Memoria y reivindicación con Benjamín Prado

Escribe Benjamín Prado sobre dos de sus protagonistas: “Ninguna de las dos era feliz y ambas se sentían fuera de lugar en sus propias casas, ajenas a sí mismas, trasplantadas a la biografía de otra persona. Algunas tardes, sentadas en algún café del centro, se consolaban mutuamente y podían desahogarse, aunque fuera en voz baja, y llorar cada una las lágrimas de la otra”.

Ayer por la tarde, en la primera reunión virtual del recién nacido club de lectura Adictos al crimen, que hacemos en colaboración con la librería Picasso (AQUÍ toda la información), estuvimos hablando con Prado, autor de ‘Todo lo carga el diablo’, quinta entrega de los casos de Juan Urbano publicada por la editorial Alfaguara en su colección Narrativa Hispánica. Benjamín se entregó en cuerpo y alma, abriéndose en canal para contarnos un sinfín de de detalles de su proceso creativo, incluyendo historias preciosas y muy personales que para los Adictos al Crimen de Granada se quedan.

Se trata de una novela doblemente literaria. Tenemos, por una parte, a un protagonista singular. Juan Urbano, profesor de instituto que trata de hacer interesante la literatura a su alumnado. Y que, como actividad complementaria, escribe biografías por encargo.

En la entrega que nos ocupa, un acaudalado empresario farmacéutico le contrata para que investigue por qué su madre se marchó de casa, abandonando a su padre y dejándole solo a él. Por qué se marchó a los Estados Unidos y con quién. Una investigación procelosa que, hurgando en la vida de Caridad Santafé, nos permitirá asomarnos a las biografías de otras amigas y compañeras suyas de antaño: Ernestina Maenza y Margot Moles.

El antaño al que nos transporta Benjamín Prado es la España de los años 30, la de la República, la de la Guerra Civil y la de la posguerra. Una España que, antes del golpe de estado, permitió a las mujeres con inquietudes deportivas, culturales e intelectuales disfrutar de unos años gloriosos. Precarios en lo económico, pero luminosos y optimistas en lo vital.

Aquella España Mágica de la Residencia de Estudiantes, la Institución Libre de Enseñanza y las Misiones Pedagógicas, por ejemplo. La España en la que las mujeres atletas lo mismo participaban en atletismo que en esquí y daban lo mejor de sí mismas en citas como los Juegos Olímpicos de Invierno de un año tan improbable como 1936. La España comprometida con la formación integral de las personas.

Mujeres más o menos progresistas o más o menos conservadoras en lo político y en lo social, pero siempre comprometidas con el desarrollo de la libertad individual femenina. Como se podía leer en una crónica deportiva de la época que nos recuerda Prado: “El verdadero éxito de este certamen es que aquí no ha ganado ninguna mujer, sino todas”. Vidas truncadas, como tantas y tantas otras, por la calamidad que supuso el golpe de estado, la Guerra Civil, la represión y la ferocidad de la posguerra.

Encontramos destellos luminosos en la prosa de Benjamín Prado en máximas como esta: “No es cierto que quien resiste gana, como suele decirse, o al menos no lo es siempre, pero vender muy cara la derrota es un modo de perder el combate sin perder la dignidad”. O esta otra perla: “la historia se repite porque a veces ganan unos y a veces otros, pero siempre pierden los mismos”.

La primera parte de la novela es la que tiene más sustrato histórico. La segunda es la más novelesca, la más puramente policial, con los avances en la investigación de Juan Urbano y su improvisada ayudante.

Una novela doblemente literaria, además, por la carga poética de muchos pasajes. Por las referencias cultas, las citas y las conexiones histórico-librescas. Por la importancia de los archivos en la investigación, en tantas y tantas ocasiones, mucho más reveladoras que un tipo duro armado con una pistola.

Jesús Lens

Evaristo y Burma, dos joyas del cómic noir

Me van a permitir la licencia de hacer algo que nunca hago, pero la ocasión lo merece. Les voy a recomendar encarecidamente que compren, sea para leer ustedes, sea para regalar; un tebeo que todavía no he terminado de leer. De hecho, apenas voy por la mitad, pero estoy tan entusiasmado que no puedo esperar una semana más para hablarles del ‘Nestor Burma’ de Léo Malet y Jaques Tardi, una de las cumbres del noir europeo, recién publicada por Norma Editorial en recopilatorio integral que no puede faltar en cualquier biblioteca negra y criminal que se precie.

