Carreteras perdidas: historias negras como el asfalto

En el imaginario de cualquier buen aficionado al género policíaco, las carreteras ocupan un lugar de privilegio a la hora de soñar con tramas negras y criminales. Una película como ‘Detour’, filmada en 1945 por Edgar G. Ulmer y considerada como la gran obra maestra de la serie B norteamericana, nos cuenta la historia de un pianista de jazz que viaja de los Estados Unidos a Los Ángeles haciendo autoestop y al que la fatalidad, un desvío en la carretera, le complicará enormemente la existencia.

La carretera, el camino, las rutas y los senderos, invitan a construir grandes metáforas y alegorías para todos los gustos. Desde los tiempos de Ulises y Don Quijote hasta llegar a Delibes o Jack Kerouac; algunos de nuestros personajes de ficción favoritos han mostrado una irreversible querencia por salirse del camino trazado, por dejar las grandes autopistas para internarse en esas carreteras secundarias que, a la vuelta de cada curva o al final de cada cambio de rasante, pueden albergar una sorpresa.

‘Sin dejar rastro’, por ejemplo, supone una inyección de adrenalina en vena escrita por Haylen Beck y publicada por Salamandra Black, una de las colecciones imprescindibles de la mejor novela negra que se puede leer hoy en España.

Audra Kinney está infelizmente casada con un ricachón neoyorkino. Ha hecho de tripas corazón y, con apenas un petate a cuestas, coge a sus hijos Sean y Louise, de once y seis años de edad respectivamente, los monta en el coche y tira millas. Huye de forma tan desordenada como precipitada. Su objetivo: llegar a California, donde les espera un familiar que podría ayudarles.

No es fácil atravesar los Estados Unidos en coche. Máxime, con dos niños pequeños en el asiento de atrás. El ardiente paisaje desértico de Arizona, entre lo arrebatadoramente bello y lo inquietantemente amenazador, fascina y desasosiega a los improvisados viajeros. El cansancio vence a la conductora. Toma una salida de la autopista y decide descansar en Silver Water, un pueblo cercano. Se adentra por una carretera secundaria y el sheriff del condado le da el alto. La pesadilla acaba de comenzar.

En la faja promocional que acompaña a ‘Sin dejar rastro’, uno de los grandes del neogótico literario norteamericano, John Connolly, escribe que la novela “alimenta con imágenes muy nítidas las peores pesadillas de los padres”. Creo que no cabe mejor descripción para un libro que te agarra por las solapas y no te suelta hasta que terminas una lectura que oscila entre la tortura kafkiana y la tensión eléctrica.

Como les decía, las carreteras norteamericanas son pródigas en aventuras, encuentros y desencuentros. Más calmada, más pausada es ‘Carreteras de otoño’, de Lou Berney. Publicada por Harper Collins Ibérica, cuyo esfuerzo por traducir a nuevos autores norteamericanos es necesario resaltar, esta novela nos conduce por el sur de unos Estados Unidos conmocionados por el asesinato de Kennedy.

El famoso magnicidio, además de ocupar un capítulo especial en el apartado de Grandes Conspiraciones de la Historia, se ha convertido en un género literario en sí mismo, concitando el interés de autores tan diferentes como Don DeLillo, que dedicó ‘Libra’ a seguir los pasos de Lee Harvey Oswald; o Stephen King, autor de ’22/11/63’, novela que mezcla el thriller y la ciencia ficción para contar la historia de un viajero en el tiempo que trata de evitar el asesinato del presidente en Dallas.

En la muerte de Kennedy pudieron verse involucrados desde sus rivales políticos a los rusos, los militares que querían intervenir en Vietnam, racistas que no comulgaban con las libertades civiles, los anticastristas… y la mafia, esa todopoderosa organización que, desde la sombra, parece estar en el meollo de las grandes decisiones políticas y económicas de los gobiernos de todo el mundo.

