DEAMBULANDO POR DAMASCO

Eso estoy haciendo: deambular por Damasco. Primero, mis disculpas. Aqu’i no funciona ninguna de mis conexiones inalambricas, con lo que ni Twitter ni nada. Segundo, las comas, los acentos, etc. Un teclado desconocido, ya saben.

 

Llegue de madrugada y estaba Daniel en el aeropuerto de Damasco. Un afectuoso saludo despues, ya estabamos charlando como si no hubieran pasado cuatro anios desdela ultima vez que nos vimos, despelotados de risa por el valor del presidente de Iran, dando un mensaje navidenio a los fieles musulmanes de Inglaterra en una fiesta cristiana.

 

Estoy en un hotel distinto a los otros companieros de viaje sirio. Hotel Europa. Encajado entre un dedalo de calles que el chofer tardo diez minutos en encontrar. Dormi bien, me desperte tarde y, claro, me eche a la calle. Hoy no tengo prevista visita alguna asi que el objetivo, como me decia mi Alter a traves de SMS, es deambular por las calles del viejo Damasco y dejarme impregnar por el ambiente de la que pasa por ser la ciudad permanentemente habitada mas antigua del mundo. Y eso imprime caracter. Estas calles han sido pateadas por millones de personas desde hace miles de anios, sin solucion de continuidad. Y eso se nota.

Para desayunar me fui al Bazar de la ciudad vieja. Habia prometido comerme alli un helado de pistacho en una cafeteria muy especial. Y lo hice. Junto a un par de croissanes y de cafes. Que de inanicion no voy a perecer, creanme. Y me puse a escribir. A mano. En esos cuadernos que tanto me gustan. Y pronto me sali del bazar. Que yahabra tiempo. Hoy es dia recorrer el Damasco de a pie, el Damasco consuetudinario a sus habitantes. Sin museos ni grandes monumentos. Eso ya, maniana. Y para eso, me gusta utilizar un truco conmigo mismo: buscar objetos de la vida normal en tiendas normales.

Nada de los tipicos regalos u objetos turisticos que, como digo, ya habra tiempo de todo ello. Me gusta buscar fixo, papel celo para pegar en mis cuadernos etiquetas, entradas y demas. Y no es facil encontrar fixo cuando no tienes ni pajolera ideade arabe. Pero asi entras en las tiendas, curioseas e intentas comunicarte con el dependiente. O un adaptador para la la electricidad y los enchufes, de tres agujeritos finos. Antes me traia todo esto desde casa. Ahora, cuando vengo a un viaje tranquilo, con tiempo libre, que son los que me gustan, me dedico a buscar esos objetos tranquilamente. Me gusta entrar en las tiendas y ver que compra la gente. Me gusta pasear por los mercados y ver que comen. Por deformacion profesional, me gusta entrar en los Bancos y ver los terminales y ordenadores. Y, por supuesto, me gusta entrar en las librer’ias. Y para eso tengo una excusa negrocriminal… que otro dia les cuento.

Me gusta escuchar lo que la gente escucha en la radio. El cadena Dial de Damasco. O a sus tertulianos. Aunque reconozco que con el arabe radiado me pasa como con el aleman: siempre tengo la sensacion de que me esta cayendo una bronca por algo, como siel modelo de Federico Jimenez Losantos cabreado como una mona se hubiese expandido por el mundo musulman.

Amigos, siento no contarles nada sobre la Gran Mezquita o el Museo Arqueologico. Si me pillo un buen cibercafe, maniana y pasado. De momento, me estoy dedicando a deambular por las calles de Damasco, sin horarios, sin objetivo, sin pretensiones. Me gusta ver las caras de la gente y sortear el infernal trafico de las grande avenidas, en las que los semaforos brillan por su ausencia. Ahi reconozco ser un cobarde. Para cruzar, me espero a que venga un lugarenio y me situo detras de el, como si fuera un escudo humano que me proteja de los coches-bala. Y hago lo que el hace. Si es un temerario, me acojono. Si es un conservador, me desespero esperando. Pero yo, como los ninios chicos: pegadito a mi protector 🙂

Les dejo. Empieza a ser hora de comer. Me volvi para mi barrio, par ubicarme, que luego anochece temprano y me pierdo fijo. Mis dos referencias son la vieja estacion de tren donde se filmo la llegada de Lawernce de Arabia a Damasco en la pelicula de David Lean, despues, un asadero de pollos, la calle de las librerias y una mezquita. A ver si despues, por la noche, todo sigue en su sitio.

