Baleares, moscas, asesinatos y desapariciones

Dejábamos la semana pasada al detective Roures muy sudoroso, camino de Palma de Mallorca. Una chica lleva demasiado tiempo desaparecida, la investigación no avanza y el entorno parece convencido de que ha muerto. Pero su madre no se conforma y contrata a un detective para que viaje, en plena canícula de agosto, a las Islas Baleares, y trate de encontrar respuestas. (Lean AQUÍ)

Roures, lo primero que hace, es trasladarse a la zona residencial de la chica desaparecida, una urbanización de lujo en la que todo parece precioso, preciso y perfecto. De inmediato, empieza a hacer preguntas. Y cada una de ellas es como una piedra arrojada a un estanque de aguas calmas: rompe la quietud de la superficie y provoca ondas concéntricas que, al modo del efecto mariposa, puede causar maremotos a miles de kilómetros de distancia. En México, por ejemplo.

Marta Robles ha escrito en “La mala suerte” una novela negra en la que muestra su faceta más periodística, con una trama basada en uno de los temas de discusión habituales en las páginas de Sociedad de nuestros diarios y sobre el que no vamos a adelantar nada para no arruinar la sorpresa al lector.

No deja de ser sintomático que sean periodistas quienes estén escribiendo el noir más apegado a la realidad, el que salta de la negrita de los titulares de la prensa diaria a las páginas de unas novelas que rezuman veracidad y autenticidad por los cuatro costados.

Marta Robles, periodista de raza que lleva haciendo radio, televisión y prensa  escrita desde hace treinta años, ha dado vida a un personaje como el detective Roures, caracterizado por saber preguntar, uno de los rasgos distintivos de todo buen reportero. Y su novela más reciente, “La mala suerte”, permite que el lector se ponga en la piel de una joven de buena familia que, para su desgracia, no entiende nada de lo que ocurre a su alrededor. Una disección de las contradicciones de la sociedad española contemporánea en la que tanto se abusa del concepto “tener derecho a…”. Sobre todo porque, como en el caso que novela Marta, siempre es “a costa de…”.

Foto: Laura Muñoz Hermida

“Como David Lynch cuando buscaba el horror escondido en los barrios residenciales, Pery desnuda lo peor de la condición humana oculto en uno de los paraísos oficiales del turismo. Un noir clásico con interferencias políticas que recuerdan las vinculadas a la última gran crisis española”.

David Gistau también se refiere, efectivamente, a las Baleares, cuando habla de paraísos oficiales del turismo en la solapa de la espectacular novela “Moscas”, de Agustín Pery, publicada por la exquisita editorial Pepitas de Calabaza.

“Pery no ha venido a hacer amigos. “Moscas” es un torrente de mala baba, tan impertinente como irresistible”, señala Lorenzo Silva, comentando una de las grandes sorpresas de la temporada negro-criminal.

Un periodista de investigación que estaba husmeando en temas relativos a la corrupción aparece asesinado en Mallorca. A partir de ahí, de nuevo, las olas concéntricas que remueven las pútridas aguas estancadas de la charca, muy bonita por fuera, con sus nenúfares y sus plantas acuáticas, pero puro cieno bajo la aparente superficie.

Con un estilo seco y brutal, el también periodista Agustín Pery sabe bien de lo que habla, no en vano fue director de El Mundo/El Día de Baleares entre 2007 y 2013, cuando destapó varios casos de corrupción en Mallorca; y actualmente trabaja en ABC.

En “Moscas”, Pery habla de corrupción, efectivamente. Pero va más allá de la corrupción a la que, por desgracia, estamos tan acostumbrados. Y compone un personaje mefistotélico llamado a crear escuela: el prestamista usurero, un tipo que, además de saberlo todo de todo el mundo, tiene cogida por los huevos a buena parte de la alta sociedad mallorquina que solo pudo sortear lo peor de la crisis solicitando sus infernales servicios.

Por supuesto, hay en marcha una investigación sobre el periodista muerto. El encargado de llevarla adelante es uno de esos polis de los de antes, fogueado -literalmente- en el País Vasco y cuyos expeditivos medios son diametralmente opuestos a lo políticamente correcto que ahora tanto se estila. Iñaki Altolaguirre es un borde al que sus jefes gustarían perder de vista. Pero le necesitan. Sobre todo porque los guardaespaldas y emisarios del prestamista usurero no pertenecen a la alta sociedad con la que ellos se codean.

