Mabel Lozano y su incansable lucha contra la trata

Fue uno de los rostros más visibles de la noche de los Goya. Pero sobre todo y más importante: fue una de las voces que más alto y más claro pudimos escuchar al alzarse con el galardón al mejor corto documental por su impresionante ‘Biografía del cadáver de una mujer’, que está en Filmin. Si aún no lo vieron, dedíquenle los veinte minutos que dura. Serán de los mejor invertidos de la semana.

Trending topic en Twitter, sus palabras “tú solo ves la desnudez de sus cuerpos. ¡Míralas! De lo que están desnudas es de derechos” siguen retumbando en nuestros oídos y recorriendo hasta el último recoveco de nuestras conciencias. Y esta dedicatoria tan especial: “Este premio es muy importante para dar voz a miles de mujeres y niñas víctimas de trata sexual”.

Si en el pueblo de ‘Amanece que no es poco’ sentían devoción por Faulkner, en Granada Noir sentimos devoción, admiración y respeto por Mabel Lozano, una de las personas que más está haciendo por la consecución de una ley integral contra la trata sexual de mujeres y niñas. ¿Sus armas? El cine y la literatura, además de su carisma, su valentía y su férrea determinación.

Mabel Lozano en Granada Noir

Aunque ya voy tarde —mis disculpas, querida Mabel— este fin de semana leí de una sentada su libro más reciente: ‘PornoXplotation’, subtitulado como ‘La eXplosión de la gran adicción de nuestros tiempos’. Publicada por Alrevés, está escrito a cuatro manos con Pablo J. Conellie, policía, experto en trata y explotación de personas y Máster en ciberdelincuencia.

Se trata de un libro que comparte el estilo claro, ilustrativo y documental de su anterior obra, ‘El proxeneta’, del que tanto hablamos cuando hicimos entrega a Mabel del I Memorial Antonio Lozano hace un par de años. En ‘PornoXplotation’, Lozano y Conellie se adentran en el turbio mundo de la pornografía. Y lo hacen desde diversos puntos de vista: actores y actrices, padres de menores de edad captadas para la industria y compulsivos consumidores de estas imágenes.

Página 15. Habla una actriz de películas (supuestamente) para adultos: “¿Hubiera aceptado este ofrecimiento de hacer porno de tener una vida resuelta?, ¿una familia que me amara y protegiera? No. La pobreza es un arma contra las mujeres”. A partir de ahí, con tanta crudeza como rigor documental, iremos adentrándonos en el sórdido universo de una industria que mueve muchos millones de euros, la inmensa mayoría en B. Dinero negro, además de pútrido.

Descubriremos algunos de los trucos con los que los amos de la industria engañan a las chicas jóvenes y se convierten en sus dueños: “Si te portas bien, solo promocionaremos la escena que acabas de grabar en el extranjero. Si te pones muy tonta, la subiremos a internet y mañana toda España verá que ha nacido una estrella. Una nueva estrella del porno”.

‘PornoXplotation’ denuncia las peligrosas conexiones entre la pornografía, la trata y la prostitución y la precariedad de condiciones laborales, higiénicas y sanitarias en la que trabajan la mayoría de los implicados. “Yoli es un claro ejemplo de lo que dura la vida media de una actriz. No llega a los seis meses, ni mucho menos. No al menos sin acabar haciendo webcaming o prostituyéndose”. Denuncia, también, la relación entre la pornografía más dura, al alcance de cualquier joven con un móvil en la mano, y la proliferación de Manadas: “La pornografía prepara más para la violencia que para la sexualidad”.

Cuando lean el capítulo dedicado a Paula y a Pablo, hagan un alto en el camino y busquen —también está en Filmin— la película ‘Hardcore, un mundo oculto’, de Paul Schrader. Verán que lo que denuncian Lozano y Coneille en su libro viene ocurriendo desde hace mucho tiempo sin que nadie se atreva a ponerle el cascabel al gato. ¿No es hora, como mínimo, de echarle una pensada?

Jesús Lens

Ida Lupino, directora pionera del Noir

Dada la creciente cantidad de plataformas y canales temáticos que hay en nuestra vida, al comentar en las redes sociales las películas que veo, cito dónde se pueden ver para facilitar su búsqueda a los internautas.

