Gracias, Netflix, por ‘El irlandés’

Hace unos días me preguntaba una amiga si le recomendaba ir al cine a ver ‘El irlandés’, la obra maestra de Martin Scorsese, o esperaba a verla en casa. Que le daba miedo, siendo tan larga, terminar aburriéndose. Que un amigo suyo se marchó de la sala a la hora y media de proyección. Mi respuesta fue lacónica: “Espero que ya sea un ex-amigo…”.

‘El irlandés’, digámoslo desde el principio, es portentosa desde su travelling inicial hasta que, casi tres horas y media después, asistes a uno de esos finales made in Scorsese, descarnados y amargos, pero sin afectación alguna. De ‘El irlandés’, aunque sea usted un fumador empedernido y tenga un mono casi insuperable, hay que ver hasta el último de los títulos de crédito. Porque en ‘El irlandés’ está todo, compendio de 50 años del mejor cine de todos los tiempos, de la montadora Thelma Schoonmaker a la música de Robbie Robertson pasando por los guionistas y productores Nick Pileggi e Irving Winkler.

Y, por supuesto, están los chicos listos. Los wise guys. Los goodfellas. No uno, sino varios de los nuestros. Los grandiosos Robert de Niro y Al Pacino. El inquietante y turbador Harvey Keitel y el que, para mí, se lleva la palma: Joe Pesci. Y gente nueva como Bobby Cannavale, uno de los grandes descubrimientos de ‘Boardwalk Empire’.

Sí. Estamos ante una historia de mafiosos. Puros y duros. Italianos e irlandeses. Una historia en la que los personajes están basados en otros reales, muy reales, desde el sindicalista Jimmy Hoffa interpretado por Pacino al Frank Sheeran sobre el que pivota la trama, narrador de la película y la mirada que conduce al espectador por los entresijos de los bajos fondos. Y de los altos, aunque sucios. Que nombres como los de Jack y Bobby Kennedy, Frank Sinatra o Fidel Castro no están ahí por casualidad, como James Ellroy podría dar fe.

Y sin embargo, ‘El irlandés’ es una película radicalmente original, nueva y diferente. Así lo cuenta el propio Scorsese en una magnífica entrevista que publica la revista Dirigido por… “No quería que alguien viera la película y sintiera que estaba volviendo a ver ‘Casino’ o ‘Uno de los nuestros’, y para colmo con los mismo actores. Quería regresar a este mundo, pero desde un ángulo completamente distinto”.

Y vaya si lo consigue, que el guion de Steve Zaillian es portentoso, alternando tres hilos temporales de forma paralela para contar una historia río en la que la mirada de una niña, la hija de Sheeran interpretada por Anna Paquin, sirve para ponderar el grado de simpatía y antipatía que provoca cada uno de los tres personajes principales: su propio padre, el escabroso Bufalino interpretado por Pesci y el contradictorio Hoffa de Pacino.

Otro rasgo que diferencia a ‘El irlandés’ de otras películas anteriores sobre la mafia, sean las del propio Scorsese o la mítica saga de ‘El Padrino’, de referencia obligatoria, es que no hay glamour ninguno en esta historia porque “ya he experimentado esa otra forma de mostrarles (a los mafiosos), particularmente en ‘Casino’. Me interesaba que se viera cómo funcionaba el poder en la vida real, que es silencioso y oscuro. Así son las fuerzas oscuras de la historia”, señala Scorsese.

Unas fuerzas oscuras que esta película muestra de la forma más sencilla posible, sin el aparataje visual de otras veces en Scorsese. Por supuesto que hay travellings maravillosos y planos secuencia marca de la casa, pero en ‘El irlandés’ no transmiten sensación de vértigo, adrenalina o velocidad. Desde la presentación de ese venerable anciano sentado en una silla de ruedas hasta el viaje en coche que planean los protagonistas, todo es lento y moroso, adoptando el ritmo pausado y reflexivo que requiere la historia. Como la violencia, sin espectacularidad alguna, seca y áspera como darle un lengüetazo al asfalto de una carretera. O funcional, como vemos en la secuencia del cementerio de armas o en la del muestrario de ‘herramientas’ de trabajo.

Así lo explica el cineasta italoamericano, con las cosas más claras que nunca. O tan claras como siempre… “Sentí que en esta ocasión tenía que ir a la esencia de las cosas. Y la esencia son dos o tres personas sentadas en un bar, en un restaurante o en un coche. Ni siquiera hace falta que digan qué es lo que van a hacer, porque todo pasa por una mirada”.