PD.- El tipo del ciber me mira mal. Perdonen que no responda a sus comentarios. Pero no dejen de hacerlos, que no saben como se agradecen al conectar un rato con el mundanal ruido. Un abrazo para todos.

Jesus Lens, deambulando por las calles de Damasco.

 

PD II.- Leo lo de Gaza y el bombardeo de Israel… y se me ponen los pelos de punta. Uf. Como decia antes, esperemos que la comunidad chiita de Siria y, sobre todo, Hezbola en Beirut esten tranquilos. Navidad sangrienta. Que pena de esta parte del mundo, siempre tenida de sangre, maldita. Que pena, Palestina, desangrada. Que pena. Mi solidaridad con las familias de esos doscientos muertos. Que horror. Ahora casi que salir a pasear es ingrato, como un insulto a esas personas que ahora sufren. No se. Ya les cuento despues.  

ESTAMBUL. EN TRÁNSITO

Es raro, estar en Estambul, y no salir de los estrechos márgenes de su aeropuerto, con lo que he soñado, recordado y escrito sobre esta ciudad. Estambul, antigua Constantinopla y más antigua aún, Bizancio; la ciudad deseada por el mundo, cuya historia, “Historia de tres ciudades”, escribí para el prólogo del libro de De Amicis, publicado por la editorial granadina Almed y que les recomiendo vivamente. No por el prólogo (que también 😉 sino porque el libro de De Amicis es una maravilla que se lee como una novela, y la edición de Almed es de la que te hacen disfrutar con el tacto de cada página del libro.

 

Me quedan en este aeropuerto más horas que las que este portátil antediluviano tiene de batería. Así que contesto a los comentarios de este blog y, me temo, echo nuevamente el cierre.

 

Dos veces he estado en Estambul. Pero sé que a esta ciudad, que es un mundo en sí misma, le debo más visitas. Estambul, puente entre oriente y occidente, es embrujadora, adictiva, admirable. Santa Sofía, Suleymán, el Bósforo, los barcos, el Cuerno de Oro, sus palacios, los ferrys para las islas, la mezcla de lo moderno y lo tradicional, las leyendas…

 

Ganas dan de echarse a las calles, aunque sea por tres o cuatro horas. Pero no me atrevo. El tráfico, la noche, la lluvia… a las 23.30 sale mi avión y no es cuestión de tentar a la suerte.

 

No sabía si traerme el ordenador. Pensé en no traer siquiera el teléfono. Pero está bien mantener esta conexión. Mientras se viaja solo, ayuda. Ya terminé de leer la estupenda y muy recomendable “Kickboxing en Nirvana”, a cuyo autor le hice una entrevista por mail que aún no he visto cómo salió, para nuestros amigos de Novelpol. Christopher G. Moore, un tipo de lo más interesante que, esperamos, andará por Semana Negra este año.

 

Y ahora me he pasado a la nueva, novísima novela de Carlos Salem. Que comienza con la siguiente cita, mexicana y corrida:

 

Yo sé bien que estoy afuera,

pero el día en que me muera

vas a tener que llorar.

Llorar y llorar.

Llorar y llorar.

Dirás que no me quisiste,

pero vas a estar muy triste

y así te vas a quedar.

 

¡Ay! Tremenda curda, aquella tarde, en Puebla, escuchando a los mariachis, bebiendo tequila, deambulando por aquellas calles. ¡Sigo siendo el rey!

 

¿Seguro? Jajajajaja. Buena canción para acompañar este viaje.

