Música de infierno y locura

En la pasada entrega de los Globos de Oro, una de las series triunfantes fue la prodigiosa ‘Chernobyl’, para mí, la serie del 2019. Al menos, de las que miraban hacia atrás, que ‘Years and Years’ me pareció la joya televisiva anticipatoria del año.

Otra de las grandes vencedoras de la velada fue ‘Joker’, de la que tanto y tan bien hemos escrito en esta misma sección. El premio a Joaquin Phoenix es incontestable. Pero, ¿sabrían ustedes decir, sin consultar en Google, qué otro galardón se llevó la película? Una pista: tiene poderosas conexiones con ‘Chernobyl’.

Hace un par de años le dedicamos este Rincón Oscuro a un músico islandés, Jóhan Jóhannsson, autor de las portentosas bandas sonoras de tres de las mejores películas del cineasta Denis Villeneuve: ‘Prisioneros’, ‘Sicario’ y ‘La llegada’. Lo de ‘Sicario’, en concreto, me parece uno de los trabajos musicales más descomunales de los últimos años.

Jóhannsson, que falleció prematuramente, ya no pudo firmar la música de la segunda entrega de las aventuras de Josh Brolin y Benicio del Toro en la frontera mexicana. Y casi me preocupaba más esa cuestión que la del cambio de director cuando fui a ver ‘El día del soldado’: pocas veces, la música había contribuido tanto a crear una atmósfera angustiosa y desasosegante en el cine negro contemporáneo.

‘Sicario 2’ es uno de esos cada vez menos extraños casos en que la continuación no desmerece del original. El trabajo de Stefano Sollima es incuestionable y Taylor Sheridan volvió a clavar el guion. ¿Y la música? La firmaba otra artista con nombre de protagonista de saga vikinga: Hildur Guonadóttir. Y era igualmente extraordinaria, más allá del merecido y emocionante homenaje a su mentor en el tema final: una reinterpretación de ‘The Beast’, la canción más emblemática de ‘Sicario’.

Nacida en Reikiavik, en 1982, Hildur es una reputada chelista que ha colaborado con diversos grupos de música experimental e independiente, además de llevar adelante sus proyectos en solitario.

A finales de los 90, Guonadóttir empezó a trabajar con el multidisciplinar colectivo filosófico-artístico Kitchen Motors, fundado por el propio Jóhannsson, formando parte de diversas actuaciones y performances.

En 2004, tras un encuentro en el estudio-vivienda de Jóhannsson en Berlín para grabar juntos un tema, todo cambió para la chelista islandesa. “Habíamos encontrado nuestro lenguaje. Es difícil de explicar con palabras dado que nos encontrábamos en un plano que estaba más allá de lo verbal. Nuestras almas se habían fusionado, y así permanecieron desde entonces”, contó tras el trágico fallecimiento de su mentor.

Aunque ya había sido la chelista principal de varias de las bandas sonoras de Jóhannsson, en 2018 compusieron juntos la partitura de la película ‘María Magdalena’, protagonizada por Joaquin Phoenix. Y ese mismo año, ya en solitario, nos maravilló con la citada música de ‘Sicario 2: el día del soldado’.

Entonces llegó la explosión del 2019. ¿Vieron ustedes ‘Chernobyl’? Como les decía al comienzo de estas notas, es una de las grandes maravillas que nos regaló la HBO el pasado año. La capacidad de la música para generar texturas y atmósferas resulta sobresaliente. La frialdad que exudan las imágenes y la música en algunas secuencias es sobrecogedora. Y la tensión. Y la pesada carga de pesadilla industrial.

De hecho, para esta banda sonora, la artista se fue a una central nuclear en funcionamiento, en Lituania, y grabó todos los sonidos que emitía la bestia. En su estudio, también radicado en Berlín, los mezcló, cortó, combinó y amplificó, añadiéndoles su propia voz, como de ultratumba, hasta componer la angustiosa música que le deparó el Emmy.

Y luego está ‘Joker’. Si bien es cierto que las mejores bandas sonoras, como la mejor fotografía o las mejores interpretaciones, son las que no se notan; lo de la música de ‘Joker’ era algo singular: el diálogo entre las imágenes y la música era impecable y la banda sonora de la caída al abismo de la locura de ese cómico ¿fracasado? llamado Arthur Fleck resulta estremecedora.