Hoy es el último día que podemos ver ‘El irlandés’ en pantalla grande. Para mí, haber tenido la oportunidad de disfrutar la película en un patio de butacas, lleno hasta la bandera, ha sido un privilegio. Un lujo. Para mi yo cinéfilo, para mi yo más negro y criminal, ‘El irlandés’ ha sido al siglo XXI lo mismo que el estreno de ‘El Padrino 3’ fue al siglo XX: un hito histórico. Uno de esos momentos que jamás se perderán como lágrimas entre las gotas de la lluvia.

Desde mañana viernes, ‘El irlandés’ está accesible para todo el mundo a través de Netflix. Triple agradecimiento, por tanto, a la plataforma de Reed Hastings. Primero, por producir una película tan cara: el desarrollo del programa informático para rejuvenecer los rostros de De Niro, Pacino y Pesci era demasiado costoso y en Hollywood no querían asumir el coste. Eso significa que este tour de force de Scorsese ha sido posible, única y exclusivamente, por el empeño de la plataforma televisiva.

Gracias a Netflix, en segundo lugar, por darle a Scorsese una libertad creativa absoluta, lo que le ha permitido estirar algunas secuencias más allá de lo que se hubiera atrevido a hacer si la producción le hubiera correspondido a un estudio de cine tradicional. De ahí que hayamos podido disfrutar de un espectacular monumento cinematográfico de tres horas y media de duración, algo inverosímil en estos conservadores tiempos en los que vivimos.

Y gracias a Netflix también, en fin, por haberla estrenado en cines, aunque haya sido más por obligación e interés que por amor o cariño a los cinéfilos.

De la cuestión de las salas de cine como ‘animales’ en peligro de extinción hablamos otro día. Hoy, celebremos ‘El irlandés’.

Jesús Lens

De infamias, balas y hongos

Hoy les quiero hablar de tres de mis lecturas más recientes, muy diferentes entre sí aunque sean bien negras y bien criminales. Comencemos por la ‘Infamia’ de Ledicia Costas, autora gallega con un amplio bagaje en literatura infantil y juvenil, cuyo Premio Nacional ganó hace unos años, y que da el salto a la novela negra con una historia corta, seca y contundente.

La trama arranca con la llegada de Emma Cruz a un pequeño pueblo llamado Merlo, lo suficientemente cercano a la Facultad de Derecho donde va a impartir clases, pero lo necesariamente aislado como para tratar de retirarse del mundanal ruido, buscando ordenar sus ideas… y sus sentimientos.

Merlo la recibe como todos los pueblos pequeños, con una mezcla de suspicacia y curiosidad acrecentada por la celebración un triste aniversario: los 25 años de la desaparición de dos niñas, las hermanas Giraud, de 6 y 13 años de edad. Una desaparición que quedó sin resolver, para escarnio y dolor de una comunidad que todavía no ha superado el trauma.

A partir de aquí, ‘Infamia’, publicada por la editorial Destino, desgrana una historia dura y descarnada en la que, más allá de las culpabilidades y la resolución del misterio, la autora se centra en las motivaciones y, sobre todo, en las consecuencias de la ejecución de actos violentos en el seno de una comunidad pequeña donde todo el mundo se conoce. Una novela de denuncia de una sociedad machista y homófoba que nos confronta con nuestras propias contradicciones, sean por acción o por omisión.

La escritora navarra Susana Rodríguez Lezaun cambia de registro en ‘Una bala con mi nombre’, publicada por Harper Collins Ibérica, y nos traslada a Massachusetts, en la Costa Este de los Estados Unidos, donde conoceremos a Zoe Bennett, una seria restauradora del Museo de Bellas Artes de Boston que se ve sumergida en un torbellino de acción y misterio.

‘Una bala con mi nombre’ es una novela que gustará a los amantes de las tramas con robos de piezas artísticas de valor singular y a los aficionados a las historias de amor fou, loco y tempestuoso. Una novela que se lee a la velocidad del rayo y que resulta de lo más entretenida.

Igualmente publicada por Harper Collins Ibérica, nos llega ‘Bajo cero’ un thriller desternillante en el que un posible fin del mundo se da la mano con una panda de protagonistas a cada cuál más loco y zumbado.

