La narración total, en Granada Noir

Nos gusta definir a Granada Noir como un festival multidisciplinar que, con el género negro y criminal como eje central de su programación, permite disfrutar de literatura, cómic, cine, música, fotografía, teatro o gastronomía; ofreciendo un completo maridaje de artes y disciplinas que se retroalimentan entre sí.

En la quinta edición del festival patrocinado por Cervezas Alhambra, que arranca el 27 de septiembre, queremos ahondar en el radioteatro, una disciplina que cada vez nos gusta más. Para ello contamos con un maestro como Federico Volpini, que impartirá una master class sobre dicha modalidad escénica, cada vez más en auge gracias a la popularización de los podcast.

José Antonio Pérez Ledo

Y es que la narración de historias será transmedia o no será. Al menos, no será tan interesante como podría ser. De ello nos hablará Domingo Sánchez Mesa, catedrático de la UGR Domingo Sánchez Mesa y una de las máximas autoridades en el tema. Y como perfecto ejemplo de esta modalidad de narración, este año tendremos el privilegio de contar con una de las mentes creativas transmedia más inquietas y brillantes de nuestro país: ese infatigable todoterreno llamado José Antonio Pérez Ledo. Permítanme que haga un corta y pega de la biografía que aparece en su página web, perfecto ejemplo de la brillantez de la que les hablo:

Nací el último mes de 1979, en pleno centro de Bilbao, entre enormes dolores por parte de mi madre. Me licencié en Publicidad y Relaciones Públicas en la Universidad del País Vasco, a pesar de lo cual encontré un trabajo honrado.

Soy de extrema derecha por la mañana, sobre todo cuando madrugo, pero me reconcilio con los derechos civiles después del segundo café. He creado y dirigido tres programas de televisión culturales: Órbita Laika (La 2), Escépticos (ETB) y Ciudad K (La 2). He colaborado con Cadena SER, Rolling Stone y El Correo; actualmente lo hago con eldiario.es y Radio Euskadi.

He escrito las novelas ‘Un lugar al que volver’ (Planeta, 2019) y ‘Esto no es una historia de amor’ (Planeta, 2016). Soy guionista del cómic ‘Los enciclopedistas’ (Astiberri, 2018) y de los podcast de ficción ‘El Gran Apagón’ (Podium Podcast) y ‘Guerra 3’ (Podium Podcast).

La excusa para traerle a Granada Noir es su cómic dedicado al nacimiento de la Enciclopedia, con un marcado corte negro y criminal, además de afrancesado; y su prodigioso podcast ‘El gran apagón’, una de esas distopías que tanto me gustan. ¿Qué pasaría si, de golpe, dejase de fluir la energía eléctrica? Escúchenlo en la plataforma Pódium Podcast y fliparán. Le preguntamos a José Antonio por sus primeros pasos en este mundillo. “Un día me llamó el entonces director de la SER, Antonio Rodicio y me dijo: “estamos planteándonos crear una plataforma de podcast con contenido original, ¿tienes alguna idea?” Hacía tiempo que yo escuchaba podcast americanos, sobre todo de cine y cómics, pero también alguna ficción. Y la idea de escribir ficción sonora con una narrativa moderna me pareció muy atractiva. Una semana después le envié una propuesta de apenas un folio que se titulaba ‘El Gran Apagón’ y que, para sorpresa de todos, acabaría teniendo más de cinco millones de descargas”.

Un formato que presenta unas especificidades propias, como nos detalla Pérez Ledo: “la particularidad más evidente de la ficción sonora es que, como guionista, sólo puedes trabajar con el sonido. Tienes que conseguir que el oyente entienda todo solamente con el sonido, desde cómo son los personajes y qué sienten a dónde está transcurriendo la acción. Eso, sin embargo, te da unas opciones narrativas fantásticas. En ‘Guerra 3’, la última ficción sonora que he escrito para Podium Podcast y cuya segunda temporada se estrena en un mes, he explorado mucho eso. En ficción sonora puedes, por ejemplo, plantear un diálogo y que el oyente no sepa dónde se está desarrollando hasta que termine dándole así un giro inesperado a todo lo que acaba de oír”.

