El Noir en los tiempos de la tisis

Antes de hablar a fondo de ‘1793’, una advertencia para hipocondríacos: la novela de Niklas Natt och Dag se desarrolla en Suecia, en tal año como el del título, y la tisis tiene una gran importancia a lo largo de la narración. ‘1793’ tiene tanta fisicidad como ‘El perfume’ y, protagonizada por un abogado tuberculoso, puede resultar pelín agobiante en estos tiempos de coronavirus.

Y, sin embargo, creo que es justo cuando hay que leerla. ¿No están en boca de todos ‘La peste’ y ‘El Decamerón’, por ejemplo? Pues no duden en hacerse con la novela de un nuevo fenómeno sueco que nos promete más emociones fuertes en el futuro, no en vano, estamos ante el comienzo de una trilogía muy potente.

‘1793’ arranca con la aparición de un cadáver flotando en un lago de Estocolmo. El cuerpo está mutilado y desfigurado cuando Mickel Cardell, un veterano de guerra tan duro como buscapleitos, lo saca de las aguas. La investigación del crimen la asume un abogado llamado Winge. Y le corre prisa rematarla dado que tiene tuberculosis y el tiempo se le está acaba, literalmente hablando.

A través de una soberbia estructura que da vertiginosos saltos en el tiempo a través de distintos flashbacks y mientras tratamos de averiguar quién es el muerto y por qué acabó de tan mala manera, conoceremos los vientos de revolución que, importados de Francia, sacuden el norte del continente.

Es tiempo de cambios. Y ya se sabe que los cambios, cuestan. Por ejemplo, cuesta que la policía utilice medios modernos y científicos en una investigación, más allá de sacudirle la badana a unos cuantos incautos para que canten por soleares. Asistimos a los inicios de la criminología moderna en una extraordinaria novela negra con raigambre histórica que también apela a la maldad pura, a la maldad sin ambages.

Editada en España por Salamandra, una de las editoriales más interesantes por lo que al género negro se refiere, ‘1793’ ha batido récords de ventas en Suecia, está previsto que se traduzca a 30 idiomas y obtuvo el premio al mejor debut de la Academia de Escritores Policíacos.

La dialéctica entre la razón y la fuerza, entre el rigor científico y la contundencia de los puños desnudos, entre la deducción y la implosión; está perfectamente representada por la dupla protagonista: el tísico y delicado Winge y el bruto de Cardell. Como en tantas novelas y películas antes, el recurso de la pareja de socios a la fuerza funciona a las mil maravillas. Resultan tan distintos como complementarios. Guantes de seda y puños de acero para abrirse paso en una sociedad compleja e igualmente contradictoria, cargada de prejuicios y que, aferrada a la tradición, se resiste a cambiar.

Sin solución de continuidad, los protagonistas transitan de los grandes palacios de la burguesía sueca más poderosa a los barrios más miserables consumidos por la tuberculosis. De las dependencias policiales a los lupanares. De los salones más refinados a las tabernas más cochambrosas.

Y, como les decía al comienzo de esta reseña, la ciudad de Estocolmo, en ‘1793’, huele. Huele el cieno de sus canales. Huele el sudor de los trabajadores. Huelen los restos de vino acumulados en la barra de los garitos más infectos.

Es uno de los puntos fuertes de una novela que combina el noir con lo histórico, perfectamente contextualizada en la época en que transcurre: el tránsito del antiguo régimen a una Europa más moderna, aunque no sé yo si necesariamente más civilizada.

Y está el tercero en discordia. El villano de la función, sobre el que conviene no dar una sola pista. La estructura de ‘1793’ es un mecanismo de precisión tan ajustado que cualquier comentario extemporáneo puede suponer un incómodo spoiler que fastidie la lectura. Por tanto, en este sentido, silencio total. Sí les avanzo que en la novela se habla de la Orden de los Euménides, una élite económica que abusa de sus prerrogativas y comete depravaciones sin límites.

Tal y como ha explicado el autor, la Orden no existió como tal, pero sí hubo comportamientos sectáreos parecidos. Y es que el gran capital tiende a perder el contacto con la realidad, fabricando una moralidad a la carta que resulta nociva y empobrecedora para el conjunto de la sociedad. De ahí la vigencia, en el cada vez más desigual siglo XXI, de una novela que transcurre a las puertas del siglo XIX.

