¡Viva Vegas!

Cuando Carolina y Eli me lo dijeron, me quedé de una pieza. ¿Una bandera de Vegas, a mí? ¿Una distinción?

—Sí. Por lo bien que siempre tratas a Vegas, por lo que te preocupas y por las veces que vienes a nuestro pueblo a aportar un granito de arena desde el punto de vista cultural, con Granada Noir o con tus charlas y tus libros.

Algo así me dijeron. Y no me quedó más remedio que creérmelo, precisamente cuando estaba convencido de que era Vegas la que me aportaba a mí un montón de cosas: complicidad, calidez y facilidades siempre que he propuesto hacer alguna actividad en uno de los municipios -ahí sí les doy la razón- a los que más cariño le tengo de la provincia de Granada.

El pasado martes, durante el acto de entrega de distinciones de Vegas del Genil, me emocioné escuchando a Leandro, su combativo alcalde. Y me reí, con el tono cálido y a la vez desenfadado con que fue presentando a las personas e instituciones galardonadas este año, de la policía local al club de baloncesto local.

Me gustaron mucho las intervenciones de dos chicas jóvenes, las hijas de Ricardo Ávila, nombrado Hijo Predilecto del Municipio a título póstumo y gran defensor de las tierras de la vega como recurso económico de primera magnitud. Recordaron la bonhomía de su padre y su disposición para ayudar a las vecinas y vecinos que recorrían los senderos de la vega o que le pedían remedios naturales para diferentes dolencias. Al terminar, se dirigieron al conjunto de la corporación municipal para pedirle protección para esa tierra fértil que Vegas ha sabido cuidar, al contrario que otros pueblos del entorno.

Efectivamente, pasear por el entorno de Vegas es una auténtica gozada, uno de esos placeres sencillos de la vida que no se pagan con dinero. Recorrer los senderos de Vegas es hacer un viaje en el tiempo a una época más sensata en la que el hombre estaba en comunión con la naturaleza. AQUÍ, el recorrido que hicimos el pasado verano, muy recomendable o el reportaje sobre las Food Trucks que tomaron Vegas, hace unos meses.

No me extraña que Vegas del Genil se esté convirtiendo en imán para gente creativa, de cantantes de flamenco como Alfredo a periodistas como Rocío, dibujantes como Chema y Olga o científicos como Juanan. ¡Viva Vegas!

Jesús Lens

Por tierras de Pedro Antonio

‘Principiemos por el principio… Recuerdo que donde al fin me abordó fue en las solitarias ruinas de la Alcazaba… Tendría él sesenta años, y yo nueve. Al verlo, di de mano a mi tarea -echar abajo los muros de la Alcazaba- y traté de marcharme; pero el hombre de lo pasado me atajó en mi camino; congratulóse muy formalmente de aquella afición que advertía en mí hacia los monumentos históricos, tratóme como a compañero nato suyo, dióme un cigarro, mitad de tabaco y mitad de matalahuva, y acabó por referirme todas las tradiciones accitanas del tiempo de los moros y todas las tradiciones alpujarreñas del tiempo de los moriscos, poniendo particular empeño en sublimar a mis ojos la romántica figura de Abén-Humeya’.

No piensen que soy un jeta que transcribe el arranque de ‘La Alpujarra. Sesenta leguas a caballo precedidas de seis en diligencia’, de Pedro Antonio de Alarcón, por no tener otra cosa que escribir. ¡Muy al contrario! He pasado un día de fábula en Guadix con mi amigo Gustavo Bernal, trabajando en un proyecto que tenemos entre manos para la Feria del Libro con el festival Gravite sobre viajes en el tiempo, patrocinado por Bankia y CajaGranada Fundación.

Una jornada de paseo y descubrimiento, siguiendo las huellas de Don Pedro Antonio por su ciudad natal, guiados por Marisa Ruiz López, de Cultura del Ayuntamiento, y por Julio García de los Reyes, un sabio, un erudito, máxima autoridad en la figura del autor accitano.