No es de extrañar que José Antonio se encuentre satisfecho con el resultado: “Mucho. Trabajar con Podium Podcast es un lujo. La directora de ‘El Gran Apagón’ y de ‘Guerra 3’, Ana Alonso, hace un trabajo impecable, mejorando siempre mis guiones. Igual que el realizador, Alonso Maján. Y los actores y actrices no pueden ser mejores. En ‘Guerra 3’, por ejemplo, están Adriana Ugarte, Carlos Bardem, Jorge Perugorría, Ana Wagener, Ramón Barea…”.

Como decíamos, José Antonio Pérez Ledo es un brillante divulgador científico, también, haciéndola atractiva hasta a las personas que, como yo, son de letras puras. ¿Cómo lo consigue? “Yo diría que el conocimiento científico es objetivamente atractivo. ¿Cómo no va a ser atractivo entender por qué brilla el sol, cómo funciona el universo o dónde reside la consciencia humana? Vivimos en una sociedad cada vez más científico-tecnológica. Tener unas nociones al menos básicas de ciencia es fundamental para entender no ya el universo, sino nuestro mundo, nuestra sociedad”.

De ahí mi empeño en romper el enfrentamiento entre letras y ciencias, algo con lo que José Antonio se muestra de acuerdo: “Lo de ser de ciencias o de letras es algo que deberíamos empezar a desenterrar de nuestro vocabulario. Al fin y al cabo, no deja de ser una coartada para justificar que, o bien no se sabe qué es un electrón, o bien no se sabe nada del Siglo de Oro. La cultura es una. Y, del mismo modo que en nuestro país todos sabemos más o menos algo de Cervantes y su obra, deberíamos saberlo también de Ramón y Cajal y su obra”.

Es básico, también, hablar de la faceta como novelista de Pérez Ledo. Dos novelas de título largo en las que se mezclan la comedia, el amor y el desamor. Como en la vida misma. ‘Esto no es una historia de amor’, leída hace un par de años, me encantó tanto que la he regalado a dos o tres personas de confianza, sorprendidas de que hubiera más risas, ternura y cotidianidad que sangre, odio y violencia en su trama.

Este verano, aquejado de tempestuosas inquietudes existenciales, leí ‘Un lugar al que volver’ y pueden creerme si les digo que tuve la sensación de que estaba escrita para mí. Es la gran virtud de José Antonio Pérez Ledo: sus personajes, sus tramas y escenarios son tan radicalmente contemporáneos, actuales y creíbles que sientes que todo lo que cuenta te podría pasar a ti.

Terminamos haciendo referencia a otra de las características que definen su estilo: la sátira, empleada habitualmente en sus artículos periodísticos. ¿No le da ‘regomello’ que haya lectores que se tomen en serio sus series de disparatados consejos en la prensa? “Desde que empecé a escribir sátira, hace ya más de una década, siempre ha habido gente que no ha entendido la sátira y la ironía. Gente, en definitiva, sin un sentido del humor totalmente desarrollado, capaces de descodificar un chiste de Lepe, pero incapaces de interpretar una estructura humorística compleja como la ironía. El problema no es que esa gente exista. El problema es que les hagamos caso”.

Jesús Lens

El auge de la no ficción negra y criminal

En los últimos años estamos viviendo un notable auge de un género hasta ahora poco habitual y apenas transitado en la literatura negra española: la no ficción. Se trata de un género híbrido y mestizo que combina la novela tradicional y la historiografía, basada en testimonios reales. También llamada relato metaficcional, la no ficción se podría definir como relato literario de factura periodística.

Aplicado al noir que tanto nos gusta, la no ficción ha acuñado una etiqueta de origen anglófono: true crime. Crimen auténtico. Y es que, por mucho que suene a tópico, hay demasiadas ocasiones en las que la realidad supera a la ficción. Por desgracia.