Niklas Natt och Dag ha escrito una historia basada en los personajes que la protagonizan, el contexto histórico en que transcurre la acción y el espacio físico en que se desarrolla la trama. ‘1793’ es una novela al límite. Su prosa es morosa, tranquila y reposada. No esperen grandes dosis de adrenalina ni una acción desbocada. Hay sorpresas, claro que sí, pero no es lo más importante de esta estupenda narración.

Jesús Lens

Retorno al pasado noir

Viajemos en el tiempo. Demos un doble salto mortal y vayamos de la España de 1942 a Estocolmo, en 1793. Usaremos como pasaporte dos estupendas novelas que combinan lo histórico con el noir.

Carlos Lombardi ya no es policía como tal. Su pasado republicano le hace sospechoso. Sin embargo, un antiguo jefe que sí cuenta con el beneplácito del régimen franquista consigue que le contraten para investigar una misteriosa desaparición en un pueblo pequeño de la Castilla profunda. Esas son las mimbres de ‘La virgen de los huesos’, la novela más reciente de Guillermo Galván, publicada por la apasionante serie Policiaca de la editorial Harper Collins.

Estamos en 1942 y las heridas de la Guerra Civil siguen abiertas. Y sangrando. Reconvertido en algo parecido a un detective privado, Lombardi se instala en una pequeña población en la que los caciques son más fuertes que nunca. Lombardi trata de ir por libre, pero sabe que hay callos que no conviene pisar si quiere salir con bien de su investigación. Y con ‘salir con bien’ no me refiero, solo, a resolver el enigma que se le plantea. Porque en aquella España profunda, la que hoy se denomina vaciada, las fuerzas vivas de las pequeñas ciudades y pueblos de provincias podían ser más letales que las balas.

“No remueva el pasado, señor Lombardi. Lo hecho, bien o mal, hecho está. Y con más motivo si el ayer es tenebroso: hay que mirar a la luz, al futuro”, llega a decirle un personaje al protagonista. ¡La de veces que hemos escuchado la misma tesis entre quienes abogan por pasar página, impidiendo de esa manera que se haga justicia.

Guillermo Galván, acreditado periodista de la agencia EFE, desarrolla una investigación que nos permite comprender cómo era la sociedad española de la inmediata posguerra. Una España presidida por el miedo y el odio, en la que las venganzas y las cuentas pendientes se resolvían de la forma más cruel y expeditiva que podamos imaginar.

A través de una narración pausada en la que el calor de un tórrido verano sin aire acondicionado ni cerveza de barril se deja sentir en cada una de sus páginas, la novela de Galván avanza con pie firme, guiándonos sabiamente a través de una maraña de intereses creados que nos permiten descubrir algunas de las injusticias que se cometieron bajo el amparo de la llamada Guerra Civil. Y de las venganzas urdidas, a sangre más o menos fría. Y de las tropelías que se cometieron, antes, durante y después.

“Desearía investigar tanto asesinato impune, permitir a las víctimas un digno entierro y llevar a los culpables ante la justicia. Pero sabe que se trata de una aspiración utópica, que las cosas no son como antaño, que ahora ciertos verdugos tienen patente de corso. Lo que pisa es la sangre oculta que no puede sacarse a la luz, e intentarlo significaría jugarse el cuello gratuitamente”, piensa Lombardi en otro momento de su investigación.

Al terminar la novela hay tres reveladoras páginas dedicadas a detallar el minucioso proceso de documentación seguido por el autor a la hora de escribir ‘La virgen de los huesos’, continuación de ‘Tiempo de siega’, pero que se puede leer perfectamente de forma independiente.

Cambiemos de época y de país. Antes de hablar de ‘1793’, publicado por Salamandra, una advertencia para hipocondríacos: la novela de Niklas Natt och Dag tiene tanta fisicidad como ‘El perfume’ y, protagonizada por un abogado tuberculoso, puede resultar pelín agobiante en estos tiempos de coronavirus. Y, sin embargo, creo que es justo cuando hay que leerla. ¿No están en boca de todos ‘La peste’ y ‘El Decamerón’? Pues no duden en hacerse con la novela de un nuevo fenómeno sueco que nos promete más emociones fuertes en el futuro, no en vano, estamos ante el comienzo de una trilogía muy potente.

