Entrevista con Don Winslow

“Para desenmascarar la brutal realidad del narco, hay que escribir sobre sus víctimas”

Don Winslow defiende el heroico papel de los periodistas mexicanos que denuncian la corrupción y se juegan la vida enfrentándose al poder de los cárteles y advierte de los peligros que acechan a la libertad de prensa

Se acaba de publicar, de forma simultánea en Estados Unidos y en España, ‘La frontera’, la novela con la que el escritor Don Winslow pone fin a su extraordinaria Trilogía de Narco.

Veinte años le ha llevado al escritor neoyorquino culminar uno de los grandes monumentos literarios del siglo XXI, conformado por ‘El poder del perro’, ’El Cártel’, ganadora del prestigioso premio RBA de Novela Policíaca en 2015 y ‘La frontera’. Una trilogía de cerca de 2.500 páginas que podríamos definir como ‘El Padrino del siglo XXI’ y que constituye una perfecta radiografía del mundo del narcotráfico, un violento fresco repleto de sangre, droga, armas y traiciones que, por desgracia, está basado en hechos reales.

—El protagonista de esta Trilogía es un policía muy peculiar. No sigue las reglas establecidas porque quiere conseguir resultados. Es casi un libertario. ¿Podría representar algo parecido al espíritu de frontera, como un viejo cowboy del Lejano Oeste?

—Es cierto que el noir norteamericano bebe del western (el cowboy se convirtió en policía), pero no veo a Keller en esta tradición. Desde luego, yo no lo concebí de esa manera. Más bien, era un agente joven e idealista al que el asesinato de su compañero y el círculo interminable de la guerra contra las drogas convirtió en un cínico. No es tanto peculiar como realista.

—Algunos críticos conectan su Trilogía del Narco con ‘El Padrino’, pero sus personajes están a ambos lados de la ley, no pertenecen todos ellos a la mafia y al crimen organizado. ¿Tenía presente a Mario Puzo y a Francis Ford Coppola cuando escribía sus novelas?

—No puedes escribir una novela sobre el crimen organizado sin tener en cuenta tanto la novela como las películas de ‘El Padrino’. Son icónicas por alguna razón: sirven como modelo y como referente. Volví a leer la novela cuando estaba investigando para ‘El Cártel’. Lo extraño es que la propia gente de los cárteles estaba influenciada por las películas, de ahí que el primer jefe del cártel más importante se llamara ‘El Padrino’ a sí mismo.

—¿Piensa usted que algunas películas y, más recientemente, algunas series de televisión como ‘Narcos’ hacen apología de los traficantes de drogas?

—Con toda sinceridad: no he visto la mayoría de ellas, así que no sería justo hacer ningún comentario al respecto. Pero en general, sí: constituyen un riesgo real de convertir a los narcos en figuras románticas. Pienso que yo corro el mismo riesgo. Los narcos están llenos de colorido, son surrealistas y fomentan la dramaturgia. Recientemente hemos visto a Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán convertido en una celebridad mediática, con una imagen a lo Robin Hood que enmascara lo brutal de la realidad. Es un problema. Por eso es tan importante escribir sobre sus víctimas.

—Usted escribe casi en tiempo real, conectando sus tramas y personajes con la realidad política y policial del momento. En ‘La frontera’, sin ir más lejos, se incluyen acontecimientos tan dolorosos como el de los 43 estudiantes desaparecidos en la localidad mexicana de Iguala o la posibilidad de que el presidente de los Estados Unidos, misógino y racista, empeñado en deportar a cientos de miles de inmigrantes; se vea sometido al impeachment. Imagino que habrá sido tan excitante como agotador. Y peligroso. ¿Ha recibido usted algún tipo de amenazas o, si no, presiones de algún tipo, especialmente con ‘La frontera’?

—No. Soy un escritor de ficción que vive en los Estados Unidos. Nadie está tan interesado en tratar de silenciar lo que escribo. Nunca he querido compararme -o que me comparen- con los periodistas mexicanos que han sido asesinados por contar sus noticias. Ellos son los héroes, no yo. Una vez dicho eso… los editores pueden ser realmente brutales.

