Todos a bordo de “El último barco”, de Domingo Villar

Confieso: hubo un tiempo en que estaba convencido de que ya no lo leería. Ni yo… ni nadie. Al nuevo libro de Domingo Villar, me refiero. Por fortuna, me equivoqué. Yo, y todos los que pensaban como yo. Que eran muchos.

Porque Domingo Villar ha vuelto a las librerías con ‘El último barco’, la nueva novela protagonizada por Leo Caldas, su personaje de referencia. ¡Y cómo han vuelto, Caldas y Villar! Esta novela policíaca de 700 páginas se ha convertido en uno de los títulos imprescindibles del año, de lectura obligatoria para los amantes del Noir… y para quienes no sean aficionados al género negro, que tiene un componente realista y humanista que gustará a todo el espectro lector.

Estamos de enhorabuena, pues. Especialmente porque Domingo Villar se había convertido en un enigma y, durante los diez años transcurridos desde la publicación de su anterior novela, ‘La playa de los ahogados’, empezaron a correr diversas leyendas urbanas sobre su nuevo manuscrito. Aunque, en el caso de Domingo, más que urbanas, debían ser marinas.

Como si de un misterioso personaje mitológico de Cunqueiro se tratara, Domingo escribía, reescribía y volvía a escribir una novela cuya única copia pudo quedarse en un taxi, olvidada por el autor. Aunque también podría haberse disuelto en las entrañas de un ordenador que pasó a mejor vida, sin que Villar hubiera hecho copia de seguridad.

El halo de misterio que le rodeaba pareció desvanecerse en 2012, cuando el boletín de novedades de Siruela anunció la publicación de ‘Cruces de piedra’. Estábamos tan próximos a leerla que incluso nos deleitamos con una excelente portada, entre lo evocador y lo misterioso, con el océano como protagonista.

Pero el libro no salió: en un ejercicio de honestidad brutal y de compromiso con la máxima exigencia literaria y personal, el autor decidió que, por circunstancias íntimas, aquella no podía ser la nueva historia de Leo Caldas. Y empezó a escribir, de nuevo, una historia diferente y original.

Por todo ello entenderán lo emocionante de ir a la librería Picasso y comprar, ahora sí, la nueva novela de Domingo Villar, ‘El último barco’, de nuevo publicada por Siruela, editorial a la que es necesario agradecer el mimo con el que ha cuidado a su autor.

Cuando me gustan… ¡cómo me gusta que las novelas sean largas! Sirva esa tautología como declaración de principios: disfruto cuando los buenos libros se demoran en la presentación de los personajes, cuando la trama se va desmadejando despacio, cuando las relaciones entre los protagonistas fluyen delante de mis ojos. Me gustan las anécdotas y digresiones, la multiplicidad de personajes y que el autor me muestre un amplio abanico de posibilidades argumentales, sin llevarme a hopo, sin resuello o con las bridas tensas.

De ahí que las 700 páginas de ‘El último barco’ se me hayan hecho cortas y que, al llegar a su recta final, pasando de la 500, ya tuviera claro que no iba a levantarme del sofá hasta terminar de leer esta fascinante historia.

La capacidad de Villar para concentrar en escasos días y en un reducidísimo número de escenarios la investigación de la desaparición de una mujer, manteniendo en todo momento la tensión y el interés del lector, es la mejor prueba de su extraordinario talento narrador.

A destacar su encendida y entusiasta descripción del trabajo que se hace en las Escuelas de Arte y Oficios, una defensa a ultranza de la labor paciente y esmerada de los artesanos, de la labor manual realizada sin prisas, poniendo los cinco sentidos en modelar barro o tallar madera para hacer piezas de cerámica o instrumentos de música.

Una labor que tanto tiene que ver con la paciente investigación de Leo Caldas, ese brutote encantador que es Estévez y la efectiva Clara. Una labor tan emparentada, también, con el arte de contar historias. De escribir novelas. Un arte que, como el de los buenos diálogos y las mejores conversaciones, requiere de tiempo, calma y sosiego.