Hace años que leí ‘Niebla en el puente Tolbiac’, la primera historia de este totémico recopilatorio. Recuerdo que me gustó tanto el personaje de Burma que decidí no leer ningún otro de los tebeos para entregarme a las novelas de Léo Malet. Nunca lo hice. Que me perdone mi querida Charo González Herrera, una fan furibunda del autor galo y una de las mejores lectoras de este país, coordinadora de varios clubes de lectura.

Le pregunto por Burma y Charo lo tiene claro: “me gusta mucho porque me explica una parte de la historia de Francia que era muy desconocida para mí, como el gobierno de Vichy la posguerra mundial. Me gusta también porque es como un Sam Spade a la francesa. ¡Es muy chulo!”. ¿Y la adaptación al cómic? “Me encantan: Tardi es lo más. Es para enmarcar cada viñeta. Son tan precisos, tan chulos… son una pasada”, concluye una Charo cuyo entusiasmo siempre es contagioso.

Nestor Burma es, efectivamente, uno de esos detectives privados cínicos y descreídos, pura esencia del noir fundacional. Y no es para menos: Malet le dio vida en el año 1942, en mitad de una Francia ocupada. Las heridas abiertas por la II Guerra Mundial y la dura posguerra supuran en sus narraciones, cargadas de fatalismo.

La primera de las historias, la del puente Tolbiac, arranca en 1956 y es capital para conocer los orígenes libertarios y anarquistas de un Nestor Burma al que se le aparece un fantasma del pasado reclamando justicia. En la mejor estirpe de los héroes de Chandler y Hammett, Burma no cejará hasta esclarecer la verdad y hacer justicia… o algo parecido. Eso sí, aunque tendrá que pagar un peaje demasiado doloroso. Porque la fatalidad siempre impregna sus narraciones.

Yo juraría que conozco esa tasca

Estoy a mitad de ‘Calle de la Estación, 120’, una historia larga y morosa que transcurre en esa Francia ocupada de comienzos de los 40, en una ciudad de Lyon ominosa, siempre cubierta de niebla. A través del evocador dibujo de Tardi, cada vez que Burma los puentes sobre el Ródano o el Saona se nos mete dentro la humedad. Los siniestros callejones, el calor de los bares y cafés. ¡Una pura gozada!

Y ahora pasemos a hablar de ‘Evaristo’, otro recopilatorio con nombre propio. En este caso, nos vamos a la Argentina de finales de los 50, sacudida por la violencia de unas bandas que no tenían nada que envidiar a las de Chicago en los años 30. Frente a ellas, Evaristo Meneses, no por casualidad apodado como ‘El Eliot Ness argentino’.

‘Evaristo’ está basado en un personaje real, un policía con código de honor propio que, cuando dejó el cuerpo, montó una agencia de detectives. Es fantástico cuando le da una paliza a uno de los policías que han maltratado a un sospechoso adolescente, por ejemplo. Porque su gente no tortura. Y eso que él tiene la mano larga y no duda en repartir mamporros o tirar de la pipa cuando considera que la situación lo requiere.

Cuando el Evaristo de carne y hueso vio las primeras planchas del cómic, surgido del talento de Carlos Sampayo al guion y Francisco Solano López a los lápices, con el laconismo que le caracterizaba, solo dijo que él era más bajo y menos gordo que su representación gráfica. Por lo demás, todo bien.

Si las historias de Burma son largas y las tramas concienzudas, ‘Evaristo’ es pura atmósfera, ritmo y expresividad gráfica. Historietas cortas, directas al mentón, como un directo de izquierdas en plena cara.

 Estas fiestas, no tengan dudas. Si les gusta el cómic noir más clásico, ‘Evaristo’ y ‘Nestor Burma’ son dos apuestas ganadoras. ¡Feliz Navidad!