 

Me gusta el follón de los aeropuertos. Al menos, cuando no tengo prisa. Uno de esos “no lugares” fascinantes en sí mismos. Tanto que, una vez, escribí un relato radicado en el aeropuerto de Rotterdam, un lugar en el que se puede pasar un estupendo fin de semana de vacaciones. Si llevas pasta claro. Que me acaban de pulir cuatro euros (4 €) por una tónica.

 

De momento, sigo solo. En teoría, desde Madrid viajan tres personas que harán mi mismo recorrido, según me dijo Daniel esta mañana, con quién hablé un rato. Que va a hacer frío. Mucho frío. Que me prepare para la nieve. Imagino que en la zona de los bosques de cedros, no en el Mediterráneo. Supongo.

 

Por cierto, estuve buscando “El contador de historias”, del escritor libanés Rabih Alameddine, publicado por Lumen, tras hojear ayer el extraordinario reportaje que le hacía Toni Iturbe en la revista Qué leer. No lo he encontrado. Es una especie de “Las mil y una noches”, a caballo entre el Beirut moderno y el legendario, con decenas de historias trenzadas, en el tiempo y en el espacio. A la vuelta, ha de ser uno de esos tesoros bibliográficos que encontrar, de todas, todas.

 

Pero como la casualidad existe, después de que mi Alter Ego, José Antonio Flores, glosase las virtudes de Haruki Murakami, en el mismo “Qué leer” leí una estupenda entrevista con el autor. Y, hablando esta mañana con una de esas amigas tan necesarias como ya añoradas, me decía: “Lens, tenías que haberte llevado el libro de relatos de Murakami a tu viaje.” Así que me hice con el Tokio Blues, que no encontré los cuentos. Pero Murakami será una de mis referencias para 2009. Así que me lo dejo pendiente hasta comerme las uvas.

 

A ver, de admiten apuestas. ¿Cuál era el autor estrella en el avión de Madrid a Estambul, llegando a contar hasta a tres lectores con uno de sus títulos? Es sueco, para más pistas, y ha sido el fenómeno, la revelación del año. Por supuesto. Es Larsson.     

 

Perdonen por esta larga parrafada, pero no he tenido tiempo de hacerla más corta.

 

Reciban un cordial abrazo… ¡qué demonios! Reciban un besazo de este Jesús Lens en tránsito, contento por estar de viaje, pero que les echa de menos.

 

Estambul. 26 de diciembre de 2008.

LIBLOGS: YERMA EN EL LÍBANO

Hay libros que, por el momento personal y vital en que los lees, se te incrustan en la piel y, además de provocarte muchas y variadas sensaciones, te dejan una huella indeleble de por vida. A mí me ha pasado con “Yerma”, leído de un tirón en una tarde de invierno y cuyo recuerdo me viene acompañando desde entonces, como espada de Damocles que pende sobre mi cabeza.

 

Hace un par de noches, cansado, roto, volvía a casa en taxi. El conductor tenía ganas de charlar y me preguntó por las Navidades. Le dije que las pasaría en el Líbano y, como un resorte, me volvió a preguntar: “¿Es usted soldado?”

 

Me quedé de una pieza. ¿Soldado? Pues no. Un simple turista. El hombre no volvió a hablar, me dejó en casa y me deseó felices navidades. Al día siguiente, una amiga me preguntaba si estaba nervioso por mi inminente viaje. “No”, le contesté. “Ni nervioso, ni ansioso, ni expectante, ni excitado.”

 

Y me sentí yermo. Vacío. Fue entonces cuando me decidí a escribir las palabras de esa entrada tan gratamente recibida y comentada: “Líbano: escapar viajando”. Un texto que es duro de escribir… si sientes todas y cada una de las palabras y las sensaciones que en él se reflejan, como a mí me pasaba.

