‘Adictos al crimen’, un nuevo club de lectura

Aunque vivimos tiempos inciertos y no se lleva lo de hacer planes o poner en marcha nuevos proyectos con visos de continuidad y perdurabilidad en el futuro, con la llegada de 2021 arrancamos un nuevo Club de Lectura en Granada Noir, junto a la librería Picasso y los diferentes sellos editoriales del grupo Penguin Random House Mondadori.

Lo hemos llamado ‘Adictos al crimen’ y, como les decía, empezamos este mismo mes, leyendo a Benjamín Prado y su novela ‘Todo lo carga el diablo’, publicada por Alfaguara. Se trata de una nueva entrega de la saga protagonizada por Juan Urbano que, en esta ocasión, investiga las vidas de tres mujeres deportistas de la II República.

Juan Urbano es un detective muy peculiar dado que su profesión real es… profesor de instituto. Y escritor vocacional. A lo largo de cinco entregas, Benjamín Prado nos ha ido contando sus diferentes casos, habiéndoselas visto con ladrones de niños y con espías de diferentes pelaje, por ejemplo.

También reputado poeta, recuerdo a Benjamín Prado, ataviado con un sombrero que le asemejaba a un tahúr del Mississippi, en una actuación del grupo Pereza. ¿Pudo ser en el marco del Festival de Poesía de Granada? Juraría que sí. En el Parque Federico García Lorca, en un concierto, rodeados de gente. ¡Qué tiempos!

En principio, y mientras La Cosa siga mal, no nos podremos reunir cara a cara en la propia librería Picasso, que es lo que nos pide el cuerpo. Lo haremos a través de alguna plataforma. ¡Qué remedio! Así es la lectura en los tiempos del Zoom. La lectura compartida, quiero decir. Porque si leer es una actividad solitaria por naturaleza, nada más placentero que juntarse para comentar el libro o el cómic de turno.

Hace unos días, por ejemplo, estuvimos cerca de hora y media hablando de ‘Ave del paraíso’, de Joyce Carol Oates, galardonada este año con Premio Pepe Carvalho de BCNegra 2021. Y hubiéramos seguido dándole a la lengua si la plataforma no nos hubiera echado… por segunda vez.

En ‘Adictos al crimen’ vamos a leer a autores y autoras nacionales y extranjeros. Después de disfrutar de la narrativa de Prado nos trasladaremos nada menos que a Calcuta de la mano del autor hindú Abir Mukherjee. Ahora que viajar al extranjero es una quimera, nada como el cine y la literatura para trasladarnos lejos y conocer otros países, otras culturas. Si les apetece conocer más sobre ‘Adictos al crimen’, contacten conmigo a través de jesus.lens@gmail.com

Terminamos esta entrega de la sección semanal dedicada a la cultura negra y criminal recomendando la lectura de un tebeo: ‘Tórax 1975’, de Pablo Lara y Jaime Martínez, recién publicado por Evolution Cómics. Mientras Franco agoniza, a un policía novato recién llegado a Tarrasa le toca investigar un caso que todo el mundo quiere cerrar demasiado rápido. Un caso que le llevará a un lugar muy peculiar: el sanatorio para enfermos de tuberculosis de la localidad, popularmente conocido como Hospital del Tórax.

A camino entre el noir de manual y el género fantástico-terrorífico, ‘Tórax 1975’ surge de la fértil imaginación de Pablo Lara, coguionista de ‘El Ministerio del Tiempo’. Como él mismo cuenta, la idea era hacer una serie de tres temporadas. Cada una contaría la investigación de un caso. Esta habría sido la primera. De momento, es un cómic. ¿Con hechuras de storyboard? Veremos.

Me lo he pasado en grande con un cómic en que el dibujo de Jaime Martínez responde perfectamente a una narración repleta de sorpresas y de giros de guion, con un protagonista carismático que pide a voces continuar con sus aventuras.

Jesús Lens

Herencias envenenadas y forasteras indeseadas

Estas semanas estamos embarcados en un repaso por los orígenes del género negro y criminal en el Club de Lectura y Cine de Granada Noir, pero tratamos de alternar la lectura de los clásicos de Hammett, Chandler o Cain con novelas contemporáneas escritas por autores españoles.

Entre estas últimas lecturas, ‘La forastera’, de Olga Merino, y ‘Herencias colaterales’, de Lluís Llort. Dos novelas aparentemente muy diferentes entre sí y que, sin embargo, beben de un mismo tema común: la vida en los márgenes de las personas que se salen de la autopista y deciden conducir por carreteras secundarias, comarcales y hasta por los carriles de tierra más impracticables y desabridos.

Mientras leía ‘La forastera’ me acordaba de una historia que, hace muchos, muchos años, me contaba una amiga. En las afueras de su pueblo había un árbol, no recuerdo si era un almendro o un olivo, del que se colgaba la gente.