La quinta e inminente edición de Granada Noir, el festival patrocinado por Cervezas Alhambra, pondrá especial énfasis en esta modalidad de crimen auténtico y de no ficción, con la presencia de autores, periodistas y especialistas en la cuestión. En concreto, el sábado 28 de septiembre estarán en Granada los dos directores de las colecciones dedicadas al género de no ficción más interesantes del mercado editorial español: Marta Robles, a la cabeza de ‘Sin ficción’, de la editorial Alrevés; y Antonio Lozano, de RBA.

Para conocer un poco más sobre las claves de la no ficción de corte negro criminal y, a la vez, anticipar algunas de las cuestiones sobre las que hablarán en Granada Noir, les preguntamos a nuestros protagonistas por qué resulta tan atractiva esta modalidad literaria. Para Antonio Lozano, “la no ficción, y en especial el true crime, descorre el velo protector con el que leemos ficción negra, elimina la distancia de seguridad que la imaginación establece entre lo narrado y la vida. Los delitos y los crímenes dejan víctimas, heridas, traumas… Por otro lado, si leemos en parte novela negra para ver reflejada o exorcizada esa carga oscura o ese impulso dionisíaco que todos llevamos dentro de alguna manera, el true crime acude a la realidad para (re)confirmarnos que esas intuiciones incómodas son ciertas y tangibles. Además, los ensayos y true crimes permiten descubrir que buena parte de los clichés de las ficciones policiacas en cualquier formato son espeluznantemente ciertas al tiempo que otros recursos no podrían estar más lejos de la verdad”.

Para Marta Robles, “la no ficción resulta especialmente atractiva para los lectores porque, de alguna manera, se sienten involucrados en la historia que se les cuenta. Se relatan hechos que no les resultan ajenos, que conocen, que han seguido y sobre los que siempre les quedan dudas que están ávidos de que alguien les despeje. A todo eso se une la curiosidad del ser humano por saber qué le ocurre a otros seres humanos como él. Sobre todo cuando se trata de una tragedia. Nos paramos cuando vemos un accidente. Para ayudar, tal vez. Pero también para saber a quién le ha ocurrido, cómo ha pasado, por qué… Tiene mucho que ver con que también nos podría pasar a nosotros”.

Íntimamente ligada con esta cuestión está la de los límites entre periodismo y no ficción. Para Lozano, “el periodismo no debe trampear con los hechos, el rigor es su ley y la máxima objetividad, su aspiración principal. La literatura de no ficción puede permitirse ciertos adornos, tanto formales como factuales, su subordinación a lo ocurrido no es un imperativo categórico. Hay un ligero margen ‘artístico’ en la segunda que queda vetado a la primera”.

Para Marta Robles, por su parte, “el límite entre el periodismo y la literatura de no ficción está, sobre todo, en la extensión del relato, que puede incluir muchos detalles que son imposibles de contar en el periodismo del día a día, donde todo tiene que estar medido. Además el periodista que escribe no ficción puede elegir un punto de vista. El de la policía, el del asesino, el del propio periodista. Y relatar desde ahí. En el periodismo se deben incluir todos para evitar la parcialidad. En la no ficción ese punto de vista que se elige está claro y es uno de los valores de cada libro”.

Una Marta Robles que, además de periodista, también es novelista y aprovechará su paso por Granada Noir para presentar ‘La mala suerte’, su título más reciente. Rematamos este somero análisis con otra pregunta: ¿Qué relación hay entre la realidad y la ficción en la novelística de Marta Robles? “Cualquier realidad que pasa por la literatura con vocación de convertirse en novela acaba siendo pura ficción. Mis novelas describen casos que no son reales, son inventados, pero que podrían ser auténticos. E incluyen problemas de la sociedad que existen, sin ninguna duda, y que rodean a mis personajes de ficción para que sientan y padezcan como si fueran reales y los lectores se los crean. Todo parte de la realidad, las novelas negras, verdes y amarillas. Pero luego sólo tiene que ser creíble, no real. Y esa también es su magia”.

