Lo nueviejo

¡Qué pronto se quedan antiguas y viejas muchas de las novedades que, en un momento dado, nos sorprenden por su modernidad y vanguardismo! Por ejemplo, cuando escribo esta columna y le doy al icono de “Archivar”, pincho en un cuadrado que representa uno de aquellos disquetes… que no se usan desde hace años. De hecho, los jóvenes no tardarán en preguntar por qué “Guardar” tiene un símbolo tan extraño e indescifrable.

Conceptos como CDRom o disquete suenan a pura arqueología, más pasados de moda que las mismísimas máquinas de escribir. O el Típex, por el que me preguntaba una compañera hace unos días.

 

Veo los problemas que está teniendo Uber, con la dimisión de su fundador y consejero delegado, y huele a una ranciedad que espanta, por mucho que proclame “amo a Uber más que a nada en el mundo y en este difícil momento en mi vida personal he aceptado la petición de los inversores de hacerme a un lado para que Uber pueda volver a crecer y no distraerse con otra pelea”.

Lo que no explica el viejoven de Travis Kalanick es que ese difícil momento alude a escándalos sexistas dentro de la empresa, con discriminaciones laborales que amenazan su futuro y que ponen de manifiesto unas infumables políticas de recursos humanos. ¡Ellos! ¡Uber! Esos modernos y revolucionarios visionarios que consideraban que el gremio del taxi estaba anticuado, obsoleto y tal y tal.

 

Y luego está la nueva política, empeñada en hacerse vieja a pasos agigantados. Y es que no hay como adquirir responsabilidades, por escasas que sean, para sufrir desgaste. Lo señala Alberto Garzón, sin ir más lejos. Para el líder de Izquierda Unida, parte integrante de Unidos Podemos, la coalición no ha sido capaz de ganarle terreno ni al PP de la corrupción ni al PSOE que se desangraba en una lucha interna. Y, en un documento programático de evaluación de estrategia política, plantea la necesidad de revertir el proceso de desgaste que muestran Iglesias y los suyos.

El hecho de que dos miembros de Ahora Madrid hayan sido imputados por malversación de fondos públicos y el rápido respaldo recibido por Pablo Iglesias e Irene Montero, es tan parecido a lo ocurrido en casos semejantes de otros partidos, que la música suena a añeja.

 

Es lo que tiene, correr a tanta velocidad para acabar haciéndolo en círculos.

 

Jesús Lens

Tánger Noir

Tánger es más, mucho más que una ciudad situada en el extremo norte de Marruecos, en el estrecho de Gibraltar y capital de la región Tánger-Tetuán, como la describe la Wikipedia.

Tánger es, además, un espacio mítico. Una construcción de la fantasía en la que el recuerdo y la mitología se dan la mano tras cada callejón de la Medina. Es una ciudad con una gran historia a sus espaldas que, además, está construida de mil y una historias y habitada por decenas y decenas de fantasioso narradores que, a la caída de la tarde, se concitan en el Café Hafa, para fumarse una shisha de frente al mar.

 

Tánger es un estado mental, necesario e imprescindible, al que es necesario regresar, una y otra vez. Y una vez más volver.

 

Los 250 kilómetros cuadrados de Tánger limitan, al norte, con el estrecho de Gibraltar, al este y sur con la provincia de Tetuán y al oeste con el océano Atlántico. Y esa especial disposición geográfica, en el extremo septentrional de un continente que representa la esencia del sur en que confluyen todos lo sures, le confiere su particular idiosincrasia desde los tiempos en que Hércules descansó en sus grutas, una vez que separó a Europa de África en el transcurso de sus míticos trabajos.

Tánger fue ciudad abierta, ciudad internacional e imán para artistas, escritores, músicos, cineastas y creadores de todo el mundo. Centro neurálgico de la bohemia, musa inspiradora para creadores de todo origen y condición.