En la novela de Berney, otra de las imprescindibles del año, se cuenta la historia de Frank Guidry, uno de los hombres de confianza de Carlos Marcello, el gran capo de la mafia de Nueva Orleans y sospechoso de participar en la organización del magnicidio.

Cuando Marcello le encarga a Guidry que vaya a Dallas para hacer un trabajito aparentemente sencillo, el protagonista de la historia cobrará conciencia del lío en que se ha metido y no dudará en tirar de carretera y manta. Comienza la persecución del hombre… y llegan los cruces de caminos. Porque Guidry, en su huída a ninguna parte, conocerá a Charlotte, una ama de casa de Oklahoma que, con sus dos hijas y un perro, ha huido del domicilio conyugal, tratando de escapar de su marido.

¿Y en Europa? ¿No tenemos carreteras secundarias, desvíos y vías de servicio en el Noir europeo que nos permitan leer tramas negras y criminales con el asfalto como escenario? Sí. Las hay. De hecho, no tardaremos en transitar por la llamada “Carretera de plata”, de mano de la escandinava Stina Jackson, publicada por la Serie Negra de RBA.

Jesús Lens

Western Noir con acento andaluz

Si ustedes siguen las noticias de sucesos sabrán que esta semana ha habido otro tiroteo en la Costa del Sol, saldado con la muerte de un ciudadano francés con antecedentes penales.

Fue a las ocho y media de la tarde, en plena vía pública, en una de esas lujosas urbanizaciones propias de Marbella. Un hombre de 58 años de edad se dirigía a su casa cuando un motorista lo acribilló a balazos. El arma utilizada fue un AK-47, el famoso Kalashnikov, un fusil de asalto de fabricación rusa capaz de efectuar 600 disparos por minuto.

Desplazados al lugar de los hechos, los agentes del Grupo de Homicidios de la Udyco, la Unidad de Drogas y Crimen Organizado de la policía, han calificado los hechos como un probable ajuste de cuentas.

El western es un género netamente norteamericano que, dotado de una serie de características fundacionales, resulta perfectamente ampliable, adaptable y exportable. Entre sus características esenciales: los protagonistas, indomables e inadaptados. Y el paisaje. El espacio físico. El territorio. Sobre todo, el territorio de frontera. También los temas arquetípicos: la búsqueda y la persecución, la justicia, la venganza… y los robos. Los atracos. Y está la violencia. Las armas. Los tiroteos. Los disparos.

Y por todo ello me gustó que el excepcional novelista Justo Navarro definiera a la novela “En el vientre de la roca”, de Jerónimo Andreu, publicada por Salamandra Black, como una novela del Nuevo Lejano Oeste, jugando con la resonancia mítica de dicha conjunción de conceptos.

El protagonista de “En el vientre de la roca”, una de las mejores y más sorprendentes novelas negras del año, se llama Joseph Sánchez y está ya muy baqueteado. Tanto que hace todo lo posible por no beber alcohol, algo que su notable perímetro abdominal agradece sobremanera. Y por no jugar. Que de aquellos polvos… Sánchez fue poli. Y por eso, cuando se cruza con Stuart, un antiguo compañero, en un control policial, sostiene diálogos como este:

—¿Qué problema hay? Estoy limpio.

—Don’t mess with me, anda. Twenty scooters, man. Diez cartones en cada una. Te has caído con todo el equipo.

También ocurre que, un poco después, cuando le lleven frente a Marc Parody, tenga que escuchar lo siguiente:

—Joseph, siéntate. Qué alegría. ¿Cuánto hace desde la última vez? How’s life? ¿Una cocacolita o algo? It won’t take us too long. I have got something for you. An easy job, como en los old times…

Y es que Marc Parody es, efectivamente, el Honorable Chief Minister de Gibraltar, un tipo perfectamente adaptado al territorio y que maneja el “llanito”  (*) con toda soltura. Y tiene una propuesta para Joseph, al que han pillado contrabandeando en la Verja: localizar a una joven desaparecida, hija de un alto funcionario de Foreign Office que no quiere que la cosa trascienda.