‘1793’ arranca con la aparición de un cadáver flotando en un lago de Estocolmo. El cuerpo está mutilado y desfigurado cuando Mickel Cardell, un veterano de guerra tan duro como buscapleitos, lo saca de las aguas. La investigación del crimen la asume un abogado llamado Winge. Y le corre prisa rematarla dado que tiene tuberculosis y el tiempo se le está acabando.

A través de una soberbia estructura que da vertiginosos saltos en el tiempo, mientras tratamos de averiguar quién es el muerto y por qué acabó de tan mala manera, conoceremos los vientos de revolución que, importados de Francia, sacuden el norte del continente.

Es tiempo de cambios. Y ya se sabe que los cambios, cuestan. Por ejemplo, utilizar medios modernos y científicos en una investigación, más allá de sacudirle la badana a unos cuantos incautos para que canten por soleares. Asistimos a los inicios de la criminología moderna en una extraordinaria novela negra con raigambre histórica que nos hace ansiar su prometida continuación.

Jesús Lens

Oriente me mata

Hace un tiempo, antes de que la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía decidiera dejar morir al festival Cines del Sur, le comentaba a su director, José Sánchez Montes, la posibilidad de organizar un ciclo sobre el fascinante cine negro oriental que se estaba haciendo en China, Japón y, sobre todo, en Corea.

A raíz de la ensalada de Óscar que le han dado a Bong Joon-ho y su prodigiosa ‘Parásitos’, en Filmin han estrenado un puñado de películas coreanas, a las que me he enganchado furibundamente y con pasión. A las negras y criminales, me refiero, que a las más poéticas y reflexivas todavía no me he entregado.

En un fin de semana vi ‘The yellow sea’, ‘Niebla’ y ‘Mother’. Tres películas fuertes e impactantes. Duras. Sucias. Crueles en muchos momentos. Así las cosas, no es de extrañar que el domingo me despertara antes del amanecer sudando, agobiado por las pesadillas. Había matado a alguien y trataba de mantenerlo oculto. Al cadáver y al hecho en sí. Las cámaras de vigilancia no dejaban de escrutar cada paso que daba mientras trataba de huir de no un espacio lacustre. Terminaba emprendiéndola a golpes con un coche, sin poder escapar.

De todo ello hay en las películas citadas. Cine negro de muchos quilates en el que la emigración y la violencia contra los inmigrantes están muy presentes, convertidos en temas de la máxima actualidad. Y es que la frontera entre Corea y China es compleja. Muy compleja. Como la mayoría de fronteras, por otra parte. Son temas universales. Como universal es un deseo compartido por la mayoría de seres humanos: buscarse la vida donde hay oportunidades.

En ‘Mother’, un sentimiento que mezcla justicia y venganza impulsa a una madre a hacer todo lo posible (y lo imposible) por demostrar que su hijo, aquejado de una discapacidad intelectual, es inocente del crimen que le imputan las autoridades y, por extensión, el pueblo entero donde residen. ¿De qué no sería capaz una madre con tal de salvar a su hijo?

Les aconsejo fervorosamente que vean la selección de películas coreanas que ha hecho Filmin. Es extraordinaria. Pero, ojo. Su cine negro no se anda con chiquitas ni contemplaciones. Su violencia, además de abundante y generosa, es seca, dura y brutal. No está teatralizada ni mediatizada, como es habitual en el mainstream hollywoodiense.

Vi otra película coreana, ‘The Berlin File’, en clave de espías y cine de acción. Muy movida. ¡La que se lía en la capital alemana entre los agentes secretos de las dos Coreas! En esta sí hay trepidantes persecuciones de coches y tiros a gogó. Pistolas, metralletas y explosivos. Aun así, también hay esos estallidos de violencia salvaje, esa violencia física que trata de herir al espectador.