Jesús Lens

Érase una vez… Tarantino

No veo tráilers. No veo anuncios. No leo entrevistas, críticas o reportajes. Antes de ir al cine, trato de no saber nada sobre las películas que voy a ver. Trato de preservar la magia de enfrentarme a una proyección lo más puro, virgen e inmaculado posible. Con perdón.

La última de Tarantino se estrenó a mitad de agosto. Como es larga —casi tres horas— y yo andaba con mi verano en bermudas, viajando por toda la provincia y escribiendo a borbotones; preferí esperar a septiembre para estar más relajado y tranquilo. Quería ver bien la película. En las mejores condiciones posibles. ¡Qué duros han sido esos últimos quince días de agosto! Me sentía solo, distanciado y alejado, poniendo barreras con muros de facebook y timelines de twitter en los que se hablaba de una película muy, muy especial: ‘Érase una vez en… Hollywood’.

Cuando se estrenó en el festival de Cannes, Tarantino pidió al público que la disfrutara, pero que no contara su argumento. Algo parecido a lo que hiciera Hitchcock en su día ante el estreno de ‘Psicosis’. O lo que debió hacer Shyamalan con ‘El sexto sentido’, por mucho que hubiera tanto ‘simpático’ empeñado en arruinarnos la función con tal de hacer una gracieta.

Aunque ustedes nos se lo crean, conseguí llegar a la proyección del pasado domingo sin conocer —apenas— nada sobre la película interpretada por Brad Pitt, Leonardo DiCaprio y Margot Robbie. ¡Y menos mal! Porque es un disfrute verla sin saber hacia donde te dirige el desenlace de la historia. Llegados a este punto, déjenme decirles que me ha gustado. No tanto como ‘Reservoir Dogs’ o ‘Pulp Fiction’, pero sí más que ‘Los odiosos ocho’, por ejemplo. A falta de volver a repasar la filmografía completa de Tarantino, la situaría a la altura de ‘Malditos bastardos’ y de ‘Django desencadenado’, con las que su nueva película tanto tiene que ver.

Por momentos, algunas digresiones se me hicieron largas y los diálogos, marca de la casa tarantiniana, algo excesivos. Por banales y repetitivos. Por contra, hay secuencias y personajes memorables, de los que se te quedan grabados en la retina por siempre jamás. A partir de aquí, estimado lector, usted lee bajo su propia responsabilidad, sabiendo que vamos a destripar el argumento de la película, incluido el final, algo necesario para poder analizarla como se merece.

Entre las mejores secuencias, la de la niña y DiCaprio, que interpreta a un actor famoso de series televisión del Oeste que anda de capa caída tras su frustrado paso al cine. Durante un rodaje, consumido por sus demonios, coincide con una actriz infantil a la hora de la comida. Ambos mantienen un —este sí— maravilloso, surrealista y esclarecedor diálogo. Posteriormente, el rodaje de la secuencia que protagonizan juntos se convierte en un espectacular ejercicio de exorcismo, vital y artístico. ¡Esa mirada! Una primera carta de amor al cine. De respeto por el séptimo arte.

La segunda secuencia para el recuerdo: Brad Pitt visitando el rancho donde se refugian los miembros de La Familia, aquellos hippies que certificaron la defunción del flower power, tiñéndolo de sangre. Hasta ese momento, en la película todo era brillo y esplendor. Los coches, la música, los bares y restaurantes, los neones, la ropa… De repente, el paisaje se convierte en desolador. Existencialista. Vacío y despojado. Inquietante. Amenazador. Anticipatorio de lo que está por ocurrir.

Para mí, el gran personaje de ‘Érase una vez en… Hollywood’ es la Sharon Tate interpretada por Margot Robbie a partir de la premisa de que menos es más. Su presencia es tan brillante que llena la pantalla cada vez que aparece en escena. Bailando, cantando o, sencillamente, caminando. Resulta deslumbrante. La secuencia en la que entra al cine y se convierte en espectadora de su propia película, disfrutando con las risas de sus vecinos de proyección y recordando su entrenamiento para las secuencias de acción es, otra vez, un encendido y declarado canto de amor al cine.

