Libremos hoy

Hoy toca librar, que para algo es el Día de las Librerías. Hoy toca pasar por alguna de nuestras librerías favoritas… y comprar algo. A ser posible, uno o varios libros, por supuesto.

No es una tautología, recomendarles comprar libros en las librerías. En algunas empieza a pasar como en los cines, que hacen más caja con las palomitas y los refrescos que con la propia taquilla. Funkos y muñecotes, agendas de todos los colores y merchandising de diversas sagas ocupan tanto o más espacio que los propios libros. Lo que no es ni bueno ni malo, sino todo lo contrario.

Dense una vuelta por su librería favorita y, además de comprar un libro o un cómic que le apetezca leer, compre otro para regalar a alguien especial. Aproveche para dedicárselo con cariño. ¡Con lo complicado que es eso de volver a escribir a mano!

Hoy hay actos culturales variados en las librerías, de charlas y presentaciones a conciertos, cuentacuentos, lecturas y un largo etcétera. ¡Qué gran día habría sido, también, para reunir a los Clubes de Lectura en torno a una buena tertulia libresca!

Cuando chapa una librería histórica y emblemática, todo son llantos, lamentos, suspiros y crujir de dientes. Eso, a los libreros que se ven obligados a cerrar las puertas de su establecimiento les puede insuflar ánimos y embargarles de emoción, pero poco más. Con esto pasa como con lo de votar: para evitarnos las manifestaciones del lunes frente al Ayuntamiento para protestar por el auge de la ultraderecha, la mejor estrategia es acudir a votar el domingo.

Nos gustan las librerías. Son establecimientos con alma, lugares que hacen mejor nuestra vida. Nos gusta que abran sus puertas y tener ocasión de charlar con las libreras y los libreros, comentar nuestras últimas lecturas y pedirles consejo. No hay mejor algoritmo que el conocimiento y la experiencia de un buen librero.

Para que las librerías sigan cumpliendo con su imprescindible labor de descubrirnos tramas imposibles, presentarnos a personajes inolvidables, conducirnos a paisajes inexplorados y hacernos soñar con mundos desconocidos; sigamos visitándolas y compremos allí nuestros libros.

Jesús Lens

Yo pude salvar a Lorca

Hoy presentamos uno de los libros del año. Será a las cinco de la tarde, como corresponde en clave lorquiana. En la Librería Picasso. Ardo por conocer a Víctor Amela, el autor de “Yo pude salvar a Lorca”, pero mentiría si no reconociera que estoy un poco asustado: Víctor es uno de los grandes periodistas culturales de España y sus entrevistas en La Contra de La Vanguardia son míticas.

Todavía no sé cómo afrontaré nuestra conversación -para descubrirlo tendrán que acompañarnos esta tarde- pero déjenme que trate de convencerles de que compren y lean “Yo pude salvar a Lorca”.

¿En serio? ¿Otra historia sobre el poeta de Fuente Vaqueros? Sí. Y no. Porque en este libro, Víctor Amela parte de los últimos días de Lorca para contar otro sinfín de historias, todas ellas conectadas por un dédalo de causalidades. Y casualidades.

La historia de Manuel Bonilla, por ejemplo. Un labrador y pastor de La Alpujarra que, por su extraordinario conocimiento de las trochas, senderos y veredas de la comarca granadina, pasó a un buen número de personas a ambos lados del frente, salvándoles la vida. Un Manuel Bonilla que, con el paso del tiempo, emigró a Barcelona con su mujer y sus hijos. Y será allí cuando su nieto Víctor le escuche pronunciar la frase que está en el origen de este libro: “Yo pude salvar a Lorca”.

Un libro que también cuenta la historia de otro familiar del autor: su tío Josep, que combatió en el frente del Ebro, donde fue herido en el pecho. Y orbitando en torno a estas dos figuras, un amplio entramado de personajes se citan en las 500 páginas de un libro que es un fresco imprescindible de la historia de España. De Jacinto a Palmira, pasando por Luis Rosales, Agustín Penón, Emilia Llanos y los hermanos Quero; “Yo pude salvar a Lorca” se convierte en un emocionante compendio de decenas de vidas cruzadas… y sacudidas por la Guerra Civil.

En todas las familias españolas se han contado historias de la guerra. Todos hemos tenido abuelos y tíos que, al calor de una comida, narraban diferentes episodios de la contienda. O, a sensu contrario, que jamás quisieron rememorar aquellos años infaustos.

De una íntima dialéctica entre el silencio y la memoria nace “Yo pude salvar a Lorca”, uno de los libros del año.

Jesús Lens

Para quien no brilla la luz

Ando inquieto y nervioso, de cara a la presentación literaria de esta tarde, a las 19.30 en la librería Picasso, con mi compañero columnista y, sin embargo amigo, José María Pérez Zúñiga.