En “Moscas” también hay una jueza de armas tomar. Y un funcionario de Hacienda que, armado con una cartera y una sonrisa, puede ser más letal que un sicario malencarado blandiendo su pipa.

Y está Mallorca, una sociedad conservadora y hostil a los de fuera: por mucho que necesiten a los turistas para hacer negocio, los auténticos mallorquines solo confían, se relacionan -y se casan- entre ellos. Gente de pedigrí que, una vez obligada a agachar la cerviz ante el poder del dinero, nunca se sabe cómo va a reaccionar.

Lean a Marta Robles y a Agustín Pery y completen con la mejor novela negra contemporánea los huecos que quedan vacíos entre los titulares de los periódicos de más rabiosa actualidad.

Jesús Lens

Historia de dos detectives

No es fácil ser detective privado en España. ¡Ni se les ocurra pensar que la realidad es como las malas películas, en las que un tipo alcoholizado y con mal de amores alquila una oficina cochambrosa, la decora con una planta medio muerta, guarda una botella de whisky en el cajón del escritorio y espera a que una mujer fatal entre por la puerta!

El Ministerio del Interior tiene muy tasados los requisitos para ser detective privado. Por ejemplo, el cuarto: “Estar en posesión de un título universitario oficial de grado en el ámbito de la investigación privada que acredite la adquisición de las competencias que se determinen, o bien del título del curso de investigación privada, reconocido por el Ministerio del Interior”.

—¿Sirve el que me dieron en la Tienda del Espía, tras un curso intensivo de fin de semana?

—Claro que sí. Casi tanto como un master telegráfico conseguido durante unas vacaciones de Semana Santa en según qué prestigiosas universidades…

Otro requisito importante para ser detective privado: “Superar, en su caso, las pruebas de comprobación establecidas reglamentariamente por el Ministerio del Interior, que acrediten los conocimientos y la capacidad necesarios para el ejercicio de sus funciones”.

—Yo sé escribir mensajes ocultos con zumo de limón…

—…¿que se hacen visibles al pasar una llama por el papel en que están camuflados?

—Sí, tío. ¿Tú también fuiste al curso de la Tienda del Espía?

—No me hizo falta. Lo leí en “El nombre de la rosa”?

—¿Leído? ¿Pero no era una película?

No. No es fácil ser detective privado en España. Ni resulta sencillo escribir una novela creíble, en nuestro país, protagonizada por uno de ellos. De ahí que en la pasada edición de Granada Noir sentáramos en una misma mesa a dos autores que han publicado novelas recientes con un huelebraguetas como personaje principal: Marta Robles y “La mala suerte”, en Espasa; y Juan Bolea y “Los viejos seductores siempre mienten”, en Alrevés.

“Levábamos cruzados de brazos desde principios de mes. ¿A qué se debería? ¿En enero ya no había adulterios, chantajes, desapariciones? ¿Lo habían declarado mes en blanco del crimen?”

No es fácil ser detective en España, tampoco, porque como bien explica Juan Bolea, solo pueden investigar casos muy tasados y en condiciones muy particulares. De ahí que Florián Falomir & Fermín Fortón no pasaran por su mejor momento y que a la Agencia de Investigación Las Cuatro Efes les estuviera costando trabajo dar contenido a su famoso lema: Fiabilidad-Fidelidad-Fortaleza-Facilidad de Pago.

Entonces suena el telefonillo. Es una voz cristalina y nítida. Sube el ascensor, se abre la puerta y aparece “una señora tan decrépita que más que el umbral de nuestra agencia podría estar cruzando el de su última morada”.

Si han detectado ustedes un toque irónico y burlón en el arranque de la novela de Juan Bolea, o bien han hecho ustedes el famoso curso de la Tienda del Espía o sus dotes detectivesco-literarias están afinadas: efectivamente, “Los viejos seductores siempre mienten” es una novela negra trufada de humor, con tintes paródicos, y en la que también hay mucho sexo.

Foto: Laura Muñoz Hermida

Hay parodia acerca de la novela negra en sí misma, para empezar. Por ejemplo, el detective protagonista desayuna ligero por las mañanas: huevos fritos con longaniza de Graus y morcilla de Burgos; por lo que un Adonis en perfecto estado de revista -y de forma-, precisamente no es. Pero también hay muchas risas en torno a un género literario del que se habla tan poco como mucho se vende: la novela romántica, cada vez más verde y más picante, como diría Arévalo, uno de los mentores y sostenes intelectuales de la ultramontana derecha extrema de este país.

