CUAVERSOS: LUZ, OSCURIDAD: EQUILIBRIO

La medianoche

Es la luz verdadera,

El alba

No es clara

 

Tozan (807-869)

 

«La entrada en la noche es el comienzo de la iluminación»

 

Louis Cattaux

 

«El secreto de la felicidad no está en hacer siempre lo que se quiere, sino en querer siempre lo que se hace. El secreto de la felicidad está en la libertad, y el secreto de la libertad, en el coraje»

                                                                                                                    Tucídides

ESTARÉ BIEN

Queridos amigos, este miércoles damos descanso a los Cuaversos de Bitácora, cambiando nuestra cita literaria por el tradicional Cuento de Navidad que vengo escribiendo en los últimos años, y que está en el Cuaderno Especial de IDEAL.

 

Espero que les guste, aprovechando para felicitarles a todos las fiestas y deseándoles una estupenda entrada de año nuevo. Como prólogo al cuento, una frase de una película que, esta noche, proyectan todas las cadenas, en glorioso ByN… Extraño, ¿verdad? La vida de cada hombre toca muchas vidas, y cuando uno no está cerca, deja un terrible agujero, ¿no es cierto?   

 

–         Claro que estoy bien. Sí. No os preocupéis. Venga. Pasadlo de fábula, mujer… que sí… Que no… venga. Pasad buena noche… Sí. Mañana hablamos. Claro que sí.

 

Andrés no veía el momento de que colgara el teléfono. Inmensa mujer, su madre, pero qué pesada podía llegar a ser. Y la de veces que había tenido una conversación como ésa en los últimos días…

 

Bebió otro trago de agua. Largo. Le iba a hacer falta estar bien hidratado. Se estiró las mallas, negras, y se terminó de echar la vaselina en las tetillas y en los sobacos. Se puso la camiseta y, encima, el cortavientos, cogió la pequeña mochila y salió de casa. En el ascensor puso a cero el cuentakilómetros y el cronómetro de su reloj y, en cuanto cruzó el portal, echó a correr.

 

El frío de la noche le cortó la cara. Aunque estarían a unos cuatro o cinco grados, el viento hacía que la sensación térmica fuera aún más fría. Gélida, de hecho. Y eso que apenas pasaban de las diez de la noche. Una noche clara y estrellada, en la que una enorme luna llena asomaba por detrás de la montaña. Esa montaña hacia la que Andrés se dirigía, con paso firme, corriendo a unos modestos pero necesarios cinco minutos el kilómetro, si quería cumplir con el plan y el horario trazados.

 

Para Andrés, correr ya no era una afición. Era una necesidad: como respirar o beber, calzarse unas zapatillas y echarse a los caminos era un rito diario de obligado cumplimiento del que disfrutaba con la adición del converso. Por eso, acompasada la respiración, alargando sus zancadas y habiendo roto a sudar, el frío, el viento y la oscuridad de la noche sólo contribuían a hacer más especial esa carrera.

 

Le resultaba difícil que su familia y sus amigos entendieran la inmensa sensación de libertad que le embargaba cuando salía, sobre todo, en condiciones extremas como aquélla. Desafiando sus límites, poniendo a prueba su capacidad de superación, Andrés amaba correr casi por encima de cualquier cosa. Después de varios años de trotón voluntarioso y acomodaticio, consiguió convertir en aliados al sol que le quemaba la cara o al granizo que azotaba sus piernas, sintiéndose igualmente bien cuando el viento pretendía derribarle o cuando el agua amenazaba con ahogarle de forma inmisericorde.   

 

Ya tenía la montaña encima. El Trevenque. El Rey de la baja montaña de la Sierra granadina. Un pico de 2.000 metros que se yergue majestuoso, orgulloso, desafiante; hermano pequeño del Cervino suizo, en medio de un espectacular paraje calizo.

 

Para la subida, siguiendo el sendero marcado por el famoso Pino-guía, alternaba el correr con el caminar, dado lo pronunciado de la pendiente. Hasta que llegó arriba, con la respiración cortada y el sudor perlándole la frente. Una onírica Sierra Nevada se le apreció como salida de un sueño, iluminada por la luna llena, proyectando el blanco de la nieve sobre la oscuridad de la noche.