 

Hasta ahora, prácticamente no le he prestado atención al destino de este viaje. Líbano. He mirado la página del Ministerio de Asuntos Exteriores y, de hacerle caso, lo mejor sería no poner allí un pie. Recuerdo que, cuando empezó la última guerra libanesa, hace unos meses, con el egoísmo propio de los viajeros, pensé para mis adentros que era una pena, que ya había otro país que, de momento, se había convertido en destino vetado. Y, sin embargo, apenas unos meses después, allá me voy. Al Líbano.

 

Ya les he contado que la “culpa” de todo la tiene Daniel. Y a él me encomiendo, lógicamente, para culminar un viaje bonito, ilustrativo y satisfactorio. Decía que quería aprovechar este viaje para reflexionar sobre tantas y tantas cosas de mi vida, pasada, presente y futura. Otra amiga (siempre son las mujeres las que ponen el dedo en la llaga) me decía que me dejase de tonterías y que aprovechara el viaje para disfrutar, pasarlo bien, ser receptivo a los compañeros que me encuentre por el camino, descubrir nuevos paisajes y, sencillamente, gozar con las bondades de una oportunidad única: viajar a un destino tan atractivo como complicado. Viajar.

 

Por eso me gustó tanto, al llegar a casa, encontrar el mensaje de otra excelente cómplice que, desde la distancia, ya me va conociendo sobradamente. Un mensaje repleto de buenos augurios, que se concretaban en la siguiente máxima de Tucídides: «El secreto de la felicidad no está en hacer siempre lo que se quiere, sino en querer siempre lo que se hace. El secreto de la felicidad está en la libertad, y el secreto de la libertad, en el coraje».

 

Yerma se casó porque quería tener un hijo. Y no consiguió concebirlo. Y su vida fue un infierno. Y la de su marido. No había otra cosa que le importara que no fuera la sequedad de su vientre. Y así consumió su existencia. Y, por fin, cuando comprendió que jamás se quedaría preñada, no se resignó y, en vez de procurar construir una vida en torno a su esposo, lo asesinó. El fatalismo de los personajes de García Lorca, la autodestrucción, el sufrimiento, la muerte… todo ello tan nuestro… no. Hay que rebelarse.

 

Cuando escribo estas líneas me quedan menos de cuatro horas para emprender mi viaje. He de preparar el petate, comer y salir para la estación de autobuses. Es verdad que, si lo pienso, no es irme al Líbano, ahora lo que quiero hacer. Pero no es menos cierto que, como lo voy a hacer, lo estoy empezando a querer.

 

Sí. Ya estoy nervioso. Me falta un visado para Siria que suplo con una carta de una agencia de viajes, escrita en árabe, y que no sé si me dará problemas en Estambul, donde hago escala. Sí. Ya ando revisando los billetes y los itinerarios. Sí. Ya ando eligiendo qué lecturas me van a acompañar. Sí. Ya voy notando esas mariposas en las tripas que me dicen que sí. Que quiero viajar. Que dejo cosas atrás, pero que me esperan muchas más por ahí delante. Estos días, en Oriente. Y a la vuelta, claro. Libertad para irme. Y para volver. Coraje para apretar los dientes… y seguir de frente.

 

Perdonen que haya usado la excusa de los Liblogs y de “Yerma” para hablar de mí, pero, por un lado, es la grandeza de la literatura: conseguir integrarse en nuestra vida. Y, por otro, ¿qué podría decir yo sobre “Yerma” que no se haya dicho ya, hasta la saciedad, por centenares de estudiosos y especialistas de la obra lorquiana?

 

Haciendo de la necesidad virtud, un cálido abrazo viajero y mediterráneo para todos.

 

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.

LÍBANO: ESCAPAR VIAJANDO

Hace unos meses escribía las siguientes palabras: “Escapar corriendo es, por tanto, un signo de inteligencia que podemos y debemos utilizar en nuestro propio beneficio y en el de las personas que nos rodean. Al menos, siempre que hagamos un camino de ida y vuelta, trazando una hoja de ruta que nos devuelva al punto de partida.”