Juan Bolea ha escrito una novela muy divertida, aunque le mete sus dosis de negrura y pesadumbre, llevando al lector a cuestionarse algunas de las convenciones habitualmente aceptadas en el género, del heroísmo y la profesionalidad a ultranza al cinismo y el -mal- humor. Una reflexión, también, acerca de la alta literatura y la literatura de baratillo, la literatura popular. Muy al hilo de las altas y las bajas pasiones.

Llegados a este punto, habría que hablar sobre la segunda novela protagonizada por el detective Roures. Si en la novela de Juan, el cierzo helador condiciona toda la historia, “La mala suerte” de Marta Robles se desarrolla durante un tórrido verano que afecta sobremanera a un detective privado que, a sus sesenta años ya cumplidos, suda por los cuatro costados.

Roures tiene que trabajar sobre una desaparición cuya investigación lleva varada demasiado tiempo. Y, como ser detective no es fácil en España, para ello deberá solicitar la preceptiva autorización judicial, lo que pondrá de uñas a la UCO, la unidad policial encargada del caso.

“La mala suerte” es una novela negra canónica que habla sobre la paternidad y las personas desaparecidas y cuya trama transcurre, en buena parte, en una Mallorca muy negra de la que hablaremos más extensamente la semana que viene, retomando al bueno de Roures.

Jesús Lens

Historias sobre el Narco en México

Este verano me pasó una cosa curiosa. Dos buenos amigos -y ambos enormes escritores- me recomendaron la lectura del mismo libro: “Alacrán”, de Salva Alemany. Me lo pusieron tan, tan, tan bien que no tardé un chispo en hacerme con él.

Les confieso que, al principio, desconfié. ¿Por qué escribe un tipo de Valencia sobre el tráfico de drogas en México? Sobre todo, teniendo en cuenta que el del narco mexicano es un género en sí mismo, con novelas como “El poder del perro”, de Don Winslow; las de Elmer Mendoza, Barry Gifford o la mismísima Reina del Sur de Pérez Reverte.

Si hablamos de referentes cinematográficos, ahí están “Sicario” o “El infierno” de Luis Estrada. Y series televisivas tenemos desde “El puente” hasta “Breaking Bad” o su estratosférica precuela: “Better Call Saul”.

Fiándome del criterio de Toni Hill y Carlos Bassas, empecé la lectura de “Alacrán” y no tardé más de 24 horas en acabarla. De hecho, la historia de Santos, Lupe y Don Dimas me arrebató de tal manera que, al terminar sus 250 páginas, tenía mono. Quería más. Y aproveché para hincarle el diente a “El Cártel”, la continuación de la magistral e impactante “El poder del perro”, de la que escribí AQUÍ. Don Winslow la publicó en 2015 y había ido postergando su lectura. Hasta ahora, que sufrí la picadura del alacrán…

Salva Alemany en Granada Noir. Foto: Laura Muñoz

¿Saben qué les digo? Que siendo “El Cártel” una gran novela, “Alacrán” no le va a la zaga ni tiene nada que envidiarle, dada la contundencia de su propuesta, la enjundia de sus personajes, la hilazón de una sólida trama y el gran conocimiento del medio mostrado por Salva Alemany, parafraseando a la asignatura de la ESO.

No les voy a contar de qué van ninguna de las dos novelas. Radicadas en la frontera entre México y los Estados Unidos, ustedes se pueden hacer una idea. Aunque en “Alacrán”, el narcotráfico no es el tema central de la narración, está presente a lo largo de la historia, condicionando las vidas de los protagonistas.

Salva Alemany estuvo en Granada Noir, pero no tuve el tiempo necesario como para sentarme a hablar largo y tendido con él sobre “Alacrán”, la génesis de la novela, la labor de documentación y, en general, por su forma de afrontar la escritura y su concepción de la literatura.

Salva es un viajero impenitente que, antes de venir a Granada, anduvo recorriendo Canadá, uno de mis países no visitados favorito. Tanto que, desde niño, nunca falta en mi armario una camisa de cuadros, rojos y negros, por si surge de improviso la oportunidad de visitar el país de la hoja de arce. Además, otra de las novelas de Salva, “Éire”, transcurre en Irlanda, otro de mis países favoritos, este sí visitado en varias ocasiones.

