De Teatro a Mercado

Se me hace extraño escribir de cualquier cosa diferente a las elecciones, pero a estas alturas de periódico ya lo sabrán ustedes todo sobre los avatares electorales de Sánchez, Rivera, Iglesias y los demás. Permítanme que les hable de Cartagena y de su maravilloso Teatro Romano, un prodigio de intervención arquitectónica de Rafael Moneo.

Un grupo de periodistas gastronómicos tuvimos el privilegio, ayer domingo, de que la directora del Museo del Teatro Romano, Elena Ruiz, nos hiciera una completa visita guiada por una singular concatenación de edificios que se convierten en una prodigiosa máquina del tiempo.

Lo mejor de este Museo es que sigue siendo un proceso vivo y en plena evolución desde que, en 1991, apareció el primer indicio de que el Teatro Romano pudiera estar allí. ¡Que estaba! Ya les digo si estaba… Para ‘sacarlo’ al centro de Cartagena, Moneo conectó la fachada de la Casa-Palacio de la condesa de Peralta con los restos de la iglesia de Santa María a través de corredores subterráneos y escaleras mecánicas convertidos en museo arqueológico.

Suelos de caliza y paredes de travertino fósil acogen esculturas clásicas, frisos, capiteles y un largo etcétera de objetos hasta llegar a un corredor mágico que, en 20 metros de longitud, acumula restos de 10 culturas diferentes, de la visigoda y medieval a la árabe y cristiana. ¡Alucinante! 20 metros que se convierten en una lección de arte antes de desembocar en el inmenso Teatro.

Para los próximos años está prevista la excavación de una parte sorprendente de las espaldas del Teatro: el llamado Pórtico. En el siglo V, con la crisis —de la época— no había quien sacara adelante la gestión del Teatro, por lo que se remodeló para convertirse en una zona comercial, con sus chiringuitos, tiendas y puestos de mercado.

Paradójicamente, tras varios lustros cerrada, la sede de la central de Correos de Murcia se ha convertido en un popular y frecuentado gastromercado. ¡Ay, los romanos, la cantidad de cosas que nos enseñaron! A hacer de la necesidad virtud, por ejemplo, reutilizando los edificios obsoletos en espacios vivos y excitantes.

Jesús Lens

Con Dalí, en Berlín

Nos pasó con Dalí como con ese vecino al que apenas dices hola cuando te lo cruzas en el rellano de casa, pero al que saludas con entusiasmo cuando te lo encuentras en el bar, tomando una caña o echando un café. Y si quiere la casualidad que topes con él fuera de tu ciudad, acabáis fundidos en un emocionado abrazo, como dos ciudadanos en el exilio embargados por la morriña y la nostalgia.

Habíamos salido del Museo del Espionaje, junto a Postdamer Platz, cuando nos topamos con la figura de un gran oso, símbolo de Berlín, decorado con la célebre imagen del artista del enhiesto bigote.

“Más de 400 obras originales de Dalí”, era el reclamo de un museo privado con diez años de existencia, dedicado al genio del surrealismo. Imposible resistirnos, ya que estábamos allí. Inciso: hace unos días, hablándoles en el suplemento Gourmet de IDEAL sobre algunos aspectos de la cocina berlinesa, les decía que comer y beber en la capital germana es relativamente barato y asequible (Leer AQUÍ). Entrar a los museos y a sus monumentos más significativos, sin embargo, no lo es. Ahí lo dejo… de momento.

De entre todas las piezas expuestas, destacaría unas de alto contenido erótico, fascinantes, sugerentes y atractivas. También me encantó la serie de estampas que Dalí hizo para un Quijote ilustrado, repleto de connotaciones fantasiosas, como corresponde al caballero de la flaca figura.

Me resultó especialmente emocionante un fotocollage de 1962, dedicado a Gala, Lydia y Lorca, figuras evanescentes sobre una hermosa vista de Port Lligat. Como les decía al comienzo de estas notas, siempre resulta grato encontrarte a un paisano cuando estás de viaje en el extranjero, ¿verdad, Inés?

Pequeñas esculturas, estampaciones muy noir dedicadas a la ‘Carmen’ de Merimée, una sala oscura en la que se proyecta en bucle ‘Un perro andaluz’ y un corto de Dalí para Disney y, una curiosidad muy especial: un tebeo de Nick Fury cuya portada está inspirada en los famosos relojes blandos de ‘La persistencia de la memoria’. Y es que Dalí no se termina nunca, ni en España ni en Berlín.

