Espejo roto

Ahora, lo que se lleva, es poner a parir ‘Black Mirror’, la distópica serie de Charlie Brooker. Desde que se pasó a Netflix, a la gente no le gusta. Luego vemos capítulos como el de San Junípero o el Bandersnatch de la pasada Navidad y nos quedamos colgados, pero da igual. Ya no es lo que era.

Se han estrenado los tres capítulos de la quinta temporada de la serie más importante de los últimos años. Y, quitando el ya imposible elemento sorpresa que provocaban las primeras historias de este espejo negro televisivo, ‘Black Mirror’ sigue en plena forma.

El primero de los capítulos se centra en la capacidad de los videojuegos para imbuirte en una existencia virtual mucho más atractiva y excitante que la real. Es un tema trillado, pero incluye una variable poco tratada hasta la fecha: el descubrimiento de una sexualidad alternativa.

El episodio protagonizado por Miley Cyrus también tiene varias lecturas, aunque sea el más pedestre de los tres: la mercadotecnia en torno a los niños prodigio, los riesgos de la autoayuda y el positivismo a ultranza, la tiranía de la imagen y la manipulación de la creatividad.

Y nos queda ‘Añicos’, donde Brooker carga contra el agilipollamiento provocado por las redes sociales, aunque también hay cargas de profundidad sobre la cantidad —y calidad— de los datos personales sobre cada uno de nosotros que manejan las empresas tecnológicas, reduciendo al mismísimo FBI al papel de mero aficionado. También ironiza sobre la fugacidad del impacto de las noticias, incluidas las más duras: recibimos una alerta en el móvil, nos sorprendemos, nos indignamos un poquito en las redes… y la vida sigue. ¿Qué otra cosa podemos hacer, más allá de enarcar una ceja?

En este episodio aparece la mítica Casa del Desierto de Gorafe, como les decía hace unos días. Un lugar donde desconectar, en el sentido literal de la palabra. Una casa de vidrio con espectaculares vistas a los cañones del Geoparque del Cuaternario que invita al ensimismamiento, la contemplación reflexiva, el aislamiento zen… y al enarcamiento de ceja.

Jesús Lens

Black Mirror para desconectar

Estaba viendo ‘Carretera asfaltada en dos direcciones’, una película de culto dirigida por Monte Hellman en 1971, y no dejaba de buscarle conexiones con la situación actual de nuestro ayuntamiento, sumido en el caos y en el descrédito más absolutos. Ir y venir. Subir y bajar. Pactar y vetar…

En esas estaba cuando fui a echarle mano al móvil. Volvía a estar sin batería. Otra vez. Con los dedos como morcillas, amoratados de teclear, y la pantalla churretosa de tanto hacer scroll para refrescar; cobré conciencia de que necesito desconectar.

Ayer fue un día tan duro como apasionante. Mientras Gustavo y yo rematábamos la programación de la quinta edición de Granada Noir, no dejaban de sucederse alarmas incendiarias en la App de IDEAL. Además, un tranquilo intercambio de tuits de lo más respetuoso acabó como la relación entre Valls y Rivera, entre bloqueos y descalificaciones.

Tregua. Necesito una tregua. A la espera de lo que pase hoy en la Corte madrileña, donde los vasallos granadinos rendirán pleitesía a sus amos y señores, es perentorio tirar millas y poner distancia de por medio, que nos va a explotar la cabeza.

Pensando en un posible retiro reparador, me acordé de ‘Añicos’, el episodio de la distópica serie ‘Black Mirror’ que utiliza como escenario la conocida Casa del Desierto de Gorafe, en pleno Geoparque del Cuaternario.

No les reviento nada si les cuento que la vivienda en cuestión aparece convertida en una Meca para la desconexión infoxativa, el mejor lugar posible para disfrutar del silencio y la soledad. Una casa cuyas colosales vistas invitan a uno de los personajes, paradójicamente, a conectar con su yo interior. La vastedad del espacio empequeñece al ser humano. Le lleva olvidarse de lo que hay más allá y a cobrar conciencia de sí mismo.

Reconozco que me fliparía pasar aunque fuera una noche en la Casa del Desierto, dejando vagar la imaginación. Pero, a falta de ecovidrios y novísimos materiales constructivos, me vale cualquier sitio con amplitud de miras y, sobre todo, sin cobertura en el móvil.

Jesús Lens

Black Mirror Noir

El éxito o el fracaso de una película depende de dos factores: la recepción de la crítica,  durante el estreno y la recaudación en taquilla. Con las series de televisión y desde la llegada de las plataformas digitales, la cosa es muy diferente: influyen las críticas y el número de espectadores acumulados, por supuesto. Pero, para conocer el auténtico impacto de una serie, el dato realmente relevante es su capacidad de generar debate y conversación.