Aunque ya habrá ocasión de profundizar en el sentido de esta escapada, no puedo dejar de compartir mi euforia por tener en mis manos una primera edición de un libro de viajes capital, publicado en 1874, y que convertía a La Alpujarra en un territorio mítico a la altura de los valles del Nepal, el desierto del Kalahari, Machu Pichu o el Transvaal sudafricano.

Un libro de viajes por La Alpujarra que tantísimo me influyó de joven, de forma indirecta, gracias a la Guía General de Eduardo Castro, en la que contaba su periplo por la recóndita comarca granadina, siguiendo los pasos de Pedro Antonio de Alarcón. Un libro esencial, reeditado en una versión más completa con el título de ’La Alpujarra en caballos de vapor’ y que no puedo dejar de recomendarles.

Jesús Lens

Ruta de la Seda

Tiene evocaciones legendarias, históricas y geográficas. La milenaria Ruta de la Seda es un monumento viajero en sí misma, una antigua ruta caravanera que partía de China y, tras atravesar el Karakorum y las estepas mongolas, llegaba a Samarcanda. Continuaba atravesando Persia y Anatolia antes de desembocar en Egipto y Constantinopla. Desde ahí, se extendía por toda Europa.

Aunque fue la seda la que le dio nombre, se trataba de una ruta comercial por la que viajaron todo tipo de productos y mercancías a lo largo de cientos y cientos de años. Pero junto al vil metal, también viajaban las ideas. Y las costumbres, culturas, idiomas, mapas, manuscritos, religiones…

La mística en torno a la Ruta de la Seda es tan inabarcable que la Unesco tuvo que elegir un pequeño tramo -5.000 kilómetros de nada- para convertirlo en Patrimonio de la Humanidad.

En los últimos meses se vuelve a hablar de la Ruta de la Seda, pero en su sentido primigenio y comercial. Utilitarista. Práctico y económico. Se habla… y preocupa. Sobre todo desde que la Italia de Salvini ha firmado un acuerdo con China. Preocupa a los demás países de la Unión Europea, a la Gran Brexitaña y, sobre todo, a los Estados Unidos de Trump.

La Nueva Ruta de la Seda, que arrancó en 2013 y solo comprendía a países vecinos de China, ya se extiende por los cinco continentes. Para muchos analistas, más que una ruta comercial, es una estrategia global que aúna lo económico con lo social, lo político y lo cultural.

¿Llevarán los programas electorales de nuestros partidos algo sobre sumarnos u oponernos a este tinglado? Tengo curiosidad por comprobarlo. Sobre todo porque, en realidad y de facto, ya formamos parte de él. Hagan la prueba. Dense un paseo por el antiguo mercado de la seda granadino. Paseen por esa Alcaicería nuestra y échenle un vistazo a los productos que mayoritariamente se venden en sus comercios.

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Más o menos sedosa, la globalización también era esto: repetitivas franquicias por doquier, horrorosas tiendas de souvenirs comiéndose las fachadas de los centros históricos y hurtando las vistas a los paseantes, comercios que abusan de agresivos colores chillones para ofrecer bocadillos y refrescos, horterismo rampante, mal gusto generalizado…

Jesús Lens

Y de repente, la niebla

El reto era simple: aprovechar el puente de Andalucía -auténtico eufemismo para los autónomos- y largarme cuatro días a la playa con el único propósito de dormir, leer… y disfrutar de las maravillosas puestas de sol invernales en el Cabo Sacratif.

Cuatro días para vibrar con el vértigo y la adrenalina de las casi 1.000 páginas de “La Frontera”, el desenlace de la Trilogía del Narco de Don Winslow, uno de los monumentos literarios del siglo XXI, publicada por Harper Collins el mismo 28 de febrero.

Ayer domingo me levanté temprano y, como todos estos días, me di un paseo para comprar el periódico y desayunar en el Camping Don Cactus, uno de los clásicos de la Costa Tropical. El cielo estaba raso, el sol brillaba con fuerza y no se movía una brizna de viento. El concepto de privilegio alcanza, en días así, una dimensión diferente. La sencillez convertida en lujo asiático.