La violencia del cine coreano impacta porque, por lo general, utiliza elementos cotidianos y del día a día como instrumentos del mal. Si ustedes vieron la mítica ‘Old Boy’ sabrán de lo que hablo, con el martillo convertido en arma letal, elemento protagonista de la trama, visible en el propio póster del film. Lo del martillo, de hecho, ha creado escuela en el cine independiente norteamericano, tal y como pudimos ver en películas como ‘Drive’ o, más recientemente, ‘En realidad, nunca estuviste aquí’. (De hecho, les dedicamos una entrega especial de El Rincón Oscuro a los martillos matones… Leer AQUÍ)

En ‘Mother’, por ejemplo, hay un momento en que la protagonista, una señora mayor, tan respetable como enclenque, administra justicia con una gruesa llave de cocodrilo. ¿Reconocen esa herramienta? Es como una llave inglesa, pero más grande y pesada. ¡Tremendo! Y cuidadito cuando se desencadena la furia de las cadenas voladoras.

Está el tema de las sartenes y cacerolas. Porque en las casas coreanas, están muy a mano. O en los barcos. Y se convierten en objetos contundentes con los que defenderse de un agresor o con los que atacar a un inesperado e indeseable visitante. Desde que veo cine coreano, le tengo mucho más respeto al menaje de las cocinas.

Las palas son objetos homicidas más clásicos. Sobre todo, en el cine británico. Y es que se trata de una herramienta muy versátil: permite romperle la crisma a un enemigo y, acto seguido, cavar el agujero en el que enterrar su cuerpo. Toda una metáfora. Azadas y azadones, hachas y hachuelas, sierras y serruchos; tan rurales, son herramientas universales con las que zanjar discusiones de lindes, tierras, herencias y cosechas.

Y nos queda, por supuesto, la cuestión de los cuchillos. La capacidad de pegarse cuchilladas que muestra el cine coreano resulta estremecedora. Sobre todo cuando los protagonistas pinchan una y otra los cuerpos de sus enemigos, que se resisten a caer.

¿Es una violencia gratuita? Sinceramente, creo que no. Es una violencia a la que no estamos acostumbrados, de la que salpica la pantalla. Pero no es banal. Ni espectacular. Es sucia, insistimos. Devastadora. Avisados quedan.

Jesús Lens

El chico de las bobinas

La nueva novela de Pere Cervantes, ‘El chico de las bobinas’, publicada por la editorial Destino esta misma semana, es un encendido canto de amor al cine. Al cine como experiencia compartida. Al cine como lugar de ‘aprojimamiento’, que diría nuestro querido Val del Omar.

“El cine, hijo, el cine es la más grande y bella mentira. Todos aceptamos que nos engañen con una historia bien contada. Que nos lleven a lugares inexistentes, que nos hagan soñar con besos irreales…, depositamos nuestra fe en las palabras de un vaquero, un detective o una mujer fatal que desaparece de nuestras vidas en cuanto regresa la luz en la sala. Es sin duda la mentira más aceptada, ¿no crees?”

Este párrafo de ‘El chico de las bobinas’ es un perfecto reflejo de esa declaración de amor que Pere Cervantes, uno de los grandes escritores contemporáneos, hace al séptimo arte en una novela cuya acción transcurre en Barcelona, en los años inmediatamente posteriores al final de la II Guerra Mundial.

Pere Cervantes, a la derecha, con Toni Hill. en Granada Noir

Los protagonistas principales son Nil y su madre, Soledad, nombre nada casual para una mujer cuyo marido está ausente, luchando con los maquis contra el régimen franquista. Los secundarios son los vecinos del Poble Sec, de Delfina a Leo; Lolita, Bernardo, Margarita, Jacinto o el doctor Fuster. Y el villano de la función, un siniestro y cruel inspector Víctor Valiente, de la temida Brigada Político-Social. Un reparto coral para una trama de espionaje que nos conducirá por los meandros de una Barcelona oscura y triste cuyos habitantes sólo sonríen en la oscuridad de las salas de cine.