De un tiempo a esta parte, para evitar que algún malintencionado piense que tengo intereses espurios —y por no resultar cansino, para qué nos vamos a engañar— cuando veo películas en Filmin, no lo explicito: en lo que llevamos de 2021, pueden haber caído treinta o cuarenta títulos de su ingente y inagotable catálogo.

Esta semana, sin embargo, debo agradecerle a la plataforma española que nos ofrezca la posibilidad de ver dos películas dirigidas por Ida Lupino, una mujer del Renacimiento a la que resulta imprescindible reivindicar. Nacida en Londres en 1918, sus padres eran actores de teatro, por lo que no resulta extraño que estudiara arte dramático. Su paso al profesionalismo, eso sí, resultó casual: acompañaba a su madre a una prueba cinematográfica y fue Ida la que salió con un papel debajo del brazo en 1932.

En 1934 se fue a Estados Unidos y, tras varios años interpretando personajes secundarios, en la década de los 40, Lupino saltó a los roles principales en cintas tan famosas como ‘El último refugio’, de Raoul Walsh, uno de los clásicos por excelencia del cine negro norteamericano.

Con su segundo marido y harta del sistema de estudios, Ida Lupino creó una productora a la que llamó nada menos que The Filmakers. Y quiso la casualidad que, a comienzos del rodaje de ‘Not Wanted’, el director elegido para rodar un guion de la propia Lupino sufriera un infarto. Aprovechando su experiencia no acreditada como directora en alguna película anterior, se hizo con las riendas de la filmación y a su rol de actriz, guionista y productora sumó el de directora.

En la década de los 50, Lupino dirigió varias películas. En concreto, las dos que podemos ver el Filmin datan de 1953, ambas interpretadas por Edmond O’Brien, un actor tan solvente como poco divo. En ‘El Bígamo’, el actor interpreta a un viajante de comercio a quien el destino sitúa en la tesitura que explicita el título. Lo interesante de la cinta no está, por tanto, en descubrir la condición de bígamo del protagonista, sino en saber cómo y por qué se casó con dos mujeres… y no estar loco. Hay que resaltar el tono semidocumental de la película, el rodaje en exteriores en las calles de San Francisco y de Los Ángeles y, sobre todo, el tratamiento adulto de cada uno de los personajes: todos tienen sus razones.

En poco más de una hora —Ida Lupino iba a lo mollar de la historia que quería contar y no se desviaba ni un ápice— se les coge enorme cariño a los tres personajes principales de una historia en la que se hace una velada crítica al capitalismo que exprime al ser humano al considerarlo, por encima de todo, ‘homo productor’, sin importar la soledad, el abandono y el desarraigo al que es sometido.

De ese mismo 1953 data ‘El autoestopista’, catalogada como la primera película de género negro dirigida por una mujer. Es otra cinta de menos de hora y media de duración y, esta sí, se recrea en los paisajes exteriores por los que circulan en coche los tres protagonistas: dos amigos que iban de pesca y son secuestrados por un psicópata, un asesino en serie al que recogen haciendo autostop.

Basada en hechos reales, se trata de un noir clásico que dinamita el sueño americano a manos de un ‘desperado’, un forajido de torva mirada que anticipa los horrores que sacudirían los cimientos de la sociedad estadounidense.

Jesús Lens

El auge de lo intangible

Les parecerá raro que, en pleno día 6 de enero, les hable de los regalos, pero las cosas han cambiado tanto que, incluso a estas horas y a pesar de su (hipotética) dejadez y abandono, usted todavía puede quedar como un rey. Para hacer buenos regalos de última hora ya no hace falta cerrar los grandes almacenes o desesperar siguiendo el rastro de ese paquete que viene por mensajería.

Cada vez se llevan más los regalos intangibles. Los que consisten en una dirección de correo electrónico y una clave de acceso. Porque la clave está ahí, en el acceso.