—Usted ha escrito en una ‘falsa’ tercera persona, pero siempre se encuentra en la mente de cada personaje, en su interior, utilizando monólogos en primera persona. Para el lector, es casi mágico porque puede entender cuáles son los sentimientos, los planes y las motivaciones de cada personaje. ¿Le resulta complicado escribir de esa manera?

—No, dado que siempre he escrito así. Imagino que fluye con naturalidad. De hecho, ni siquiera sabía que hubiera una denominación para ese estilo, con la falsa tercera persona. Mi trabajo es introducir al lector en un mundo al que, de otra manera, nunca podría acceder y la técnica que he elegido para conseguirlo es esa: ver el mundo a través de los ojos de los personajes. Me aproximo a ellos casi de la misma manera en que lo hace un actor cuando prepara la interpretación de su personaje. Es todo interior y subjetivo a la vez.

—En ‘La frontera’, los capos, los Hijos y Art Keller son los protagonistas, pero hay otros personajes importantes, casi anónimos, que representan a la gente normal y corriente. Destaca Nico, un niño guatemalteco que huye de las Maras y se sube en el tren conocido como ‘La Bestia, emprendiendo un viaje homérico, al estilo de la ‘La Odisea’. ¿Cómo decide la importancia que debe tener cada uno de los personajes en las diferentes tramas?

—Es realmente complicado. En general, no tomo esas decisiones hasta después de haber escrito, al menos, un par de borradores del libro completo. En otras ocasiones me doy cuenta de que estoy escribiendo con personajes extraordinarios que se dejan conducir, y sigo con ellos. Alguna vez he comenzado a escribir sobre algún personaje que iba a ser poco importante, pero de repente descubro que me gusta tanto que evoluciona y se convierte en protagonista. El periodista Pablo de ‘El Cártel’ fue uno de ellos y el Nico de ‘La frontera’, otro.

—Piensa usted que hay periodistas que son auténticos héroes, enfrentándose y luchando contra las estructuras más corruptas del poder y contra los cárteles?

—Me temo que ya he anticipado esta pregunta un poco antes. Sí, absolutamente. Y nunca en mi vida he visto a periodistas en situaciones tan peligrosas como hoy. No ayuda, desde luego, que nuestro presidente les llame ‘el enemigo del pueblo’. Me temo que hemos empezado a dar por sentada la libertad de prensa y no nos damos cuenta de en qué podríamos convertirnos sin ella. Pero lo vamos a ir descubriendo.

—¿Piensa que MORENA hará mejor las cosas en México, en relación con el tráfico de drogas?

—Bueno, mucho peor no lo podría hacer, ¿verdad?

—Leer la Trilogía del Narco es asomarse a un inquietante abismo que obliga al lector a cuestionarse, una y otra vez, todo lo que creía saber sobre la bautizada como Guerra contra las Drogas. ¿Piensa usted que ‘La frontera’ puede influir en la percepción de los lectores sobre la misma o sobre las políticas de Trump en temas como inmigración y el muro?

—Eso espero. Mire, yo soy un escritor de novela negra. Mi primera obligación es escribir una buena historia, convincente, con personajes y situaciones interesantes. Ahora estoy escribiendo muy apegado a la realidad. Si haciendo bien ese trabajo primordial también consigo aportar un poco de comprensión sobre algunos de esos temas que usted cita, me siento bien.

—Ha pasado usted veinte años escribiendo esta trilogía. ¿Cómo se siente ahora, después de ese esfuerzo titánico?

—Todavía no lo sé, dado que estoy en plena gira con ‘La frontera’ y sigo hablando y escribiendo sobre el tema de narco. No tengo la sensación de haber terminado. Vuélvamelo a preguntar dentro de unas semanas. Pero sí me pregunto a mí mismo: he pasado un tercio de mi vida trabajando en esta historia, por tanto, va a ser interesante comprobar cómo me siento sin ella.

Jesús Lens

 

 

Ficha:

Título: La frontera
Autor: Don Winslow
Editorial: Harper Collins Ibérica
Páginas: 957
Precio: 23,90 euros

Infiltrados contra los ciberataques

Noticia del viernes 15 de febrero de 2019: el gobierno español crea el Centro de Operaciones de Ciberseguridad. Su objetivo es, según el Centro Criptológico Nacional, la prestación de servicios horizontales de ciberseguridad que aumenten la capacidad de vigilancia y detección de amenazas en las operaciones diarias de los sistemas de información y comunicaciones de la AGE, así como la mejora de su capacidad de respuesta ante cualquier ataque.