El autor de la novela es David Koepp, reconocido guionista de películas tan famosas de la historia del cine como ‘Parque Jurásico’, ‘Misión: Imposible’, ‘La guerra de los mundos’ o una de las últimas obras maestras del Brian De Palma más noir, ‘Carlito’s Way’, estrenada en España con el título de ‘Atrapado por su pasado’ y en la que Al Pacino hace una de las grandes interpretaciones de su carrera.

Con más de 30 guiones a sus espaldas, Koepp escribe ‘Bajo cero’ imprimiéndole un indudable ritmo cinematográfico, a través de capítulos que funcionan como las secuencias de una película y en las que el lector visualiza imágenes a un ritmo vertiginoso.

La novela parte de un hecho inquietante: la aparición de un misterioso hongo en una remota localidad australiana donde cayeron los restos de cierta basura espacial. Se trata de un organismo inteligente con una proverbial capacidad mutante y con una letal capacidad destructora de cualquier forma de vida que se le ponga a tiro.

Tres miembros de un equipo especializado del Pentágono acuden a Australia y consiguen encapsular al hongo. Lo depositan en unas instalaciones del gobierno perfectamente adecuadas para albergar y estudiar este tipo de fenomenologías y siguen con su vida. Hasta que, varios años después, ya jubilado, Robert Diaz recibe una llamada de teléfono a altas horas de la madrugada…

Las 300 páginas de ‘Bajo cero’ son adrenalina pura. Una vez que empiezas a leerlas, buscas cualquier excusa para no hacer lo que quiera que debas hacer con tal de seguir leyendo. La acción se sucede entre el terror bacteriano y apocalíptico y el humor más desopilante. Hay referencias a mil y una películas y a series de televisión tan populares como las de zombis. Pero sin que la novela sea de zombis. Ustedes me entienden. Además, los protagonistas son enormes perdedores que, sobre el papel, lo tienen todo en contra. Y, sin embargo…

‘Infamia’, ‘Una bala con mi nombre’ y ‘Bajo cero’ son tres novelas muy diferentes entre sí que demuestran la enorme versatilidad y variedad de un género negro que no se agota nunca. Desde las historias de denuncia más asfixiantes a una desprejuiciada novela sobre atracos protagonizada por un personaje tan improbable como encantador, pasando por una ácida crítica a un mundo que no cree en la emergencia climática que nos amenaza con llevarnos por delante, que precariza a su juventud y que deja en manos de cualquier chupatintas cuestiones tan importantes como la de la seguridad nacional. E internacional. Y global.

Jesús Lens

El Museo del Espionaje de Berlín

Decía Woody Allen que hay nombres de ciudades cuya mera enunciación provoca sensaciones incuestionables e inspira historias clásicas. Por ejemplo, el idilio entre la capital francesa y el amor desembocó en ‘Medianoche en París’, una de sus obras maestras más recientes. A la espera de saber qué le ha sugerido San Sebastián, donde se encuentra filmando su última película —¿serán los pintxos y la gastronomía los grandes protagonistas?— recordamos que, cuando le preguntaron por la historia que rodaría en Berlín, no tuvo atisbo de duda: una película de espías.

Me acordaba de Woody Allen cuando, de visita en la capital germana, me vi en el tesitura de elegir entre el Pergamon y el Museo Alemán de los Espías. Fiel a mi compromiso con esta sección, decidí postergar una nueva visita a la babilónica Puerta de Ishtar, al Altar del Pérgamo, a la Puerta del Mercado de Mileto o a la mismísima Nefertiti y descubrir la colección de artefactos y memorabilia dedicada a los servicios secretos alemanes.

La entrada al museo dedicado al espionaje no es precisamente discreta. Situado a tiro de piedra de la maravillosa Postdamerplatz y su todavía futurista Sony Center, el color verde neón que lo anuncia no deja indiferente al viajero que pasee por Berlín.

A la entrada, una línea del tiempo con la historia sobre el nacimiento y la evolución de los servicios de inteligencia y la transmisión y descodificación de mensajes cifrados desde los tiempos de los egipcios y los babilonios. Y una frase atribuida a Napoléon: ‘’Un espía en el lugar adecuado vale por 20.000 hombres en el campo de batalla”. De inmediato, la llegada de la I Guerra Mundial y el auge de los servicios de espionaje. Y, por supuesto, la II Guerra Mundial.