¿Cuántas suscripciones a plataformas televisivas se habrán regalado estas Navidades, a las puertas de la tercera ola de la pandemia? Cuesta trabajo imaginar el confinamiento sin Netflix, HBO, Disney o la maravillosa Filmin, el mejor autorregalo de los últimos años. De hecho, el pasado Viernes Negro aproveché una oferta para suscribirme por un precio irrisorio a FlixOlé, plataforma patria dedicada al cine español.

Si valoramos un regalo por su relación cantidad/precio, las suscripciones a plataformas televisivas arrasan: la cantidad de horas de disfrute que proporcionan por lo que cuestan, no tiene precio. Qué vemos o qué dejamos de ver es otra cuestión.

El gran problema de regalar suscripciones es lo poco que lucen al hacer la entrega. ¿Cómo vestir de forma vistosa una dirección de correo electrónico y una clave? Ese es el reto que deberían plantearse los expertos en marketing. Regalar el League Pass de la NBA con la clave dibujada a modo de grafiti en un balón de baloncesto, por ejemplo.

O regalar la suscripción a la edición digital de un periódico. ¿Habrá algo más útil y necesario en estos tiempos de infoxicación, bulos y noticias falsas? El problema es, de nuevo, el empaquetado. Le falta glamour, así en frío.

El auge de lo intangible es vertiginoso. Y los meses que tenemos por delante no harán sino abundar en esa dirección. Ojo, eso sí, con los vales. El año pasado regalé un ‘Vale por un viaje en Semana Santa a la Ruta de la Seda’ incluido en ‘La casa dorada de Samarcanda’ de Corto Maltés, y aquí nos tienen, del salón a la cocina y vuelta. Me salieron baratos los Reyes del 2020 y el cómic mola todo, pero todavía sigo con el regomello. Y si piensan regalar dinero, échenle un ojo a las criptomonedas. Lo mismo pegan un pelotazo.

Jesús Lens

Perder el tiempo

La vida es lo que ocurre mientras decidimos qué ver en cualquiera de las plataformas televisivas a las que estamos suscritos. Entre ocho y diez minutos dedicamos cada día a tan improbable tarea, según un estudio de Nielsen. Un cálculo realizado antes de tener acceso a la plataforma de Disney, con los multiversos de Marvel y el universo expandido de Star Wars.

Diez minutos diarios. Así expresado, no parece mucho. Pero lo es. Echen ustedes la cuenta y verán lo que suma a lo largo del año todo ese tiempo perdido… ¿en la nada más absoluta?

Es uno de mis temas recurrentes, lo reconozco, pero me van a permitir que insista. A medida que nos hacemos mayores comprendemos que, una vez cubiertos unos estándares económicos y materiales mínimos, la riqueza y la pobreza son más una cuestión de tiempo que de dinero.

No es más rico quien más propiedades acumula, sino quien más tiempo atesora para disfrutarlas. No es más afortunado quién más acceso tiene a bienes y servicios, sino el que dispone de más horas para disfrutarlos. ¿De qué sirve estar suscritos a todas las plataformas de streaming del mundo mundial, si terminamos quedándonos dormidos a los quince minutos del piloto de la última serie imprescindible de visionado obligatorio sin la que ya no podemos vivir?

Acabar extenuados todos los días y llegar al fin de semana hechos unos zorros para, después de hacer la compra semanal, darnos un atracón de series; no es vida.

O esa nueva tendencia culinaria, el batch cooking, que consiste en invertir parte de fin de semana en planificar y adelantar todas las comidas de la semana de forma que, en los días de diario, no sea necesario perder el tiempo cocinando. El ansia viva por ser productivos, o sea. Y con ello entraríamos en ese otro concepto impuesto por el capitalismo voraz: el tiempo de calidad.

De todas las formas posibles y hasta imposibles de perder el tiempo, dedicar diez minutos diarios a decidir qué ver en la tele podría parecer una de las más estúpidas, pero no lo es. Les confieso que me encanta echarle horas al directorio de Filmin para rememorar tanto cine clásico, visto y disfrutado tiempo ha. Recordar cuándo, cómo y con quién vi esos cientos de películas que están a golpe de OK en el mando a distancia. ¿Nostalgia? Quizá. O una forma de recordar un pasado analógico que ya no volverá.

Jesús Lens