Será la última presentación hasta Granada Noir 4, que la temporada ha sido larga y fructífera desde la Feria del Libro hasta aquí, con el paso por nuestra ciudad de José Luis Ordóñez, Gustavo Abrevaya, Alicia Giménez Bartlett, Antonio Lozano, Leonardo Padura, Toni Hill o Lorenzo Silva… ¡casi, casi un festival en sí mismo!

Estoy intranquilo porque “Para quien no brilla la luz” es una novela profundamente desasosegante. Una combinación de género negro y terror que me lleva alterando el sueño las últimas noches, por mucho que yo, como ustedes, sepamos que los vampiros no existen.

Al menos, los vampiros que nos han contado la literatura y el cine, con sus colmillos puntiagudos, su dificultad para apurar el afeitado frente al espejo del cuarto de baño y su pasión por la sangre, pero en crudo y sin intermediarios, de la huerta a la mesa; que a los vampiros no se les conoce pasión por la morcilla. Al menos, no que yo sepa.

Y, sin embargo, el vampirismo sí existe. El vampirismo como fenómeno sociológico. El vampirismo económico. El vampirismo emocional. Lo sostiene José María, cuando recuerda a Claude Kappler: “Si el vampirismo fascina, es porque representa, con inmensa fuerza, una imagen del hombre contemporáneo”.

El vampiro contemporáneo se esconde detrás de diferentes máscaras. Entre la gente tóxica, por ejemplo. Esa gente que tiene la extraña costumbre de enredarnos en sus propios problemas una y otra vez, más allá de nuestros deseos y de nuestra voluntad.

Los vampiros se encuentran entre los compañeros de trabajo que escalan posiciones por la vía de pisotear a los demás. O entre esos jefes que abusan de sus empleados para medrar, que consiguen sus objetivos personales a costa de la fuerza vital de sus subalternos. ¿Y qué decir de la corrupción, esa lacra, esa peste que nos chupa la sangre hasta dejarnos literalmente secos?

Los vampiros nos siguen enamorando, como bien señala José María, porque nos brindan la posibilidad de ser otros. De ser diferentes. De ser omnipotentes. Pero esa es su dimensión fantástica. En la real, los vampiros nos estrujan y nos explotan… hasta reducirnos a la condición de zombis.

Jesús Lens

Leonardo Padura y el peso del tiempo

“Apenas se alejaron cien metros de la calle alguna vez asfaltada, los forasteros comprendieron que estaban trasladándose a otro universo, como si hubieran atravesado un hoyo negro hacia una dimensión diferente del tiempo y el espacio. Estaban penetrando en el territorio que Conde bautizó como el mundo de los invisibles”.

Hay mucho de viaje en el tiempo, y no solo metafóricamente hablando, en la novela más reciente del maestro cubano Leonardo Padura, galardonado con el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015 y al que tendremos el privilegio de escuchar en Granada, el próximo lunes 28, a las 19 horas, en la Librería Picasso.

“La transparencia del tiempo” se titula una novela que, publicada por Tusquets, como todas las anteriores de Padura, podemos empezar a contar (casi) por el final. Pero sin fastidiarle nada, estimado lector. Porque la novela (casi) termina con una fiesta de cumpleaños. Y es que Conde, el personaje por antonomasia del policial cubano, cumple 60 años. Y si 20 años son toda una vida, no les digo ya lo que deben ser 60…

Mario Conde, ex policía convertido en librero de lance, profesión a través de la que sobrevive a trancas y barrancas; es más consciente de todo lo que le rodea a medida que se va haciendo mayor. De ahí que el tiempo, además de ir pasando, le pese. Por ejemplo, cuando descubre esas barriadas de aluvión que han nacido en el entorno de La Habana, al modo de los bidonville africanos, pobladas por personas invisibles para el sistema, desplazados de todo el país que buscan su particular El Dorado en la capital… para terminar chapoteando en el barro.

Conde tendrá que visitar esas zonas marginales de La Habana durante su búsqueda de un objeto muy extraño que le han encargado localizar: la imagen de una Virgen de Regla. Una virgen negra sustraída de la casa de un antiguo compañero de estudios de Conde que, apelando a su vieja amistad, vuelve a poner en marcha al antiguo policía.

Y, como ya es tradicional en la novelística de Padura, una investigación del presente conduce al lector a un pasado, más o menos remoto. En este caso, siguiendo los pasos de la Virgen de Regla, haremos todo un viaje en el tiempo, comenzando por la Cataluña de la Guerra Civil, pasando por el Renacimiento y llegando hasta…

Como señala el propio Padura, “La trasparencia del tiempo” es una novela y debe leerse como tal. “Las realidades presentes y pasadas tienen sustentos históricos, contextos y escenarios reales, pero trabajados en función de su escritura y empleo novelescos”.

