Un paseo por la Cuenca abstracta

De repente, volvía a cruzar el espectacular Puente de San Pablo sobre el río Huécar que, en Cuenca, te lleva a las famosas Casas Colgadas. En la más espectacular, volante y llamativa se sitúa el Museo de Arte Abstracto Español, definido ‘el pequeño museo más bello del mundo’. 

Hace unos años, en el marco del festival negro-criminal Las Casas Ahorcadas, hicimos una exquisita visita guiada por una colección en la que contenido y continente se hablan de tú a tú, dándose la mano en íntima comunión. 

Aprovechando el cierre parcial y temporal del Museo de Cuenca, que afronta unas necesarias obras de climatización, nuestro Centro José Guerrero acoge una selección de algunas de sus piezas más emblemáticas, comenzando por el descomunal ‘Brigitte Bardot’ de Antonio Saura que se encuentra justo a la entrada. 

La Brilli según Saura

Ojo, que hablamos de arte abstracto. Esto no es pintura figurativa en la que la mítica actriz se presenta en toda su lozanía. Ni siquiera Pop Art serigrafiada al estilo de las Marilyn o Audrey de Andy Warhol. Para Saura, ese cuadro es “una ferviente prueba de amor”. 

—Si eso es amor, ¿cómo sería si la odiara?— podría decir algún malpensado. Y Saura le respondería: “Para realizar un retrato, la presencia del modelo cuenta menos que el fantasma mental por él forjado”. Y ahí la tienen, “una figura descoyuntadamente sexual”, de acuerdo a la ficha técnica del Museo.

Una observadora observa la foto en la que Geraldine Chaplin observa el cuadro de Saura

¿Qué quieren que les diga del arte abstracto? Que no hay que tratar de entenderlo. Solo dejarse llevar. Algunas piezas les dirán cosas. Otras, poco. Nada, incluso. Y siempre nos quedará el célebre aforismo de la ancestral crítica de arte confuciana: “esto lo podría haber hecho mi hijo de diez años”. O de siete. De cinco, incluso.

El Centro Guerrero también está arquitectónicamente concebido para hablarse con las grandes obras del pintor granadino que le da nombre. De ahí que alguna de sus Fosforescencias luzca tan bien en las paredes. Y no digamos ya los grandes ventanales que dan a la Catedral y que ofrecen una perspectiva inédita de sus partes más altas. El mirador de la tercera planta es una gozada, al margen de las obras expuestas. 

Visitante se tapa los ojos con el móvil para no quedar cegado por la Fosforescencia

Me han gustado, en fin, las arboledas granadinas en honor a Manuel de Falla, de cuyo autor he olvidado el nombre, las tersas superficies de Zóbel, los vientos del escultor canario Martín Chirino y los bloques de piedra de Oteiza. 

Vientos

Pero lo mejor ha sido recuperar las sensaciones de aquella tarde compartida con buenos amigos en Cuenca. Un viaje en el tiempo y en el espacio gracias al arte que nos permite asomarnos al interior de una de las más bellas Casas Colgadas desde el corazón de Granada. Hace unos años, por cierto, en Alhama, escuché a un guía voluntarioso, aunque escasamente profesional, menospreciar las Casas conquenses. Y todo por alabar las de su pueblo. ¿Qué falta hará?

Y ojo a lo que se viene a final de septiembre al Guerrero: Andrés Rábago, El Roto. ¡Exitazo seguro!        

Jesús Lens

El Centro Guerrero es una Máquina del Tiempo

Si ustedes visitan el exquisito edificio de la calle Oficios que acoge el Centro José Guerrero estarán entrando en una máquina del tiempo que les conducirá al futuro. No es una metáfora. Es real. Acérquense a la mesa con las publicaciones del Centro, cojan un ejemplar de ‘Todos los museos son novelas de ciencia ficción’, de Jorge Carrión, y tendrán en sus manos un libro que aún no existe. 

Compruébenlo, si no me creen. Abran el libro. Tras la solapa con la biografía del autor y dos páginas en negro riguroso, un ojo sobre un fondo rojinegro le mirará fijamente. Después, la prueba: “Publicado por Galaxia Gutenberg S.L. Primera edición: febrero de 2022”. 

Siempre me ha gustado leer tramas que aún no se han publicado. Sobre todo una que cuenta la historia de un autor que está escribiendo un libro y recibe un mensaje desde el futuro de alguien que ya lo ha leído. ¿Se imaginan, el flash?

A quienes nos gusta Gravite, el festival dedicado a la cultura y la ciencia con el viaje en el tiempo como protagonista, lo que está ocurriendo en nuestro Centro Guerrero es algo espectacular e irrepetible. Se trata de un proyecto literario-expositivo con tres patas que se complementan entre sí. 

