El Centro Guerrero es una Máquina del Tiempo

Si ustedes visitan el exquisito edificio de la calle Oficios que acoge el Centro José Guerrero estarán entrando en una máquina del tiempo que les conducirá al futuro. No es una metáfora. Es real. Acérquense a la mesa con las publicaciones del Centro, cojan un ejemplar de ‘Todos los museos son novelas de ciencia ficción’, de Jorge Carrión, y tendrán en sus manos un libro que aún no existe. 

Compruébenlo, si no me creen. Abran el libro. Tras la solapa con la biografía del autor y dos páginas en negro riguroso, un ojo sobre un fondo rojinegro le mirará fijamente. Después, la prueba: “Publicado por Galaxia Gutenberg S.L. Primera edición: febrero de 2022”. 

Siempre me ha gustado leer tramas que aún no se han publicado. Sobre todo una que cuenta la historia de un autor que está escribiendo un libro y recibe un mensaje desde el futuro de alguien que ya lo ha leído. ¿Se imaginan, el flash?

A quienes nos gusta Gravite, el festival dedicado a la cultura y la ciencia con el viaje en el tiempo como protagonista, lo que está ocurriendo en nuestro Centro Guerrero es algo espectacular e irrepetible. Se trata de un proyecto literario-expositivo con tres patas que se complementan entre sí. 

Por un lado tenemos una novela, ‘Membrana’, de un escritor arrojado y visionario, Jorge Carrión. Ganadora del Ciudad de Barbastro, se trata de una trama de ciencia ficción con la Inteligencia Artificial como protagonista. Una IA que nos cuenta la historia del siglo XXI, hasta 2100, a partir de las piezas que componen un museo imaginario. ¿O no tanto?

El siglo XXI verá la consolidación y el desarrollo de la relación entre la humanidad y la Inteligencia Artificial. Por cierto, que Granada haya solicitado ser la sede de la agencia y el centro nacional de IA no es baladí. Ni casual. En ‘Membrana’, la relación entre la humanidad y las máquinas es complicada, por usar un término muy usado en Meta, la antigua Facebook. Complicada y contradictoria. Ahí lo dejo.

El caso es que Francisco Baena, director del Guerrero, le hizo a Carrión una de esas ofertas que no se pueden rechazar: igual que las paredes del Centro habían acogido un cómic gracias a la totémica y monumental ‘Viñetas desbordadas, con Max, Sergio García y Ana Merino, ¿por qué no intentarlo con una novela? ¿Qué tal convertir el espacio expositivo en una ficción literaria? A fin de cuentas, la novela más reciente de Carrión se inventaba un museo…

El reto no era fácil, ni mucho menos. Un cómic tiene tanto de imagen como de palabra, ¿pero una novela? No les descubro nada si les digo que ‘Todos los museos son novelas de ciencia ficción’ es una exposición que se lee. Consta igualmente de imágenes y objetos. De algún ser vivo, incluso. También es un libro. Una novela que funciona a modo de catálogo de la muestra. Esa novela que, no habiéndose publicado aún, los visitantes al Centro José Guerrero ya pueden leer. In situ… o llevándosela a casa.

No todos los días se puede tener en las manos un libro que aún no existe. Un libro perturbador con referencias a clásicos como ‘2001’, ‘Blade Runner’ o ‘Her’, si hablamos de películas. Una novela en la que se anuncia otra novela, por cierto, que solo podremos leer dentro de 22 años —en teoría— y en la que Granada desempeña un papel esencial. 

¿Muñecas rusas? Hay mucho de eso en la obra de Jorge Carrión. Asómense al Guerrero, insisto. Disfruten de un inquietante y osado proyecto que invita a la reflexión sobre nuestra relación con las máquinas. Nos va la vida en ello. Literalmente. 

Jesús Lens

Bajar la ciencia a la calle

Mañana viernes podrán leer ustedes en el suplemento Gourmet de este periódico una charleta con Antxon Alberdi, director del Instituto de Astrofísica de Andalucía. Nos juntamos al calor de una Cerveza Alhambra fresquita para hablar de pintxos, tapas y asadores y acabamos saliendo por los anillos de Saturno. (AQUÍ, la entrevista)

Hubo un momento en que apelé a la sinestesia y le pregunté por la relación entre un agujero negro y un plato. Se hizo un silencio cósmico. Antxon, mirando al infinito, comenzó a hablar del contraste entre un haz de luz que ilumina la oscuridad más insondable y tuve claro que, además de un hombre de ciencia, es un poeta; un romántico.

Con el devenir de la charla salieron a colación el fútbol, la música y los viajes, pero Antxon vibraba especialmente cuando hablaba del trabajo del IAA, que aglutina nada menos que a 220 personas, incluyendo 120 científicos, 60 ingenieros y personal especializado en óptica, software, mecánica, administración…

Me decía que su trabajo consiste en el estudio de la física, pero en un escenario muy particular: el universo. Como está en permanente estado de transformación, es imposible repetir un mismo experimento en igualdad de condiciones. Me habló de la luz como su fuente primigenia de información, de los rayos gamma y de ese nuevo mensajero que son las ondas gravitacionales. Para que no se me desencajara la mandíbula y se me cayera la baba, yo bebía cerveza y comía callos. Y tomaba notas.

