Entre pitos y cláxones

Salí de casa un rato antes de las ocho de la mañana, camino del curro. Había más jaleo de pitos y de cláxones de lo habitual a esas horas, por lo que decidí cambiar mi ruta habitual e ir a olisquear un poco.

Mi gozo en un pozo: se trataba de una celosa madre de su camada que había soltado a sus cachorros lejos de la puerta de entrada al colegio y los seguía con el coche, a paso de tortuga, para asegurarse de que llegaban bien, provocando con ello la ira y el cabreo de decenas de conductores. Pero a ella, plim: hasta que no los vio entrar, siguió su lenta marcha, al son de la música de viento.

 

Reconozco que me hizo gracia la cosa, sorprendido por el cuajo y el morro que tienen algunos, pero también es cierto que me quedé un poco decepcionado por el poco lustre de aquella historia. Sobre todo porque, al cambiar mi recorrido de camino a la oficina, cuando llegué ya tenía una llamada sin contestar en el teléfono fijo.

 

No era nada urgente, que para eso están los móviles, pero el episodio me hizo reflexionar sobre una de las paridas favoritas que usan los gurús del buen rollo y los coach de la creatividad: si no varías tu recorrido habitual, si siempre vas a los sitios por los mismos caminos; es que eres un muermo, un aburrido y un huevo sin sal.

Y miren, no. La cosa no es así. Para ir al trabajo, a una cita o a un encuentro, elegimos el camino más corto posible, el que nos permite llegar con la mayor rapidez. Y no lo elegimos por carecer de sentido de la aventura. Es una cuestión de sentido común. Y de responsabilidad, claro. Y de buena educación. Y de respeto hacia los demás.

 

Es cierto que Ulises se entretuvo sus veinte años de nada, dando tumbos por el Mediterráneo, una vez que decidió volver a casa. Y que “La Odisea” mola mazo. Pero habría que preguntarles a Penélope y a Telémaco qué les pareció aquella excursión de su esposo y padre, entre cicones, lotófagos y cíclopes; haciéndole siempre caso a los cantos de sirena.

Así las cosas, hagamos un elogio de la normalidad y disfrutemos de nuestros tranquilos y previsibles recorridos habituales, huyendo de pitos y de cláxones.

 

Jesús Lens

El ombligo de Fiturlandia

El viernes, durante el espectáculo de “La vida moderna”, los tres cómicos fantaseaban sobre el escenario con lo que harían el sábado, que lo tenían libre gracias a una representación de “El lago de los cisnes” en el Palacio de Congresos.

Mientras Quequé, Broncano y Farray bromeaban, alguien del público les sugirió que fueran a la Alhambra. Broncano aprovechó para ironizar sobre el consejo: ¿mola la Alhambra? ¿De verdad es para tanto? Otro espectador, más vivo y original, apostilló: “¡La fábrica de cerveza, sí!”, y todos nos echamos a reír, por supuesto, Broncano incluido.

 

Déjenme que lo diga: estoy de Fitur hasta el colodrillo. ¿Cuántos días llevamos siendo bombardeados desde todos los medios de comunicación, incluidas las redes sociales de las decenas de desplazados a IFEMA, con las mismas propuestas turístico-culturales que tenemos en esos mismos medios a lo largo de todo el año?

Me he entretenido en leer y escuchar toda la opinión posible sobre el tema y la unanimidad es absoluta: ¿qué sentido tiene ir a Madrid a presentar la programación turística de la provincia de Granada a los medios de comunicación de Granada?

 

Si alguna vez fuera a Fitur, lo último que se me ocurriría es pasarme por el pabellón granadino, para que me cuenten las bondades de mi tierra. Me pasaría el día husmeando por otras latitudes, tratando de descubrir actividades y lugares nuevos, diferentes y originales.

