causa”, películas no canónicamente negras, pero que tanto comparten con la filosofía del Noir.

 

Sin embargo, estas líneas sobre estilismo no pueden obviar al icono del cine negro clásico por excelencia, la primera prenda que a todo buen aficionado se le viene a la cabeza cuando piensa en películas como “El sueño eterno” o “Casablanca”: la gabardina, segunda piel de un Humphrey Bogart que la vestía con el mismo aplomo y seguridad en el norte  de África, a punto de perder a su amada por siempre jamás, que en la no-tan-soleada California, si hacemos caso a esa Los Ángeles, húmeda y lluviosa, de la película de Hawks.

Y es que la magia del cine, esa maravillosa e increíble fábrica de sueños, es capaz de convencernos de (casi) cualquier cosa.

 

Jesús Lens