Jesús Lens

Granada, ciudad del cómic

Solo con escribir los premios, galardones y distinciones nacionales e internacionales que acumulan los dibujantes de cómic granadinos tendría para rellenar esta y otras diez columnas como esta. Y me faltaría espacio, créanme.

Foto: Carlos Gil

Sin ir más lejos, en el Teatro CajaGranada conversábamos ayer con un ganador de dos premios Eisner, el más importante y prestigioso del cómic mundial. Con un ganador del Goya a la mejor película de animación, un autor revelación del Salón Internacional del Cómic de Barcelona y con el autor del Mejor Álbum Nacional de Expocómic.

Durante su mandato, Paco Cuenca acuñó varias y distintas etiquetas para Granada. Cada seis meses, de promedio, Granada se despertaba siendo la Ciudad del Rock, de la Ciencia, de la Poesía o del Deporte. Además de ser la ciudad más bonita de las ciudades más bonitas del mundo, faltaría más.

Nunca entendí que aquel Ayuntamiento no tirara del carro de Granada Ciudad del Cómic, cuando es una de las urbes del mundo que más talento tebeístico e ilustrador acumula por metro cuadrado.

Lo recordábamos ayer, en el marco de Granada Noir, que entregaba el Memorial Antonio Lozano a la iniciativa Covidarte en una velada de cultura y reivindicación en la que Enrique Bonet reflexionaba sobre esta cuestión.

Foto: Carlos Gil

¿Será el agua del Darro, como alguna vez ha reivindicado Antonio Arias? ¿Serán los pulevines y las maritoñis que tomábamos de chicos… y de menos chicos? ¿Será el influjo de las Alhambras Especiales, las tapas y esas noches sin fin, acodados en las barras de los bares, dibujando trazos y bocetos en servilletas?

Es, también, la Facultad de Bellas Artes y la Escuela de Artes y Oficios, por supuesto. Las academias privadas. Es el empuje de la juventud, la sangre nueva que nutre a una ciudad universitaria como Granada.

Foto: Carlos Gil

Son las librerías. Las especializadas en cómic y las generalistas que tan bien tratan al mundo del tebeo, organizando firmas, encuentros y presentaciones. Son las papelerías técnicas que tienen ese material con el que los artistas plasman sus sueños en lienzos y papel. Son los eventos, salones, festivales y exposiciones. Son las editoriales como Karras, que apuestan por el talento local. Que es global y universal.

Hoy domingo, por ejemplo, Gabriel Hernández Walta, uno de los mejores dibujantes del mundo —dos Eisner le contemplan— estará firmando junto a El Torres en la librería Subterránea. Un consejo: esta Navidad, compren tebeos de autores granadinos para regalar. Es un acierto seguro.

Jesús Lens

Humor negro: el noir también hace reír

Hubo un tipo que de tanto leer libros de caballería, dicen que se volvió loco. Alonso Quijano se llamaba. No dudó echarse a los caminos a desfacer entuertos, siguiendo la estela de sus héroes de ficción. La novela negra vive una época dorada, publicándose centenares de novelas policíacas de todo tipo, pelaje y condición. ¿Y si un lector empedernido de historias protagonizadas por policías y ladrones perdiera la cordura y decidiese imitar su proceder?

De esa premisa parte Máximo Pradera en su desternillante ‘El hombre que fue Sherlock Holmes’, una divertidísima, aunque respetuosa parodia de las novelas protagonizadas por el Príncipe de los Detectives que se ha hecho acreedora del prestigioso Premio Jaén de Novela de CajaGranada Fundación y Bankia. Las andanzas del Quijote holmesiano son seguidas y contadas por un trasunto de Watson, un redivivo Sancho Panza que, además, es el cuñado del protagonista.

Tirando del humor cáustico y vitriólico que le caracteriza, Máximo Pradera disfruta jugando con el lenguaje, utilizando el doble sentido de las palabras para construir un juego de espejos entre la realidad del momento y su visión distorsionada; sin que el lector tenga claro cuál resulta más verosímil.