Y llegamos al final. ¿Sorprendente? ¿Imposible? ¿Inapropiado? No tanto, si tenemos en cuenta que en ‘Malditos bastardos’, Tarantino liquidó que la II Guerra Mundial por la vía más rápida y expeditiva que se pueda imaginar.

Siempre he defendido que el cine tiene la virtud de transformar la realidad. El buen cine no sólo cuenta lo que pasa por la calle y se convierte en reflejo de la sociedad, también tiene el poder de cambiar las cosas. Más allá de las modas, las camisetas, los juguetes y el merchandising, hay películas que suscitan debates sociales y políticos e, incluso, que instauran nuevos patrones de comportamiento, costumbres y tradiciones.

Así las cosas, ¿por qué no puede una película reescribir la historia y hacer justicia poética? El cine es ilusión y fantasía. Diversión. Magia. Y a mí, lo que ha hecho Tarantino con Sharon Tate, me parece algo prodigioso. Un ejercicio de alquimia que convierte en inmortal a una actriz de Hollywood a la que ya nadie podrá olvidar. Jamás.

Jesús Lens

Bruna Husky: detective & replicante

También me dijo un arriero / que no hay que llegar primero / pero hay que saber llegar’. Así reza la clásica canción mexicana en una de sus estrofas, antes y después de animarnos a rodar y rodar.

Sirva la referencia musical como excusa lírica para tratar de justificar algo que no tiene mucha justificación: haber tardado tanto tiempo en leer ‘Lágrimas en la lluvia’, de Rosa Montero. Publicada por Seix Barral y subtitulada como ‘El futuro en tus manos’, es la primera entrega de la saga protagonizada por Bruna Husky, la detective más original y singular de la historia de la literatura española.

Me lo decía Charo González Herrera, una de las mejores lectoras negrocriminales que conozco: “le tenía una reticencia tremenda y luego me encantó”. ¡Justo eso! Recuerdo que, al escuchar las primeras entrevistas con Rosa Montero sobre su novela, tuve mis dudas. ¿Un remedo de ‘Blade Runner’ en el Madrid del futuro, protagonizado por una replicante que trabaja como detective privado? Demasiado. Excesivo. Improbable. Y la dejé pasar.

Después llegaron ‘El peso del corazón’ y ‘Los tiempos del odio’. Y seguí sin prestarle demasiada atención a la saga de Bruna Husky. Hasta que nos dio la locura del Gravite y organizamos un festival sobre viajes en el tiempo. Empecé a prestarle más atención, tiempo y cariño a la ciencia ficción.

Hace unas semanas, en Cádiz, entré en una librería. Y allí estaba. Sólo había un ejemplar del libro, pero el oso polar que presidía su portada me llamó desde la estantería, a modo de canto de sirena literario. No me até a mástil alguno. Tampoco me resistí. Ni siquiera miré qué lugar ocupaba aquel volumen dentro de la trilogía. Me lo llevé puesto. Y quiso la casualidad que fuera el primero de los tres títulos que conforman la trilogía de Bruna Husky. Hasta la fecha.

“En 2053 la empresa brasileña de bioingeniería Vitae desarrolló un organismo a partir de células madre, madurado en laboratorio de forma acelerada y prácticamente idéntico al ser humano. Salió al mercado con el nombre de Homolab, pero muy pronto fue conocido como replicante, un término sacado de una antigua película futurista muy popular en el siglo XX”.

El parecido argumental con ‘Blade Runner’ termina ahí, aunque el sustrato filosófico es compartido, como después veremos. Porque en ‘Lágrimas en la lluvia’ se cuenta la investigación emprendida por la detective privado Bruna Husky en el Madrid de 2109. ¿Por qué hay replicantes que enloquecen súbitamente y, antes de suicidarse, matan a otros replicantes? La asociación que representa los intereses de los Homolabs en los Estados Unidos de la Tierra encarga a Bruna que desentrañe el misterio, dado que esas súbitas explosiones de violencia están provocando miedo entre los humanos. Y el miedo es un arma muy poderosa, como cierto partido especista y supremacista no tardará en demostrar.

