Llámenme impío por chotearme así de Taylor Sheridan, el responsable total o parcialmente de obras maestras del western noir como ‘Comanchería, ‘Wind river’ o la mismísima ‘Sicario’.

Cuando se anunció que ‘se pasaba’ a la tele, me dieron palpitaciones. Y cuando se estrenó ‘Yellowstone’ en Paramount traté de suscribirme a la plataforma solo para verla. Pero mi tele estaba obsoleta. ¡Hasta pensé cambiar de aparato —de televisión! Pero empezaron a llegar las críticas, feroces, y se me quitaron las ganas.
A la vejez, viruelas, he pillado la serie y me he administrado un episodio cada tarde en las últimas semanas. Y no me ha parecido tan mala como se dijo. Ni tampoco creo que esté a la altura de lo mínimamente esperable y exigible a un talentazo como el de Sheridan. Y eso que el punto de partida es apasionante. Un viejo rancho en Montana y una familia de rancheros en plena transformación y casi decadencia. Una reserva india y la llegada de un pijo del Este. El viejo y salvaje Oeste confrontado a los desafíos de la vida moderna, incluyendo el turismo, las tragaperras y un casino. lo viejo frente a lo nuevo. Interpretado por el siempre solvente Kevin Costner, John Dutton dirige su rancho y desde ahí controla la política local igual que hacía Ángela Channing con su bodega, la mítica Falcon Crest. Porque no tarda en desenrollarse el culebrón entre hijos, hermanos, nueras, vecinos, yernos, empleados, y demás fauna.
Lo que más me gusta del western contemporáneo, sea cine o televisión, es cómo resignifica iconos del género, del papel de la mujer al de los nativo-americanos. Y el de los afroamericanos.
Y el choque de la tradición y la añejura con la modernidad. En ‘Yellowstone hay coches chulísimos, unos todoterreno espectaculares. Y hasta helicópteros. Pero pocos planos tan evocadores como los de los cowboys dirigiéndose al horizonte a la caída de la tarde, con la puesta de sol, montando sus caballos. Y es que para eso se inventó el cine. Para que John Ford dirigiera películas del Oeste y para que en pleno siglo XXI se sigan haciendo westerns como ‘Yellowstone’, aunque nos gustaría que nos gustara más.
Escribo estas líneas tras haber terminado la segunda de las cinco temporadas de las que consta la serie. Después se hicieron precuelas, secuelas y spin offs hasta constituir un universo propio que tiene pinta de ser inabarcable, a la par que repetitivo.

Eso sí, me ha gustado la irrupción de la psicopatía en el género, Clint Eastwood ya apuntó algo en ‘Sin perdón’, pero en ‘Yellowstone’ hay cada personaje que… Y no es de extrañar. Al final, para sobrevivir en lo que nos han contado que era el Far West había que estar un poco más para allá que para acá. Y para soportar ser hijo/a de John Dutton, también. Hasta Kayce, un ex Navy Seal con experiencia en Afganistán, se ve a veces superado por las circunstancias.
Y no hablemos del alcoholismo y de la dependencia de los ansiolíticos y los analgésicos para soportar qué dolores. físicos y morales. Y otras adicciones, como la ludopatía.
Y las conexiones entre los grandes terratenientes, los de toda la vida y los recién llegados, con la política local y estatal. Y el expolio a los nativo americanos y sus justas reivindicaciones, por siglos que hayan pasado. Y la ira y la rabia latentes.
Todo eso y un poco más, además de un culebrón, es ‘Yellowstone’. Pero seguiremos viendo temporadas. Al paso, eso si. Nada de atracones o súbitas galopadas. Y viajaremos al pasado, con Harrison Ford y Helen Mirren.



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