Noticia del lunes 11 de marzo de 2019: nuestro gobierno crea una unidad para combatir bulos, noticias falsas y ciberataques con el fin último de evitar injerencias en las próximas elecciones, tanto en las generales como en las autonómicas y europeas. En dicha unidad se integran expertos de Seguridad Nacional y de diferentes ministerios: Exteriores, Interior y Defensa.

Noticia del martes 12 de marzo de 2019: el Ministerio de Defensa da parte a la Fiscalía de un posible ciberataque a su red informática interna. El incidente se encuentra ahora mismo en fase inicial de investigación y están trabajando sobre él tanto el Mando de Ciberdefensa como el Centro de Sistemas y Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (CESTIC).

Les confieso que leyendo todas estas noticias, además de algo bastante parecido al sudor frío, sentí un cierto deja vù. Porque todo esto yo ya lo he visto. Hace muy poco. En una película de la HBO: ‘Brexit: The Uncivil War’, de la que les hablé aquí, y en la cuarta temporada de una de las mejores series de la historia de la televisión europea: ‘Oficina de infiltrados’.

La película interpretada por Benedict Cumberbatch no es policíaca, pero hay que destacar la trama protagonizada por Cambridge Analytica, la tenebrosa empresa de Robert Mercer y Steve Bannon, con su opaco trabajo de minería de datos, análisis del big data y utilización del microtargeting a través de las redes sociales, dado que algunas de sus prácticas fueron calificadas como ilegales por las autoridades británicas.

La que sí entra dentro de nuestro rango temático es esa ‘Le Bureau des légendes’ de la que ya les hablé hace unos meses (leer AQUÍ) y cuya cuarta temporada es tan buena como las anteriores, si no mejor. ¿O será que estoy obsesionado con la cuestión del terrorismo cibernético?

Ha querido la casualidad que viera una nueva andanada de las aventuras de Malotru, el espía francés, justo cuando Granada se convertía en la capital oficiosa de la Inteligencia Artificial española, acogiendo un congreso en que se ha debatido sobre las potencialidades de esta revolución tecnológica y su dimensión ética.

Casualidad porque la trama más importante de la cuarta temporada de una de las mejores series de espías jamás filmadas tiene que ver, precisamente, con la colusión entre la IA y su injerencia en los procesos electorales y democráticos.

Al comienzo de la misma descubrimos a Malotru, el proscrito y repudiado miembro de los servicios secretos franceses interpretado por un magistral Mathieu Kassovitz, escondido en Rusia. No tarda en ser descubierto por los agentes del gobierno de Putin.

En Francia, sus antiguos compañeros entran en pánico al conocer la noticia, temiendo que les traicione. Sobre todo porque acaban de infiltrar a una agente en Moscú que les ha puesto tras la pista de un objetivo muy goloso: el centro de estudios ruso en el que la inteligencia artificial trabaja para influir en las elecciones de cualquier país del mundo.

En una reunión del máximo nivel de los servicios de seguridad franceses se discute si conviene o no infiltrar a un agente en dicho centro. Y asistimos al siguiente diálogo:

—“Excepcionalmente voy a citar a Putin: “quien se convierta en líder de la inteligencia artificial, será quien domine el mundo”. Es como si en los años 30  introdujésemos un agente en un centro de investigación nuclear ruso y volviera con los planos de su bomba atómica”.

No les cuento nada más sobre esta subtrama, en la que hay varios personajes implicados y enredados entre sí, incluyendo a esos hackers reconvertidos en servidores de la ley y el orden.

Mathieu Kassovitz (Malotru)

Por otro lado, hay una trama sobre islamismo radical y atentados terroristas protagonizada por un analista experto en interrogatorios… cuyo notable sobrepeso le pone en complicadas tesituras cuando tiene que actuar sobre el terreno. Tampoco faltan los conflictos habituales entre unos oficinistas cuyos trabajos, tantas veces al límite, contrastan con su existencia gris y burocrática.