Lean “Alacrán”, publicado por la editorial Amarante. Van a descubrir a dos personajazos. De los que enamoran. Y a un villano de los que no se olvidan. pónganse en manos de Salva y déjense guiar por una de las zonas más peligrosas del mundo… sin riesgos para su integridad física. Lo más, algunas palpitaciones producto de la intensidad narrativa.

¿Y qué decir de “El Cártel”? Pues que es una extraordinaria continuación de “El poder del perro”, aunque parte con una desventaja: haber perdido el efecto sorpresa de la relación entre Keller y Adán Barrera.

Aunque, bien pensado, “El Cártel” no parece una continuación al uso. Da la sensación, más bien, de que Don Winslow dividió en dos partes su monumental obra sobre el narco mexicano, que ambas novelas forman un corpus totémico; “El Padrino” del siglo XXI, podríamos decir.

La narrativa de Winslow es dura y sin concesiones. Algunos de los momentos descritos en “El poder del perro” resultaban especialmente estremecedores. Pero la realidad el narco es así de dura.

La continuación de la historia de Barrera y Keller, ganadora del Premio RBA de Novela Negra del 2015, es buena muestra de lo que supone eso que tan pomposamente se ha dado en llamar La Guerra contra las Drogas. Una guerra que parece perdida de antemano. Porque, mientras exista una demanda tan brutal de cocaína, heroína, metanfetamina o marihuana a nivel global, siempre habrá proveedores encargados de suministrarla. Da lo mismo cuántos capos vayan cayendo: siempre corre el escalafón.

“El Cártel” va más allá de México. Habla de los Estados Unidos, por supuesto. Pero también del resto de Centroamérica. Del papel de la CIA en todo este tinglado. De las bases operativas de los cárteles en Guatemala.

De hecho, he tenido que leer a Winslow para entender lo que me dijo una amiga mexicana cuando se enteró de que había estado viajando por carretera, entre Guatemala y la ciudad Mérida, en el Yucatán mexicano, atravesando Chiapas: “te has arriesgado a que te maten. No eres consciente de la barbaridad que has hecho”. En su momento pensé que exageraba. Después de leer “El Cártel”, no lo tengo ya tan claro. Y es que la literatura, la buena literatura negra y policial, también sirve para comprender el mundo que nos rodea.

Jesús Lens

Los infiltrados van a la oficina

Ya que los distribuidores de la serie en España han bautizado con el nada atractivo título de “Oficina de infiltrados” a una de las mejores series de la televisión contemporánea, permítanme que contribuya un poco más a su descrédito nominal a través de otro título infame: los infiltrados van a la oficina.

“Le bureau des légendes” es el título original de la serie producida por el Canal + francés. Bureau, en su primera traducción, es despacho. Y légendes… pues eso. Leyendas. Así las cosas, el que decidió ponerle “Oficina de infiltrados” a una de las perlas de la televisión europea, se quedó a gusto y descansando.

De hecho, cada vez que la recomiendo, me harto de usar peros, sin embargos y demás adversativas: al ver la cara de suspicacia de mi interlocutor cuando le juro que tiene que ver “Oficina de infiltrados”, le insisto en que es una serie cojonuda, a pesar de tener un nombre tan ridículo y poco convincente.

Pero vayamos al grano. ¿Quieren saber ustedes cómo funcionan los servicios secretos en el siglo XXI? Vean “Oficina de infiltrados”. Y ya está. Punto. Así de claro y rotundo lo digo. Ni la igualmente brillante “Homeland” transmite esa sensación de credibilidad, de apego a la realidad.

El personaje central de la serie protagonizada por Mathieu Kassovitz y sobre el que pivota la trama es un agente francés infiltrado en Siria que vuelve a Francia. En Damasco deja a una mujer con la que ha entablado una relación sexual. ¿Quizá también afectiva? ¿Amorosa, incluso? Porque es cierto que los agentes infiltrados se acuestan con sus fuentes, si lo consideran necesario o beneficioso para su coartada.

Guillaume Debailly conocido en la Dirección General de Seguridad Exterior francesa como Malotru, retorna a París después de varios años infiltrado entre Siria y Jordania. En Oriente Medio vivía y trabajaba desempeñando el papel de un investigador y escritor bajo el nombre de Paul Lefevre. Estamos en plena guerra de Siria y su trabajo como agente infiltrado puede haber sido determinante -o no- en diversas operaciones contra el terrorismo yihadista.