El in crescendo de la insania del personaje encontraba eco en la música compuesta por Hildur Guonadóttir, cada vez más hipnótica y aterradora. Lo que resulta singular, dado que ella había compuesto la mayor parte de la banda sonora antes de que comenzase la filmación de la película. De hecho, para el director y el protagonista, la música era una fuente de inspiración constante a la hora de preparar la filmación de cada día.

He escuchado, entera, la banda sonora de ‘Joker’ para escribir estas líneas. De hecho, ahora mismo suena el chelo de la música islandesa. Y es una gozada. Espero que, además del Globo de Oro, se lleve el Oscar.

Un último apunte: una vez que el nuevo director del Festival de Música y Danza de Granada ha avanzado que la edición del 2021 se prolongará un mes y se abrirá a disciplinas diferentes a las habituales, ¿qué tal un poquito de música de cine? Si se animan, hagan por traernos a Hildur Guonadóttir. Sería un puntazo, un detallazo… y un exitazo.

Jesús Lens

Inteligencia artificial y criminal

Vamos a escuchar mucho el término ‘inteligencia artificial’ en los próximos meses, especialmente en Granada, que en marzo acogerá un congreso internacional dedicado a una disciplina científica en permanente evolución.

Cuando escuchamos hablar de inteligencia artificial, lo primero que se nos viene a la cabeza es un robot, sea con forma humana o como androide. Entre CP3O y R2D2 estaría la cosa, más o menos. Pero la inteligencia artificial va mucho más allá de la forma y el formato en que la representemos. Está en los algoritmos de búsqueda de nuestros ordenadores o en los asistentes virtuales de nuestros móviles, sin ir más lejos.

¿Sabían ustedes que los algoritmos informáticos con los que trabajamos diariamente están cargados de prejuicios? Racistas y machistas, para empezar. La inteligencia artificial representa a sus creadores, programadores y usuarios. Y les/nos saca los colores. De ahí que la Comisión Europea haya constituido un grupo de alto nivel compuesto por científicos, ingenieros, ejecutivos de empresas tecnológicas y filósofos para que preparen un informe sobre la preocupante situación y tratar de revertirla.

Así las cosas, la próxima edición del festival Gravite que, patrocinado por Bankia, se celebrará en la última semana de enero, ha distinguido este año a Rosa Montero con el premio ‘Viajera en el tiempo’, entre otras razones, por su trilogía dedicada a Bruna Husky, una tecnohumana que actualiza a los míticos replicantes de ‘Blade Runner”.

En el Teatrillo del hotel Alhambra Palace, Rosa Montero conversará con Francisco Herrera, catedrático de ETS de Ingenierías Informática y de Telecomunicación de la UGR y reconocido especialista en inteligencia artificial. El de la humanización de la inteligencia artificial será uno de los temas que saldrán a colación, a buen seguro, en dicho encuentro.

Hace unos meses escribíamos sobre ‘Lágrimas en la lluvia’, la primera novela de la trilogía de Bruna Husky: “Para que fueran lo más parecidos posibles a los humanos, a los replicantes se les implantaban recuerdos. Se les construían biografías ficticias que, aunque fueran falsas, tenían que ser creíbles. De ahí que el trabajo de los memorialistas fuera tan importante. Y de ahí, también, que existan redes de tráfico de memorias pirata, de calidad discutible”.

La memoria se convierte en uno de los elementos clave a la hora de humanizar a los robots. Por regla general, a los tecnohumanos se les instalan memorias agradables compuestas por 500 imágenes, más que suficientes para construir una biografía de 25 años: cumpleaños, fiestas de fin de curso, graduaciones, celebraciones varias, cariño familiar, actividades con amigos, etc. El memorialista de Bruna, sin embargo, se empleó a fondo con ella, insertándole todas sus vivencias personales, muchas de ellas duras y traumáticas. De ahí que Bruna sea una replicante tan, tan especial.

Si el racismo estaba en el núcleo duro de la primera entrega de su trilogía, en  ‘El peso del corazón’, Rosa Montero se centra en el machismo recalcitrante impulsado por los regímenes teocráticos más integristas e intransigentes, construyendo un universo paralelo con referencias a ISIS y al mismísimo ‘El cuento de la criada’, además de abrir una apasionante investigación sobre los peligros de la energía nuclear.

En la segunda entrega de la trilogía de Bruna Husky conocemos más y mejor a la tecnohumana y nos adentramos en la complejidad de la psique de un robot con memoria humana que vive y trabaja en una sociedad que la sigue considerando un bicho raro, diferente y extraño.