Lo que más me gustó de Antxon es que no descomponía el gesto cuando le preguntaba simplezas como si será posible cultivar patatas en la Luna, siguiendo la estela de Matt Damon en ‘Marte’. O por la posibilidad de encontrar vida en otros planetas. Ahí me habló de los lagos helados de Júpiter, de los cometas como viajeros interestelares y del proyecto SETI. Y yo seguía alucinando.

Adentrarse en profundidad en cada uno de esos temas hubiera requerido pedir más cerveza y ambos teníamos que trabajar esa tarde, pero qué buen sabor de boca me dejó la conversación. Es esencial que el extraordinario e ingente caudal científico que tenemos en nuestra tierra conecte con la ciudadanía. Tenemos que sacarle más partido al nombramiento de ‘Granada, Ciudad de la Ciencia y la Innovación’. Bajarla a la calle. En beneficio de todos.

PD.- No comeremos patatas cultivadas en la luna. Al menos, nosotros no. Como decía Antxon, ahora mismo es más ciencia ficción que ciencia.

Jesús Lens

El tiempo como ingrediente del Noir

Es la película del verano. Se la ama o se la odia. No hay término medio. Para unos es ‘Tiempo’. Para otros, ‘Old’. Para unos es una genialidad. Para otros, un truño. En lo que sí hay coincidencia es en que la idea es maravillosa. Una idea que tiene que ver con el tiempo, lógicamente. Con su paso. Con su falta. Con su peso. Con su ausencia.

El nuevo thriller de M. Night Shyamalan arranca con un prólogo en el que el cineasta se dirige a la cámara para celebrar que nos encontremos de nuevo, él y nosotros, en una sala. Porque, y esto lo tengo muy escrito desde mucho antes de la pandemia, no es lo mismo ver una película que ir al cine. El director explica que filma sus películas para que las veamos en íntima comunión en una sala oscura, rodeados de gente. Efectivamente, es un gustazo ir volviendo, aunque sea poco a poco y con espacios vacíos a nuestro alrededor.

‘Tiempo’ cuenta las vacaciones de una familia estresada en un resort paradisiaco. El hombre está tan pendiente del futuro que no sabe disfrutar del presente. La mujer, sin embargo, está más en el aquí y el ahora. Tienen concepciones diferentes del tiempo, lo que genera fricción.

No les voy a contar nada sobre la trama de ‘Tiempo’, que las películas de Shyamalan se basan en la sorpresa y no quiero ser el aguafiestas que les arruine la función. Sí les diré que me considero equidistante. Ni me ha parecido la obra maestra que defienden unos ni el desastre que critican otros. Hay momentos brillantes, como los planos acuáticos, y otros que bordean el ridículo. Hay actores con pinta de no tener ni idea de qué pintan en pantalla y acertadas resoluciones formales cargadas de poesía y sensibilidad.

Eso sí, tengo la compulsiva necesidad de leer ‘Castillo de arena’, el cómic de Frederic Peeters publicado por Astiberri en que se basa la película y que, paradojas de la vida, surgió como idea para el guion de un filme… que nunca llegó a rodarse. Los caprichos del arte y la creación.

Acabo de leer, más causal que casualmente, ‘La Policía de la Memoria’ novela de la prestigiosa autora japonesa Yoko Ogawa, publicada por Tusquets, y que venía con la vitola de mil y un reconocimientos como Libro del Año. Así se presenta en sociedad: “Una poderosa y delicada novela, de tintes orwellianos, sobre el control social y la memoria”.

En una isla indeterminada de Japón, en un tiempo igualmente indeterminado, desaparecen cosas. Nadie sabe cómo ni por qué, pero un día se desvanecen los pájaros y, al tiempo, lo hacen los perfumes. Desaparecen cosas de forma aleatoria, como por ensalmo, y nunca vuelven a aparecer. Además, los habitantes de la isla no tardan en olvidar que alguna vez existieron. Y si, por casualidad se topan con un recuerdo o una fotografía de los objetos desaparecidos, no tienen ni idea de qué eran ni para qué servían.

En este escenario, la Policía de la Memoria se encarga de eliminar los rastros del pasado. Por ejemplo, una vez desaparecidos los pájaros, se incautarán de guías o cuadernos de campo que contengan fotos o dibujos de aves, harán una hoguera con ellos y los quemarán.

La novela tiene un punto de crítica orwelliana, sin duda, pero para mí es mucho más una parábola sobre el Alzheimer cargada de sensibilidad y en la que pasan muchas cosas, que solo les he hablado del planteamiento de base. Los protagonistas son unos personajazos, maravillosamente trazados, cuya interacción nos sitúa frente a un escenario inquietante que, por desgracia, no puede parecernos ajeno o extraño a los lectores.

Jesús Lens

Google & Indra llegan a Granada

Anoten en sus diarios el día de hoy. Porque hoy, Granada comienza de nuevo. A la granada del futuro me refiero. A la Granada tecnológica, generadora de conocimiento, investigación, riqueza y puestos de trabajo de alto impacto y enorme valor añadido.