Las primeras salas del museo del espionaje alternan los paneles informativos con instalaciones interactivas que invitan a los visitantes a superar diferentes pruebas y ponen a prueba su ingenio y habilidad como hipotéticos agentes secretos. Empecé bien, utilizando un espejo para descifrar un mensaje. Me lié con una especie de cinturones que, debidamente enrollados, escondían mensajes en clave y atiné con unas luces de diferentes potencias para revelar tinta invisible. Sin embargo, reconozco que me rendía demasiado fácilmente en las instalaciones que requerían más paciencia.

Tras un repaso por diversas máquinas desencriptadoras y el merecido homenaje a los indios navajos, utilizados por la inteligencia estadounidense para transmitir mensajes, dado lo intrincado de su idioma, pasamos a la parte más excitante del museo: la dedicada a la Guerra Fría.

Tras la creación del Muro de Berlín surgió el Telón de Acero, referencia a la frontera política, ideológica y física entre los países de la Europa Occidental y capitalista y los de la Europa del Este, de extracción comunista. En la llamada Guerra Fría, el papel desempeñado por los espías y los servicios de inteligencia fue clave, inventándose mil y un gadgets con los que extraer información al enemigo y transmitirla a los amigos.

La parte más interesante del Museo de los Espías está dedicada a todo ello, de maletines con doble fondo para ocultar armas o papeles comprometidos a pipas que escondían pistolas o naipes que enmascaraban planos con información relevante. El más alucinante: el paraguas utilizado por un agente búlgaro para matar a un enemigo, inoculándole veneno a través de su punta metálica. Un prodigioso artefacto que da pavor por la complicada simplicidad de su letal mecanismo.

El museo tiene apartados especiales para el intento de asesinato del Papa Juan Pablo II por el turco Ali Agca, al servicio de los servicios secretos búlgaros, y para el papel de los agentes dobles que, fichados por el MI6 británico, ya trabajaban para los soviéticos, con Kim Philby a la cabeza.

Al llegar a la parte final del museo, nos encontramos con un imprescindible apartado dedicado al cine, la televisión, las novelas y los tebeos, con el agente 007 como invitado estelar de un completo recorrido por el noir protagonizado por espías, con referencias a ‘Homeland’, ‘El puente de los espías’ y al agente secreto por excelencia: el protagonista de ‘Con la muerte en los talones’, de Alfred Hitchcock: el personaje interpretado por Cary Grant era un agente tan, tan secreto que ni él mismo sabía que lo era.

Una sala repleta de láseres verdes pone a prueba la habilidad de los visitantes con ganas de emular al Ethan Hunt de ‘Misión imposible’, obligándoles a hacer contorsiones, agacharse y saltar para esquivar las severas y lumínicas medidas de seguridad.

Y, a la salida, antes de llegar a la imprescindible tienda del museo, repleta de divertidos gadgets y recuerdos, un recordatorio al neoespionaje realizado a través de la web y a las escuchas masivas. A la vigilancia con cámaras de televisión, a las fake news, a Assange y Snowden.

Así las cosas, el Museo Alemán del Espionaje resulta muy interesante, evocador e instructivo, visita obligatoria para todos los amantes del Noir que pasen por Berlín.

Jesús Lens

El universo expandido de Breaking Bad

Marcaron una época. Tanto que, por mucho que pasen los años y la producción audiovisual haya crecido exponencialmente, siguen ocupando los puestos de cabeza de las mejores series de la historia de la televisión. ‘Los Soprano’, ‘The Wire’ y ‘Breaking Bad’, tan negras y criminales ellas tres.

Tres series que trascendieron lo puramente audiovisual para convertirse en referente de una época, continuamente citadas en todo tipo de reportajes, entrevistas… y de conversaciones de barra de bar, donde siguen vivitas y coleando.

Durante mucho tiempo se fantaseó con la hipotética vuelta de Tony Soprano, dado que el final de la mítica serie gangsteril fue tan abierto que, para muchos, ni siquiera podía considerarse un final. La muerte de James Gandolfini en 2013, sin embargo, puso punto y final a aquella rumorología más o menos fundada.

Los creadores de ‘The wire’, por su parte, son tan prolíficos que su huella se puede seguir en decenas de series, la mayoría de ellas magníficas, de ‘Treme’ y ‘Show me a hero’ a la muy reciente ‘The Deuce’, sin ir más lejos.