Le preguntamos a Pere Cervantes por este homenaje al séptimo arte, de dónde surge. “De la tristeza que siento cada vez que cierra una sala de cine y me pregunto cuántas emociones vividas se marchitarán para siempre. También tengo la sensación de que el cine ha dedicado muchos metros de celuloide a la literatura, no son pocas las películas en las que el protagonista es un escritor o el mundo editorial. Por el contrario creo que la literatura le debe alguna que otra novela al cine”.

La trama de ‘El chico de las bobinas’ tiene mucho de espionaje y de investigación. Un misterio por resolver, una venganza que ejecutar y varias subtramas protagonizadas por nazis escondidos y traficantes de obras de arte. Pero, sobre todo, es una novela histórica en la que las calles de la Barcelona de mitad del siglo pasado tienen gran protagonismo. Así las cosas, Pere Cervantes vuelve a sorprendernos con un cambio de registro espectacular en su trayectoria literaria.

Así nos lo cuenta: “Cambiar de registro en cada proyecto es algo muy propio de cineastas, de guionistas. Fíjate en Clint Eastwood. Tal vez se deba a mi formación como guionista. Sé que es algo extraño en el mundo editorial donde si una novela funciona porqué no seguir su rastro. Mi axioma a la hora de crear es no mirar hacia atrás. En esta ocasión la idea inicial para escribir ‘El chico de las bobinas’ fue el querer agradecer al cine lo que había hecho por nuestra sociedad. ¿Y qué mejor momento que la posguerra española? No hallé un contexto mejor para explicar lo que el cine hizo por quienes inmersos en la miseria y en el miedo necesitaban de un refugio para soñar”.

La siguiente pregunta parece obligada: ¿Son necesarias la fantasía y la imaginación para sobrevivir a la cruda realidad? “La evasión es el mejor medicamento ante la barbarie vivida. Durante mis años en los Balcanes, en plena posguerra, constaté que muchas víctimas kosovares y serbias habían sido capaces de mantener una digna salud mental gracias a la evasión. Llámese esta ver una película o imaginar un futuro cercano donde el mal que han conocido se evapore sin más”, señala Cervantes.

En la novela, por cierto, hay muchos guiños a cómo será la sociedad del futuro. O sea, la hoy de día. ¿Qué pensarían los protagonistas de ‘El chico de las bobinas’ sobre la España del 2020?

“En el caso de Soledad, la madre del protagonista Nil Roig, supongo que estaría algo decepcionada”, nos dice Pere Cervantes. “Ella es una superviviente, una de esas mujeres que ayudó a reconstruir una sociedad maltrecha a pesar del alto coste que ello acarreaba. Y sin embargo, 80 años después, lamentablemente todavía tenemos que reivindicar el papel de la mujer en la sociedad con manifestaciones y tuits diarios. ‘El chico de las bobinas’ también es un grito de reconocimiento a la mujer, la eterna víctima de las guerras y la única capaz de llevar a cabo la reconstrucción de aquello que el hombre ha destruido”.

Estamos ante una de las novelas que más y mejor van a dar que hablar este año. No se la pierdan. Y prepárense para descubrir un lugar llamado ‘La Gran Mentira’. Ya verán como les gustaría que existiera en la realidad…

Jesús Lens

La vuelta de Dominique Manotti

Dominique Manotti ha vuelto. De hecho, nunca se fue, pero las veleidades del mercado editorial español han hecho que, durante muchos años, la combativa escritora francesa estuviera desaparecida de los anaqueles de nuestras librerías.

Estamos de enhorabuena, por tanto, ya que la editorial Versátil acaba de editar en nuestro país la novela ‘Oro negro’, publicada originalmente en 2015 por la editorial Gallimard.

Desde el título ya sabemos qué hay de fondo en la trama argumental de una novela en la que, efectivamente, el petróleo desempeña un papel esencial. Y eso que el prólogo, cuya acción transcurre en la Nueva York de 1966, nos hace barruntar que la cosa irá de minerales, diamantes y otras fruslerías, pero la acción no tarda en trasladarse a Marsella, a un año muy especial: 1973.

Si son ustedes buenos aficionados al noir, recordarán una de las grandes películas de la historia del cine: ‘The French Connection’. Dirigida por William Friedkin. En España se estrenó como ‘Contra el imperio de la droga’, pero todo el mundo la conoce por el título original. La trama de la película tiene al tráfico de heroína como elemento central: se embarcaba en el puerto de Marsella y se distribuía por Estados Unidos.