Es justo lo que le pasa a Adán, uno de los primeros seres humanos sintéticos creados a partir del trabajo de Alan Turing en la novela distópica ‘Máquinas como yo’, de Ian McEwan. Porque en esta historia, Turing no se suicidó tras el juicio que tuvo que soportar por su homosexualidad. Y sus investigaciones ayudaron al alumbramiento de 12 adanes y 12 evas.

Charlie, un tipo normal y corriente, compra un Adán con el dinero de una herencia y se lo lleva a vivir con él y con Miranda, su vecina y amante. Las funciones primordiales de Adán son ayudar en casa y hacer compañía. Y todo parece ir bien. Hasta que el robot siente una emoción muy humana: el amor. Y de su mano, los celos.

“Al entrar vi a Adán de pie. Cuando me vio el brazo en cabestrillo soltó un leve grito de asombro, o de horror. Y vino hacia mí con los brazos abiertos.

—¡Charlie! Lo siento. Lo siento tanto. Qué cosa más horrible te he hecho… No era mi intención, de verdad. Por favor, por favor, acepta mis más sinceras disculpas”.

Llegados a este punto, Charlie trata de pulsar el botón de apagado de Adán. El robot no lo permitió. Y le espetó la siguiente amenaza a su dueño: “Tú y Miranda sois mis amigos más antiguos. Os quiero a los dos. Mi deber para contigo es ser claro y franco. Soy totalmente sincero al decirte lo mucho que siento haber roto una pequeña parte de ti anoche. Prometo de no volverá a pasar. Pero la próxima vez que intentes pulsar el botón de apagado me sentiré más que feliz arrancándote el brazo entero, desde la articulación del hombro”.

¿Ven ustedes como hay mucho que hablar sobre la inteligencia artificial y los riesgos de su humanización? Pronto, en el festival Gravite.

Jesús Lens

Balance del año negro y criminal

Terminado otro año y a la espera de ir comprobando qué nos deparará este 2020, es buen momento para hacer repaso a la feraz cosecha noir que nos dejó un 2019 con grandes momentos, tanto literarios como cinematográficos.

Comencemos recordando que hemos tenido el privilegio de asistir al renacimiento de Pepe Carvalho, uno de los personajes fundacionales del policíaco español. De manos de Carlos Zanón, disfrutamos de la vuelta a la vida del mítico detective y de sus garbeos por el Madrid y la Barcelona contemporáneos, tanta tensión, tanta distancia, tanta separación. Y otro esperado retorno: el de Domingo Villar y su inspector Leo Caldas, extraordinario.

Dos de las mejoras novelas negras españolas del año se centraron en la problemática de las personas que viven en las calles, en las que nadie se fija y cuya suerte trae sin cuidado a una inmensa mayoría. ‘El desfile de los malditos’, de nuestro querido y llorado Antonio Lozano; e ‘Invisibles’, de Graziella Moreno, quien también puso el acento en la gente con problemas psiquiátricos. Ambas novelas están publicadas por Alrevés, un año más, la editorial que más y mejor noir español ha publicado.

Mucha de la gente que vive en cajeros automáticos o bajo las marquesinas de los autobuses adolecen de trastornos mentales que les impiden llevar una vida normalizada. O lo que habitualmente se entiende como tal. Graziella Moreno, en una novela rebosante de la mejor literatura y repleta de poderosas imágenes, nos pone en su piel.

He leído muchas más novelas españolas que extranjeras. Es lo que tiene organizar un festival como Granada Noir: exige estar al cabo de la calle de lo que se publica en nuestro país para ofrecer al público la mejor selección posible de autoras y autores. En este sentido, debo destacar la excelente nómina de periodistas que, además, han publicado novelas este año: Marta Robles, Berna González Harbour, Tomás Bárbulo, Jerónimo Andreu o Íñigo Dominguez.

También leímos, de forma compulsiva, ‘El cártel’. El portentoso cierre de la Trilogía del Narco que nos regaló Don Winslow es pura adrenalina. Y descubrimos al autor galo Marin Ledun, cuyas novelas son una excelente radiografía de la Francia contemporánea. Y un pedazo de sorpresa: ‘Carreteras de otoño’, de Lou Berney.

