Sin rastro del LAC

Ayer, mientras esperaba al 4 bajo el sol inclemente de media tarde, me dio por parafrasear a John Lennon: la vida es eso que sucede mientras tú… esperas al autobús. Puedes entretenerte haciendo planes o mandando güasaps, pero lo cierto es que no dejas de esperar al autobús.

¿Se nota que se me hizo larga la espera? Mucho. Demasiado. Por la mañana, sin embargo, la cosa fue mejor: aunque se me escapó un 4 en las narices, el siguiente no tardó en pasar y llegué a tiempo a la cita con el consejero de Salud y Familiar, protagonista del Desayuno de IDEAL.

Les confieso que su intervención no me llegó, hasta el punto de que aquí me tienen, escribiendo sobre el autobús. Y es que ayer, con tanto trajín autobusero, me dio por pensar: ¿quién se acuerda del LAC? ¡Ay, el LAC! Creo que no llegó a ocupar ni un renglón del programa electoral de ese PP que, en su momento, nos lo vendió como lo más de lo más.

Ustedes lo saben: fui muy crítico con un sistema de movilidad que primaba al Centro a costa de dejar aislados a los barrios. Que en una ciudad de andar por casa como es Granada se inventaran un sistema de transbordos fue un sinsentido que, por fortuna, revertió el PSOE de Paco Cuenca, sin que PP o Ciudadanos hayan hecho un amago de recuperarlo. Al menos, no figura en las 80 propuestas de gobierno consensuadas por sus máximos responsables.

No voy a decir que el sistema actual sea la panacea, pero el 4 se ha convertido en una línea democrática que atraviesa Granada de punta a cabo, conectado el PTS y el Zaidín con el Centro y la Chana. Le falta frecuencia. Y que haya máquinas cobradoras en todas las paradas del recorrido, para agilizar la subida de viajeros, lo que mejoraría el servicio. Pero a miles de vecinos, nos ha devuelto la confianza en el servicio público de transportes. Aunque, a veces, se nos pase la vida esperando su llegada.

Jesús Lens

La pérdida

Por una concatenación de diferentes circunstancias, este fin de semana me quedé en casa, literalmente hablando. Excepción hecha de salir a comprar el periódico y a tomar café, no he puesto un pie en la calle. Cuando se me plantea un fin de semana presidido por el aislamiento, la soledad y la misantropía, me las prometo muy felices, convencido de que por fin podré hacer todo eso que el caos del día a día me va impidiendo. Ver determinadas películas y documentales, por ejemplo.

Así las cosas, el viernes por la noche me lancé sobre una de las plataformas a las que estoy suscrito y busqué en ‘Favoritos’ todo lo que había ido atesorando a lo largo de estos meses. Imaginen la cara que se me quedó, los ojos más abiertos que los de Alex en ‘La naranja mecánica’, cuando me encontré con que no había nada. De nada.

No sé si habrá sido culpa de alguna actualización o, sencillamente, la plataforma ha hecho limpia de contenidos, pero el caso es que se han volatilizado las decenas y decenas de felices horas cinéfilas que me tenía reservadas. He apagado y encendido, reiniciado, desconectado y reseteado. Pero nada. No hay nada.

Y ahora me arrepiento, claro. Me arrepiento de todas esas naderías que he visto porque estaba cansado para entregarme a algo realmente importante. Me arrepiento de todas las veces que he aparcado lo que realmente me apetecía ver para ver lo que supuestamente debía ver. Me arrepiento de haber dejado para un mañana tan improbable que ya nunca llegará lo que pude y debí disfrutar en el calor del momento.

Momentos. La vida son momentos y, con cada uno que postergamos, corremos el riesgo de perderlo por siempre jamás. De no vivirlo. De no disfrutarlo. ¡Cómo me he acordado de Paul Bowles este fin de semana! “Como no sabemos cuando vamos a morir, creemos que la vida es un pozo inagotable. Sin embargo todo sucede sólo un cierto número de veces. Y no demasiadas”. Véanlo -y escúchenlo- en esta prodigiosa secuencia.

Prioricemos lo importante. Lo urgente seguirá ahí. Como el dinosaurio.

Jesús Lens

 

Nos están escuchando

¡Shhhhhhhh! ¡Baje la voz! En este momento, existe una altísima probabilidad de que nos estén escuchando. ¿Dónde y cómo está leyendo usted esta columna? ¿En la barra de su cafetería o bar favorito y en papel? ¿Habrá alguien observándole, mirando por encima de su hombro? Y, aun así, estará usted más seguro que si la lee y comenta en casa, en un ambiente menos ruidoso y, por tanto, más proclive al alcance de esos asistentes virtuales que tan de moda se están poniendo.

Alexa y sus complementos

Siri, Alexa, Amazon Echo, Google Home… todos ellos graban nuestras conversaciones. De forma más o menos aleatoria, más o menos casual. Sin olvidar a algunas smart TV, igualmente indiscretas, o a esos relojes inteligentes que convierten en ferias ambulantes a las muñecas de sus poseedores, todo el tiempo emitiendo señales luminosas y/o acústicas.

Ya saben que me encanta la novela negra. Dentro del género, adoro las historias de espías. De ahí mi convencimiento de la peligrosidad, falsedad y cinismo del famoso argumento de que si eres inocente no tienes nada que temer. Que, mientras no hagas nada malo, estás seguro y a salvo.