Dicen las malas lenguas más conspiranoicas que aquello fue una operación de estado encaminada a laminar los movimientos contraculturales que sacudieron los Estados Unidos de finales de los sesenta, llenando de caballo los ambientes hippies y rockeros que estaban convulsionando al país. Sin embargo, cuando el consumo de heroína se fue de madre y empezó a enganchar a una juventud más conservadora y bien peinada, las autoridades cortaron el suministro a través de operaciones como la descrita en ‘The French Connection’, sustituyendo los opiáceos por la cocaína colombiana, supuestamente menos letal y destructiva. Y más rentable.

El joven inspector parisino Theodore Daquin llega a Marsella proveniente del Líbano. “Veintisiete años, estudios brillantes, Ciencias Políticas, licenciatura en Derecho, escuela de comisarios de la que ha salido entre los primeros de su promoción, y un año en la Embajada de Francia en Beirut en los servicios de seguridad, muy lejos de la calle marsellesa”.

A su llegada, el domingo 11 de marzo de 1973, un asesinato sacude la ciudad mediterránea. Aunque, en realidad, nada ni nadie queda sacudido, más allá del fiambre tiroteado en plena calle. Porque Marsella está acostumbrada a que la violencia se enseñoree de sus calles tras la mencionada desactivación de la French Connection.

Cuando todavía no ha terminado de instalarse, Daquin se enfrenta a otro asesinato. Y no tardará en producirse un tercero, en Niza. ¿Conexiones entre ellos? Más que probables. El problema es que, cuando Daquin y su equipo empiezan a investigar y a tirar del hilo, se encuentran con reacciones extrañas entre sus propios jefes…

“Tiene el físico poderoso de un jugador de rugby, deporte que practica ocasionalmente, juega como delantero de tercera línea; un rostro cuadrado, enérgico, sin asperezas, ojos y cabellos castaños. Un aspecto bastante corriente, en suma, pero de una presencia intensa cuando se anima”. Además, no tardaremos en saber que Daquin en homosexual. Y no es fácil serlo en la Marsella de comienzos de los 70.

Aunque Daquin ya había protagonizado otras novelas anteriores de Dominique Manotti, en ‘Oro negro’ le descubrimos en su primer caso, cuando todavía es extremadamente joven. De ahí que sea una inmejorable ocasión para conocer a uno de los personajes esenciales del género negro europeo.

“Si te gusta la novela negra y no has leído a Manotti estás de enhorabuena: leyéndola te va a gustar más”. Así escribe Carlos Zanón sobre una autora referencial cuya nueva arribada a nuestras librerías es, efectivamente, una de las noticias más gozosas de este arranque de 2020.

Manotti es una autora que estudió Historia, pero dejó de ejercer como historiadora “porque no me permitía entender mi presente y empecé a dedicarme a la ficción. El trabajo de un historiador cae en el olvido mucho antes que una novela, género mucho más importante que la Historia para dar cuenta del viaje de mi generación”.

Activa militante política y sindicalista convencida, Dominique Manotti utiliza sus novelas para mostrar las contradicciones de un sistema que perpetúa las relaciones de poder, expulsando a todo el que se enfrenta a ellas. Así, sus novelas tratan temas como la especulación inmobiliaria, la corrupción, el tráfico de armas y las relaciones entre el fútbol y el poder político. En este sentido, ¿terminará presentándose Rajoy a las elecciones de la Federación Española de Fútbol, frente a Rubiales e Iker Casillas?

Y una ciudad, Marsella, que es un universo en sí misma. “Una multitud mediterránea, franceses, corsos, italianos, argelinos, todos bronceados y surcados de arrugas, hombres jóvenes en vaqueros y sudaderas, que arrastran los pies calzados con zapatillas de deporte, y viejos proletarios cansados, una mezcla de lenguas y de culturas en un clima de pobreza inquieta”. ¿No es maravillosa, Manotti? Háganse con ‘Oro negro’. La van a gozar.

Jesús Lens