En el mundo del cómic y a la espera de la vuelta de ‘Blacksad’, cuyos creadores fueron galardonados con el V Premio Granada Noir, alucinamos con la picaresca que preside ‘El Buscón en las Indias’, de Juanjo Guarnido y Alain Ayroles. La granadina Belén Ortega cerró su trilogía dedicada a la saga Millenium y nos hemos hartado —que no cansado— de leer historias del Joker, el perturbado más noir de los supervillanos, impulsado por el éxito de la película interpretada por Joaquim Phoenix. Ojo, también, a las adaptaciones al mundo de la viñeta que Hernán Migoya y Bartolomé Seguí están haciendo de las primeras novelas de Carvalho.

Cinematográficamente, y al margen de otros estrenos, hay que destacar ‘El Camino’, la vuelta de Vince Gilligan al universo expandido de ‘Breaking Bad’, un peliculón en el que conoceremos el destino ¿final? de Jesse Pinkman y, sobre todo, ese monumento fílmico, ese legado inconmensurable que es ‘El irlandés’.

Resulta paradójico que, en el siglo de las series y cuando se ha hecho popular pegarse atracones —maratones, les llaman— de varios capítulos seguidos, una de las pegas que se le ha puesto a la magna obra de Martin Scorsese es que sea ‘demasiado larga’. Otras críticas señalan que los venerables ancianos que protagonizan ‘El irlandés’ no resultan creíbles. Que son demasiado mayores para pegar palizas. Espero que los sustentadores de esta tesis no crean que John Wayne era una máquina de matar indios, dotado de una proverbial puntería, o que los diminutos James Cagney y Humphrey Bogart eran, de verdad, unos malotes de tomo y lomo.

‘El irlandés’ es una película totémica que juega con todo lo que ya hemos visto en el cine de Scorsese. El que sus protagonistas sean Pesci y De Niro no es gratuito. Ni casual. Las palizas, los asesinatos, la brutalidad… todo eso ya estaba en ‘Uno de los nuestros’ y ‘Casino’. Ahora, lo que toca es reflexionar sobre el paso —y el peso— del tiempo. Sobre los estragos de la edad. Sobre las consecuencias de haber dedicado la vida a ejercer la violencia. Una reflexión sobre los códigos de la lealtad y la servidumbre. Y a dónde conducen.

Termino este repaso a algunos de los destellos del 2019 con Víctor del Árbol, cuya novela ‘Antes de los años terribles’ nos conmovió hasta las entrañas, contando la tragedia de los niños soldado de África; y con Rosa Montero y su inaudita trilogía sobre la replicante Bruna Husky.

Porque ambos van a estar en Granada próximamente, participando en la segunda edición de Gravite que, patrocinado por Bankia, abrirá la temporada cultural-festivalera en nuestra tierra. Novelas de tinte policíaco que nos permiten viajar en el tiempo y sumergirnos en universos literarios y cinematográficos sólo aparentemente lejanos y alejados.

Jesús Lens

El crimen en Nueva York

Como si de un Papá Noel Noir se tratara, la editorial RBA se ha marcado un libro totémico y monumental para esta Navidad: ‘El crimen en Nueva York’, subtitulado como ‘Los casos más famosos en la historia de la ciudad’.

Se trata de un elegante libro ilustrado de más de 300 páginas que hace un completo recorrido por la historia negra y criminal de una de las grandes capitales del mundo. Entre los crímenes y los delitos detallados en el libro los hay enormemente famosos, como el de John Lennon a la puerta del edificio Dakota, y otros de poca monta. Aparentemente. Por ejemplo, el de Brian Watkins.

Watkins era un joven de Utah que estaba de vacaciones en la Gran Manzana con sus padres y su hermana. Aficionados al tenis, habían estado viendo cómo John McEnroe le remontaba dos sets a Emilio Sánchez Vicario. Iban camino del Village, para cenar, cuando un grupo de jóvenes les asaltó en el metro. Querían dinero para entrar en una discoteca y atracaron a la familia empleando violencia tumultuaria. Brian se llevó una cuchillada y falleció camino del hospital.

Aquel año, 1990, Nueva York contabilizó nada menos que 2.245 asesinatos. Una media de 6,15 al día. Por contra, en 2014, se sumaron 328 asesinatos. 0,089 diarios. La absurda muerte de Brian terminó de soliviantar a la gente. Los medios estallaron, las cabeceras de los grandes periódicos se llenaron de enormes titulares exigiendo una solución y las cosas empezaron a cambiar.