El jurado del Premio Jaén de novela, que publica la editorial Almuzara, destacó “su habilidad y destreza técnica para dar una vuelta de tuerca al género de detectives con la inclusión de numerosos y célebres referentes literarios, aunando humor y picaresca”. ¡Qué razón tenía! Porque se nota que el autor ha leído con pasión las novelas de Sir Arthur Conan Doyle y que le encanta el personaje de Holmes.

Máximo Pradera hace un encendido canto a la fantasía, ampliamente considerada. Por ejemplo cuando Holmes le dice al Watson-cuñado que el investigador necesita usar, además de la razón, la imaginación, auténtica madre de la verdad.

Y la crítica social, claro. A través de la sátira, el autor se despacha a gusto con tantas y tantas costumbres contemporáneas que, si no fuera porque dan risa, nos abochornarían sobremanera.

Carlos Salem, autor clásico del noir español contemporáneo, también acaba de publicar un novela de humor en la editorial Adarve. ‘Diario de un perfecto abandonado’ es justo lo que anuncia el título: una desgarrada y delirante declaración de desamor en la que se pasa por todos los estadios del hombre solo y abandonado.

En la estirpe de los antihéroes de Salem, tan torpes y desmadejados como entrañables, Nicolás Sotanovsky es un tipo abandonado por su novia al que no dejan de ocurrirle cosas extravagantes que anota en un diario igualmente extraño y descacharrante, repleto de retruécanos y, de nuevo, de dobles sentidos que encantarán a los amantes del lenguaje y de la retranca. Que Salem va sobrado de ambos: de palabras y… eso; de retranca.

Lean, lean las penurias y desventuras de Sotanovsky, pero antes de reírse de él, piensen que en algún momento hemos estado, estamos o estaremos en una situación parecida a la suya. Entonces optarán por reírse con él de ustedes mismos. Que es justo lo que hace Carlos Salem en un dietario en que los vicios y costumbres de la sociedad contemporánea quedan igualmente retratados y expuestos a la luz de su finísima pluma.

También me he reído, aunque más en plan sonrisa que carcajada, con ’Una chica como ella’, una tierna historia de amor y descubrimiento en la que el robo de un collar funciona como McGuffin de la historia.

La última novela del popular autor francés Marc Levy, publicada por Harper Collins, más que la historia de una escalera de Buero Vallejo es la historia del ascensor de un exclusivo edificio de la Quinta Avenida de Nueva York. Los vecinos están orgullosos de mantener en perfecto estado de revista un vetusto elevador que aún precisa de un ascensorista para hacerlo funcionar.

Deepak, de origen indio, es el igualmente orgulloso ascensorista que, además, vela por el bienestar de ‘sus’ vecinos. Honrado a carta cabal, discreto y fiable, Deepak vive con Lali, su mujer, en un edificio de Spanish Harlem. Cuando su sobrino Sanji llega desde Bombay, empezarán a ocurrir cosas.

“Estados Unidos está más dividido que nunca, las desigualdades se agravan, los que están en el poder no parecen dar su brazo a torcer ante nada…”. En ‘Una chica como ella’, Levy apuesta por una trama de descubrimiento y conocimiento del otro. De adaptación a las circunstancias siempre cambiantes de la vida. De superación de las dificultades. Todo ello con una ternura que sortea hábilmente lo lacrimógeno y evita caer en el terreno de la autoayuda.

Terminamos con una frase de Levy repleta de sentido, sensibilidad y verdad: “Es el miedo lo que hace huir a la gente. El valor es lo que te impulsa a salir adelante, al encuentro de otra vida… tener valor es tener esperanza”.

Jesús Lens

Cuando Laura vuelve de la muerte

Disculpen el spoiler, pero como hablamos de una película de 1944 universalmente conocida, pienso que ha pasado el tiempo suficiente como para hablar con libertad de una de las secuencias cumbre de la historia del cine: la resurrección de Laura en la película homónima, filmada por Otto Preminger.

El pasado miércoles por la noche me planteé preparar unos martinis o un whisky on the rocks para acompañar el enésimo visionado de ‘Laura’, siguiendo el ejemplo de lo que solemos ver en las películas norteamericanas, pero luego pensé que era puro postureo, un recurso cinematográfico —como lo de fumar— para que los actores tengan entretenidas las manos y no parezcan unos pasmarotes en pantalla.