Eso sí: “los episodios del presente cubano están apoyados en un conocimiento vivo y en una indagación de una realidad que forma parte de mi propia vida y experiencia, aunque el procedimiento investigativo de la trama policial en que participa Mario Conde es pura ficción”, señala un Leonardo Padura que, efectivamente, no le pierde el pulso a la realidad cubana contemporánea.

Si son ustedes seguidores de esta sección, recordarán que hace unos meses escribíamos en El Rincón Oscuro sobre la adaptación al cine y la televisión de las primeras novelas de Padura protagonizadas por Mario Conde, cuando todavía era policía, señalando que La Habana que nos mostraba no es la de ahora, La Habana contemporánea. En su primera tetralogía, Padura nos describía la depauperada ciudad que, a comienzos de los años 90 del pasado siglo, tuvo que sobrevivir al conocido como Período Especial. (Lean AQUÍ)

Pero el tiempo pasa. Y, en “La transparencia del tiempo”, sí que transitamos por la capital cubana contemporánea. Y lo que vemos, a través de los ojos de Conde, da miedo: ¿y si la historia que persigue está “empeñada en mostrarle todas y cada una de las costras de una ciudad que, bien vista, parecía afectada de lepra”?

La clave de la mejor novela negra es precisamente esa: mostrar la realidad que se oculta tras la apariencia, bucear en los intersticios de una sociedad que siempre es más compleja y contradictoria de lo que a primera vista podemos pensar. Y Leonardo Padura es el mejor guía posible para conocer la realidad de una Cuba contemporánea en la que, como en casi todo el mundo, hay demasiado nuevo rico que parece mear colonia, por mucho comunismo que prediquen los voceros oficiales.

El mundo del arte vuelve a estar muy presente en una magnífica novela protagonizada por un Conde en estado de gracia: reflexivo, vulnerable y temeroso. Un Mario Conde que se pregunta por el sentido de la vida mientras se relaciona con traficantes de toda laya que viven en mansiones decoradas de acuerdo al minimalismo imperante. Un Mario Conde que no pierde sus referentes: Tamara, el Conejo, Carlitos o Yoyi; y que sigue escuchando a la Creedence mientras tumba botellas de ron.

Un Conde que vuelve a las andadas, en fin, “por curioso y, sobre todo, por comemierda, el componente psicológico que mejor expresaba su demodé sentido de la responsabilidad y de lo justo”.

Jesús Lens

Robo de ideas

Tenemos que volver a Christopher Nolan, que esta tarde presentamos en la librería Picasso, a las 19 horas, la monografía escrita por el profesor de la UGR, José Abad, publicada por la editorial Cátedra y en la que repasa toda su filmografía. Y tenemos que volver a Nolan porque la semana pasada hablamos en este Rincón Oscuro de sus películas más negras y criminales, incluida la Trilogía de Batman, pero no dijimos ni una palabra de “Origen”, una película totémica que, posiblemente, todavía no se ha valorado en su justa medida. (Lean AQUÍ la entrada de la semana pasada).

Si a ustedes les gusta Nolan, seguro que tienen a “Origen” en un altar, quintaesencia de la ética y la estética de uno de los directores más libres que ahora mismo andan filmando mainstream por el mundo.

¿Cómo se genera una idea? Y, más importante aún: una vez generada, ¿cómo evitar su robo, manipulación, usurpación o plagio? La historia del arte y de la ciencia está repleta de todo tipo de robos de ideas, planes, estrategias y proyectos; pero desde el brutal desarrollo de la era digital, la protección de la información absorbe cada vez recursos en el gobierno del mundo y en el mundo de la empresa.

 

Y no digamos lo que está por venir, con la explosión del Big Data y la generalización de la Inteligencia Artificial en cada vez más ámbitos de nuestra vida cotidiana. ¡El que tiene la idea, la información y el conocimiento; tiene el auténtico tesoro, el Santo Grial del siglo XXI!

 

Sobre ese eje pivotan dos de las grandes joyas de la filmografía de Nolan: la citada “Origen” y la oscura e inquietante “The Prestige”. Y, como es habitual en el cineasta, sus películas nos invitan a reflexionar sobre algunos de los grandes temas que preocupan al hombre, a través de géneros cinematográficos populares y comerciales: la ciencia ficción y la fantasía.

(Sigan leyendo esta entrega de El Rincón Oscuro a través de este enlace, en el suplemento Evasión de IDEAL o a través de esta entrada de Calibre 38, nuestra revista hermana)

Jesús Lens