Por un lado tenemos una novela, ‘Membrana’, de un escritor arrojado y visionario, Jorge Carrión. Ganadora del Ciudad de Barbastro, se trata de una trama de ciencia ficción con la Inteligencia Artificial como protagonista. Una IA que nos cuenta la historia del siglo XXI, hasta 2100, a partir de las piezas que componen un museo imaginario. ¿O no tanto?

El siglo XXI verá la consolidación y el desarrollo de la relación entre la humanidad y la Inteligencia Artificial. Por cierto, que Granada haya solicitado ser la sede de la agencia y el centro nacional de IA no es baladí. Ni casual. En ‘Membrana’, la relación entre la humanidad y las máquinas es complicada, por usar un término muy usado en Meta, la antigua Facebook. Complicada y contradictoria. Ahí lo dejo.

El caso es que Francisco Baena, director del Guerrero, le hizo a Carrión una de esas ofertas que no se pueden rechazar: igual que las paredes del Centro habían acogido un cómic gracias a la totémica y monumental ‘Viñetas desbordadas, con Max, Sergio García y Ana Merino, ¿por qué no intentarlo con una novela? ¿Qué tal convertir el espacio expositivo en una ficción literaria? A fin de cuentas, la novela más reciente de Carrión se inventaba un museo…

El reto no era fácil, ni mucho menos. Un cómic tiene tanto de imagen como de palabra, ¿pero una novela? No les descubro nada si les digo que ‘Todos los museos son novelas de ciencia ficción’ es una exposición que se lee. Consta igualmente de imágenes y objetos. De algún ser vivo, incluso. También es un libro. Una novela que funciona a modo de catálogo de la muestra. Esa novela que, no habiéndose publicado aún, los visitantes al Centro José Guerrero ya pueden leer. In situ… o llevándosela a casa.

No todos los días se puede tener en las manos un libro que aún no existe. Un libro perturbador con referencias a clásicos como ‘2001’, ‘Blade Runner’ o ‘Her’, si hablamos de películas. Una novela en la que se anuncia otra novela, por cierto, que solo podremos leer dentro de 22 años —en teoría— y en la que Granada desempeña un papel esencial. 

¿Muñecas rusas? Hay mucho de eso en la obra de Jorge Carrión. Asómense al Guerrero, insisto. Disfruten de un inquietante y osado proyecto que invita a la reflexión sobre nuestra relación con las máquinas. Nos va la vida en ello. Literalmente. 

Jesús Lens

Cómic infinito en el Centro Guerrero

Vuelvo trastornado del Centro José Guerrero después de ver la exposición de Ana Merino, Max y Sergio García. Podría ocupar el espacio completo de esta columna nada más que con epítetos elogiosos y calificativos superlativos. ¡Y me quedaría corto! (AQUÍ, toda la información)

-¿Pero todavía no la habéis visto, insensatos?- parece decirnos Sergio García…

Lo van a ver ustedes de aquí en adelante: museos acogiendo la obra creada por profesionales del cómic y la ilustración, ex profeso para sus salas. Paco Roca y el IVAM de Valencia ya están trabajando en ello, por ejemplo. De ahí que sea básico ver, en vivo y en directo, el trabajo de Ana, Max y Sergio para el Guerrero. De aquí a unos años, cuando seamos encantadores ancianitos desdentados, podremos sacar pecho recordando el célebre ‘pues yo estuve allí’ reservado para las grandes ocasiones.

El reto era crear un cómic que ocupara, literalmente, los tres espacios del Centro Guerrero. La línea maestra de Max, enorme representante de la máxima ‘menos es más’, utiliza hasta las escaleras que conectan las plantas para jugar con el imaginario de las rectas paralelas. Incluso le presta un descansillo a Sergio para que introduzca al primero de sus personajes.

Sergio, que actualmente publica en The New York Times y en The New Yorker, aprovecha su intervención en el Guerrero para homenajear a la Gran Manzana que le ha brindado una inmejorable oportunidad para dar rienda suelta a su desbordante vena creativa e investigadora. Lo hace narrando, de forma circular, un día en la vida de seis personajes diferentes.

Un cuento del Nueva York más urbano y multicultural protagonizado por un músico, una dibujante, una anciana, un repartidor, un taxista y un anciano con Alzheimer. En determinados momentos, sus historias se entrecruzan. En otros, marchan por caminos paralelos, pero sin dejar de hablarse, de mirarse y hacerse guiños.

No dejen de admirar la obra en conjunto, pero fíjense también en los detalles: los edificios, los puentes, los vehículos, los cafés… ¡hasta banda sonora tiene el cómic de Sergio!

¡Vivan los quioscos de prensa!

La exposición termina el próximo domingo y no deben perdérsela. Bajo ningún concepto. Enhorabuena al Guerrero por invitar a creadores como Ana -sus poemas hay que escucharlos- Max y Sergio a tomar al asalto el Centro y convertirlo en algo parecido a un cómic infinito.

