Digámoslo alto y claro: ‘El prisionero de la planta 15’ acabará siendo, ya lo es por derecho propio, uno de los libros del año. Y es que su autor, el imperial Salvador Perpiñá está en estado de gracia. Les confieso que cuando Salva me dijo que tenía un ‘noir’ entre manos, pegué un bote de alegría. ¡Con lo que me gusta cómo escribe, desde sus cuentos a sus joyitas en Facebook!

¿Por qué he tardado tanto en escribir sobre esta novela, que lleva unas semanas disponible en librerías? Porque la leí con tal ansia y arrebato que no me acuerdo de parte de la trama y quería releerla. Pero no me hace falta para recomendársela vivamente, aunque la dejo en una de las baldas de mi covacha destinada a “lo que tienes que leer sí o también; de nuevo o por primera vez”. Y es que pueden creerme cuando les digo que estoy muy contento de haber olvidado partes de la trama. Así, su relectura será casi como la primera vez. ¿Puede haber algo más bonito?
Déjenme, eso sí, que les desvele las 12 palabras que desencadenan la acción. “Necesito que vengas a verme. Quiero que encuentres a mi hija. Virginia”. Estamos en el Madrid de 1966 y el receptor de dicha ‘invitación’ es Víctor Cano, excombatiente de la División Azul, antiguo investigador privado y morfinómano. Un ser vampírico que vive como un recluso en un apartamento del mítico Edificio España. Con sus treinta ascensores, tres mil ventanas y cuatro mil puertas, el coloso de la arquitectura franquista es para él un ser con vida propia. Como lo será para quienes leemos la novela y quedamos prisioneros de la extraordinaria prosa de Perpiñá.
Y de una trama de profundo aliento chandleriano, así se lo avanzo. Pero no se lo explico. Espero que Salva se anime a participar en la próxima edición de Granada Noir, el festival multidisciplinar patrocinado por Cervezas Alhambra, y lo hablamos.
Permítanme, eso sí, que les siga dejando miguitas de pan en el camino a su librería más cercana: el protagonista “sólo contará con la ayuda de Estela, una joven actriz de provincias sin suerte. Náufragos ambos en una ciudad inclemente, se lanzarán a un viaje alucinado por el submundo de las bandas callejeras de la época y los salones donde se respira el poder”, nos dice la contraportada del libro.
Y por si fuera poco… “en el interior del laberinto, Víctor se enfrentará a un secreto perturbador que pondrá en cuestión todo lo que hasta entonces había creído saber sobre sí mismo”. Y es que, desde los tiempos de Edipo, toda investigación que se precie acaba llevando al investigador a descubrirse a sí mismo. Y lo que encuentra, muchas veces, no es plato de gusto.
Hace unas semanas, en apasionante conversación con nuestro compañero José Enrique Cabrero, Perpiñá decía lo siguiente sobre ‘El prisionero de la planta 15’: “Esto es un thriller, una novela de género. Pero también hay otra novela oculta debajo… Quiero decir, creo que provocará un gran placer al lector de género, se sentirá entretenido y satisfecho; pero, a la vez, a un lector con otras inquietudes, tal vez más literarias, también le dará otro tipo de satisfacción”. ¡Y tanto que sí!
Como tantas otras veces, apenas les he contado nada de la trama. ¡Ni falta que hace! Termino con un párrafo que me parece maravilloso por lo que dice y cómo lo dice: “Víctor se sintió incómodo ante el lujo que lo rodeaba; no era un lujo mensurable en dinero, era un lujo de generaciones”. Y podría seguir. Pero prefiero esperar a compartir unos tercios con Salva y que sea él quien lea cómo siguen esas líneas. ¡Salud y enhorabuena!
Jesús Lens



Deja una respuesta