 

¡Cuánto me habría gustado abrir las páginas del periódico y leer una doble página dedicada, por ejemplo, a la propuesta más curiosa que el periodista desplazado hubiera encontrado en cada una de las demás provincias andaluzas! Y no. No me valen las guías y folletos oficiales que hablan de las maravillas de la Alhambra, Sierra Nevada, la Giralda o la Mezquita. Me encantaría encontrar una mirada original que se detenga en actividades realmente novedosas y diferentes… y que no incluyan la palabra “bonita”, término recurrente y abusivo que ya tengo aborrecido.

En el creciente desapego hacia Andalucía como concepto, el provincianismo y el ombliguismo de citas como Fitur pueden tener mucha influencia. En vez de aprovechar para darnos a conocer un poco mejor unos vecinos a otros, no dejamos de mirar nuestro reflejo y de proclamar aquello de “Espejito, espejito: ¿quién es la más bella de este Reino?” Y, en cada provincia, la misma respuesta, faltaría más.

 

Jesús Lens

La risa es democracia

En estos tiempos de aburrida sobreprotección y rancia corrección política en los que… (aquí iba un chiste, posiblemente sin gracia, que iba a irritar a muchos lectores, por lo que he decidido suprimirlo en un ejercicio de mesura, también llamado autocensura) nada como un espectáculo de humor salvaje y deslenguado para dar rienda suelta al canalla burlón que todos llevamos dentro.

Esta mañana, en el Palacio de Congresos, dos mil ciudadanos van a protagonizar un radical ejercicio de democracia real y participativa. No. Por supuesto que no se trata de ningún acto organizado por un partido político, con afiliados, simpatizantes y figurantes ondeando banderitas y aplaudiendo a sus líderes a rabiar. Hablamos de “La vida moderna”, el espectáculo en vivo de tres bestias del humor: David Broncano, Ignatius Farray y Quequé.

En la gira de este año, los tres alegres cafres utilizan como leit motiv del show a la gente que se flipa demasiado. A partir de ahí, ponen a parir a todos los -ismos que ustedes se imaginen, del animalismo al feminismo, pasando por el nacionalismo y el terrorismo. Personalmente, me faltó una referencia al veganismo, el pasado viernes, pero tampoco se puede tener todo y al mismo tiempo por el precio de una entrada, ¿verdad?

Les decía que ver en directo “La vida moderna” es un sano e imprescindible ejercicio democrático porque habrá cosas que se digan en el escenario que chocarán con la ideología y la forma de pensar de los espectadores, pero se reirán. Hasta la carcajada y más allá. Y esa risa, salvaje y desprejuiciada, es la que nos hace libres.

También habrá momentos en los que determinados comentarios, chistes, chanzas y comportamientos, no harán ni pizca de gracia a determinadas personas. Y, sin embargo, no pasará nada: rictus serio, un comentario al compañero de asiento diciendo que se han pasado y, al minuto siguiente, una explosión de risa por otro asunto en el que, ahí sí, lo han clavado.

Lo gritaba Farray, mientras nos dispara balines de saliva a los pobres afortunados que teníamos la suerte de estar en primera fila -gracias, Sergio: qué puntazo, ¡NIÑOOOO!-. La democracia es tener la capacidad de escuchar bromas que atentan contra nuestras convicciones más íntimas… y descojonarnos de la risa. O no. Pero seguir allí, las posaderas en el asiento, convencidos de que el espectáculo debe continuar.

Jesús Lens

Dave Eggers como referente

Lo habitual es proclamar que nuestras grandes influencias son Homero, Cervantes, Joyce y, luego, algún escritor maldito, raro y perdido en la noche de los tiempos. Eso, y los poetas simbolistas franceses, los narradores rusos del siglo XIX y algún norteamericano, pero poco sospechoso de ser yanqui. ¡Qué duro y sacrificado, el postureo literario!

Dave Eggers

Yo les voy a confesar que, al margen de mi pasión por el Noir y, cada vez más, por la ciencia ficción distópica –ahí queda eso- soy un fervoroso lector de literatura de viajes. Y que, el escritor con el que me siento más generacionalmente conectado, es Dave Eggers, nacido en Boston, en 1970.