Así las cosas, al terminar la lectura de ‘El último barco’, ardía por hablar de ella. ¡Pero cualquiera decía nada, con la que está cayendo con los spoilers! Me toca esperar al día 13 de junio, a la próxima reunión del Club de Lectura de Granada Noir, cuando entraremos a saco para destriparla, final incluido. Es lo que tienen las mejores lecturas: incitan a la charla y al intercambio de opiniones.

‘El último barco’ es uno de los grandes libros del año y muerdo por hablar de él. ¿Se animan? Estoy seguro de que al gran Paco Camarasa, nuestro añorado librero de Negra y Criminal, también le habría entusiasmado y andaría recomendándolo encendidamente, con el convencimiento del que acierta seguro y sin margen de error.

Jesús Lens

Un poco de Paco

Como si lo estuviera viendo: suena el móvil. Es Paco: “¡Jesús! ¿Cómo estás?” Y, sin dejarme contestar, seguiría hablando, a toda velocidad: “¡Que soy trending topic en Twitter, tío! O como se diga eso…” Y sus carcajadas resonarían, altas y claras.

Porque Paco Camarasa se tomaba así la vida: con humor, con ironía, con despreocupación. Con despreocupación por lo suyo, pero muy atento a lo que le pasaba a su gente. A la gente del gremio negro y criminal.

Con Paco Camarasa no había conversación blanca. Con él no se perdía el tiempo hablando del frío, del calor o de las lluvias. Con Paco se hablaba de la vida. De la gente. De los libros. De los barrios. De las calles. De la música. Del vino. De los bares. De todas esas cosas a las que tanta gente no concede importancia y que, sin embargo, son la sal de la vida.

Callejón de la Sal. Así se llamaba el carrer peatonal donde abría sus puertas Negra y Criminal, la librería más especial que he tenido la suerte de conocer. Uno de los días más felices de mi vida fue cuando, acompañado por mi equipo de baloncesto, que jugábamos en Barcelona, fuimos a Negra y Criminal a presentar los garitos noir de “Café-Bar Cinema”… y me fotografié en la puerta de la librería, con mi camiseta negra con letras blancas.

Todos tenemos anécdotas vividas e historias que contar con y sobre Paco Camarasa. Todos los lectores, autores y aficionados al género que hemos sido amigos y cómplices de un tipo que, con su inseparable y querida Montse Clavé, consiguió cambiar las reglas del juego del mercado editorial español.

Recuerdo otra llamada: “¡Jesús, tío, que ahora somos una PYME moderna y adaptada a los nuevos desafíos tecnológicos!” Y su risa, estentórea: Negra y Criminal, que se había hecho un hueco en las secciones de Cultura de los medios de comunicación de toda España, había aparecido en las páginas salmón de un gran periódico, como modelo de negocio local de ámbito global.

Y es que, efectivamente, Negra y Criminal vendía, sobre todo, a través de internet. De hecho y durante muchos años, el momento de abrir el paquete procedente de la Barceloneta se había convertido en un feliz rito periódico. Un rito cargado de ilusión y sorpresas: por cada libro que yo le pedía a Paco, él añadía otro que estaba seguro que me iba a gustar. Y, efectivamente, acertaba. Porque Paco Camarasa era un LIBRERO, con mayúsculas. Un librero que conocía a la perfección tanto los libros con los que trabajaba como los gustos de sus clientes. Un conocimiento tan profundo, profesional, cálido y afectivo que, al final, unos y otros terminábamos siendo amigos.

Las Cartas del Librero que, cada poco tiempo, entraban en mi correo electrónico, contenían sabiduría, elegancia y pasión por la literatura negra. Eran una invitación a conocer y a descubrir. Por eso, cuando Paco Camarasa publicó “Sangre en los estantes”, ese maravilloso libro en que condensaba toda una vida librera, disfruté de su lectura con pasión desaforada. Un libro extraordinario, totémico, enciclopédico e imprescindible, como escribí en su momento.