Cambié los sofisticados combinados por una Milno helada y una tapilla de torreznos, algo mucho más de aquí, y me volví a sumergir en aquella ardiente noche de verano en la que Laura fue asesinada.

Y me pasó algo curioso: aunque me volvió a emocionar la secuencia de la ‘resurrección’ de Laura, haciéndose carne frente al precioso retrato con su imagen que preside su apartamento en Manhattan; la película me dejó más frío que en ocasiones precedentes. ¿Por qué? Porque la vi nada más terminar de leer la novela de Vera Caspary en que ‘Laura’ está basada.

Este 2020 hemos puesto en marcha un Club de lectura y cine clásicos en Granada Noir. Leemos novelas negras y policíacas del pasado siglo, vemos las películas basadas en ellos y lo hablamos, comentamos y desentrañamos por Zoom y a través de hilos específicos en las redes sociales.

De joven, amaba el cine negro norteamericano y el western (casi) por encima de todas las cosas. Solo le prestaba atención a las películas, sin preocuparme de los textos literarios en que estaban basados sus guiones. De ahí que en un 2020 tan nefasto para tantas cosas, esta vuelta a los orígenes literarios y cinematográficos del género negro, esté resultando apasionante.

En ‘Laura’, la combativa escritora Vera Caspary narra la investigación de su asesinato a través de diversas voces, comenzando por la de uno de sus más íntimos amigos: el excéntrico columnista y escritor de historias policíacas Waldo Lydeker. En la novela, la autora nos lo describe como un hombre mayor bien entrado en carnes. En la película fue interpretado, sin embargo, por el esquelético y flemático Clifton Webb que, años después, prestaría su afilada figura al Mr. Belvedere del consultorio de la mítica Fotogramas, la de antes.

En este caso, la diferencia de volumen corporal es una licencia poética que en nada condiciona la narración: el carácter corrosivo de Lydeker, el gordo y el flaco, funciona igual en la versión literaria que en la cinematográfica, que hablamos de uno de los grandes personajes secundarios de la historia del Noir. A través de un lenguaje florido y cargado de ironía y dobles sentidos, Waldo tira de subjetivismo y libre interpretación de los hechos.

A partir de la mitad de la novela toma el testigo de la narración el policía encargado de la investigación, McPherson, interpretado en la película por el siempre solvente Dana Andrews. Con un estilo mucho menos alambicado que el de Waldo Lydeker, hace avanzar la historia desde un punto de vista objetivo: el del policía que sospecha de todo y de todos. Su herramienta predilecta serán los interrogatorios, tanto por lo que responden los interrogados como por sus reacciones gestuales al ir recibiendo las cápsulas de información que les da el polizonte.

La parte final de la novela, tras la lectura de unos escuetos informes policiales y la transcripción de unas escuchas telefónicas, corresponde a la propia Laura. Esa Laura fantasmal que, vuelta a la vida, se encuentra en el ojo del huracán. Una Laura que tiene mucha más presencia y protagonismo en la novela que en pantalla. La belleza sin igual de Gene Tierney fijó a Laura, para siempre, en nuestra retina. Su alter ego en papel, más profundo, más complejo y más interesante; la consolida en nuestro imaginario como una de las grandes heroínas del género negro y criminal.

Lean ‘Laura’ y descubrirán una novela excelente que les llevará a querer saber más de su autora, Vera Caspary, sobre la que volveremos próximamente.

Vean ‘Laura’, también. Una película que en el año 1999 fue considerada “cultural, histórica y estéticamente significativa” por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos así como seleccionada para su preservación en el National Film Registry. Nominada a cinco Óscar, se alzó con el premio a la mejor fotografía en blanco y negro para el operador Joseph LaShelle. Y un aliciente especial: ver a Vincent Price convertido en una especie de latin lover de lo más resultón.

En estos tiempos semiconfinados, seguiremos leyendo a Patricia Highsmith, Chester Himes o Jim Thompson y viendo las películas surgidas de sus novelas. Porque en el mundo del género negro, literatura y cine van total y absolutamente de la mano.

Jesús Lens