Hoy se firma el convenio por el que Google, Indra y la UGR ponen en marcha en el PTS el nuevo Centro de Excelencia en Inteligencia Artificial (CEIA). Es una iniciativa público-privada que busca atraer a Granada grandes proyectos y empresas. Tal y como nos contaba Andrea G. Parra, “los investigadores y trabajadores vinculados a este gran proyecto trabajarán en inteligencia artificial, 5G, realidad aumentada, robótica, internet de las cosas y nanotecnología, entre otras técnicas”.

He hablado con Francisco Herrera, uno de los popes mundiales en inteligencia artificial, para que me anticipe algo y está lógicamente entusiasmado. Sobre la importancia de la IA en nuestra vida caben pocas dudas. Así lo sostiene Sundar Pichai, el líder de Google, cuando señala que “supondrá un cambio más profundo que el fuego, la electricidad o internet”.

Herrera tiene claro que el CEIA va a ser un espacio único para el desarrollo de soluciones de negocio basadas en IA para todas las corporaciones que deseen participar. Además, incorpora la ética y la sostenibilidad como valores diferenciales. Y ojito a los socios. Google, al que no hace falta presentar, e Indra, que participa con una de sus empresas referente en IA, con una tecnología muy avanzada… y práctica. Y es que la vocación del nuevo Centro es involucrar a las pymes de este país. ¿Han reparado en la palabra NEGOCIO? Pues eso.

Foto: Iván Luque

Me encanta que todo esto vaya a pasar en Granada. En otras ocasiones he escrito sobre cómo Málaga estaba atrayendo inversiones tecnológicas de primer nivel. Esta vez, gracias al trabajo y al prestigio de la UGR, somos nosotros los que nos traemos el gato al agua. Por una vez y ojalá que sirviendo de precedente.

Porque, tal y como me dice Francisco Herrera, esto es solo el principio: “se están gestando otras iniciativas para convertir a Granada en un polo de innovación en inteligencia artificial a nivel nacional e internacional”. Y me lo creo, ojo. Que esto no es palabrería hueca de un político con el discurso aprendido. Esto lo dice alguien que está en el meollo de la cuestión. ¿Es o no es para anotar el día de hoy en los anales de Granada?

PD.- ¿Ven como no exageraba al decir que tener en Granada a Francisco Herrera es un lujo, como escribía aquí?

Jesús Lens

El Ministerio del Tiempo 5 y 6

Estábamos frente a la puerta de Bib-Rambla, en mitad del bosque de la Alhambra, y Blanca Espigares se explayaba sobre el papel esencial que Leopoldo Torres Balbás desempeñó en la protección y conservación del monumento nazarí. No lo pude evitar: mirando a Javier Olivares, creador de la maravillosa serie ‘El Ministerio del Tiempo’ junto a su hermano Pablo y actual director creativo de la misma, solté un espontáneo e impremeditado “aquí hay tema, Javier”.

Gravite viaja en el tiempo por la puerta Bib Rambla

Discreto como es, enarcó un ceja y sonrió. Me arrepentí sobre la marcha de haber pronunciado aquella frase, poniéndome en el pellejo de uno de los grandes creadores españoles contemporáneos. ¡La de veces que le habrán dicho lo mismo a Javier! Todo el mundo conoce a un personaje o un hecho histórico de su terruño que, a su parecer, sería merecedor de una misión de los agentes del Ministerio.

Vaya en mi descargo que, después de ver el documental de José Sánchez-Montes sobre Torres Balbás, ‘La Alhambra en peligro’, me he convertido en leopoldista, torreño y balbasiano; todo en uno.     Y ’El Ministerio del Tiempo’ es la gran serie de televisión española del siglo XXI. De hecho, el festival Gravite, patrocinado por CaixaBank y CajaGranada Fundación, está creado a su imagen y semejanza. A partir de ahí, aten cabos.

Así lo dije durante la entrega del premio Viajero en el Tiempo a Olivares y al actor Ángel Ruiz, que dio vida a Lorca mucho más allá de lo puramente metafórico en una serie que aúna todo lo que reivindica nuestro festival: la serie es la fusión de ciencias y letras, la combinación del rigor científico y la calidad a ultranza con la amenidad y la diversión, la crítica a la superchería y la superstición y la defensa de la ciencia, la investigación y la cultura como divisa.

Premio Viajero en el Tiempo Gravite.
Foto: Carlos Gil

Dado el arrollador éxito que el pasado año tuvo su cuarta temporada, no entiendo cómo es posible que RTVE, que tiene un filón en sus manos, no haya encargado a Javier Olivares la quinta entrega de la serie. Me parece algo inconcebible. Si hay un producto que responde al espíritu de lo que debería ser una televisión pública es ‘El Ministerio del Tiempo’. ¿Se acuerdan cómo ardían las redes toda la noche, después del capítulo de la semana? No sé, pero lo mismo habría que hacer un change.org y recabar firmas para su vuelta. Como mínimo, para un par de temporadas.

Jesús Lens