El cine, con muy escasas excepciones, ha perdido ese papel preponderante. Resulta poco habitual que los medios de comunicación utilicen películas de estreno como referente a la hora de contextualizar o ilustrar debates, tribunas o columnas de opinión. Las series de televisión, sin embargo, son el gran paradigma que está en boca de todos, un fenómeno sociológico que va más allá de lo audiovisual.

 

Y en ese marco referencial, Black Mirror se ha convertido en LA serie por excelencia. El estreno de cada nueva temporada genera conversación, análisis y controversia y cada episodio puede ser analizado desde mil y una perspectivas diferentes.

Así, el estreno de la cuarta temporada, en plena Navidad, nos ha traído seis episodios muy, muy potentes y diferentes entre sí, protagonizados por esa amenazante tecnología que cada vez ocupa más espacio en nuestra vida. Tal y como señala Charlie Brooker, su creador y guionista, “cada episodio tiene un tono diferente, un entorno diferente, incluso una realidad diferente, pero todos tratan sobre la forma en que vivimos ahora y la forma en que podríamos estar viviendo en 10 minutos… si somos torpes”.

 

La gran particularidad de “Black Mirror”, lo que la hace radicalmente diferente y original a otras series basadas en un futuro distópico, es que cada episodio es único, independiente y autoconclusivo, contando una historia diferente que transcurre en escenarios y paisajes alejados entre sí. De esa manera, los actores son distintos y cada episodio cuenta con un director específico. Por ejemplo, Jodie Foster, realizadora de esa joya titulada “Arkangel”, uno de los mejores capítulos de la recién estrenada T4 y que les recomiendo encendidamente. Sobre todo, a las personas con hijos a su cargo.

De los seis extraordinarios episodios de la T4, que ya están en Netflix, hay dos de temática puramente Noir: “Cocodrilo” y “Black Museum”. El primero, dirigido por un director tan solvente como John Hillcoat (“La carretera”, “Sin ley”), le da una interesante vuelta de tuerca a uno de los temas clásicos por excelencia del género negro más fatalista: las consecuencias de una toma de decisión equivocada tras un accidente.

 

Un episodio en el que la cuestión tecnológica ya estaba tratada en uno de los capítulos de la primera temporada, jugando con los potenciales peligros de tener a nuestra disposición una prodigiosa memoria que lo retiene todo, todito, todo; incluso cosas que ni siquiera sabíamos… que sabíamos. Filmado en una Islandia austera y opresiva, “Cocodrilo” hará las delicias de los aficionados al Noir… siempre que obvien la relación entre el físico de la actriz protagonista, una excelente Andrea Riseborough, y algunas de las cosillas que Brooker & Hillcoat la obligan a hacer.

Y luego está ese “Black Museum”, un episodio enciclopédico que, como su propio nombre indica, se convierte en compendio esencial de la filosofía que subyace bajo la etiqueta de “Black Mirror”. Se trata de un episodio que trenza tres hilos argumentales distintos para desembocar en el final más duro, perverso, cruel, canalla, oscuro y sensacional que se pueda imaginar.

 

“Black Museum” es un soberbio tour de force argumental que, filmado a caballo entre Málaga y el desierto de Tabernas, nos ofrece un triple menú de alarmante desarrollo tecnológico, aplicado a tres personajes diferentes: un médico que puede sentir exactamente lo mismo que sienten sus pacientes, lo que desemboca en una terrible adicción; un amante esposo que lleva a su mujer dentro de su cabeza después de que quedara en coma; y un holograma con la conciencia de un asesino condenado a muerte.

Sé que, así explicado, es complicado de entender. Por no decir imposible. Y ahí radica una de las grandes virtudes de “Black Mirror”: hay que verla, hay que lanzarse de cabeza a ese Espejo Negro que es la televisión para disfrutar de la experiencia. Para sentirla. Para padecerla. En el mejor sentido de la expresión.

Muchas veces me he sentido ridículo, en la barra del bar, explicando a los amigos el argumento de tal o de cuál episodio de “Black Mirror”, empezando por aquel primero del cerdo y del Primer Ministro británico. Pero en pantalla, funciona. Funciona hasta el punto de que, en muchas ocasiones, al leer noticias sobre sorprendentes avances tecnológicos llamados a cambiarnos la vida, nos suenan a conocidos… porque Charlie Brooker ya los había imaginado antes.

 

Créanme: la exposición a “Black Mirror” genera adicción y, en convreto, las atracciones que encierra el “Black Museum” no les van a dejar en absoluto indiferentes.