En sus pesquisas, Joseph Sánchez podrá cruzar a uno y otro lado de la Verja con soltura. Tendrá libertad de movimientos. Lo que para un contrabandista… Aprovechará el conocimiento que tiene sobre el terreno. Y a sus contactos. Por ejemplo, a cierto secretario de un ayuntamiento gaditano de costumbres inconfesables. O a otro poli, español en este caso, con cierta querencia por las relaciones peligrosas.

Sánchez se dejará caer por los ambientes más lumpen de Algeciras y La Línea, que la chica desaparecida tenía querencia por la mala vida. Pero su investigación también le llevará hasta Marbella, donde se pondrá a prueba su pericia como husmeador. Una Marbella peligrosa y conflictiva, como hemos tenido ocasión de comprobar y como Jerónimo Andreu cuenta con profusión de datos e información, muy bien hilvanados en la trama. Una Marbella en la que diferentes clanes mafiosos están disputando una guerra que ha dejado de ser sorda y secreta.

“Y fue justo por esos días cuando un hombre llegó a Marbella haciendo preguntas incómodas con un acento que nadie terminaba de identificar. La respuesta que recibía era siempre la misma:

—Vete a tomar por el culo”.

Aun así, nuestro Joseph Sánchez continúa con una investigación que le llevará a descubrir algunos de los secretos mejor guardados de la Roca, convertida en espacio mítico, en ese territorio de frontera por el que transitan personajes de puro western. Western Noir, contemporáneo y muy de aquí, de nuestra tierra.

Durante la última edición de Granada Noir organizamos una mesa redonda sobre el género negro en Andalucía. Hubo opiniones divergentes entre quienes pensaban que sí, que hay un noir andaluz con características propias y definidas; y quienes sostenían que no. Que tal no existe.

Como persona que huye de todo lo que huela a nacionalismo, me traen sin cuidado las partidas de nacimiento, pareciéndome mucho más literarias las partidas de cartas. Pero sí es destacable cómo escritores de la talla de Lorenzo Silva o, ahora, Jerónimo Andreu; visitan Andalucía y prestan atención a historias, paisajes, relaciones y conversaciones que, después, transforman en apasionantes novelas negras muy apegadas a lo que ocurre en nuestro entorno. Algo a tener muy en cuenta…

(*) Que esos diálogos en llanito no alarmen al lector. Los hay con cuentagotas, son descacharrantes y están muy bien dosificados.

Jesús Lens

Western Noir en Mongolia

Uno de los temas sobre los que tenemos que reflexionar en los próximos meses, largo y tendido, es ese Western-Noir sobre el que hemos ido dejando apuntes en esta sección a medida que hablábamos de películas como “Comanchería” o las dos entregas de “Sicario”, de series como “Ozark”, de cómics como “Scalped” o de novelas como “Bull Mountain”.

Para mí, que soy un mordido tanto por el género negro como por el western, esta fusión entre ambos universos me parece magnífica y estoy convencido de que seguirá deparándonos obras excitantes y portentosas.

Por ejemplo, “Yeruldelgger. Tiempos salvajes”, la segunda entrega de las aventuras del singular policía mongol publicada por Salamandra Black y de la que es autor el francés Ian Manook, cuya participación en la inminente cuarta edición de Granada Noir se aguarda con enorme interés y altísima expectación.

Hace unos meses escribía lo siguiente sobre la primera aventura del singular personaje: “ese gran Yeruldelgger ocupa desde ya un lugar preeminente en mi galería de personajes favoritos del noir, junto a Sam Spade, Philip Marlowe, Pepe Carvalho o Kostas Jaritos”. Y eso es mucho decir… (Leer aquí esa reseña)

Me gustó mucho “Yeruldelgger. Muertos en la estepa”, con sus contrastes entre la Mongolia ancestral y espiritual que pervive en las estepas y la brutal voracidad del capitalismo más depredador, enseñoreado en Ulan Bator, la capital del país, sometida a un brutal proceso de acelerada transformación.