Jesús Lens

El Museo del Espionaje de Berlín

Decía Woody Allen que hay nombres de ciudades cuya mera enunciación provoca sensaciones incuestionables e inspira historias clásicas. Por ejemplo, el idilio entre la capital francesa y el amor desembocó en ‘Medianoche en París’, una de sus obras maestras más recientes. A la espera de saber qué le ha sugerido San Sebastián, donde se encuentra filmando su última película —¿serán los pintxos y la gastronomía los grandes protagonistas?— recordamos que, cuando le preguntaron por la historia que rodaría en Berlín, no tuvo atisbo de duda: una película de espías.

Me acordaba de Woody Allen cuando, de visita en la capital germana, me vi en el tesitura de elegir entre el Pergamon y el Museo Alemán de los Espías. Fiel a mi compromiso con esta sección, decidí postergar una nueva visita a la babilónica Puerta de Ishtar, al Altar del Pérgamo, a la Puerta del Mercado de Mileto o a la mismísima Nefertiti y descubrir la colección de artefactos y memorabilia dedicada a los servicios secretos alemanes.

La entrada al museo dedicado al espionaje no es precisamente discreta. Situado a tiro de piedra de la maravillosa Postdamerplatz y su todavía futurista Sony Center, el color verde neón que lo anuncia no deja indiferente al viajero que pasee por Berlín.

A la entrada, una línea del tiempo con la historia sobre el nacimiento y la evolución de los servicios de inteligencia y la transmisión y descodificación de mensajes cifrados desde los tiempos de los egipcios y los babilonios. Y una frase atribuida a Napoléon: ‘’Un espía en el lugar adecuado vale por 20.000 hombres en el campo de batalla”. De inmediato, la llegada de la I Guerra Mundial y el auge de los servicios de espionaje. Y, por supuesto, la II Guerra Mundial.

Las primeras salas del museo del espionaje alternan los paneles informativos con instalaciones interactivas que invitan a los visitantes a superar diferentes pruebas y ponen a prueba su ingenio y habilidad como hipotéticos agentes secretos. Empecé bien, utilizando un espejo para descifrar un mensaje. Me lié con una especie de cinturones que, debidamente enrollados, escondían mensajes en clave y atiné con unas luces de diferentes potencias para revelar tinta invisible. Sin embargo, reconozco que me rendía demasiado fácilmente en las instalaciones que requerían más paciencia.

Tras un repaso por diversas máquinas desencriptadoras y el merecido homenaje a los indios navajos, utilizados por la inteligencia estadounidense para transmitir mensajes, dado lo intrincado de su idioma, pasamos a la parte más excitante del museo: la dedicada a la Guerra Fría.

Tras la creación del Muro de Berlín surgió el Telón de Acero, referencia a la frontera política, ideológica y física entre los países de la Europa Occidental y capitalista y los de la Europa del Este, de extracción comunista. En la llamada Guerra Fría, el papel desempeñado por los espías y los servicios de inteligencia fue clave, inventándose mil y un gadgets con los que extraer información al enemigo y transmitirla a los amigos.

La parte más interesante del Museo de los Espías está dedicada a todo ello, de maletines con doble fondo para ocultar armas o papeles comprometidos a pipas que escondían pistolas o naipes que enmascaraban planos con información relevante. El más alucinante: el paraguas utilizado por un agente búlgaro para matar a un enemigo, inoculándole veneno a través de su punta metálica. Un prodigioso artefacto que da pavor por la complicada simplicidad de su letal mecanismo.

El museo tiene apartados especiales para el intento de asesinato del Papa Juan Pablo II por el turco Ali Agca, al servicio de los servicios secretos búlgaros, y para el papel de los agentes dobles que, fichados por el MI6 británico, ya trabajaban para los soviéticos, con Kim Philby a la cabeza.

Al llegar a la parte final del museo, nos encontramos con un imprescindible apartado dedicado al cine, la televisión, las novelas y los tebeos, con el agente 007 como invitado estelar de un completo recorrido por el noir protagonizado por espías, con referencias a ‘Homeland’, ‘El puente de los espías’ y al agente secreto por excelencia: el protagonista de ‘Con la muerte en los talones’, de Alfred Hitchcock: el personaje interpretado por Cary Grant era un agente tan, tan secreto que ni él mismo sabía que lo era.

Una sala repleta de láseres verdes pone a prueba la habilidad de los visitantes con ganas de emular al Ethan Hunt de ‘Misión imposible’, obligándoles a hacer contorsiones, agacharse y saltar para esquivar las severas y lumínicas medidas de seguridad.

Y, a la salida, antes de llegar a la imprescindible tienda del museo, repleta de divertidos gadgets y recuerdos, un recordatorio al neoespionaje realizado a través de la web y a las escuchas masivas. A la vigilancia con cámaras de televisión, a las fake news, a Assange y Snowden.