Hay quien sostiene que la Nueva York de hoy es una ciudad aburrida, sosa y para niños. Como una especie de Disneylandia para turistas adultos. Que la Nueva York auténtica, la que molaba, era la peligrosa. La ciudad en la que, por ejemplo, un borracho con mal de amores se las ingeniaba para comprar un dólar de gasolina y le pegaba fuego a una discoteca con una cerilla. Como el local era clandestino y no tenía medidas de seguridad, plan de incendios o nada por el estilo, se convirtió en una ratonera donde murieron 87 personas, abrasadas y carbonizadas.

El delito tiene un indudable componente sociológico que queda perfectamente retratado en libros como ‘El crimen en Nueva York’, escrito a seis manos por Robert Mladinich, un antiguo policía con 20 años de servicio a sus espaldas; Philip Messing, acreditado periodista de investigación especializado en temas criminales y Bernard J. Whalen, teniente de la policía de Nueva York.

Como señala Whalen en la introducción, “teníamos información de primera mano sobre los delitos y entrevistamos a sus protagonistas, víctimas incluidas, para conocer su versión de los hechos”. Eso, sobre los casos más recientes. Porque otro de los puntos fuertes de ‘El crimen en Nueva York’ es que la historia criminal que nos narra arranca nada menos que en 1802.

¿Se acuerdan de la película ‘Gangs of New York’, de Martin Scorsese? Pues más o menos por aquella época arranca un libro en el que la violencia contra la mujer está muy presente. Por ejemplo, el asesinato de Helen Jewett, en 1836, a manos de su amante. O la historia del Escultor Loco, que daría para una magnífica película. Crímenes como el de la violinista del Metropolitan Opera House, que desapareció en el entreacto de un concierto, después de maravillar al público con sus interpretaciones de ‘El pájaro de fuego’ y ‘Don Quijote’. O el asesinato de Kitty Genovese, quien murió acuchillada en la puerta de su casa, frente a la indiferencia de sus vecinos. Aunque, en realidad, no hubo tanta indiferencia…

La lucha contra la Mano Negra, al principio, y contra la Mafia después; ocupa varios capítulos. Capítulos muy cortos todos ellos, aunque completos e informativos. Apuntes del natural que invitan al lector a seguir profundizando en los casos que le parezcan más interesantes.

Por ejemplo, el del teniente Joseph Petrosino, uno de los primeros infiltrados en la lucha contra la mafia. O la historia de Asesinato S.A., la multinacional del crimen montada por la Cosa Nostra. Conoceremos de cerca la muerte de Anastasia y la suerte de su sucesor, el polémico John Gotti. ¡Y descubriremos a la auténtica French Connection!

En paralelo, iremos sabiendo de la modernización de la policía, desde los primeros programas de clasificación de delincuentes y el ‘descubrimiento’ de las huellas dactilares a los modernos procesos de detección de ADN.

También hay robos y atracos de película. Literalmente hablando. Desde el famoso atraco a la Lufthansa que sirvió a Scorsese —¿quién si no?— como argumento de su mítica ‘Uno de los nuestros’ al robo de las joyas de Tiffany’s, pasando por el golpe del Museo de Historia Natural donde se guardaban piedras preciosas como la Estrella de la India, el zafiro tallado más grande del mundo, o un rubí estrellado llamado DeLong, de más de 100 quilates.

De ‘Crimen en Nueva York’ se pueden sacar, en fin, argumentos para varias decenas de novelas y películas policíacas. Una auténtica gozada para regalar a los amantes del Noir en estas fechas tan señaladas.

Jesús Lens

Berlín era una fiesta

Cuando viajo, me gusta llevar conmigo libros cuya acción transcurre en el lugar que voy a visitar. Más allá de las guías de viajes y los temibles foros de internet, asomarme a ensayos históricos y tramas de ficción me ayuda a contextualizar lo que veo, a ubicar en el tiempo y en el espacio las calles por las que camino, las plazas que recorro, los bares y cafés en cuyas barras o terrazas me siento.

Hace un par de meses estuve en Berlín, inspirado e impulsado por una mítica serie de televisión: ‘Berlin Alexanderplatz’, adaptación de la novela escrita por Alfred Döblin en 1928. Para contextualizar el viaje, esta vez opté por un cómic monumental, una arriesgada decisión… de la que no me arrepiento en absoluto.

