THE EVENT

Y como subtítulo. “Del pastiche elevado a la enésima potencia”.

Y es que los publicistas o los genios de la programación no parecen tener enmienda. Todavía no había terminado “Perdidos” cuando la llegada de “Flashforward” a la parrilla televisiva fue saludada como su innegable sucesora.

No aguantó una segunda temporada. Y mira que empezó bien… para terminar disolviéndose como un azucarillo en el café.

Ahora llega “The Event”, y algo se ha oído, en el sentido de que es lo que hay que ver una vez ¿desvelados? los enigmas del vuelo 815 de Oceanic. ¿Sí? ¿En serio? ¿De verdad? Como realmente podríamos definir a esta nueva serie, vistos los primeros cinco capítulos, sería como el paradigma del pastiche por excelencia.

Imagina que un día estás tomando unas birras con otro aficionado al cine y a la televisión del siglo XXI y te dijera que tiene una historia que sería como Expediente X, pero con un avión que desaparece, un ambientillo presidencial al estilo del Ala Oeste, pero trufado de “24” y unos toques de “El fugitivo”. ¿Qué le dirías? ¿Qué lo mandara a alguna productora yanqui o… que se lo hiciera ver?

“The event” demuestra que, como dijera Michelle Pfeifer en “El precio del poder”, nada satisface tanto como el exceso. Porque en esta serie todo es excesivo. Desde el buenismo/malismo de los personajes a las desaforadas tramas y subtramas, tan alejadas entre sí como el Barça y el Real Madrid del resto de equipos de la liga de fútbol profesional española.

Que no es que esté mal, la serie. O sea, no aburre y tiene momentos curiosos y espectaculares. La imagen del avión amenazando la residencia del Presidente de los EEUU es poderosa. Y lo de la gente retenida en Alaska, curioso. Sin embargo, la trama de Sean y su novia está tan cogida con pinzas que provoca sonrojo ajeno.

“The event” es la típica serie que dejas grabándose a lo largo de las semanas y de la que te ves dos o tres episodios un sábado a medio día o cuando estás apático y tienes ganas de entretenerte, sin complicarte la vida. Una serie que no estorba, de usar y tirar, que no pasará a la historia y que, por supuesto, no llena ni por asomo el vacío dejado en nuestras TVidas por la definitiva marcha de Jack, Sawyer y Locke.

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.

THAT`S LOST, FOLKS!

A ver. Voy a empezar por el principio y lo más importante, sin desvelar nada, para que los anti spoilers que aún no hayáis visto el final de «Perdidos» podáis leer este párrafo sin miedo alguno y, después, cambiar de página: ¡ME HA GUSTADO EL FINAL DE PERDIDOS! Y eso que, al final, no cumplí con lo que decía AQUÍ.

Sí.

 

Me ha gustado. Me ha encantado, incluso. De hecho, cualquier otro final no me hubiera gustado tanto.

 

Dicho lo cual, vamos a empezar a hablar de cosas que pueden condicionar el visionado final de «Perdidos». Porque, y eso creo que me ha beneficiado, escuchar tanta crítica furibunda contra su desenlace, leer los titulares con palabras como «fraude», «decepción», «frialdad» o «desencanto» ha hecho que, personalmente, el verlo unos días más tarde que todos, haya sido positivo.

 

Porque, y aquí ya empiezan los spoilers, efectivamente era el final que todos esperábamos. Y, por eso, el que nadie esperaba. Es decir, nada más empezar la serie y comenzar los sucesos paranormales en la isla, del oso polar al humo negro, todos pensamos, en un momento u otro, que los supervivientes del vuelo 815 de Oceanic no eran, en realidad, supervivientes sino muertos vivientes. O sea, muertos en el limbo que aún no han iniciado su último viaje y que, antes de descansar en paz, quieren jugar con sus amiguitos y disfrutar de alguna aventurilla que otra.

Pero luego llegaron la iniciativa Dharma, los Otros, Jacob, los saltos en el tiempo, Hume, Faraday… y comenzaron las teorías relativistas, científicas y tecnológicas. A partir de un momento, yo dejé de hacer cábalas. No intentaba adivinar hacia donde iría la serie. De hecho, se dice que los guionistas seguían los foros de opinión y cuando veían consensos en torno a alguna cuestión, pegaban un bandazo brutal, abriendo nuevos caminos para la acción, introduciendo o matando personajes a placer.