 

Después, llegó la decadencia. El silencio. La melancolía. La añoranza. A decir de algunos. Para otros, sencillamente, llegó la realidad. Y, con la realidad, surgieron esas otras historias, negras y criminales, que huyen del fasto, del lujo y del oropel. Historias esquinadas que te sorprenden en un recodo del Zoco Chico, en una pensión de mala muerte o tratando de embarcar en una patera. Para asaltar los cielos, pero de otra manera.

 

Antonio Lozano, tangerino de nacimiento y afincado desde hace años en el municipio canario de Agüimes, sitúa en Tánger uno de los escenarios de su primera novela, “Harraga” (Zech Editorial), una de las obras pioneras de la narrativa española en hablar de las mafias de la inmigración. Harraga es el término con que se conoce a las personas que queman su documentación antes de subirse a las pateras, para evitar ser identificados en caso de detención. Una novela extraordinaria, rebosante de cruda sensibilidad, en la que sus protagonistas tienden puentes en Tánger y Granada. Puentes que, en este caso, no conducen a un destino prometedor.

Posteriormente, Antonio Lozano rindió tributo a su ciudad natal en “Un largo sueño en Tánger” (Almuzara), en la que se habla de una doble dimensión de la ciudad: la real y actual, y la nostálgica, soñada e improbable. La Tánger que, dicen, una vez fue.

Jon Arretxe es otro autor que, para escribir sus personales “Sueños de Tánger” (Ed. Erein) se trasladó durante varios meses a vivir al corazón de la medina, donde conoció de primera mano las turbulentas biografías de varias personas en las que se inspiró para escribir las historias de Moussa o de Fátima. Vidas al límite, condenadas a esconderse, a encontrarse y a perseguirse entre los callejones más esquivos de una ciudad con planos infinitos. Una ciudad que, para unos es un paraíso y, para otros, puede convertirse en un infierno.

Tánger. Puerto. Lugar de entrada. Lugar de salida. Lugar de parada. Lugar de residencia. Lugar de paso. Por ejemplo, para Sepúlveda, que se marchó de España hace quince, poniendo tierra de por medio con un divorcio tumultuoso y que, en el Instituto Cervantes tangerino encontró un oasis, algo parecido a un hogar. Tánger, a donde llega una capitán de la Guardia Civil, nadie sabe exactamente para qué. Tánger, donde trata de prosperar la bella y distinguida Adriana.

 

La Tánger que nos cuenta Javier Valenzuela en “Limones negros” (Anantes) es la más rabiosamente actual y contemporánea. La de los campos de golf, los resorts, las nuevas marinas y las prometedoras promociones inmobiliarias que están por hacer. Una Tánger a la que llegan los ecos y los regüeldos de la economía especulativa de una España que, en ocasiones, nunca está lo suficientemente lejos.

Tánger. La ciudad en la que aparece el cadáver de un joven y prometedor estudiante del Instituto Cervantes, estrangulado, para horror de su familia y de sus profesores. Una ciudad en que, a la vez, un famoso actor español juega al golf en un precioso campo de hierba verde que se quiere dar lustre y esplendor.

 

Son los contrastes de la ciudad contemporánea en la que, un mal día, con premeditación y alevosía, las máquinas excavadoras echan abajo los chiringuitos más canallas de la Tánger de toda la vida, para levantar en su lugar horteras centros de ocio para uso y disfrute de los millonarios saudíes que, con sus petrodólares, lo quieren cambiar todo. Y no necesariamente para mejor.

 

La Tánger de ayer y de hoy, en pleno proceso de gentrificación, es recorrida por un Sepúlveda que será nuestros ojos y nuestro guía a través de una de las ciudades más enigmáticas, atractivas y contradictorias del mundo. Un escenario ideal para el género negro ya que, como Los Ángeles, Nueva York, Bangkok, Madrid o Barcelona; hablamos de una ciudad con alma, capaz de abducir y devorar a sus hijos más o menos ilustres, conduciéndolos al lado más salvaje de la vida.