“No solo es todo lo que sabe; es el amor que profesa por él. No solo conoce todos los detalles del género, sino que lo ama profundamente”, dice Petros Markaris sobre Paco Camarasa y su largo y prolongado idilio con el Noir. Paco, por su parte, escribía así sobre Petros, en su libro: “Permítanme una sugerencia. La próxima vez que hagan cola para conseguir una dedicatoria de Petros Márkaris no le pidan hacer una foto o un selfie. Pídanle un abrazo. Selfies con autores podrán conseguir muchos, abrazos como los de Márkaris, pocos. Muy pocos. El móvil lo puede perder o se lo pueden robar. Pero el abrazo se lo guardarán ustedes en la memoria. No lo puede perder, no se lo pueden robar”.

Hace unos meses, Petros Markaris vino a Granada Noir. Estábamos comiendo en uno de los garitos más literarios de nuestra ciudad, Rosario Varela, cuando sonó el móvil. Era Paco. Le pasé el teléfono a Petros y no se hacen ustedes una idea del respeto, el cariño y el amor que transmitió aquella conversación.

Paco Camarasa nunca pudo venir a Granada Noir: ya estaba malito y le costaba mucho trabajo moverse lejos. Sin embargo, no dejaba de darnos ánimo y consejos, en su calidad de librero y de comisario de BCNegra. De hecho, lo primero que hizo, fue pedirnos una camiseta para, desde la puerta de Negra y Criminal, sentirse parte de nuestro festival.

Por detalles como ese, aun sin haber venido nunca, Paco es parte de Granada Noir. Como lo es de mi ADN lector. Porque todos llevamos un poco de Paco, siempre, con nosotros. Por eso, Paco siempre será trending topic en nuestro corazón.

Jesús Lens

El Quico Chirino novelista

Vamos a empezar por el principio, para evitar malos entendidos: la novela que usted debe leer este verano, “A la izquierda del padre”, publicada por la editorial Samarcanda, es de Quico Chirino. Y Quico, no solo es mi amigo, sino que también es uno de los pilares de este periódico.

Por todo ello, usted deberá poner en cuestión todo lo que voy a escribir a partir de ahora, ¿de acuerdo? Y es que, digámoslo ya, “A la izquierda del padre” es una de las mejores novelas negras que he leído en los últimos tiempos. Y, créame: he leído muchas. ¡Muchísimas! Y vuelva a creerme: yo, de novela negra, sé. Un rato.

Ojo: “A la izquierda del padre” es novela negra. Muy negra. Trata sobre el mundo de la droga y la marginalidad en la Sevilla de los años 80 y su acción transcurre en el asentamiento chabolista de El Vacie. Los protagonistas: dos muertos, quemados en una choza, un niño berreando y un joven periodista que se interesa por el asunto, tratando de ir más allá de la verdad oficial. Y lo que va a descubrir será complicado de digerir.

Así las cosas, que nadie espere una novela del Quico Chirino periodista en la Granada contemporánea, entre operaciones Nazaríes, mociones de censura y políticos locales. Porque Quico ha sido mucho más valiente que todo eso y ha puesto su descomunal prosa al servicio de una historia fascinante, protagonizada por personajes trágicos que, como los héroes del western, están llamados a trascender.

Les garantizo una cosa: ustedes van amar a Angelita la Negra y a su hermano Manuel. Y eso que los van a conocer ya muertos. Y chamuscados. Y enganchados a la heroína. Porque Quico Chirino ha titulado La última escena al primer capítulo de “A la izquierda del padre”, poniendo las cartas sobre la mesa desde el arranque de la novela, para que el lector compruebe que no hay trampa ni cartón.

Hay que ser muy buen novelista para hacer eso. Hay que estar muy seguro de tener una historia potente entre manos y a unos personajes sólidos para sustentarla, cuando uno arranca la historia por el final.

Por todo ello, duden de esta columna, pero compren la novela en su librería más cercana, léanla este verano y, en septiembre, nos juntamos para comentarla. Palabrita (noir) de Niño Jesús.

Jesús Lens

Mal trago

Con “Mal trago”, publicada por Alrevés, la editorial referente del Noir español más rabiosamente contemporáneo, Carlos Bassas del Rey ha escrito una excelente novela negra que, además, es oscura. Muy oscura. Como los tiempos que nos han tocado vivir.