 

Fue durante la celebración del Día de las Librerías. Paseaba entre los anaqueles de Picasso cuando me topé con “Héroes de la frontera”, el penúltimo libro de Eggers, recién publicado en España. Con Eggers siempre tienes entre manos lo penúltimo: produce a un ritmo tan endiablado que, cuando nos llega la traducción de su última novela, en Estados Unidos ya ha publicado un nuevo reportaje, una nueva historia de no ficción, un cómic o una recopilación de sus artículos para McSweeney’s, la revista que él mismo fundó.

O se ha estrenado la película para la que ha escrito el guion. Que Eggers es un todoterreno que se maneja con solvencia en diferentes campos de la escritura y la comunicación.

 

De “Héroes de la frontera” ya les hablé a principios de año, cuando comentamos los riesgos de subir a Sierra Nevada, en invierno, como el que se va a dar un paseo por Puerta Real. Se trata de una novela muy poderosa sobre una madre que decide cambiar de vida y marcharse a Alaska, con sus hijos de corta edad, para emprender un viaje de descubrimiento sobre ella misma. Un viaje físico y a la vez interior, que resulta de lo más revelador.

 

Pero es que Egger también escribió “El círculo”, sobre los peligros de la hiperconexión. Y “Zeitoun”, sobre un refugiado de Oriente Medio que se convirtió en héroe en los días posteriores al Katrina, en Nueva Orleans. Y “Qué es el qué”, sobre los niños perdidos del Sudán, sobre las que ya escribí en su momento y de las que podéis saber más a través de los enlaces.

Como verán, se trata de un autor con visión global que habla de los temas más importantes que nos afectan a todos, como seres humanos que habitamos un lugar llamado mundo.

 

Jesús Lens

Lorca & Miró. Una performance

En realidad, es una performance. Lo del Centro Lorca, los cuatro millones de euros prestados –e impagados- por La Caixa a la Fundación lorquiana con el aval del Legado y la oscura e invisible transparencia que defienden a grito pelado el alcalde de Granada y la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía; es una performance que se va a prolongar durante diez años.

Diez años de performance ininterrumpida que situará a Granada en un puesto de vanguardia artística y que contribuirá a reforzar la candidatura de nuestra ciudad a la Capitalidad Cultural del 2031.

 

Una performance radical y surrealista que juega con el oxímoron como piedra angular del proyecto, combinando conceptos contradictorios como cláusulas secretas y transparencia o millones distraídos y cuentas claras. Una performance conceptual que invita al espectador a reflexionar sobre la dialéctica claridad-turbiedad, aunque haya almas insensibles que conjuguen otras expresiones como comulgar con ruedas de molino, aceptar pulpo como animal de compañía, tomadura de pelo y otras de tono más elevado, irreproducibles en esta columna.

Uno de los momentos más vibrantes de la performance llegará cuando, sobre el níveo blanco del Centro Lorca aparezca representada una preciosa estrella azul acompañada de dos puntos, amarillo y rojo. Las mismas almas insensibles antes nombradas dirán que es el logo de una entidad financiera, pero los espíritus más elevados responderán que no. Que se trata de una obra pictórica de Miró, artista al que Federico García Lorca admiraba con pasión.

 

La presencia de la estrella azul en todo lo referente al Centro Lorca, durante los próximos diez años y a cambio de 400.000 euros por ejercicio, podríamos enmarcarla en el proyecto “Sonámbulo”, por ejemplo. En palabras de su creador, Theodore Usher, “es una alegoría sobre la alegría y el misterio de la vida”. Un proyecto basado en un cortometraje animado, reinterpretación audiovisual del aclamado poema lorquiano “Romance Sonámbulo” que “juega con el lenguaje audiovisual de la misma manera en que Lorca con las palabras, y Miró con las formas y colores, dándoles textura, personalidad y un significado distinto en cada cuadro”.

 

¿Le parecerá al Consejero de Cultura de la Junta de Andalucía que, con esta explicación del despropósito lorquiano, hay suficiente altura de miras? Aunque, para algunos, lo que parece haber es hartura de miras… y es que hambre que espera hartura, no es hambre ninguna.

 

Jesús Lens