 

Tánger, una ciudad eterna. Una ciudad esencial. Una ciudad que no se termina nunca…

 

Jesús Lens

Ser diferentes, ser diversos

“No se trata de tener derecho a ser iguales, sino de tener igual derecho a ser diferentes”. Eso, más que un lema, es una declaración de principios, una filosofía de vida que deberíamos asumir como propia, todas y todos. Y de ello hablo hoy en IDEAL.

 

Ayer se presentó en sociedad la Fundación Diversos, por un mundo diverso y sostenible. Y lo hacía en el Ayuntamiento de Granada, el Día Mundial del Refugiado, lo que sirvió para recordar que la sociedad del siglo XXI sigue enfrentándose a múltiples etiquetas que obstaculizan el crecimiento y el desarrollo personal, profesional y afectivo.

Palabras y conceptos como “autismo”, “síndrome de Down”, “inmigrante”, “adoptada”, “homosexual”, “transexual”, “TDAH”, “bipolar”, “adicta”, etcétera son más que palabras. Más que conceptos. Sin que sea necesario su uso peyorativo. Son palabras que generan prejuicios.

 

Para luchar contra ellos, contra los prejuicios que tantos perjuicios provocan, ha nacido la Fundación Diversos que contribuirá a plantar cara a la confusión y a la discriminación, más o menos inconsciente, más o menos interesada, que provocan los prejuicios.

 

Efectivamente, no se trata de que todos seamos iguales. Se trata de que, siendo diferentes, podamos acceder a una igualdad de oportunidades. Se trata de mostrar el valor de la diferencia.

 

A mí, por razones que van más allá de ser un mostrenco de cerca de dos metros de altura, siempre me ha atraído lo raro y lo diferente. “Es un mundo extraño…” Pocas frases más enigmáticas y excitantes que la de Sandy a Jeffrey, al final de “Terciopelo azul”, después de haberse asomado al otro lado de la realidad. O de lo que ellos, jóvenes e inocentes, consideraban que era la realidad.

Detesto la normalidad y me declaro fan de la anormalidad. Adoro a Diane Arbus como ejemplo a seguir, en su empeño por mostrar la belleza de las personas diferentes y les recomiendo encarecidamente que vean la película “Freaks”, una joya de 1932, dirigida por Tod Browning.

 

Fíjense si la Fundación Diversos tiene camino por recorrer y trabajo por hacer que, de un tiempo a esta parte, la palabra friqui menosprecia y descalifica al que es diferente.

Se nos llena la boca hablando de originalidad, como valor. Pero, a la hora de la verdad, lo diferente nos da miedo. Nos aterra. Y reaccionamos con saña contra ello, amparándonos en la masa que empieza por ocultarlo para, después, anular cualquier diferencia.

 

Jesús Lens

Fuego

El fuego está siendo el desgraciado protagonista de las noticias de sucesos de estos días. Cuando, en el Mediterráneo, nos aprestamos a festejar el solsticio de verano con las hogueras que llenarán de luz la noche de San Juan, aunando lo pagano con lo religioso en una atávica celebración, Londres y Portugal lloran a los muertos provocados por dos pavorosos incendios.

Cuesta trabajo asumir que hayan fallecido decenas y decenas de personas, abrasadas por el fuego. Dos incendios que pueden tener un origen fortuito, pero en los que la mano del hombre, por acción o por omisión, está muy presente.

 

Cuando se habla de recortes de partidas presupuestarias, solemos quedarnos en lo puramente numérico y, si acaso, nos fijamos en cómo afectan a la sanidad o a la educación, servicios básicos, pero que no son los únicos afectados por los presupuestos. Y sus recortes.