Como siempre ocurre en los mejores relatos de ciencia ficción, los universos imaginarios del futuro nos hablan de problemas y situaciones del aquí y el ahora. El miedo a quienes son diferentes. El racismo y la xenofobia, por ejemplo. En su investigación, Bruna contará con una serie de aliados que, sin embargo, resultan altamente sospechosos. ¿De quién fiarse? ¿En quien creer? Por un lado, un policía. Y ya se sabe que los pies planos y los huelebraguetas nunca se han llevado particularmente bien: aunque se encuentren en el año 2109, hay cosas que nunca cambian.

Por otro, un memorialista, personaje que nos sirve para enlazar con la parte filosófica de la excelente novela de Rosa Montero y sus conexiones con los clásicos de Philip K. Dick y Ridley Scott. Hagamos memoria. ¿Se acuerdan de qué adolecían los replicantes? Sí. Justo eso. De memoria. A fin de cuentas, eran máquinas creadas en serie.

 

Para que fueran lo más parecidos posibles a los humanos, a los replicantes se les implantaban recuerdos. Se les construían biografías ficticias que, aunque fueran falsas, tenían que ser creíbles. De ahí que el trabajo de los memorialistas fuera tan importante. Y de ahí que existan redes de tráfico de memorias pirata, de calidad discutible.

También está el tema de la fugacidad de la vida, por supuesto. Porque los replicantes están condenados a morir pronto. Demasiado pronto. Y con ello volvemos al desenlace de ‘Blade Runner’ y al célebre monólogo de Roy sobre Orión, la puerta de Tannhäusser y los momentos que se perderán como lágrimas en la lluvia; homenajeados por Rosa Montero en el precioso, poético y evocador título de la novela.

‘Lágrimas en la lluvia’ es una novela negra futurista con muchas y diferentes lecturas y con diversos hilos narrativos que gustará a los amantes de la ciencia ficción en general y a los aficionados a ‘Blade Runner’ en particular. Y que, como novela policíaca, funciona a la perfección. Tanto por la trama, magníficamente urdida, como por los personajes, perfectos en sus papeles. Les dejo. Salgo disparado a la librería, en busca de las dos siguientes novelas protagonizadas por Husky.

Jesús Lens

Grupo salvaje y su influencia en el Noir

Terminé de atar cabos al ver un antiguo póster de la película. “¡Grupo salvaje es Río Bravo más Bonnie y Clyde!”, rezaba el reclamo publicitario del cartel, con las sombras de los protagonistas dirigiéndose a su incierto destino, difuminadas en un intenso fondo azuloscurocasinegro.

Hay que reconocer que el autor del lema estuvo fino al vincular tres obras maestras de la historia del cine. Tres películas que, para mí, atesoran una significación especial, además. Pero, ¿qué tiene ‘Grupo salvaje’, un western de libro, para asomarse a esta sección, dedicada al género negro?

En primer lugar, es una película killer, como defendí en mi ensayo ‘Muerte, asesinato y funeral del western’, tesis de la que también participa Javier Márquez Sánchez, uno de los grandes especialistas en Peckinpah, cuando escribe en el número de verano de Tinta Libre que se trata de: “un western aparentemente clásico, protagonizado por actores de toda la vida que, sin embargo, habría de remover para siempre los cimientos del género y de Hollywood… Nadie podía pensar por aquel entonces que Sam Peckinpah iba a convertirse en el hombre que mató (conceptualmente) a John Ford”. Efectivamente, después de ‘Grupo salvaje’, el western jamás fue volvió a ser igual. Ni el cine negro tampoco.