Pero, ¿es para tanto lo la ciberguerra? Estoy convencido de que sí. Unos datos: a lo largo de 2018, el CNI contabilizó unos 38.000 ciberincidentes de diferente gradación dirigidos contra instituciones públicas y empresas de interés estratégico, lo que supone un 43% más que el año anterior. De dichos ataques, un 5% fue calificado como de peligrosidad muy alta y 102, críticos. Solo en enero de este año, el Centro Criptológico Nacional del CNI, identificó más de 4.000 incidentes cibernéticos.

Así las cosas, solo me queda una duda: ¿cómo es posible que los guionistas de ‘Oficina de infiltrados’ vayan por delante del gobierno español a la hora de calibrar la trascendencia de la ciberseguridad?

Jesús Lens

Don Winslow remata su Trilogía del Narco con ‘La frontera’

Es uno de los monumentos literarios del siglo XXI. Don Winslow ha invertido nada menos que veinte años en terminarlo, ¡pero cómo lo ha rematado! De forma espectacular y esplendorosa.

Tras cinco días de lectura compulsiva, dedicado en cuerpo y alma, he terminado de leer ‘La frontera’, recién publicada por la editorial Harper Collins, y todavía me tiembla el pulso. Y no porque el libro de Winslow sea un tocho de casi mil páginas, precisamente… Al menos, no solo por eso.

Teniendo en cuenta que ‘La frontera’ es un libro que denuncia el tráfico de drogas, me parece de mal gusto utilizar expresiones como novela adictiva o que su lectura engancha. Sin embargo, la narrativa de Don Winsow provoca ese efecto en el lector: cada una de sus páginas es una papelina de droga dura. Droga literaria, pero droga, al fin y al cabo.

Mi idilio con Winslow y con Art Keller, su personaje de cabecera, comenzó a comienzos de 2010, cuando el llorado y siempre recordado Paco Camarasa me recomendó ‘El poder del perro’ durante una visita a su librería de la Barceloneta.

Comienzo a leer: “El Sauzal. Estado de Baja California. México. 1997. 

El bebé está muerto en los brazos de su madre. 

A juzgar por la forma en que yacen los cuerpos (ella encima, el bebé debajo), Art Keller deduce que la mujer intentó proteger al niño. Debía de saber, piensa Art, que su cuerpo no podría detener las balas (de rifles automáticos, desde esa distancia), pero el movimiento debió de ser instintivo. Una madre interpone el cuerpo entre su hijo y quien quiera hacerle daño. Así que se dio la vuelta, se retorció cuando las balas le alcanzaron, y después cayó sobre su hijo.

¿De veras creía que podría salvar al niño? Tal vez no, piensa Art. Tal vez no quería que el niño viera surgir la muerte del cañón del arma.

Tal vez quería que la última sensación del niño en este mundo fuera la de su pecho. Envuelto en amor”.

A partir de ahí, 700 páginas de adrenalina pura. Esto fue lo que escribí en su momento, enfervorecido tras la lectura: “Para no ser reduccionistas, ¿cómo contamos de qué va ‘El poder del perro’ en un puñado de palabras? Va de todas esas noticias que, día a día, leemos en la prensa, sobre lo que pasa en países como México, Colombia y alrededores: drogas, muertes, capos, venganzas, decapitaciones, masacres indiscriminadas, la DEA, la CIA, la Contra nicaragüense, el tráfico de armas, las FARC, la mafia irlandesa, la frontera y el Río Grande, las fidelidades, traiciones, vendettas, amores y desamores…”.

Ha sido uno de los libros que con más pasión he recomendado. Con acierto, casi siempre. Una amiga, sin embargo, me dijo que no pudo con él. Que era demasiado violento, sangriento y truculento. Le recordé las palabras del propio Winslow, respondiendo a esa crítica: “hay personajes ficticios y en más de una ocasión he fundido y mezclado acontecimientos; pero hay muy poco en el libro que no haya realmente sucedido. Eso es lo que da miedo. Mi editor se la pasaba diciéndome “Don, esto es demasiado”, y yo le respondía: “De acuerdo, yo pienso lo mismo. Pero es verdad”.