Una vez leída la continuación de aquella historia, les confieso que “Yeruldelgger. Tiempos salvajes”, me ha gustado más aún. Por varias razones. La primera, como pasa con las buenas sagas, porque ya les tienes cariño a los personajes, te resultan familiares y cercanos y vives con más intensidad sus aventuras, zozobras y ansiedades.

Me ha impresionado el uso que Ian Manook hace del tiempo atmosférico como algo clave en la narración. “Tiempos salvajes” transcurre durante un fenómeno climático llamado Dzud, que se produce de forma cíclica en la estepa mongola. Se caracteriza por un invierno con temperaturas extremas tras un verano muy seco, lo que provoca la muerte de miles de cabezas de ganado por hambre o frío y obliga a los personajes a tratar de no congelarse durante buena parte de la narración.

El villano de la función, el archienemigo de Yeruldelgger, también resulta más amenazante en esta entrega de la saga mongola. Como ya le conocemos y sabemos de qué atrocidades es capaz, su aliento se siente desde el principio de la narración, convirtiéndose en una ominosa presencia constante que, de forma velada e invisible, condiciona la vida de los protagonistas. Además, la aparición en escena de otro de esos personajes bigger than life, más grandes que la vida, introduce una variable nueva en la obra de Manook: el espionaje.

Si podemos describir a “Yeruldelgger. Tiempos salvajes” como un Western-Noir que, sobre todo en su desenlace, convierte las blancas y gélidas llanuras de una Mongolia helada en un trasunto de “Las aventuras de Jeremiah Johnson” o de la mismísima “El renacido”; la aparición en escena de los servicios secretos del país asiático le confiere una fascinante dimensión a lo John le Carré.

Directamente vinculado con ello está la ampliación de escenarios que propicia la trama: parte de la novela transcurre en Europa, con el puerto de Le Havre como escenario principal, dado que el comercio clandestino y tráfico de seres humanos tiene gran importancia en la historia. Y es que Manook escribe sobre algunos de los temas más candentes de la actualidad informativa global…

Para el final he dejado a Yeruldelgger, el protagonista principal de la saga. Para describirle, le cedo la palabra a Margarita Buet, la presidenta de la Alianza Francesa de Granada, quien ha devorado las dos novelas de Manook este verano y que será la persona que dialogue con él durante su presentación en Granada Noir. Para Margarita, en clave positiva, está el fuerte contraste entre la brutalidad que se exhibe en algunos pasajes de la narración y otros en los que hay descripciones de auténtica belleza, fruto de la mirada de un gran observador y conocedor de la naturaleza. Y es la relación entre la brutalidad del ser humano y ese remanso de paz y belleza que brinda la naturaleza lo que permite que el libro sea de más fácil lectura.

Porque Yeruldelgger es un tipo que comulga con la naturaleza y con las ancestrales fuerzas espirituales de la estepa, pero cuando le ponen a prueba y le presionan en demasía, puede convertirse en una bestia desencadenada. Entre medias, está su cariño por la Alianza Francesa, el lugar en que ha estudiado y se ha formado intelectualmente y que le conecta con la gran cultura universal. La Alianza Francesa de Ulan Bator es el espacio que conecta las diversas facetas de su personalidad y termina de conformarle como ser humano completo, como ciudadano del mundo. El que permite a Yeruldelgger vivir con un pie en el Séptimo Monasterio o en el corazón de la estepa y otro en los grandes clásicos de la literatura y el pensamiento enciclopédico franceses. En las manos, eso sí, un rifle con mira telescópica y una pistola: la convivencia entre la pluma y la espada caracterizan a uno de los grandes personajes del Noir contemporáneo.

Jesús Lens

Muertos en la estepa

“Yeruldelgger observaba el objeto sin entender. Al principio, había mirado, incrédulo, la inmensidad de las estepas de Delgerkhann. Unas estepas que lo rodeaban como océanos de hierbajos que el viento agitaba con un oleaje irisado”.