La única serie del Olimpo noir que ha tenido continuidad, por tanto, ha sido ‘Breaking Bad’, la historia de un profesor de química de Alburquerque (Nuevo México) que, enfermo de cáncer, se convierte en un capo de la droga para tratar de asegurar el futuro de su familia.

Aunque el protagonista principal de BB eran Walter White y su alter ego como despiadado traficante, el mítico Heisenberg; la serie creada por Vince Gilligan presentaba a una notable serie de magníficos secundarios, de Gustavo Fringe y Tuco Salamanca a Mike Ehrmantraut o el cínico abogado Saul Goodman. Y por encima de ellos, Jesse Pinkman, exalumno de White y su socio en la fabricación y distribución de metanfetanima.

El final de ‘Breaking Bad’, tan temido por los aficionados, dejó un inmejorable regusto en sus fieles seguidores. Sin embargo, el último episodio de la serie, titulado ‘Felina’ y emitido en 2013, no fue sino un nuevo principio para el universo expandido de BB: tras cinco temporadas y 62 episodios de la mejor narración audiovisual posible, todo volvió a comenzar en 2015, cuando se estrenó el primer episodio de ‘Better Call Saul’, una serie que, digámoslo ya, no tiene nada que envidiarle a su hermana mayor.

El protagonista total y absoluto de esta secuela/precuela es Saul Goodman, el abogado sin escrúpulos que blanqueaba el dinero de Walter White. En un espectacular alarde narrativo sin parangón, Vince Gilligan decidió contarnos su historia, con pelos y señales, situándole en 2002, seis años antes de su entrada en escena en ‘Breaking Bad’.

Antes de convertirse en Saul Goodman, el personaje interpretado por Bob Odenkirk se llamaba James Morgan McGill. Jimmy para los amigos. Slippin Jimmy, ’El Resbalones’, para las compañías de seguros. Porque antes de sacarse el título de abogado por correspondencia en una improbable universidad de imposible ubicación, Jimmy era un pícaro, un buscavidas que simulaba tener accidentes para estafar a los seguros. A Jimmy también se le daban bien las pequeñas estafas, los trucos de guante blanco. Hasta que decidió enderezar su vida. Y fue entonces cuando comenzaron sus problemas de verdad.

A veces, de tanto como me gusta la serie, al terminar un episodio de ‘Better Call Saul’ tengo la intención de tuitear algo como ‘¿Y si Breaking Bad y Walter White sólo hubieran sido el prólogo que anunciaba el advenimiento de Saul Goodman?’

Ahora, además, nos ha llegado ‘El Camino’. Está en Netflix y se subtitula ‘Una película de Breaking Bad’. ¡Por fin entiendo por qué no hubo este año entrega de ‘Better Call Saul’! Dos horas de película, escrita y dirigida por el gran Vince Gilliam, en la que el protagonista es Jesse Pinkman, a quien dejamos huyendo por carretera. Jesse es el personaje cuyo final quedó más abierto en la serie y resulta muy oportuna esta recuperación.

¿Y necesaria? Pues depende. Partiendo de que, más allá de tener un techo bajo el que dormir, unas ropas que vestir y un mendrugo de pan que llevarnos a la boca, todo lo demás es superfluo; personalmente estoy encantado de que Gilligan siga agrandando ‘Breaking Bad’, dándole su personal, único e intransferible toque narrativo y estético.

De los planos fijos con multiplicidad de interpretaciones a las secuencias tranquilas y pausadas. De las explosiones de violencia más súbitas al humor negro más desopilante, incluyendo un duelo de western noir absolutamente maravilloso. Y la fotografía, hermosa, componiendo un cuadro perfecto en tantos y tantos planos. Y la música. Y los personajes. Que, ojo, hay cameos tan evocadores y en absoluto gratuitos como el de Mike, ese viejo sabio, y el del propio Walter White.

La duda es, una vez que ‘Better Call Saul’ llegue a su final en una o dos temporadas, ¿seguirá Vince Gilligan expandiendo el universo infinito de ‘Breaking Bad’? Ojalá que sí…

Jesús Lens

El Noir y los desheredados de la tierra

El noir, o es social, o no es noir. Al menos, no es el noir que más nos gusta, el que defendemos con ahínco, a capa y espada. O a gabardina y metralleta, por actualizar el símil. En Granada Noir, el festival patrocinado por Cervezas Alhambra, defendemos el género negro que conecta con las preocupaciones de la gente de la calle y pone su foco de atención en los rincones oscuros a los que difícilmente llega la luz de la verdad y de la justicia.