Los cómics no suelen ser buen compañeros de viaje. Son grandes, pesados y muy delicados. Soy de los que, antes de leer un tebeo, se lava las manos para que sus viñetas no se queden siquiera impregnadas de una descuidada mancha de grasa. Y no me pongo guantes de forense de CSI para pasar sus páginas porque no quiero parecer el monje asesino de ‘El nombre de la rosa’.

A la capital alemana, sin embargo, me llevé los tres volúmenes que componen una excepcional trilogía: ‘Berlín’, de Jason Lutes. Se trata de un monumento gráfico de 500 páginas que su autor tardó más de 20 años en completar. Publicados por la editorial Astiberri, los tres tomos de ‘Berlín’ son un abigarrado fresco dedicado a la República de Weimar, mostrando sus luces y sus sombras.

La primera parte de la trilogía, ‘Ciudad de piedras’, cuenta el casual y afortunado encuentro en un tren, protagonizado por una chica joven que llega a Berlín, huyendo del rigorismo de su Colonia natal y de una familia convencional e intransigente; con un periodista de extracción trotskista que se encuentra en plena investigación del rearme de Alemania.

Aunque Marthe y Kurt son las piezas angulares sobre las que se construye ‘Berlín’, lo mejor de la trilogía de Lutes es el protagonismo coral de varias decenas de personajes, desde los compañeros y compañeras de Marthe en la escuela de arte en la que ingresa a los músicos de jazz norteamericanos que andan de gira por el Viejo Continente.

O esa familia que, alegoría de la propia Alemania, está compuesta por una madre que se inclina hacia el comunismo y un padre cuyas veleidades ideológicas le llevan hacia el nacional-socialismo. Una fractura que sufrirán en sus carnes sus propios hijos, en una de las derivas más dramáticas de esta prodigiosa novela gráfica.

El primer tomo de ‘Berlín’ se cierra con la manifestación del 1 de mayo de 1929 en la que la policía de la República cargó contra los manifestantes, dejando a su paso un reguero de sangre y muerte. Este episodio, que también tenía enorme protagonismo en la serie ‘Babylon Berlín’, marcó un antes y un después en la trayectoria política de Alemania y Lutes le concede la importancia que se merece.

Además de los grandes momentos históricos, Lutes describe un sinfín de aspectos de la intrahistoria del Berlín de Weimar, desde los ambientes bohemios y creativos y los encuentros clandestinos en clubes de transformismo a las fiestas de la jet set, repletas de drogas y orgías sexuales. La vida de los barrios, la interacción de la comunidad, el pulso de la calle, los patios de las viviendas…

Conoceremos el despertar sexual de Marthe y sufriremos con la espiral autodestructiva en la que entra Kurt, al ver cómo sus ideales políticos se van derrumbando poco a poco. La libertad de prensa libre enfrentada al poder de la oligarquía y, siempre, la cada vez menos sutil amenaza de la extrema derecha, con las esvásticas empezando a asomar en los brazos de lo que parecen unos pobres diablos.

‘Ciudad de humo’, el segundo tomo de la trilogía, arranca de nuevo en un tren, esta vez a ritmo jazz. Mucho jazz. Pero también mucha confusión, miedo y nihilismo. Porque la amenaza de lo que está por ocurrir en Berlín cada vez resulta más palmaria. De ser una fiesta, Berlín empieza a ser una tragedia.

Diez años más tardó Lutes, completó su trilogía. En total, un proceso creativo de más de dos décadas. En 2018 aparecía ‘Ciudad de luz’. En este caso, el que viaja en tren es un tipo enclenque, de cabellos morenos y ridículo bigotito. El sol inunda Alexanderplatz, pero nada bueno se atisba en el horizonte. Comienza la persecución de los judíos, con un anticuario al que ya conocimos antes, situado en el ojo del huracán. La persecución de los comunistas, también. Y de los homosexuales. Y de los artistas.

La vida de Kurt y Marthe se verá sacudida, esta vez de forma definitiva. El alcoholismo, la desesperanza, la rendición, la humillación, el dolor… Conoceremos a gente que vive en las calles y a las pandillas de nazis que, ya sin disimulo, hostigan a todo el que es diferente. Entonces, Hindenburg encarga a Hitler la formación de gobierno y ‘Berlín’ se termina, marcando el auténtico comienzo del fin.

Jesús Lens