Al volver a casa y tras devolver -casi- toda la documentación de Paul Lefevre, Malotru se incorpora a un frío edificio administrativo compartido por un amplio ramillete de jefes, colaboradores y subordinados, donde comen menús de cafetería mustios y poco apetitosos y se comportan como cualquier otro funcionario del estado. Malotru comienza a hacer un burocrático trabajo de despacho mientras intenta recomponer su relación con una hija adolescente. Y entonces, aparece ella. En París. Misteriosamente. Nadia El Mansour.

Se trata de la especialista en historia y geografía de Oriente Medio con la que Lefevre mantuvo un tórrido idilio en Damasco. Solo que ahora, Malotru ya no es Lefevre. ¿O sí? Ni que decir tiene que debería mantenerse alejado de ella. Pero la tentación es tan fuerte…

Mientras que este hilo de la trama avanza por un lado, a lo largo de las tres adictivas temporadas de “Oficina de infiltrados” estrenadas hasta ahora asistimos al adiestramiento y puesta en servicio de otra agente, Marina, que operará en Irán. Y es que la DGSE está presente en diferentes escenarios conflictivos del mundo contemporáneo, teniéndoselas que ver con la CIA, el Mossad o el MI6 que, en unas ocasiones son aliados y, en otras, rivales.

Triangulaciones a través de satélites, sofisticados métodos de escuchas y, también, obtención de información tete a tete. Persecuciones y seguimientos que nada tienen que ver a los que estamos acostumbrados en los thrillers del Hollywood más convencional. Operaciones arriesgadas al borde de la lógica y el sentido común. Canjes de prisioneros. Deserciones. El papel de las grandes corporaciones en el concierto geoestratégico mundial, la colaboración de diferentes instituciones del estado en la consecución de los objetivos del Elíseo… Y el ISIS. Y Daesh. Y la guerra en Siria. Y los esbirros de Bashar al-Asad. ¿No se les ha acelerado el pulso?

Sin olvidar la conexión iraní. Que Marina es una experta sismóloga que, a través de su vasto -¿o no tanto?- conocimiento de las fallas tectónicas y los terremotos, es invitada a participar en importantes congresos en países estratégicos de Oriente, como Azerbayán. O a colaborar con institutos científicos de Irán, lo que le permitirá tener acceso a información sobre la capacidad nuclear del país de los Ayatolás.

Piratería informática, infección de redes a través de troyanos, modernas técnicas psicológicas para desenmascarar a agentes dobles, cómo engañar al polígrafo… “Oficina de infiltrados” es una mina de información que, por supuesto, deja un amplio espacio a las relaciones personales entre los protagonistas de la serie. A sus relaciones laborales y afectivas. Porque la tecnología resulta imprescindible en el espionaje contemporáneo, pero nunca se puede echar al olvido el célebre factor humano que tan bien relatara el pionero Graham Greene en su famosa novela sobre el MI6 británico.

A la espera del estreno en España de la cuarta temporada de “Oficina de infiltrados”, que ya está a punto de caramelo, con Rusia como nuevo escenario en el tablero del juego geoestratégico; no dejen de ponerse al día con una de las mejores series de este siglo.

Jesús Lens

Granada, tierra de inspiración Noir

Granada, la tierra soñada por creadores y artistas de todos los tiempos, más allá de ser una provincia y una ciudad milenaria, es un estado mental que enamora, inspira e invita a componer, escribir, pintar y dibujar.

¿Qué tiene Granada, cuna y hogar de decenas de magníficos dibujantes que, con su arte, su talento y su trabajo, están conquistando las cotas más altas de reconocimiento internacional?

De eso hablábamos un día, allá por noviembre del año pasado, Gustavo Gómez, Enrique Bonet y yo. Hacía frío. Estábamos en el Realejo, la tercera edición de Granada Noir acababa de terminar y, por supuesto, ya estábamos trabajando en la cuarta. La de 2018. La que se inaugura mañana viernes.

Bebíamos el café a sorbos, calentándonos las manos. Y trazábamos planes. “Tenemos que montar algo que sirva para reivindicar el inmenso talento concentrado en Granada en torno al mundo del tebeo”.

Ese algo ya es una realidad. En concreto, una exposición de cómic que se inaugura mañana viernes en La Madraza, comisariada por el propio Enrique Bonet y por Ricardo Anguita, director del Centro de Cultura Contemporánea de la Universidad de Granada.

“Rueda de reconocimiento. Huellas del Noir en el cómic granadino” muestra el trabajo de dieciséis dibujantes granadinos -de nacimiento, formación y/o adopción- que, con sus buenas artes, han situado a nuestra tierra en un lugar destacado dentro del concierto creativo internacional.