En el año 2015, Winslow se alzaba con el Premio RBA de Novela Negra con ‘El cártel’, continuación de su anterior novela. Su lectura no me conmocionó de la misma manera. Seguí los pasos de los protagonistas y volví a vibrar con ellos, pero el factor sorpresa se había diluido. Entre una y otra lectura habían ocurrido demasiadas cosas: la brutalidad de la película ‘Sicario’, por ejemplo. O el impacto de la serie ‘Breaking Bad’ y las narrativas transmedia de David Simon, Dennis Lehane y George Pelecanos.

¿Por qué, entonces, me ha subyugado de tal manera la lectura de ‘La frontera’ con la que Winslow cierra su Trilogía del Narco? Por supuesto, por el ritmo. Eso es lo primero y más importante. ¡Increíble la cantidad de hilos narrativos que mantiene en tensión, a lo largo de 1.000 páginas! Para conseguirlo, el autor utiliza un recurso estilístico interesantísimo: escribe en una falsa tercera persona que, en cada capítulo, se convierte en monólogo interior de un personaje. Esto permite al lector ponerse en la piel de todos y cada uno de los protagonistas, de sentir como propios e interiorizar sus anhelos, dudas, miedos y zozobras.

También es importante que, tal y como nos han acostumbrado las series contemporáneas, cualquier personaje es susceptible de morir en cualquier momento de la novela. Y, pueden creerme: la Boda Roja de ‘Juego de tronos’ se queda en comunión de tercera categoría cuando los cárteles comienzan a matar.

La trama, además, cabalga a lomos de la realidad de más rabiosa actualidad. De hecho, estos días estamos leyendo en la prensa noticias sobre el posible impeachment al presidente de los Estados Unidos y precisamente ese es uno de los hilos argumentales de ‘La frontera’, yerno incluido. Y está la terrible y dolorosa historia de los 43 estudiantes desaparecidos en Iguala, México, en 2014.

Y están esos periodistas que se enfrentan al Narco y se empecinan en contar la verdad, aunque se jueguen la vida en el intento. De hecho, Winslow les dedica sus libros a ellos, a los periodistas muertos en acto de servicio. Y a los periodistas de todas partes.

 

Termino con una analogía que ha hecho fortuna: la Trilogía del Narco es ‘El Padrino’ del siglo XXI. Yo mismo la he utilizado en más de una ocasión. Tras leer ‘La frontera’, me reafirmo en la misma, aunque también la pongo en sordina. Mientras leen la novela, déjenme que me cargue de argumentos, en uno y otro sentido, y lo comentamos próximamente.

Jesús Lens

Gótico barcelonés en clave de thriller

Estas últimas noches me he despertado sobresaltado y nervioso, como si me faltara el aire. Lo achacaba a la tensión propia de la organización del festival Gravite, que ya está en plena ebullición y que hoy proyecta un clásico de ciencia ficción trufado de noir en el Teatro CajaGranada: “Doce monos”, de la que ya les hablé hace unas semanas. (Leer AQUÍ)

Pero la culpa de mi desasosiego no la tenía Gravite. Al menos, no directamente. El culpable era cierto Monstruo que, al apagar la luz después de leer, se me abrazaba al cuello y se quedaba allí prendido, a modo de lapa, toda la noche.

El Monstruo, con mayúsculas, ha sido invocado por otro monstruo, en este caso, un monstruo de nuestra literatura: Félix J. Palma, que acaba de publicar en la editorial Destino su novela más reciente, no por casualidad ni inocentemente titulada… “El abrazo del monstruo”.

“Porque nada sucede solo, en el mismo momento en que su hija era secuestrada, Diego apuraba su tercera copa de vino de la noche”. Así comienza un novelón, en todos los sentidos de la expresión, de 730 adictivas páginas. Aunque, en realidad, “El abrazo del monstruo” empieza una página antes, con una cita de Stephen King, otra no-casualidad que funciona a modo de declaración de principios: “Los monstruos son reales, y los fantasmas también: viven dentro de nosotros y, a veces, ellos ganan”.

