El asedio

Cuando cayó en mis manos el despropósito que Arturo Pérez Reverte compiló sobre el 2 de mayo madrileño decidí que hasta ahí había llegado con aquel sujeto y que, desde entonces, sólo leería sus iracundos, deslenguados e incorrectísimos artículos de prensa.

Estando en Argentina, sin embargo, me picó la curiosidad por “El asedio” cuando, estudiando la historia del país, me encontré con que en el origen de los movimientos independentistas argentinos estuvo la invasión de las tropas napoléonicas en España: dados los problemas para comerciar con la metrópoli, enfangada en la Guerra de Independencia, las colonias decidieron abrir sus puertos al contrabando más o menos clandestino con los ingleses, dejando de pagar tributos a una corona que estaba exiliada y cautiva en Francia.

Por eso se dice que, en la propia naturaleza de los argentinos está el ser pícaros, comerciantes, piratas, embaucadores y filibusteros: su origen como país, su nacimiento como nación se ancla en el río de la Plata y en el comercio ilegal con los hijos de la Gran Bretaña.

Mientras, en Cádiz, la Cortes Constituyentes alumbraban la Constitución de 1812, la famosa “Pepa” que tan corta vida tuvo en España como amplia repercusión en el resto del mundo, sirviendo como faro que alumbró los procesos constituyentes de países como los Estados Unidos.

Y todo este trasfondo sirve como marco para, esta vez sí, la atractiva, interesante y entretenida novela de un Pérez Reverte que, como el buen novelista que es, inventa personajes y urde tramas que permiten entremezclar la realidad histórica con la ficción y la imaginación.

He de reconocer que el autor se pone pesado cuando hace alardes de sus conocimientos náuticos, apabullando al lector (y entorpeciendo la lectura de la novela) con decenas de tecnicismos marítimos que, en vez de invitar a coger un diccionario, te llevan a hacer lecturas transversales de los párrafos en cuestión, solo para saber quién gana y quién pierde, quién vive y quién muere.

Excepción hecha de esos pasajes, el resto de la novela se lee con agrado e interés. Los personajes son todos ellos tan diferentes y bien construidos como complementarios en una trama que une diversas historias inconexas que terminan estando muy levemente (y en algún caso demasiado forzadamente) conectadas.

Por mi querencia por lo negro y criminal, me gusta la historia de Tizón, el brutal policía que, inspirado en los personajes oscuros y siniestros de Ellroy, tiene que dar con un brutal asesino en serie que le obligará a enfrentarse a algunos de sus fantasmas. Aunque la resolución del caso acaba sacando un conejo de la chistera, un truco fácil que no tiene ni pizca de gracia.

El amor ¿imposible? de Lolita Palma y el capitán Lobo sí homenajea a los folletines de toda la vida y, por último, el personaje mejor logrado es el del militar francés que asume su cargo de artillero con frialdad y desapasionamiento, convirtiendo su participación en la guerra en un constante cálculo de parábolas, pesos y medidas. Profesional. Muy profesional.

Me gusta la recreación de la vida gaditana bajo el asedio, representada por el personaje del comerciante que sabe que, más allá de la promulgación y pervivencia de la Constitución, una forma de vida y de hacer negocios está a punto de terminar, inexorablemente.

Un fresco, desenfadado y documentado retrato de un episodio capital de nuestra historia que Arturo Pérez Reverte recrea de una forma hábil y atractiva, aunque algo tramposa. En cualquier caso, un libro interesante que abre puertas a otras lecturas posteriores sobre el mismo tema, ciertamente apasionante.

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.

En años anteriores, blogueábamos lo siguiente, en 2008, 2009 y 2010

Lituma en los Andes

A veces, los libros se te meten en la vida de forma abrupta y sorpresiva, ¿casual? y demoledora. Me pasó con “Lituma en los Andes”, hace unas semanas, en Bolivia.

Ya sabéis que, siguiendo los consejos de ese sabio que es Manuel Villar Raso, en mis viajes procuro leer libros cuya trama transcurre en la zona por la que me encuentro transitando.

Para mi ruta Transamericana, que iba a durar nada menos que veinticinco días, me había llevado un par de libros en papel, pero había echado al petate, también, el flamante e-book que me tocó hace unos meses en un sorteo y que, reconozco, no había usado ni para leer el Manual del Usuario.

Mi pérdida de virginidad e-lectora vino, pues, de la mano de Mario Vargas Llosa y su “Lituma en los Andes” que, si bien transcurría en paisajes andinos del Perú, estaba temática, cultural y paisajísticamente vinculada a ese norte de Argentina y Chile y, sobre todo, al sur de Bolivia que he descubierto estas pasadas semanas.

Tierra de volcanes, pasos de montaña aparentemente inaccesibles, infames pistas de tierra como únicas vías de comunicación y comunidades rurales endogámicas y aisladas en mitad de profundos valles cercados de picos de más de 5.000 metros, perpetuamente cargados de nieves.

El paisaje y el medio físico, inevitablemente, condicionan la vida de la gente, los pueblos y las comunidades. Y de los viajeros. Por haces del destino –y de una mala piedra en los riñones, o por ahí – me quedé un día varado en mitad de Bolivia, tirado en un camastro, en la habitación de un hotelucho, leyendo las desventuras de Lituma en los Andes. Y sentí como propias, cercanas y amenazantes muchas de las cosas que Vargas Llosa cuenta en un libro denso, polémico y adictivo.

Lituma es un cabo de la Guardia Civil peruana, costeño, destinado a un remoto puesto de montaña, en un pueblo serrano amenazado por Sendero Luminoso. La dureza de la vida en la montaña, el miedo, las contradicciones vitales y, sobre todo, las creencias y supersticiones andinas que rodean a Lituma hacen de su existencia poco menos que un infierno, tan incomprensible como inasumible, al modo del reverso tenebroso de “Doctor en Alaska”, pero en los Andes y en mitad de una de las espirales terroristas más siniestras en la historia de la humanidad, si puede haber gradación de la ignominia, el miedo y el terror.

La cantidad de recursos estilísticos que emplea Vargas Llosa para construir las diferentes narraciones que incluye “Lituma en los Andes”, los saltos en el tiempo, los recuerdos, las conversaciones, las leyendas, las referencias mitológicas, la actualización de antiguas tradiciones… hacen de la lectura del libro un festival para los sentidos, un puro goce literario.

Ahora bien, los que esperen corrección política… que se sienten y se armen de paciencia porque en “Lituma en los Andes” no hay ni gota. No me extraña que muchas de las críticas y reseñas del libro se ensañen contra la imagen que Vargas Llosa transmite de los aldeanos y los indígenas de las montañas, apegadas a sus costumbres (bárbaras), a los cultos antiguos (salvajes) y a las tradiciones (sangrientas) más apegadas a la tierra.

En aquel camastro del hotel de Uyuni, convaleciente, sentí la fuerza de los sacrificios a los Apus y la dureza, la complicación y la soledad de la vida en un pueblo de las sierras andinas.

Después llegaron los compañeros y la cosa cambió. Afortunadamente. Pero ésa es otra historia y, para entonces, ya había terminado de leer la fascinante “Lituma en los Andes”.

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.