 

Titulé al referido artículo, precisamente, “Escapar corriendo”, y lo he querido utilizar como arranque de esta crónica porque, si cambio el verbo “correr” por “viajar”, casi podría suscribir, palabra por palabra, las sensaciones que me embargan justo antes de encaminarme al Líbano, a pasar las vacaciones más atípicas de mi vida.

 

Muchas veces salí a correr huyendo, escapando de alguna cosa. Pero nunca viajé, hasta ahora, por tal motivo. El viaje siempre ha sido una constante en mi vida, pero contemplado como un fin en sí mismo. Viajar por viajar. Por conocer nuevos paisajes, nuevas personas. Por ver cosas distintas. Por sentir emociones diferentes. Viajar para sentir otras vidas, otros mundos. Viajar en busca de puestas de sol o amaneceres distintos y distantes a los de las hermosas faldas de Sierra Nevada. Viajar para descubrir nuevos sabores, disfrutando de texturas distintas a las habituales. Viajar para no entender el idioma en que me hablan, para regatear comprando, para no escuchar las campanas echadas al vuelo, marcando las horas del devenir cotidiano del tiempo.

 

Y, sin embargo, por primera vez en mi vida, emprendo un viaje en que no se trata de ir a ningún sitio, sino de marcharse. Lo importante no es el destino. Ni la acción de viajar en sí misma. La motivación que inspira este inminente viaje al Líbano es únicamente escapar, huir, desaparecer, cortar, desconectar. Casi, casi, claudicar.

 

Por eso me voy solo.

 

Algún amigo se ha enfadado por no haber contado con él para este viaje. Lo siento. Pero tampoco habría sido yo la mejor compañía para estos días. Días silenciosos, días de recogimiento y meditación. Días en que muchos de los acontecimientos de 2008 pesan como una losa y que están pidiendo a voces quedar sepultados definitivamente, de cara a 2009. Triste, solitario y final, que hubiera titulado Osvaldo Soriano.

 

Nunca, un cambio de año, me había llevado a plantearme tantas cosas. Por eso, la identificación con esta imagen de Mingote. Cruce de caminos. ¿Hacia dónde ir? ¿Qué dirección tomar? Como el tiburón, que si deja de nadar se ahoga, hay que continuar caminando, siempre adelante. Hacia atrás, ni para tomar impulso.

 

Y para saber hacia dónde, qué dirección seguir, nada mejor que alejarse unos cuantos de miles de kilómetros de los paisajes habituales, para tener una cierta perspectiva. Otras voces, otros ámbitos; en afortunada definición de Truman Capote.

 

Un viaje, al Líbano, que podría haber sido al Perú. O al Japón. O a la Cochinchina. Da igual. Porque lo importante era poner tierra de por medio. Y espacio. Y, sobre todo, silencio, mucho silencio. Así las cosas, no sé qué veré en este viaje. No conozco ni un hito del recorrido que voy a hacer. Nada sobre la historia, el paisaje, la sociedad, la política… Nada.

 

Parto, de nuevo, hacia Oriente Medio, como podría partir hacia al Antártida o hacia el Polo Norte. Porque en el origen de este viaje, lo importante no es ir, sino irse. No es llegar, sino partir. No es tanto ver o descubrir cuanto perderse, romper y olvidar.

 

Una nueva e inédita dimensión de esa afición, viajar, consustancial a mi forma de ser, a mi forma de ver y entender la vida, que me deparará nuevas sensaciones y que, espero, me hará volver con nuevas ideas, perspectivas e inquietudes. Un viaje con el que trato de marcar un antes y un después y que, a buen seguro, será memorable.

 

Seguimos.

 

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.          

NAVIDAD EN TRÁNSITO

El caso es que recordando a Daniel, hablaba de un viaje ya hecho. Y, sí. Estas Navidades pasaré, presumiblemente por Damasco. Pero el destino principal de mi viaje es al que se refiere esta bandera, que no es de Siria, precisamente…

 

Jesús Lens, en fuga.

 

Y… sí. Me voy al Líbano: Baalbek, Beirut, los cedros, etcétera.