¡Ay, cuánta candidez en un concepto que no pasaría el filtro ni de los redactores de frases motivadoras para los sobres de azúcar, versión hispana de las galletas de la suerte chinas! Haga memoria de sus últimas 24 horas. ¿Cuántas cosas ha hecho/dicho usted en la privacidad de su entorno que no le gustaría que se hicieran públicas?

Google Home no te dejará solo. Ni aunque quieras

Dudas, además de recelos. Amigos juristas: ¿sería admisible como prueba en un juicio una grabación ‘aleatoria’ realizada por un asistente virtual? ¿Qué haría falta para que un juez la admitiera? ¿Podemos registrar lo que se diga en una cena íntima, por ejemplo, y utilizar esa grabación como prueba de lo que se dijo o se dejó de decir?

¡Qué tiempos, cuando temíamos la vigilancia del Gran Hermano! A lo largo del siglo XXI, todos y cada uno de nosotros nos hemos entregado gozosamente a él, echándonos a sus brazos entre risas, selfis y morritos multicolor!

Jesús Lens

Carlos Bassas es el Rey

Hoy les quiero hablar de un amigo. Es un gran escritor, también. Pero sobre todo, es un amigazo: Carlos Bassas del Rey, que ayer se alzó con el premio Hammett concedido por Semana Negra, el máximo galardón de la novela negra escrita en castellano. Lo comparte con Juan Sasturain, leyenda viva del noir argentino, lo que no hace sino darle más valor al galardón.

Foto: Laura Muñoz

Ha querido la casualidad —o no— que hace un par de semanas, la nueva novela de Carlos Bassas encabezara mis recomendaciones lectoras para este verano. Le dediqué a ‘Soledad’ una buena parte del Rincón Oscuro, la sección semanal que, los jueves, IDEAL le brinda al género negrocriminal.

Carlos ha ganado el Hammett con ‘Justo’, su anterior novela, también publicada por Alrevés, editorial que se ha hecho con cuatro de los últimos seis Hammett. ¡Ojo al dato y a la visión de sus responsables, Gori, Ilya y el resto del equipo! Y ‘Justo’ fue, precisamente, la novela seleccionada por Granada Noir para ser leída por los clubes de lectura municipales, tan bien gestionados por Eloísa Planells. El encuentro entre autor y lectoras fue fructífero y bien aprovechado, que Carlos tiene un piquito de oro, además de escribir cada vez mejor.

Foto: Laura Muñoz

A falta de meterle mano a sus novelas ‘japonesas’, lo he leído todo de Carlos Bassas y puedo asegurarles que cada uno de sus libros es mejor que el anterior. Se trata de un autor arriesgado e inconformista cuyas ganas de evolucionar se perciben en cada obra. Para ‘Justo’ eligió como protagonista a un anciano. ¡Y qué anciano! En ‘Soledad’, el personaje principal es una inmigrante sudamericana cuya hija adolescente aparece muerta. Una novela dura y descarnada, sin concesiones.

Carlos se ha portado con Granada Noir como el tipazo que es, entregado y generoso. Lo mismo ha ido a Huéscar a presentar una proyección de ‘El silencio de los corderos’ que ha charlado de ‘Justo’ con los mayores de la residencia Fray Leopoldo. Por todo ello, permítanme compartir con ustedes la alegría por un gran premio concedido a un gran amigo.

Jesús Lens

 

Un buen periodista

En Granada es más fácil mover autobuses que mover papeles. Al menos, eso se trasluce de la información recabada por Javier Morales sobre la (des)conexión ferroviaria entre Sevilla y Granada. Les resumo: en marzo terminaron las obras necesarias para restablecer el servicio entre ambas ciudades. ¡En marzo! Pero no fue hasta el martes pasado, 9 de julio, que la Junta mandó al ministerio de Fomento los papeles correspondientes. Y ahora toca esperar a que los técnicos los estudien antes de que la Agencia Estatal de Seguridad Ferroviaria empiece las pruebas para homologar el nuevo trazado. ¡Toma del frasco!

Foto: Alfredo Aguilar

¿Qué tienen que decir a esto nuestros representantes institucionales? Los de casa, por mucho que estén tan entretenidos con el Juego de las Sillas y las tenencias de alcaldía, y los de fuera. Los que asientan sus posaderas en Sevilla y en Madrid.

Lo escribía hace un par de días y lo reitero hoy: nuestros políticos están en rebeldía, haciendo dejación de sus funciones. Las cotas de idiocia e imbecilidad a las que muchos de ellos están llegando en estos meses, entregados a un indignante y continuo postureo, ya cansa.

También es culpa nuestra, ojo. Lo hemos comprobado esta semana, otra vez, a cuenta del bulo de ‘Los girasoles ciegos’. ¡Tanta pasión para nada! Cada día, un nuevo escándalo sobre el que sentimos la obligación de posicionarnos. Una nueva polémica que hace arder las redes… gracias a la gasolina con que las alimentamos. Polémicas estériles, la mayoría de ellas. Tormentas en vasos de agua que acaban siendo viajes a ninguna parte.

Mientras no le quitamos ojo a lo de Arrimadas en el Orgullo y nos pasamos días y días analizando hasta el mínimo detalle de aquella boutade, los papeles para que vuelvan a funcionar los trenes entre Granada y Sevilla duermen el sueño de los justos, esperando a que alguien se acuerde de ellos. Hasta que llega un periodista, un buen periodista, y hace lo que tiene que hacer: desvelar y contar lo que de verdad nos afecta a los ciudadanos.

Jesús Lens