Félix J. Palma ha escrito un thriller. Una novela negra de libro. Canónica. Una novela que cuenta la historia de un rapto. Porque la hija de un exitoso escritor que está en horas bajas, ha sido secuestrada. La policía comienza la investigación. Pero todo se complica cuando el secuestrador, en vez de pedir dinero a modo de rescate, exige a Diego que supere tres retos si quiere recuperar a su hija.

¿Por qué resulta tan singular, pero extrañamente premonitoria, dicha petición? Porque ese macabro y cruel juego es el que se encontraba en la raíz de la novela más exitosa de Diego Arce, la novela que le hizo rico y famoso, la novela cuyo éxito jamás volvió a reeditar. Una novela de terror gótico que transcurre en la Barcelona de Gaudí. Una novela en la que un siniestro personaje, conocido como el Monstruo, secuestraba niñas y exigía que sus padres superaran tres macabros retos si querían volver a verlas.

A partir de este planteamiento, con el que no les descubro nada dado que todo ello se cuenta al comienzo del libro -ya han visto ustedes que Félix J. Palma es un maestro a la hora de noquear al lector con apenas un par de frases- el autor nos presenta un artefacto literario cuyo mecanismo de precisión funciona como las muñecas rusas, con historias dentro de otras historias que nacen de historias aún más profundas.

Así, la referencia a Stephen King no es casual ni gratuita. Porque hay historias de y con niños que dan mucho miedo. Y fantasmas. De los que llevamos dentro. De los que nos atormentan y exigen un peaje para dejarnos vivir.

Una trama en la que la ciudad de Barcelona funciona en dos espacios temporales diferentes, pero conectados por un mismo personaje, lo que convierte a “El abrazo del monstruo” en una novela perfecta para el festival Gravite. Por eso, Félix J. Palma estará en el Cubo de Bankia mañana viernes por la tarde, hablando tanto de este libro como de su soberbia trilogía victoriana con el viaje en el tiempo como protagonista. Y el sábado, homenaje a Frankenstein en el Alhambra Palace, con Cristina Higueras y Fernando Marías, del que hablábamos AQUÍ.

Más cuestiones planteadas por el autor: una acerada crítica a un mercado editorial que exige a los autores de éxito que repitan la misma fórmula, una y otra vez, como si en vez de escribir libros, hicieran natillas. Un mercado que no asume riesgos y que, por tanto, resulta mortalmente aburrido y previsible.

Y otro de los temas capitales de la novela de Félix: el poder creador de la literatura. Su capacidad para invocar criaturas. La fuerza y el impacto de la fabulación. El misterio de la imaginación. La posibilidad de que el sueño de la literatura produzca monstruos. “Todos creen en el Monstruo… Todos creen que existe… Y por eso, ahora es real”.

Félix J. Palma también obliga al lector a enfrentarse a los límites de la creatividad. Como señala Diego Arce en un momento dado, hablando sobre un taller de escritura creativa que impartió cuando era joven: “los verdaderos artistas no son aquellos que “hacen” arte durante sus vidas, sino aquellos que toman su propia como una obra de arte”. Todo un desafío, ¿verdad?

“El abrazo del monstruo” es una magnífica novela de género en la que prima lo literario por encima de cualquier otra consideración. Y es que, como le dice Diego a su editor: “Las palabras tienen poder. No se pueden usar a la ligera. La palabra es la fuerza soberana del universo”.

Jesús Lens

Los Doce Monos viajan en el tiempo

Un tipo muy desastrado aparece en las sucias y oscuras calles de la Nueva York de los años 90 del pasado siglo. La Gran Manzana empezaba a dejar de ser una de las ciudades más peligrosas del mundo, pero todavía distaba mucho de convertirse en la urbe amable, familiar y luminosa que es hoy en día.

Aun así, el tipo desentona. Y eso que pulula por callejones mugrientos, entre edificios medio abandonados, cerrados a cal y canto con rejas, verjas y candados. Desentona porque está ansioso e hiperexcitado -incluso para los estándares de la jungla de asfalto- soltando incoherencias sin sentido. Por ejemplo, cuando dice que viene del futuro para ejecutar una arriesgada misión que salvaría a la humanidad. Nuestro hombre, cómo no, acabará internado en un psiquiátrico. Y, a partir de ahí…

Terry Gilliam, uno de los directores más visionarios del cine contemporáneo y de los que mayor fuerza visual imprimen a sus películas, dirigió en 1995 “Doce monos”, una sorprendente película a caballo entre el noir y la ciencia ficción. El viajero del futuro es Bruce Willis, que da vida a James Cole, un criminal convicto que proviene de un Planeta Tierra arrasado por un misterioso y letal virus.