—Colgarse en el sentido de…

—Ahorcarse. Tres vecinos del pueblo se colgaron del mismo árbol. Hasta que un día se taló. Desde entonces, ni uno más.

En ‘La forastera’, la protagonista, Angie, la de los Marotos, vuelve al pueblo de su infancia tras haber pasado unos años tumultuosos en Londres. Se instala en la vieja casa familiar, en las afueras, y vive prácticamente con lo puesto. De vez en cuando la llaman para la aceituna del cortijo de los señoritos. También recibe una prestación del Estado y el cura le echa un cable. Desde que murió su madre, vive sola. Sola, en compañía de sus perros. La loca de los perros. En el pueblo la miran mal.

Entonces aparece el cadáver del terrateniente de la comarca. Colgando, claro. A partir de ahí comienza el descubrimiento de una sucesión de secretos que podrían explicar tantas de las cosas que ocurren en la comarca… o no. Quizá no. Porque hay cosas que no tienen explicación. Ni justificación o razón de ser.

‘La forastera’ es una novela prodigiosa en la que su autora, Ana Merino, apela a los cinco sentidos del lector, que permanece en permanente estado de excitación a lo largo de sus 233 páginas. Es una novela que transmite los crujidos de las ramas de los árboles, el espesor del polvo que se te mete en los ojos y el olor a tierra quemada. Una novela que deslumbra con sus colores y sus fogonazos. Una novela que provoca sensaciones físicas en el lector.

En ‘La forastera’, publicada por la editorial Alfaguara, se dan la mano la España vaciada con el neowestern más apocalíptico. Olga Merino ha construido un universo propio al estilo del de Cormac McCarthy, pero completamente personal. Y muy apegado a nuestra tierra. Su protagonista es una heroína contemporánea que, habiéndolo perdido todo, no está dispuesta a que le arrebaten lo único que le queda: su libertad.

Libertad. Es lo que buscan los protagonistas de ‘Herencias colaterales, del autor barcelonés Llort. ¡Qué bueno que la editorial Alrevés la haya traducido del catalán! Y qué descubrimiento.

Si quieren ustedes saber qué es el humor negro, pero negro de verdad, lean a Llort. Y si en algún momento les surge la duda de si el noir casa con el humor… insisto: lean a Llort.

En ‘Herencias colaterales’ nada es lo que parece. Y como esa es la gran baza que juega el autor, no voy a contarles nada de la trama. Hablemos, pues, del contexto.

Una familia bien. De las de toda la vida de la burguesía catalana. Una familia que hace una buena inversión a través de una hipoteca inversa. Una inversión inmejorable, de hecho, sobre la vivienda de una anciana que vive sola.

Pero, como tantas veces ocurre en la vida, las cosas cambian y la circunstancias se ven modificadas. La suerte, que va por barrios. Pasa el tiempo. Y la familia bien ya no lo es tanto. Conocer a los Claramunt es conocer la deriva de una parte importante de la sociedad española contemporánea. Sin embargo, a sus miembros hay que quererles, sí o también. De forma rotunda e incondicional. Aunque, por momentos, te entren ganas de matarles.

En paralelo a la historia de los Claramunt conoceremos la de la anciana dueña de ese piso que es objeto de deseo de todos los personajes de ‘Herencias colaterales’. Una historia igualmente sorprendente. Alucinante, incluso.

Todo lo que nos cuenta Llort es improbable, pero no imposible. De hecho, a medida que vamos leyendo, lo improbable se va tornando en lo único posible. Es la magia de la buena literatura: introducirnos en un universo disparatado haciéndonos sentir que estamos como en casa.

Leo que Llort es periodista y que ha formado parte de los equipos de guionistas de dos series de humor satírico: ‘Moncloa, ¿dígame?’ y ‘Jet Lag’. Además, es autor de otras doce novelas y de varios libros infantiles y juveniles. ¿Es Llort el secreto mejor guardado del noir más irreverente y rompedor? Léanle y lo comentamos.

Jesús Lens

De rosas y viajes en el tiempo

“Éste es un viaje en el tiempo y en la geografía. En el tiempo, hacia el pasado, hacia la época en la que se construyeron esos maravillosos edificios que han sobrevivido al tiempo como representaciones de la ciudad de Dios en la Tierra y que conocemos como catedrales, y, en la geografía, a través de un país que es un mosaico de regiones tan diferentes como sus paisajes”.

No es baladí la tilde sobre el “Éste” que abre esta columna y con el que, a su vez, empezaba el preámbulo de “Las rosas de piedra”, un monumento de la literatura de viajes escrito por Julio Llamazares. No es baladí porque el primer tomo del largo periplo por todas las catedrales de España se publicó hace ahora diez años, cuando la RAE era firme con la cuestión de los acentos… ortográficos.

Acaba de salir la segunda entrega rosada de Julio Llamazares, “Las rosas del sur”, continuación de aquel, y con el que culmina un proyecto totémico: dieciséis años de viajes por la Península compendiados en más de 1.100 páginas de la mejor literatura de viajes que se puede leer hoy en nuestro país.