Jesús Lens

un campo oscuro

Me bloqueé justo después de que lo hiciera mi ordenador. Eran tantas pestañas abiertas a la vez, con el minuto y resultado de la Liga de la Corrupción, y tan enredados entre sí los hilos de Twitter, que petó la máquina. Y, tras ella, peté yo, incapaz de dar abasto a tantos memes y crueles e ingeniosas muestras de humor negro a costa del PP.

Abrumado por el el peso de la pútrida realidad, desconecté todos mis dispositivos móviles y me fui al Centro Guerrero, a buscar refugio en la exposición multidisciplinar “un campo oscuro”, en la que colabora la Alianza Francesa de Granada y basada en “la relación problemática entre la imagen y la escritura, entre mirar y leer”. Textos contra imágenes, efectivamente. Y viceversa.

Mientras veía la complicada y compleja muestra comisariada por Óscar Fernández, me acordé de la impresión que me produjo, durante un viaje a China, descubrir la cotización que podía alcanzar la obra de los mejores maestros calígrafos, auténticas piezas de coleccionista en las que el texto y la imagen van -literalmente- de la mano.

Llaman la atención, en “un campo oscuro”, la poesía visual de Mallarmé, la defensa de la “poesía pintada” de Juan Ramón Jiménez o la obra simbólica de Magritte. El radicalismo del tachado de Fernando Millán o el carácter tan paradójicamente destroyer del constructivismo ruso.

Personalmente, me resultaron sugestivas las golosas obras de Greta Alfaro: páginas con textos acerca de la relación entre palabra e imagen, arrancadas de diferentes libros y cubiertas con azúcar cristalizada. Y me fascinaron las hojas de periódico con los espacios dedicados a las fotografías convertidos en rectángulos negros y/o de color, lo que le daba todo el protagonismo al texto o, como en el caso de “Lament of the images”, al tan poco valorado y siempre imprescindible pie de foto, un tema sobre el que deberíamos reflexionar.

Y luego está, por supuesto, “Broadway by light”, de William Klein y que pasa por ser la primera película pop de la historia del cine, un cortometraje de 12 minutos en el que el protagonismo absoluto es para los neones de Nueva York, la ciudad más fascinante del mundo.

 

Neones que invitan a la gente a sumarse a la fiesta. ¿Cómo no entrar a ver esa película, esa obra de teatro o ese musical que se anuncia con tanto brillo, luz, color y esplendor?

¡Como la vida misma, oigan!

Jesús Lens

Duane Michals secuencia

No se pierdan la exposición dedicada al fotógrafo Duane Michals en el Centro José Guerrero: es una joya que van a disfrutar por lo mucho y bueno que muestra, pero también por la cantidad de puertas que abre a la imaginación y a la creatividad.

Háganme caso y, si pueden, vayan a verla un martes a las 19 horas, aprovechando la visita guiada y gratuita que hace Pablo, la mejor manera de sumergirse en el imaginario de un artista que cambió todos los paradigmas por cuanto a la forma de entender la fotografía.

 

Siempre me ha fascinado el concepto del Momento Decisivo, ese instante único en el que, como defendía Cartier Bresson, la vida y la muerte, el universo entero; quedaban atrapados en una imagen. Michals, sin embargo, se enfrenta a dicha concepción, clave en el fotoperiodismo y en la conocida como Street Photography, la foto callejera en la que el ojo del artista debe estar atento, presto y dispuesto para que no se le escape lo que ocurre delante de su vista.

 

Michals comienza por hacer una serie dedicada a Nueva York. Pero a una Nueva York vacía, sin rastro alguno de la presencia humana, lo que contradice el tópico de la ciudad que nunca duerme. Paradójicamente, la megalópolis deshabitada es toda una invitación a que el espectador construya sus propias narraciones y dote de vida imaginaria cada una de las estampas ofrecidas por el fotógrafo.

Después, Michals pasó a componer secuencias, a través de fotografías sucesivas que cuentan diferentes historias. Historias más o menos claras, más o menos transparentes; desde encuentros fugaces en sórdidos callejones a oscuros a sueños y pesadillas. Arte secuencial, como las viñetas de un cómic, que sugieren mucho más de lo que muestran. Fotografías aparentemente sencillas, pero en las que la escenografía y la composición están milimétricamente planificadas.

Y, por fin, la quintaesencia del arte fotográfico de Michals: imágenes con texto manuscrito en sus márgenes, a modo de agresiva poesía visual escrita en prosa, que trasciende los límites del concepto “pie de foto”. Textos que surgen a raíz de las imágenes. Imágenes que iluminan los textos.

¿Cómo se siente el fotógrafo, a la vista del objeto o la persona fotografiada? ¿Qué se le pasaba por la cabeza en aquel momento? ¿Qué nos quiere contar? Léanlo en la austera letra, casi cincelada, del propio artista.

Jesús Lens