Lo que usted hace mal

¿No les resulta ofensivo ese nuevo lenguaje directo, que les interpela a ustedes como lectores, desde las ediciones digitales de los medios de comunicación, webs, blogs y redes sociales?

Así, sin acento. ¿Para qué tanto saber?

Me refiero a ese tipo de comunicación que titula así: “Diez cosas que usted hace mal cuando lee columnas de opinión”. Por ejemplo. Porque, y esa es la otra cuestión, resulta que usted y yo lo hacemos prácticamente todo mal, desde tiempos inmemoriales. Desde las diez cosas que hace usted mal al lavarse los dientes por la mañana a los diez errores más habituales que comete al desayunar y, por supuesto, las diez atrocidades que hace usted antes de irse a la cama y que no le permiten conciliar el sueño.

 

Que uno lee estos decálogos y lo que no entiende es cómo la raza humana no se ha extinguido ya, dada la cantidad de cosas que hace mal, tomadas de diez en diez.

Mire usted, señor gurú de la disciplina que sea: usted no sabe cómo me lavo los dientes, y, por tanto, no me puede decir qué hago mal. Y me cabrea, mucho, que se tome la libertad de llamarme poco higiénico, dentalmente hablando. Y, créame, ese estilo entre lo coloquial y lo faltón, a mí no me incita a pinchar en su decálogo, generalmente estúpido, reiterativo y poco o nada informativo.

 

Reconozco que, en su momento, compré y me divertí con libros como “1001 películas que hay que ver antes de morir”, pero es que hasta estas publicaciones, frescas, juveniles e irreverentes; son respetuosas con el lector. Que, ya puestos a ser ingeniosos, se podrían haber titulado: “1001 películas que, si usted no ha visto, le convierten en todo un cateto”.

 

Lo sé. Soy viejuno. Pero no le encuentro el sentido a tachar de imbécil al lector. Me parece muy bien que los supuestos especialistas desmonten tópicos de la falsa sabiduría popular como que un filete no engorda si mastica usted 3.741 veces cada bocado de carne y gira el bolo alimenticio de izquierda a derecha y viceversa. Pero de ahí a que cualquier indocumentado me diga que no sé comer, a estas alturas, media un abismo.

¿Le salva el “O a lo mejor sí”?

Qué pena que la monetarización del entorno digital, en vez de apelar al rigor y a la calidad de contenidos, se nutra de virales inanes y chorradas sin criterio.

 

Jesús Lens