“Mal trago” es una novela dura y sin concesiones, amarga y en absoluto complaciente con lo que está pasando en un país desarrollado del supuesto primer mundo, pero en el que hay unas carencias básicas de dignidad y ética que autores como Carlos Bassas se encargan de poner de manifiesto en sus imprescindibles novelas.

 

“Mal trago” comienza cuando aparece el cadáver de un niño en un edificio vacío que está a punto de ser derribado. Edificio que es propiedad de una conocida familia de Ofidia. Una de esas familias de las de tooooooda la vida. Una familia rica y bien situada en la escala social de la comunidad. Una familia, sin embargo, que ya no es lo que era.

La investigación recae en el inspector Herodoto Corominas. Y le cae en las manos en uno de esos momentos vitales difíciles y complicados. Si nos acordamos de la anterior novela de Bassas, “Siempre pagan los mismos”, el protagonista sufría la pérdida de alguien importante de su entorno. Una pérdida que se deja sentir en “Mal trago”. Sobre todo, por los cabos que quedaron sin atar.

 

Y es que nadie dijo que ser el hijo de un padre que te bautiza como Herodoto fuera fácil. Ni que ser padre de un chaval que ya no es adolescente, tampoco lo sea. Porque el protagonista de “Mal trago” es así de normal y corriente. Nada de terribles adicciones, visiones apocalípticas o vidas al límite.

 

Que una comisaría en la España del siglo XXI es un sitio bastante alejado de los tópicos y los clichés del género negro. Así las cosas, ¿puede ser interesante una novela protagonizada por probos funcionarios con vidas razonablemente cotidianas?

 

Sí. Absolutamente. Porque la trama criminal planteada por Bassas es apasionante, aunque en su resolución no haya grandes pirotecnias circenses, tiros ni persecuciones. Novela estupenda, también, porque los personajes son de carne y hueso, perfectamente creíbles. Personajes a los que tomas cariño. Personajes a los que te gustaría conocer y con los que te gustaría irte de cañas, un día cualquiera.

Y ahí está la maestría de Bassas. En dotar de vida a sus personajes y construir tramas atractivas, duras y de rabiosa actualidad que se desarrollan en una ciudad, Ofidia, que perfectamente podría ser la suya, querido lector. O la mía.

 

Sí. Es cierto. Apenas he contado nada sobre la trama de la novela. Lo he hecho a propósito. Para que este “Mal trago” sea toda una sorpresa y nada te arruine su lectura.

 

Jesús Lens

El carbonero

Es difícil encontrar una novela negra española que te no te la esperes y te sorprenda. Que te sorprenda enormemente.

Me ha pasado con “El carbonero”, de Carlos Soto Femenía, publicada por Destino. La acción transcurre en Mallorca. Pero no en la Mallorca más bulliciosa y bullanguera, sino en una zona rural, alejada del mundanal ruido. Una Mallorca de hace muchos, muchos años, que la que el carbón se “fabricaba” a mano e ir por hielo a los neveros era una profesión.

El Carbonero

Una Mallorca de caminos y trochas que se recorrían en mulo. O a caballo. Una Mallorca en la que las relaciones sociales estaban muy definidas y en la que ascender por la escala que no te correspondía era misión imposible.

Segundo párrafo de “El carbonero”: “Habían asesinado a mi madre. Le habían partido la cabeza con un hacha. El buhonero, que era quien había venido a darme aviso, no había sido tan explícito, naturalmente. Los detalles los sabría más adelante”.

Y, a partir de ese segundo párrafo, la historia de Marc sigue creciendo en intensidad. Porque el asesinato de una madre no se olvida. Y que le hubieran abierto la cabeza de un hachazo, menos. Sobre todo porque aquella barbaridad dejó muy tocado al padre de Marc. Un Marc que se vio obligado a crecer deprisa.

(Sigue leyendo esta reseña en nuestra publicación hermana, Calibre 38)

Jesús Lens

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