La época a la que hace referencia Márquez Sánchez es otro dato básico para comprender el impacto que tuvo ‘Grupo salvaje’. Nos encontramos en 1969, hace exactamente 50 años. Estados Unidos estaba en plena efervescencia, dividida entre los movimientos por los derechos civiles, los hippies y la guerra del Vietnam. Y el cine, férreamente controlado hasta entonces por el sistema de estudios, empezaba a reventar sus costuras.

El mejor ejemplo lo encontramos en ‘Bonnie and Clyde’, otra película disruptiva que, en 1967, convirtió a dos gángsteres en héroes románticos, imprimiéndole a la historia unas dosis de violencia nunca vistas en el mainstream. Y esa era una espinita que Peckinpah tenía clavada muy adentro: en ‘Mayor Dundee’ ya quiso imprimir una brutal fisicidad a las secuencias de acción, haciéndolas lo más explícitas posible, pero la censura se cebó con ella y el montaje que se exhibió en las salas era muy diferente del previsto por el irascible director, que terminó orinando sobre la pantalla tras un pase privado con sus productores.

En ‘Grupo salvaje’, Peckinpah sí pudo explayarse, convirtiendo la famosa secuencia del paseíllo de los protagonistas en un baño de sangre. La cámara lenta se recrea en la muerte, mostrando los cuerpos en escorzos imposibles y las balas desgarrando las vísceras. Sin embargo, no es una violencia exhibicionista, como no tardaríamos en ver en infinidad de émulos de Peckinpah. Es una violencia trágica y dolorosa que trata de llamar la atención del espectador sobre sus brutales efectos.

Tal y como escribe Ramón Alfonso en uno de los artículos que forman parte del libro del 50 aniversario de ‘Grupo salvaje’, publicado por Notorius ediciones: “El fin de ‘Bonnie and Clyde’ representa en definitiva un inmejorable anuncio-boceto de la batalla de ‘Grupo salvaje’”.

Una violencia que también impresionó a Martin Scorsese, que recuerda así su primer visionado de la película: “La violencia era estimulante, pero te sentías avergonzado por estar estimulado, principalmente porque reflejaba lo que estábamos haciendo en la realidad en Vietnam, lo que veíamos en las noticias de las seis”. Y ya sabemos lo importante que fueron tanto la violencia como Vietnam para el director de ‘Taxi Driver’.

Y está el determinismo planteado por la historia, otro tema clásico tanto del western como del cine negro. Así lo reflejaba el crítico de la revista Sight & Sound, en 1969: “Pike Bishop, como el pistolero de ‘El silencio de un hombre’, de Melville, arregla la ceremonia de su propia muerte; es un hombre muerto desde el principio”. Como el mismísimo Tony Montana interpretado por Al Pacino. ¿Hubiera sido posible el final de ‘El precio del poder’ sin la secuencia de la ametralladora de ‘Grupo salvaje’?

Y ahora que hablamos de locos y descerebrados, no podemos olvidar el corto, pero intenso papel de Bo Hopkins, un psicópata de manual que anticipa lo que estaba por venir, con villanos más retorcidos que los cables de los antiguos auriculares. Un zumbado al que sus propios compañeros dejan abandonado a su suerte sin tener siquiera un pensamiento para él.

‘Grupo salvaje’ también sentó las bases para la filmación de las secuencias de atracos en el cine del futuro. En este sentido, por ejemplo, Michal Mann siempre ha reivindicado la influencia de la película de Peckinpah en su forma de afrontar las secuencias de acción de ‘Heat’… sin necesidad de acudir a la ralentización de las imágenes. La influencia de ‘Grupo salvaje’ es perfectamente reconocible, en fin, en guionistas y directores de películas policíacas como Paul Schrader, John Millius y, sobre todo, Walter Hill. De hecho, ‘Traición sin límites’, protagonizada por Nick Nolte, se sitúa en la estrecha franja que separa el homenaje del plagio.

Celebren como se merece el 50 aniversario de una película mítica de la historia del cine y entréguense al rastreo de las influencias de ‘Grupo salvaje’ en el cine policíaco de este medio siglo. Verán qué cantidad de sorpresas les aguardan.

Jesús Lens