Estamos, como bien habrá deducido el atento lector, en mitad de la Mongolia profunda y a Yeruldelgger le acompaña el patriarca de una familia nómada, ataviado con la ropa tradicional de la estepa: un deel raído de tela verde satinada con bordados amarillos, unas botas de montar de piel y, la cabeza, tocada con sombrero puntiagudo.

Volvamos a ponernos en la piel del protagonista: “Durante un buen rato, en silencio, había procurado convencerse a sí mismo de que estaba de verdad en aquel lugar, y sí, de verdad estaba allí. En medio de extensiones infinitas…”.

Ian Manook, autor de “Yeruldelgger, muertos en la estepa”, publicada por la imprescindible colección Black de la editorial Salamandra, describe con tanta fuerza y pasión el paisaje donde se encuentra el protagonista que el lector se siente inmediatamente transportado al corazón de Mongolia, notando cómo el viento le golpea en el rostro a la vez que agita la hierba junto a sus pies.

Avanza la narración y Yeruldelgger conversa con los miembros de la familia, que confiesan haber enterrado un cadáver recién encontrado junto a su yurta, la tienda tradicional mongola.

—¿Para qué lo han enterrado?— pregunta el protagonista.

— Para no contaminar el escenario del crimen.

—¡Para no contaminar el escenario del crimen! Pero, ¿de dónde han sacado esa idea?

—De “CSI: Miami”…

Efectivamente, a los nómadas de “Yeruldelgger, muertos en la estepa” les encanta “CSI: Miami” y Horacio, el jefe, siempre recomienda no contaminar el escenario del crimen.

El bueno de Yeruldelgger, un poli duro que viene de Ulán Bator, la capital mongola, y que creía haberlo visto todo en su trayectoria profesional, se queda lógicamente pasmado. Pero no tarda en reaccionar, sacando su iPhone para hacer fotos del escenario de un crimen atroz, dado que la persona muerta es una niña pequeña a la que habían enterrado con su triciclo y todo.

Y lo peor es que esa mañana, Yeruldelgger se había desayunado con un triple asesinato: tres cadáveres hechos picadillo en las oficinas de administración de una empresa china situada en los suburbios de Ulán Bator.

Efectivamente, ese gran Yeruldelgger ocupa desde ya un lugar preeminente en mi galería de personajes favoritos del noir, junto a Sam Spade, Philip Marlowe, Pepe Carvalho o Kostas Jaritos. Porque esto que les he contado ocurre en las cuatro o cinco primeras páginas de un novelón de cerca de 500, lo que es buena muestra de la titánica y portentosa narración que vamos a afrontar.

Más allá de la parte jocosa provocada por la globalización del siglo XXI, uno de los puntos fuertes de la novela de Ian Manook es la relación establecida entre tradición y modernidad, entre el culto a la tierra y a la naturaleza, a los dioses antiguos; y el desarrollo desenfrenado y el culto al crecimiento acelerado, a la jungla de asfalto, al dinero.

Porque Mongolia es un país en plena transformación donde las yurtas tradicionales se ven desplazadas por los edificios de acero y cristal. Una transformación que conlleva tensiones sociales, que provoca bolsas de pobreza y miseria a la vez que los nuevos ricos campan a sus anchas. Mongolia también está sometida a las tensiones nacionalistas, producto del neocolonialismo provocado por las economías china y coreana.

Una sociedad que empieza a alcanzar el punto de ebullición y en la que la aparición de los cadáveres antes señalados precipita los acontecimientos: dos investigaciones en paralelo que implican a diversos estamentos policiales, con Yeruldelgger como vértice sobre el que ambas pivotan. Porque es un perro viejo, un poli veterano… y tiene un genio y un carácter de todos los demonios. Bocazas, irascible y con un punto violento, Yeruldelgger podría ser un personaje de James Ellroy, en esa LA tensionada por los conflictos raciales.