 

Se detuvo unos momentos. Abrió la mochila y sacó un objeto muy particular. Se trataba de una de esas botellitas típicas de los minibares de las habitaciones de los hoteles. Tequila José Cuervo Reposado. Seguramente no era la bebida indicada para un deportista, máxime, cuando aún le quedaba un largo camino de vuelta. Pero aquélla no era una noche cualquiera. De hecho, ya empezaban a verse los fuegos artificiales en lontananza, a todo su alrededor. Miró su reloj. Las doce. Se bebió el tequila dando doce escuetos sorbitos a la botellita, brindando íntimamente por el año que empezaba, recordando a tantos y tantos amigos repartidos por el mundo.

 

Sí. Había pasado las dos últimas horas de 2008 haciendo lo que más le gustaba. Y arrancaría el 2009 por el mismo camino. Un camino solitario, libre, escabroso, abrupto, accidentado, incomprendido. ¿Absurdo? Quizá. Pero era el camino que había decido tomar en su vida.

 

Dedicado a mis amigos de Las Verdes,

en el convencimiento de que ninguno está tan zumbado… de momento.

 

Feliz Navidad.          

LÍBANO: ESCAPAR VIAJANDO

Hace unos meses escribía las siguientes palabras: «Escapar corriendo es, por tanto, un signo de inteligencia que podemos y debemos utilizar en nuestro propio beneficio y en el de las personas que nos rodean. Al menos, siempre que hagamos un camino de ida y vuelta, trazando una hoja de ruta que nos devuelva al punto de partida.»

 

Titulé al referido artículo, precisamente, «Escapar corriendo», y lo he querido utilizar como arranque de esta crónica porque, si cambio el verbo «correr» por «viajar», casi podría suscribir, palabra por palabra, las sensaciones que me embargan justo antes de encaminarme al Líbano, a pasar las vacaciones más atípicas de mi vida.

 

Muchas veces salí a correr huyendo, escapando de alguna cosa. Pero nunca viajé, hasta ahora, por tal motivo. El viaje siempre ha sido una constante en mi vida, pero contemplado como un fin en sí mismo. Viajar por viajar. Por conocer nuevos paisajes, nuevas personas. Por ver cosas distintas. Por sentir emociones diferentes. Viajar para sentir otras vidas, otros mundos. Viajar en busca de puestas de sol o amaneceres distintos y distantes a los de las hermosas faldas de Sierra Nevada. Viajar para descubrir nuevos sabores, disfrutando de texturas distintas a las habituales. Viajar para no entender el idioma en que me hablan, para regatear comprando, para no escuchar las campanas echadas al vuelo, marcando las horas del devenir cotidiano del tiempo.

 

Y, sin embargo, por primera vez en mi vida, emprendo un viaje en que no se trata de ir a ningún sitio, sino de marcharse. Lo importante no es el destino. Ni la acción de viajar en sí misma. La motivación que inspira este inminente viaje al Líbano es únicamente escapar, huir, desaparecer, cortar, desconectar. Casi, casi, claudicar.

 

Por eso me voy solo.

 

Algún amigo se ha enfadado por no haber contado con él para este viaje. Lo siento. Pero tampoco habría sido yo la mejor compañía para estos días. Días silenciosos, días de recogimiento y meditación. Días en que muchos de los acontecimientos de 2008 pesan como una losa y que están pidiendo a voces quedar sepultados definitivamente, de cara a 2009. Triste, solitario y final, que hubiera titulado Osvaldo Soriano.

 

Nunca, un cambio de año, me había llevado a plantearme tantas cosas. Por eso, la identificación con esta imagen de Mingote. Cruce de caminos. ¿Hacia dónde ir? ¿Qué dirección tomar? Como el tiburón, que si deja de nadar se ahoga, hay que continuar caminando, siempre adelante. Hacia atrás, ni para tomar impulso.