 

Todas las informaciones que llegan sobre el incendio en la torre Grenfell son inquietantes. Las consecuencias, por supuesto, que ya son 79 muertos o desaparecidos. Pero los avisos y advertencias que se dieron antes del incendio sobre la precaria situación del inmueble o el hecho de que contara con materiales de construcción prohibidos en la UE, habla bien a las claras del sindiós que existe en una de las grandes capitales del mundo. Sonará populista, pero esta catástrofe tiene un tufo a Dickens que no se puede soportar.

 

No es de extrañar que, en Portugal, las autoridades se aprestaran a señalar que el inicio del incendio fue fortuito, causado por un rayo. Pero luego está la cuestión del tratamiento de los bosques y de si se había trabajado en ellos, limpiándolos y adecentándolos de acuerdo con los protocolos de prevención de incendios forestales.

Porque esas partidas, las de prevención, limpieza de matorral e intervención en zonas boscosas, suelen ser de las primeras que caen de los presupuestos, cuando toca apretarse el cinturón. “El país tiene derecho a saber cómo ha ocurrido esta tragedia”, señala el primer ministro portugués, mientras su país sigue ardiendo, con seis incendios activos, y llora la muerte de 62 fallecidos.

 

Seamos cautos. Seamos prudentes. No ha llegado el verano, estamos padeciendo una infernal ola de calor, que no cesa, y en Granada ya ha habido varios conatos de incendios forestales.

Incendio en la zona de la Carretera de la Cabra. Foto: Ramón L. Pérez

Por imprudencias. Por necedad. Por hijoputismo. Por pasta. Y es mucho lo que nos jugamos.

 

Jesús Lens

 

 

Pues en mis tiempos…

¿A quién le importa? Quiero decir, y no se enfade, que lo que se hiciera en sus tiempos no es un argumento de peso. Sobre todo si, como yo, es usted de los tiempos en que no había ni Internet. Y de ello hablo hoy en IDEAL.

Ojo que, con esto, no quiero quitarle valor a su experiencia vital ni restarle valor a su trayectoria. Ni mucho menos. Pero es que, por lo general, cuando en una conversación, charla o discusión, alguien alude a lo que se hacía en sus tiempos, es porque se ha quedado sin argumentos.

 

Es un hecho: tendemos a pensar que lo de ahora es peor que lo de antes, desde la música, el cine, la literatura y las artes a la moda, la educación, la comida o las costumbres. Creo que no es necesario poner ejemplos, ¿verdad?

Y, sin embargo, a nada que lo pensemos, el argumento se cae por su peso, no sosteniendo un mínimo análisis, serio y riguroso. Es cierto que, sobre todo cuando nos hemos tomado tres cervezas, el pasado tiende a ser el paraíso terrenal y nosotros, sus dioses todopoderosos. Que mira que jode que un chavea sepa más que nosotros de casi cualquier cosa… práctica.

 

Y no por la pamema de ser la generación mejor preparada de la historia, sino porque no les queda otra. Que el tapón generacional impuesto por los baby boomers y sus privilegiados vástagos -nosotros, o sea- obliga a los llamados milenials a espabilar y a buscarse la vida.

 

Y sí. Es cierto que tener un smartphone no nos hace más inteligentes. Pero no saber encender un ordenador tampoco es sinónimo de sabiduría, precisamente. Vale. Si no tenemos nada que decir, de poco te sirve hablar inglés. Pero es otro argumento falaz. Como si los españoles y muy españoles, ágrafos idiomáticos, fuesen todos filósofos natos.

 

Venga va. Concedamos que ya no hay deportistas como los de antes, aunque ahí estén Gasol, Nadal o Iniesta. Y que, para veranos calurosos, los de entonces. ¡Y sin aire acondicionado, oiga! Como si eso fuese un logro o algo a envidiar. Que, si les parece, empezamos a añorar la carretera a la Costa con conos y atascos kilométricos o los tiempos en que se podía fumar en los espacios de trabajo.

Por tanto, recuerde: utilizar el argumento de “en mis tiempos”, lo único que nos hace es… mayores.

 

Jesús Lens