Su misión: volver al pasado para erradicar la amenaza del virus, utilizando para ello todos los medios necesarios. Los sospechosos: una misteriosa banda conocida como “Doce monos”. Y, flotando en el ambiente, una terrible conspiración.

“Doce monos”, en la que también participan Madeleine Stone y Brad Pitt, es una de las mejores películas de Gilliam. La narración avanza a un ritmo prodigioso y la atmósfera onírica y pesadillesca que rezuma la pantalla dota a la película de un irresistible magnetismo, al que contribuye una banda sonora con piezas a Astor Piazzolla y Tom Waits. Además, el guion firmado por Janet y David Peoples -autor de los libretos de clásicos como “Sin perdón” o “Blade Runner”- está perfectamente ajustado para atar en corto al siempre desbordante Gilliam.

Volviendo a la trama de la película, en sus pesadillas, a Cole le asalta una secuencia de forma recurrente que no sabe cómo encajar en su mente: un tiroteo en un aeropuerto que termina con un hombre muerto. Y es esta imagen la que nos permite enlazar con otra película, sorprendente, extraña y maravillosa, francesa en este caso: “La Jetée”, dirigida en 1962 por Chris Maker.

Se trata de una película de pura ciencia ficción de 28 minutos de duración nada más que, en realidad, es una fotonovela: el director la compone filmando una serie de fotografías en blanco y negro que dan contexto a la narración que las acompaña y que apenas cuenta con una breve secuencia de imágenes en movimiento.

En el caso de la cinta francesa, el mundo ha sufrido un apocalipsis nuclear y un grupo de científicos envía a un prisionero a través del tiempo. Primero hacia el pasado, para pedir ayuda y concienciar a las autoridades sobre la tragedia que está por llegar. Después, hacia el futuro, a ver si alguna civilización les puede socorrer. El prisionero elegido aprovechará su periplo para reencontrarse con una enigmática mujer cuya imagen tiene grabada a fuego en su memoria: la conoció de niño, en un aeropuerto, instantes antes de que un hombre falleciera frente a él, abatido por una bala.

Surrealista y original hasta niveles inauditos, “La Jetée” es una película de culto que, treinta años después de ser filmada, tuvo una afortunada revisión que la adaptaba a los terrores del momento, cambiando el escenario y desarrollando un arco argumental perfectamente coherente y respetuoso con el espíritu de la cinta original.

Ambas películas se proyectarán en el Teatro CajaGranada, en el marco del Festival GRAVITE patrocinado por Bankia, y permitirán a los espectadores contemplar cómo el cine viaja en el tiempo, reinventándose maravillosamente.

Algo muy distinto a lo que ocurrió en 2015, cuando el canal Syfy estrenó una serie de televisión igualmente titulada “Doce monos” y que, partiendo de la película de Gilliam, consumió 4 temporadas y 47 episodios en hacer un enorme batiburrillo con el material original.

Interpretada por Aaron Stanford, Amanda Schull y Kirk Acevedo, la serie mezcla el argumento principal con el ambiente postapocalíptico impuesto por las series de zombis tan en boga, con grupúsculos de humanos que pelean entre sí por hacerse con los restos del naufragio entre disparos, celadas, secuestros y traiciones. No es que la serie esté mal. Es que es… otra cosa.

El universo de “Doce monos” es una extraordinaria muestra de cómo las buenas historias evolucionan en el tiempo, cambiando los formatos, los estilos y la estética. Más de cincuenta años después, sigue vigente la fascinante y arrebatadora idea de Chris Maker, nacido como Christian François Bouche-Villeneuve en Francia, en 1921. Un guionista y director fascinado por temas como la memoria, los recuerdos y la nostalgia de un tiempo pasado que se puede reinventar de mil maneras, pero que no desaparece jamás.

Jesús Lens