 

Jesús Lens

Piensa en negro

Una cosa es que esto del Black Friday no haya por dónde cogerlo (leer aquí por qué) y otra muy distinta que no vaya a aprovechar la ocasión para hacer proselitismo en una fecha tan señalada.

En una jornada repleta de irrechazables ofertas, el pequeño comercio sufre doblemente: por un lado, no puede hacer los mismos descuentos que las grandes superficies y, menos aún, que los portales de venta por Internet. Por otra parte, la gente que aprovecha para abusar de su cuenta y dejarla tiritando, no volverá a comprar más que lo estrictamente imprescindible hasta que se le olvide la bacanal consumista de hoy. O, al menos, hasta que su tarjeta se recupere de la impresión.

 

Por tanto, y dirigiendo un festival como Granada Noir, es obligatorio hacer algunas recomendaciones culturales bien negras, que las librerías también abren este black-viernes.

Quienes piensen que el Noir es un género repetitivo (crimen-investigación-resolución), que lean “Canción dulce”, de Leila Slimani, publicada por Cabaret Voltaire y ganadora del premio Goncourt del 2016. Es una joya tremebunda que pone los pelos de punta. Una novela que muestra sus cartas al lector desde la primera página y que consigue mantenerle hechizado hasta que, con la mandíbula descolgada, lee las últimas líneas.

 

Una novela de terror cotidiano que nos sitúa frente a nuestras propias contradicciones y en la que todos los personajes tienen sus (sin)razones para hacer lo que hacen y actuar cómo actúan. Una novela sobre el desconocimiento, la ignorancia de lo que pasa a nuestro alrededor y la ceguera inconscientemente voluntaria. “Canción dulce” debería llevar un aviso en la portada: “Peligro. Esta novela da que pensar”.

Y como al Black Friday le sigue el Cyber Monday, conviene repasar en Netflix una serie especialmente apropiada para un día como hoy: “Black Mirror”, creada por Charlie Brooker. Se trata de una severa advertencia sobre el peligro de los excesos tecnológicos y de vivir adosados a las pantallas del móvil, el ordenador o la televisión.

Una serie inquietante, por cierto, que ya descuenta los días para el estreno de su cuarta temporada…

 

Jesús Lens

El algoritmo

Leía el otro día una entrevista con un escritor y me interesó lo que contaba, así que decidí hacerme con su libro. Me metí en un portal de compras por Internet, localicé al autor, seleccioné el título correspondiente y le di a aceptar la operación.

Mi sorpresa llegó al comprobar que el programa no me permitía confirmar la compra, devolviéndome a la página principal. Picado, volví a empezar, pero en esta ocasión, nada más seleccionar el libro, apareció una ventana emergente en pantalla, advirtiéndome que ese título no se encontraba entre los que el algoritmo consideraba que podían ser de mi interés.

Algoritmo

Además, el programa me proponía que, en vez de ese libro, eligiera uno de entre las veinte opciones que el algoritmo había seleccionado como las más adecuadas para mis gustos e intereses, de acuerdo con mi historial de compra.

Efectivamente, el programa había hecho una interesante selección de novelas negras y libros de viaje que tenía una pinta extraordinaria. Pero yo, como soy cabezón y perseverante, pasé de las sugerencias algorítmicas e insistí con mi elección original.

Esta vez parecía que todo iba bien. Sin embargo, antes de efectuar el pago, el programa me indicó que tenía un mensaje en la bandeja de entrada de mi correo electrónico. Que confirmara su lectura antes de ejecutar el pago. Puse un Tic en la casilla de confirmación, pero el programa no me dejaba avanzar, borrándolo de forma automática.

Algoritmo facebook

Transigí y leí el mail. En un tono muy cordial y cercano, me decía que si compraba el libro en cuestión, que estaba fuera de los parámetros lectores que el algoritmo había señalado para mí, no solo haría que el programa fuera menos preciso a la hora de sugerirme próximas lecturas, sino que perjudicaba a todos los usuarios que buscaban libros de un perfil parecido al mío. Que reconsiderara mi elección y que me hacían un 10% de descuento en el libro que comprara… de los sugeridos por el algoritmo.

En ese momento apagué el ordenador, salí de casa, cogí el autobús y me fui a la librería Agapea, donde adquirí el libro de marras, pagando en efectivo. Cuando le estaba contando a Raquel, la librera, lo que me había ocurrido, me desperté. Entonces lo tuve claro: menos atracones de “Black Mirror” y más leer.

Black Mirror

O eso, o escribir para Charlie Brooker y Netflix, además de para IDEAL, periódico en el que publico hoy este artículo distópico y diferente.

Jesús Lens

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