De ahí que, desde este año, Granada Noir haya puesto en marcha una nueva iniciativa: el Memorial Antonio Lozano, que se entregará por primera vez el próximo sábado, gracias a la colaboración de Fundación Tres Culturas. Se trata de un galardón que busca mantener vivo el espíritu del escritor tangerino, fallecido a comienzos del 2019 tras varios años de lucha contra el cáncer.

El Memorial Antonio Lozano se entregará cada año a una personalidad del género negro comprometida con los valores de compromiso social y la visión integradora, abierta y solidaria que siempre presidieron tanto la vida como la obra de un escritor y gestor cultural muy vinculado a Granada.

Se trata de mantener vivo el espíritu de Antonio Lozano, una de las personas que más me han influido en su doble vertiente de creador y gestor cultural. De hecho, Granada Noir se inspira en la visión abierta, mestiza, innovadora e integradora de Lozano, un ejemplo a seguir tanto en lo humano como en lo literario, cuyo compromiso social nos ha dejado huella a todas las personas que hemos tenido la suerte de conocerle.

Antonio Lozano, a través de su narrativa policíaca, sus novelas de viajes o sus obras de teatro, siempre trató con especial sensibilidad  temas como el de la inmigración, el exilio, la reconciliación y la integración de los inmigrantes en nuestra sociedad. En Granada Noir se presentará por vez primera la última novela de Antonio Lozano, que Alrevés publica a título póstumo.

Se titula ‘El desfile de los malditos’ y es una inmersión en las desventuras de las personas que viven en la calle. A través de una investigación encargada a su personaje por antonomasia, el detective privado García Gago, Lozano desgrana una trama negra y criminal en la que sigue los pasos de un profesor al que, después de ser despedido, todo empieza a irle mal. Termina bebiendo más de la cuenta e inicia una espiral descendiente en la que lo pierde todo: familia, casa, dinero, amigos, prestigio… hasta terminar viviendo en la calle.

A partir de aquí, con incursiones en ese mundo globalizado que tanto caracteriza a la obra de Lozano, especialista en prestar voz a quien no la tiene, ‘El desfile de los malditos’ nos sumerge en una trama de tráfico de órganos en la que se dan la mano la inocencia más cándida y lo peor y más egoísta del ser humano.

Proyección de ‘El proxeneta’, en Granada Noir

Y precisamente por su labor de denuncia de la trata de mujeres para la explotación sexual, la escritora y cineasta Mabel Lozano es la primera persona galardonada con el Memorial Antonio Lozano. Autora de ‘El proxeneta’, obra ganadora del Premio Rodolfo Walsh de 2018 y uno de los libros imprescindibles del pasado año, publicado por la editorial Alrevés; Mabel Lozano es directora de documentales como ‘Chicas nuevas 24 horas’ y ‘El proxeneta. Paso corto y mala leche’, inédito en Granada y que será proyectado en la jornada de clausura de Granada Noir, el próximo sábado.

Mabel Lozano está haciendo un trabajo de investigación y denuncia imprescindible y comparte la actitud combativa y comprometida de la que siempre hizo gala Antonio Lozano, por lo que es un privilegio que sea la primera persona galardonada con el Memorial que lleva su nombre además de, casualmente, compartir apellido.

La trata de mujeres, el negocio de proxenetismo y las mafias de la prostitución quedan perfectamente retratados tanto en el libro como en los documentales de Mabel Lozano, realmente sobrecogedores. Su obra nos obliga a reflexionar y a plantearnos muchas cuestiones sobre una cuestión muy polémica y de plena actualidad.

Con la instauración del Memorial Antonio Lozano, Granada Noir da un paso más en su reivindicación de un género negro combativo y atento a lo que pasa a nuestro alrededor. De ahí su apuesta por escritores que también son periodistas y que, en sus novelas, desarrollan tramas complejas basadas en temas que han investigado en su trabajo y que, por distintas circunstancias, de espacio sobre todo, no han podido ver la luz.

Escritores como Quico Chirino, Jerónimo Andreu, Javier Valenzuela, Berna González Harbour o Íñigo Domínguez pasan estos días por Granada Noir para hablar tanto de sus novelas como de sus libros de no ficción. No les pierdan la pista. Es una inmejorable ocasión de conocer, de primera mano, lo que pasa en el mundo.

Jesús Lens