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El programa de espionaje más secreto de Rusia

‘Los ilegales’ de Shaun Walker es un libro de no ficción que se lee con la pulsión y el pálpito de la más adictiva de las novelas: lo que cuenta y cómo lo cuenta es realmente impresionante. 

Pero empecemos por 2010, cuando (se supone) que la Guerra Fría llevaba 20 años finiquitada. ¿Se acuerdan? Por ponerle una nota de humor y musical: “¿qué harías tú, en un ataque preventivo de la URSS?”

Pues eso. Que habíamos llegado al célebre Fin de la Historia y por no haber, no había ni Telón de Acero. Fue entonces, en una fecha tan reciente como 2010, que diez espías rusos fueron arrestados en Estados Unidos tras haber vivido años y años bajo identidades falsas. Lo típico: vecinos, amigos y compañeros de trabajo jamás sospecharon de ellos. 

Formaban parte de un programa secreto que se había iniciado casi un siglo antes, cuando el régimen bolchevique empezó a mandar agentes al extranjero para que se infiltraran como aristócratas, comerciantes o estudiantes. Unos lo hicieron tan bien que se convirtieron en leyenda del espionaje. A otros les pudo la presión y fracasaron estrepitosamente. Y todo ello nos lo cuenta, con todo lujo de rigor y detalles, el historiador y periodista inglés Shaun Walker en un libro que, publicado por la editorial Salamandra, no puede faltar en cualquier biblioteca que se precie. 

“La tarea principal de los servicios de inteligencia es obtener información sobre otros países a la que no se puede acceder por canales convencionales. Buena parte de ese trabajo debe realizarse en la sombra, así que es común recurrir a operativos encubiertos (es decir, espías), que a menudo se hacen pasar por diplomáticos”.

El problema es que los diplomáticos suelen estar rigurosamente vigilados, sospechosos número uno y con todas las cartas para ser, además, espías. Demasiado obvio. Demasiado visibles. Mucho mejor, aunque también bastante más complejo, enviar al extranjero a un espía que se haga pasar por ciudadano ‘normal y corriente’, sea ejecutivo de una gran empresa o cualificado profesional que desarrolle su carrera mientras “recluta fuentes valiosas de información”. Ésos serían los ilegales. Y los soviéticos primero y los rusos después fueron auténticos maestros en su implantación. 

Eso sí, como nos explica una de las fuentes entrevistadas por Walker, “las personas que necesitan el reconocimiento de los demás nunca podrían ser ilegales. Un espía es un actor, pero uno que no necesita ni público ni escenario”.

No les quiero contar mucho más sobre las decenas de historias protagonizadas por los ilegales soviéticos. ¡Ya verán, cuando lleguen al momento en que Stalin empieza a sospechar de todo y de todos! Y lo de Troski, el barcelonés Ramón Mercader y el piolet. 

Por cierto, que a buen seguro que ustedes saben que un tal Putin, de nombre Vladimir, trabajó durante más de quince años como oficial de inteligencia exterior de la mítica KGB antes de empezar su carrera política. Y vivió en sus propias carnes y en primera persona el desmantelamiento de la República Democrática Alemana, la Alemania Oriental previa a la reunificación. Y aquello le dejó marcado. De ahí que todo lo de Ucrania, el Dombás y Crimea responda a una lógica de lo más siniestra. Pero ‘lógica’, al fin y al cabo. 

Como les digo, no hay libro de mayor actualidad y pertinencia que ‘Los ilegales’ de Shaun Walker. Es que hasta las elecciones ganadas por Trump en Estados Unidos tienen su espacio en una obra monumental y capital de lectura imprescindible a la vez que adictiva para entender el trasfondo de tantas cosas que pasan por ahí fuera. ¿Y por aquí dentro?

Jesús Lens


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