A través de sendas investigaciones policiales, en las que también participan Solongo, una veterana forense, y la lenguaraz inspectora Oyun; Ian Manook nos irá mostrando los entresijos de la sociedad mongola, haciéndonos descubrir un país del que los lectores occidentales apenas sabemos nada. Yeruldelgger será nuestros ojos. Unos ojos cultivados en una institución a la que el veterano poli muestra auténtica adoración: la Alianza Francesa, donde se ha formado como estudiante y como lector y a cuya sede en Ulán Bator acude siempre que tiene que resolver alguna duda enciclopédica.

Y lo mejor de “Yeruldelgger, muertos en la estepa” es que, tras un final apoteósico y espectacular que deja un estupendo sabor de boca, llega “Yeruldelgger. Tiempos salvajes”, recién publicada en España por Salamandra Black y en la que Ian Manook nos sigue descubriendo los entresijos de un país fascinante y al que ya estoy loco por ir de viaje.

¿Quién se viene? La primera estación, en su librería más cercana…

Jesús Lens

Risas y conocimiento

Pasar un par de días en compañía de un tipo como el escritor Carlos Zanón es uno de esos privilegios cuyos efectos beneficiosos se multiplican exponencialmente. Porque con Carlos, o aprendes, o te ríes. Y, en muchos casos, aprendes a la vez que te despelotas de risa.

No sé si Carlos pensaba lo mismo que yo, en este preciso momento…

Estuve con él en Sevilla, en ese lugar prodigioso que es la Fundación Tres Culturas, con sede en el antiguo Pabellón de Marruecos de la Expo. Un lugar bello y hermoso a la vez que funcional y cuya biblioteca, con miles de libros de autores de ambas riberas del Mediterráneo, se convierte en espacio de encuentro y convivencia. Allí se dan la mano los autores árabes con los israelíes, griegos, balcánicos, italianos, franceses o españoles. Escritores muchos de ellos mestizos, nómadas, expatriados, apátridas y multiculturales.

Durante la presentación sevillana de la memorable novela “Taxi”, el escritor Juan Ramón Biedma tuvo el acierto de hacerle un test de personalidad a Zanón, quien desconocía las preguntas de antemano. Su agilidad mental, su capacidad de recordar historias fascinantes y divertidas y su mordaz sentido del humor convirtieron la presentación en un monumento a la inteligencia.

Marco auténticamente incomparable

Volví a Granada en coche, con Carlos y Olga Cuadrado, escuchado la play list que ha creado para “Taxi” desde su Fundación Tres Culturas, mientras tramábamos, planeábamos, conversábamos y reíamos; con Tánger en el horizonte más cercano, por ejemplo, con nuestro amigo Antonio Lozano.

Hablamos de literatura, de lectores y lecturas; de viajes, de política y del TEMA, por supuesto. Que Carlos no solo es uno de los grandes cronistas literarios de Barcelona, sino el nuevo comisario de BCNegra y el autor encargado de dar continuidad a Pepe Carvalho, el mítico personaje de Manuel Vázquez Montalbán.

Nuestro paso por Canal Sur, con Vicky, lectora entusiasta de Zanón

En ese otro templo que es el restaurante de Álvaro Arriaga seguimos pegando la hebra antes de pasar por Picasso y llevarnos un buen puñado de libros, anticipando el Día de las Librerías (AQUÍ, muestras de nuestro paso por la librería).

Y por fin, la presentación granadina, en CAJAGRANADA, con un incisivo Juan Alberto Martínez, de Niños Mutantes, profundizando en el proceso creativo de un Zanón que se abrió en canal antes los lectores que llenaban la sala.

Presentación en Granada, con Alhambra de fondo

Otra vez el conocimiento. Y las risas. Porque, como defiende Carlos, las únicas conversaciones interesantes y soportables son las que, al terminar, te han servido para aprender algo nuevo o te han arrancado una carcajada.

Jesús Lens