Así las cosas, el Museo Alemán del Espionaje resulta muy interesante, evocador e instructivo, visita obligatoria para todos los amantes del Noir que pasen por Berlín.

Jesús Lens

Topografías del Terror

Caminar por las calles de Berlín es adentrarse en lo más profundo de la historia de la Vieja Europa. Los grandes edificios de acero y cristal superan ampliamente en número a los antiguos edificios de piedra, destrozado durante los bombardeos de la II Guerra Mundial.  Lo nuevo y lo viejo, dándose la mano entre recuerdos del Muro, el Checkpoint Charlie, el Reichstag y los puentes sobre el Spree.

En Berlín hay dos lugares especialmente estremecedores: el Memorial en recuerdo del genocidio de los judíos y el llamado ‘Topographie des Terrors’, funcional y adusto edificio erigido en un inmenso solar flanqueado por restos del Muro y donde se encontraban situados los cuarteles generales de la Gestapo, las SS y otros de los organismos básicos para el funcionamiento del régimen nazi.

Se trata de un lugar en el que, con profusión de fotografías, reproducciones de documentos, periódicos, revistas, documentales y noticieros; se explica con todo lujo de detalles cómo funcionaba la siniestra e implacable maquinaria de la muerte implantada por los nazis. Las humillaciones públicas, las deportaciones, las ejecuciones y, por fin, los campos de exterminio.

Lo visitamos el domingo cerca del mediodía y coincidimos con cientos de personas, la mayoría jóvenes estudiantes que leían, veían y escuchaban con atención y respeto. En silencio.

Hace un par de semanas, un atentado de corte antisemita sacudió a Alemania. Estos días, en Hamburgo, se juzga a un individuo de noventa años que fue vigilante del centro de exterminio de Stutthof, en Polonia, donde murieron 65.000 personas.

Es un tópico que, sin embargo, no debemos olvidar: los pueblos que desconocen su historia están condenados a repetirla. El fascismo, el nacionalismo, la homofobia y la xenofobia vuelven a campar a sus anchas por Europa, cada vez más blanqueados. Es algo intolerable, muy peligroso y aterrador.

A veces es necesario hacer un alto en el camino y mirar hacia atrás. Recordar de dónde venimos para tener claro hacia dónde queremos ir y, sobre todo, qué senda no deberíamos retomar jamás. Conocer y repasar nuestra historia para no volver a cometer los errores del pasado.

Jesús Lens

Berlín iluminada

El sábado anduvimos la nada desdeñable cantidad de 18 kilómetros por Berlín. El camino que hicimos a la luz del día, entre Alexanderplatz, la Puerta de Brandenburgo y la futurista Postdamerplatz; volvimos a hacerlo de noche y de vuelta para disfrutar de un brillante espectáculo: el festival de las luces que, durante unos días, decora decenas de los más significativos edificios de Berlín con coloridas y vistosas propuestas lumínicas.

No se trata de proyectar luz sobre los edificios en mitad de un caos sonoro-musical. Son auténticas creaciones lumínicas perfectamente adaptadas a los edificios en que se proyectan. En algunos casos se trata de proyecciones fijas que, por ejemplo, muestran el aspecto original de un hotel, hace 100 años o más. En ese caso, el Festival de las Luces funciona como una máquina del tiempo que, gracias a la tecnología más moderna, nos conduce al pasado de una de las grandes capitales de Europa.

El más brillante de estos montajes, para mí, fue el que iluminaba la Universidad más antigua de Alemania, dedicada al viajero, expedicionario y naturalista Von Humboldt; con una colorida panoplia de plantas, insectos, árboles, ríos e incluso fieras de las selvas sudamericanas por las que viajó y de cuyas riquezas dejó testimonio en su trabajo.

Pero las más espectaculares eran las proyecciones dinámicas que cuentan historias. Por ejemplo, la realizada sobre la mismísima Puerta de Brandenburgo, una declaración de amor a Berlín, a la caída del Muro y a la reunificación alemana. Una gozada de espectáculo que concitaba el interés y la atención de miles y miles de espectadores que abarrotaban las plazas, calles y avenidas de Berlín.

Jamás en mi vida había visto nada igual. Inmensas y kilométricas avenidas cortadas al tráfico y tomadas por la gente que, armada con móviles, cámaras fotográficas y trípodes, se afanaba por captar y retener la esencia efímera de los monumentos de Berlín, tuneados y disfrazados para la ocasión.

Al llegar a Alexanderplatz, la torre de televisión acogía a todo lo largo una proyección vertical que derrochaba imaginación, acción y buen humor. ¡Qué tortícolis me ha agarrado, oigan!

Jesús Lens