Sobre todo cuando, a mitad de camino, Daniel me advirtió que mirara al mar: había revoloteo de agua y… ¡voilá! ¡El salto de un delfín! Hizo una cabriola y volvió a sumergirse. Y así siguió un buen rato, jugueteando mientras nos brindaba un soberbio espectáculo.

Hacía meses que no bajaba a la playa. Un sinsentido, con lo cerca que la tenemos. Leí junto a la orilla del mar hasta mediodía, conjurándome con mi hermano para, nada más terminar de comer, remar unos kilómetros con la piragua.

Estábamos almorzando cuando, de repente, un espeso banco de niebla salió del mar y ocultó el sol. Era como una película de terror gótico. Aun así, nos hicimos a las aguas. Fuimos remando sin alejarnos de la orilla para no perder la referencia visual de la costa. No tardamos en llegar al cabo Sacratif. Las gaviotas gritaban a nuestro paso y los jirones de niebla cubrían las rocas. Ni el faro éramos capaces de ver.

Fue una sensación onírica y surreal. Lo mismo podíamos estar en Carchuna que bajo los acantilados de Moher, escuchando el agua batir contra la piedra. Podíamos estar en Escocia, en Cornualles o navegando por un fiordo noruego.

Un domingo cualquiera, transportados a otra dimensión gracias a la niebla… y a nuestra proverbial fantasía, faltaría más.

Jesús Lens

Caminando Sevilla

El miércoles me levanté temprano, en Sevilla. Tenía previsto aprovechar las primeras horas de la mañana para visitar el Caixa Fórum, que todavía no lo conozco, antes de volver a casa. Pero el hombre propone y sus pies disponen.

El martes por la noche, tras la presentación del Carvalho de Zanón en la Fundación Tres Culturas, estuvimos tomando unas cervezas y picando algo de pescado por Triana. Volvimos al hotel caminando. ¡Qué sensación, atravesar el Callejón de la Inquisición y salir a la ribera del Guadalquivir, en una noche excepcional!

Tras dejar la habitación, con mi escueto petate al hombro, me encaminaba hacia la Torre Pelli cuando los pies decidieron llevarme en dirección contraria, que hacía un sol luminoso. No les contradije. Me comprometí a dar una vueltita de media hora y, ya sí, entregarme a la exposición de dedicada a los dioses del Prado.

Recorrí el Paseo Nuestra Señora de la O, camino del puente de Triana, para disfrutar del callejón inquisitorial a la luz del día. ¿Y qué me encuentro nada más cruzar al otro lado? ¡El mercado!

No sé si se lo he contado alguna vez, pero soy un forofo de los mercados. Cuando viajo por ahí lejos, es una de mis visitas obligadas. Dos sorpresas en el de Triana: la cantidad de turistas haciendo visitas guiadas con la tapa como protagonista, incluyendo lecciones prácticas de cómo hacer un montadito, y una  microteatro en su interior: CasaLa Teatro, con sus tres metros de escenario y sus 28 butacas; posiblemente, la sala más pequeña -y mejor aprovechada- del mundo.

A partir de ahí, ya no me planteé lo de encerrarme entre arte pictórico. Tiré por la calle Betis, giré por Troya, anduve por la plaza del Altozano y vagabundeé por Pureza y San Jacinto.

Tiene algo de clandestina rebeldía eso de caminar sin rumbo fijo ni propósito definido por las calles de la ciudad, una mañana cualquiera de un día de diario, mientras los chaveas juegan en el patio del recreo y la gente se afana en sus labores cotidianas.

Hace un par de días les comentaba el lujo de salir a correr por Granada. Hoy, caigo rendido al placer de caminar por un barrio de Sevilla cargado de historia y belleza. Qué gozada, esta Andalucía nuestra. En ocasiones, hasta me olvido de sus asimetrías e injustas diferencias… y deficiencias.

Jesús Lens