 

Y para saber hacia dónde, qué dirección seguir, nada mejor que alejarse unos cuantos de miles de kilómetros de los paisajes habituales, para tener una cierta perspectiva. Otras voces, otros ámbitos; en afortunada definición de Truman Capote.

 

Un viaje, al Líbano, que podría haber sido al Perú. O al Japón. O a la Cochinchina. Da igual. Porque lo importante era poner tierra de por medio. Y espacio. Y, sobre todo, silencio, mucho silencio. Así las cosas, no sé qué veré en este viaje. No conozco ni un hito del recorrido que voy a hacer. Nada sobre la historia, el paisaje, la sociedad, la política… Nada.

 

Parto, de nuevo, hacia Oriente Medio, como podría partir hacia al Antártida o hacia el Polo Norte. Porque en el origen de este viaje, lo importante no es ir, sino irse. No es llegar, sino partir. No es tanto ver o descubrir cuanto perderse, romper y olvidar.

 

Una nueva e inédita dimensión de esa afición, viajar, consustancial a mi forma de ser, a mi forma de ver y entender la vida, que me deparará nuevas sensaciones y que, espero, me hará volver con nuevas ideas, perspectivas e inquietudes. Un viaje con el que trato de marcar un antes y un después y que, a buen seguro, será memorable.

 

Seguimos.

 

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.          

A TIMBA ABIERTA

Hace unos días, analizando el estallido de violencia estudiantil y juvenil acaecido en Grecia, podíamos leer el siguiente titular en un periódico: «Una revuelta a ritmo de blog y SMS», que venía a demostrar que las nuevas tecnologías se han puesto al servicio de los ardientes acontecimientos helenos.

 

¿Qué tiene que ver eso con una novela negra titulada «A timba abierta», ardoroso debut literario de un autor llamado Óscar Urra, publicado por la inquieta y necesaria editorial Salto de página y radicada en el Madrid de toda la vida?

 

Pues, para saberlo, habrán de hacerse un favor y leer la novela. Una novela protagonizada por un detective privado español -que haberlos, haylos- llamado Julio Cabria. Y por un poli al borde la prejubilación, Meléndez. Y por el camarero de El Portón, uno de esos bares que son mucho más que bares, casi templos en que los parroquianos habituales se juntan para ver pasar el tiempo.

 

Una novela que, como su propio nombre sugiere, es cachonda y juguetona, mezclando el naipe y el burle con una trama que avanza a velocidad vertiginosa, desde que el Botines le encarga a Cabria que localice a una misteriosa chica italiana, Pandora. Una novela que, además, acontece en el centro de un Madrid cuyos rectores municipales se han empeñado en hacer desaparecer de todas, todas: Tirso de Molina y alrededores. Un Madrid mítico, turbio, noctámbulo. Un Madrid de toda la vida que se quiere llenar de puestecitos clónicos de flores para intentar aromatizar los amaneceres resacosos de alcohol, juego, juerga y violencia.

 

Porque en toda novela negra que se precie tiene que haber unas ciertas dosis de violencia. ¿O no? En «A timba abierta», faltaría más, la hay. Hay palizas, interrogatorios brutales, golpizas, apaleamientos y hasta torturas. Pero todo ello contado a través de esa fina ironía que impregna todo el texto. Costillas rotas, narices partidas y cejas echadas abajo forman parte del paisaje de esta novela, muy tarantiniana.

 

Y, además, unos enigmáticos mensajes, en forma de entradas o Posts blogueros, en que unas consignas de corte apocalíptico-anarquista mezclan la revolución con Astérix. Y humor. Humor, del bueno, a raudales. ¿Cabe todo ello en poco más de ciento cincuenta páginas construidas a base de un material altamente adictivo, de hondo alcance, que deja en el lector un regusto más que agradable?

 

Por supuesto que sí. Porque si lo bueno, breve, es doblemente bueno; la contundencia, el desparpajo, el humor y el ritmo que Óscar Urra imprime a esta «A timba abierta», convierten al autor madrileño en uno de los debutantes más interesantes del panorama de las letras negras nacionales.

 

Urra, un tipo al que seguir. Muy de cerca.

 

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.