Tras diez años de espera, me abalanzo sobre el nuevo libro de Llamazares para leer las páginas dedicadas a las catedrales de Granada y Guadix. Y, como si de una metáfora se tratara, cuesta trabajo llegar a ellas, que están prácticamente al final de la narración, justo después de Málaga y antes de Almería, donde finaliza el fascinante recorrido iniciado por el viajero-escritor en la catedral de Santiago.

Ese viajero-escritor que, una vez dentro de nuestra catedral, la “observa con detenimiento sobrepasado por su majestuosidad. El viajero ha visto catedrales grandes, pero pocas como ésta en la que la falta del coro en la nave central hace que todavía parezca mayor de lo que es”. Continúa el autor con su relato, parafraseando al arquitecto Fernando Chueca cuando califica a la catedral de Granada como “la más noble capilla mayor del orbe cristiano”.

Y atentos a esta descripción, a modo de enigma: “El viajero, emocionado, se queda un rato ante ella extasiado por esa imagen con la que su autor logró la perfección suprema”. ¿De qué imagen habla Llamazares, quién es el autor y en qué lugar de la catedral granadina se encuentra? Tic-tac…

Jesús Lens

SIETE CASAS EN FRANCIA

Congo. Su sola mención ya tiene ecos mágicos, misteriosos y lejanos. Congo. Por mucho que el demente de Mobutu se empeñara en africanizar el nombre del país, cambiándolo por el de Zaire durante su enloquecido mandato; Congo sigue siendo la denominación con que conocemos a un territorio mítico e ignoto que sigue excitando la imaginación de los viajeros y los aventureros de todo el mundo, aún en este siglo XXI. (Y de aquí partió este reportaje que publicamos en IDEAL hace unas semanas…)

 

Río Congo: el corazón de las tinieblas
Río Congo: el corazón de las tinieblas

Por eso no es de extrañar que escritores de todas las ascendencias, se sientan subyugados por el fascinante universo congoleño y por su torturada historia alguna vez en su vida, radicando allí sus ficciones más o menos basadas en hechos reales.

 

El último en hacerlo ha sido Bernardo Atxaga, el escritor vasco que lo ganara todo con la mágica y portentosa “Obabakoak” y cuyo “El hijo del acordeonista” provocó un auténtico terremoto en nuestro país, con el famoso affaire Echevarría, cuando el crítico de cabecera de El País hizo una demoledora crítica de la novela, editada por Alfaguara y gran apuesta literaria del Grupo PRISA de la temporada… y terminó de patitas en la calle.

 

Bernardo Atxaga
Bernardo Atxaga

Atxaga, en un momento dado de su vida, se fue del País Vasco y se instaló en Reno, dio por concluido su ciclo de novelas radicadas en el territorio mítico de Obama… y se marchó, literariamente hablando, al Congo belga para escribir la sorprendente, inesperada e inclasificable “Siete casas en Francia”.

 

Leía esta mañana, hablando sobre la guerra de la Ex Yugoslavia, que fue un conflicto encabezado por artistas y escritores. Y, casualmente, uno de los protagonistas de “Siete casas en Francia”, Lalande Biran, la máxima autoridad en Yangambi, el emplazamiento junto al río Congo en que acontece la novela, es un poeta que, ambicionando amasar una gran fortuna que le permita comprar las siete viviendas a que hace referencia el título, su auténtico anhelo es volver a la capital de Francia y disfrutar de las tertulias de los cafés parisinos.

 

Junto a él, un ex legionario bastante perturbado o un soldado servil que quiere hacer carrera por la vía de conseguir para su jefe las jóvenes chicas, siempre vírgenes, que a éste gusta disfrutar con el fin de evitar contraer las enfermedades de transmisión sexual que aquejan a todos los europeos desplazados a África. Y Chrysostome Liège, un tirador casi infalible cuya llegada a Yangambi precipita los vertiginosos acontecimientos que, en 250 páginas de letras grandes, nos cuenta Atxaga.

 

Un Atxaga que dice esto sobre su novela: “Siete casas en Francia” roza la literatura grotesca, el humor negro, lo paródico, que ya es algo que he desarrollado en mis poemas. Yo sé que mis poemas de humor negro son un verdadero impacto para mucha gente así que, al usar este estilo en este libro pienso “a ver si sucede lo mismo”.

 

Una estupenda descripción sobre qué es esta novela tan a contracorriente y fuera de cualquier moda, aunque, indirectamente, la avaricia del protagonista y su esposa emparente la acción con esta crisis económica que estamos sufriendo. Una novela que, huyendo del tremendismo (y mira que lo que ocurrió en el Congo de Leopoldo II fue terrorífico) bucea en el lado oscuro del ser humano a través de una historia sólo aparentemente fácil y sencilla.

 

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.