Como tantas veces ocurre, en “Rueda de reconocimiento” son todos los que están, pero no están todos los que son, que el sesgo noir del proyecto condicionaba la nómina de artistas. Una selección siempre tiene mucho de cruel e injusto, pero resultan incontestables los nombres de Sergio Arredondo, Enrique Bonet, Natacha Bustos, Adrián Fernández, Javi Fernández, Chema García, Sergio García, Rubén Garrido, Juanjo Guarnido, Gabriel Hernández Walta, Jorge Jiménez, Joaquín López Cruces, José Luis Munuera, Belén Ortega, Francis Porcel y Kenny Ruiz.

Cuando el proyecto había echado a andar, pensamos que Granada Noir 4 tenía que dedicar una parte importante de su programación al cómic. De ahí que el festival arranque, mañana viernes y antes incluso de su inauguración, con una mesa redonda que le hará un retrato al cómic granadino. Conducida por Enrique Bonet, contará con la participación de Belén Ortega, Kenny Ruiz, Gabriel Hernández Walta y Francisco Porcel. ¡Queremos saber! Queremos saber qué tiene Granada que tanto inspira, cautiva y enamora.

El sábado por la mañana, dos invitados de lujo y excepción: un maestro del cómic internacional, el argentino José Muñoz, padre del detective Alack Sinner; en conversación con José Luis Munuera. Y Antonio Altarriba, Premio Nacional del Cómic y autor de la desasosegante “Yo, asesino”, dialogará con Sergio García. Después, firma de cómics, ¡claro que sí!

Durante la tarde del sábado, los dibujantes harán una ruta turístico-cultural por las calles de Granada, descubriendo su vertiente más noir al seguir esas huellas del crimen que también forman parte de nuestra historia. Guiados por el magisterio de Blanca Espigares Rooney y su Másquetours, descubriremos las tétricas historias que esconden los preciosos palacios nazaríes, sabremos de la sangre derramada en los callejones del Albaicín y de las ejecuciones públicas en las plazas de Granada.

Y por la noche, un fabuloso reto creativo en el primero de los Encuentros Especiales Cervezas Alhambra, que se celebrará en La Cueva de 1900, en su local de Avda. de la Constutición, 39. Esa noche, muchos de los dibujantes que forman parte de la exposición -y otros que no, pero que se suman a la iniciativa- se armarán con un bolígrafo y participarán en la iniciativa Trazos en una servilleta.

¿Cómo surge la chispa de la creatividad? ¿Y si la inspiración no le hace caso a Picasso y, en vez de trabajando, nos encuentra echando una birra, acodados en la barra del bar? Históricamente, las servilletas han sido grandes depositarias del fruto del chispazo creativo…

Como homenaje al arte efímero que se escribe o se dibuja en una sencilla servilleta, La Cueva de 1900 se convertirá en un festivo y lúdico espacio creativo para dibujantes y aficionados con ganas de escribir, dibujar, flipar con el talento creativo de nuestros dibujantes… y pasarlo bien. Sobre todo, pasarlo muy bien.

La parte dedicada al cómic noir culmina el domingo 30 por la tarde, en el Hall del Teatro CajaGranada, donde José Muñoz, Enrique Bonet, Sergio García, Antonio Altarriba, Francis Porcel y Lola Moral firmarán sus álbumes a todos los aficionados que quieran. Tanto en La Cueva de 1900 como en CajaGranada, la librería Picasso tendrá a la venta los libros de los autores.

La exposición “Rueda de reconocimiento. La huella del noir en el cómic granadino” estará en cartel hasta el 16 de diciembre, lo que permitirá organizar actividades relacionadas con ella a lo largo de los próximos meses. Por ejemplo, la presentación del catálogo de la muestra, que va a ser algo espectacular; una pieza de coleccionista. Pero de todo ello hablaremos más adelante. Ahora es momento de disfrutar de Granada Noir, del cómic, la literatura y el cine.

En los próximos días pasarán por nuestra ciudad algunos de los autores de cuyas obras hemos hablado en esta sección en los últimos meses, como Mabel Lozano, Fernando Marías, Juan Madrid, Miguel Ángel Hernández, Carlos Bassas, Carlos Casas, Mariano Sánchez Soler y un largo etcétera.

Y es que, como reza el lema del festival: el crimen sería perdérselo…

Jesús Lens