 

Llegar al final de «Perdidos» y volver al principio era, por tanto, la mejor de las opciones. La más válida. La más sencilla, pero también la más profunda. Y no voy a negar que me emocionó el encuentro de todos los protagonistas en la Iglesia. Bueno, de casi todos. Una comunión espiritual, después de ver la Luz, semejante a la que sentimos todos los seguidores de la serie, que ahora nos miramos y nos hacemos guiños cómplices. Porque «Perdidos» es, posiblemente, la última serie que se convertirá en un fenómeno global, dada la fracturación de audiencias que se ha producido en el universo catódico contemporáneo.

«Flashforward» lo intentó, parecía que iba a conseguirlo… y naufragó en el intento.

 

Los foros de Internet arden con todo tipo de explicaciones místicas y metafísicas sobre el final de Perdidos. Parece que la más ajustada a la realidad sería la de una conexión directa con la cosmogonía egipcia. Pero, personalmente, no me preocupa excesivamente si son Ra y Nefertiti los referentes utilizados por los guionistas o si el avión que unía Sidney con Los Ángeles es una especie de Barca de Caronte posmoderna.

 

Yo disfruté emocionándome con el final de «Perdidos». Con ese encuentro de todos los protagonistas. Confieso que me resultó inevitable echar la vista atrás y reflexionar sobre las cosas que me han pasado a lo largo de estos seis años, desde que me sorprendió descubrir a mi madre enganchada a una serie de televisión, en verano, en Carchuna: encuentros, desencuentros, pérdidas y hallazgos. Me invadió una serena melancolía y aquí estoy, ahora, compartiéndola con todos vosotros.

¿Cuándo volverá a ocurrir algo así con una serie de televisión?

 

Jesús Lens, Forever Lost.

IDIOMAS / IDIOTAS

La columna de hoy viernes en IDEAL, que parte de un tema sólo aparentemente banal, del que podemos saber más AQUÍ….

 

Dentro de unos días tendré que tomar una decisión. Os parecerá idiota, pero la comparto con los lectores porque, pienso, va un poco más allá de lo meramente aparente. En unas semanas, la Fox emitirá, «en directo», el último episodio de «Lost», de dos horas y media de duración. Y escribo «en directo» porque parece que la emisión se hará simultáneamente con Estados Unidos, en un inédito ejercicio de estreno planetario y global del cierre de una serie de televisión de la que se ha escrito, hablado y discutido hasta la saciedad.

La decisión, por tanto, es decidir si me uno a los millones de espectadores que verán el desenlace de «Perdidos» a la vez… o me espero a que el capítulo definitivo sea doblado y lo disfruto con las voces «españolas» de sus protagonistas. Porque, tras seis años con ellos, se me haría muy raro, de golpe y porrazo, escuchar a Hugo, Locke o Kate speaking in English.

Y lo que más me indigna, conmigo mismo, es que en teoría yo sé inglés. Además de por las famosas clases particulares, porque lo estudié en el colegio e instituto desde los seis hasta los dieciocho años de edad. Que ya está bien. ¡Doce años dedicados al estudio del inglés para, al final, no ser capaces ni de indicar a un guiri cómo se llega a la Catedral de Granada! Doce años. Se dice pronto. ¿Alguien se ha planteado cómo es posible mantener un sistema de aprendizaje de un idioma en el que, tras doce años de estudio, el común de los mortales es incapaz de mantener una conversación mínimamente seria con un hijo de la Gran Bretaña?

Lo curioso es que, con ejemplos como el de «Lost», resultará que, para aprender inglés, nuestra gran aliada va a ser la televisión. Los últimos índices de audiencia señalan que los canales temáticos a través de la TDT ya captan el 50% de la audiencia infantil. Apenas los padres se conciencien de que la televisión en VO es la más práctica de las herramientas para el conocimiento de un idioma, Pocoyó y Hanna Montana serán los mejores maestros de inglés de la chavalería. ¡Fijémonos en el ejemplo escandinavo, donde no existe el doblaje televisivo!

Y, entonces, podremos centrar los esfuerzos educativos en la enseñanza de un segundo idioma que, en Andalucía, proponen que sea… el portugués. Con todo el cariño del mundo por nuestros vecinos lusitanos, Lula da Silva, Cristiano Ronaldo y las Olimpiadas, ¿no sería mejor centrarse en el francés, con lo que uno podría viajar prácticamente por todo el mundo, entendiéndose con la gente?

Y, puestos a facilitar el entendimiento con nuestros vecinos, ¿no sería mucho más útil y productivo aprender árabe? Económica, histórica y culturalmente, España y el Magreb deberían estar felizmente condenados a entendernos. Y, para eso, conocer el idioma ayuda bastante… ¿no creen ustedes?

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.