Jesús Lens

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¡Quiero ver linces!

Hará un par de semanas les contaba que, necesitando desconectar de esta abrumadora realidad, empecé a pensar en animalitos. A rebufo de la lectura del genio del cómic Zerocalcare, les proponía pensar cuál sería su animal interior. Yo me pedí el oso y la tortuga.

Hace unos días me tocó de nuevo resonancia magnética y salí del tubo con un deseo: quiero ver linces. ¡Henchido de felinidad! Y como la vida es bella y tengo la suerte de estar rodeado de tantos y tan buenos amigos, mientras escribo estas líneas ya tengo un lince a la vista. ¡Y qué lince! Este sí que estaba en peligro de extinción.

¿Por qué, linces? Porque son animales prodigiosos con ADN andaluz, si me disculpan el nacionalismo. He intentado recordar la voz de Félix Rodríguez de la Fuente hablando del lince, pero sólo me vienen el eco del lobo, el oso y el lirón careto. Y no quiero buscar en internet para autoimplantarme falsos recuerdos. 

Al lince empecé a amarle desde que vi uno en el Zoo de Madrid, mirando en lontananza. Y nuestro idilio se consumó gracias a ‘El lince perdido’, la obra maestra de animación de mi admirado y querido Manuel Sicilia. Tiempo después, una mañana random de sábado en Sevilla, acabé en unos multicines viendo ‘Dehesa: el bosque del lince ibérico’, el documental de Joaquín Gutiérrez Acha. Al salir tenía ya esa idea implantada en el hipotálamo: quiero ver linces en libertad. 

¿Y qué me dicen de nuestra May R. Ayamonte, esa escritora portentosa, maestra del noir, que acaba de ganar el prestigiosísimo premio Edebé de Literatura Juvenil con ‘El maullido de la marisma’? Así lo contaba José Enrique Cabrero: ‘La novela, un canto a la conciencia ecológica y en defensa del lince ibérico’. Ya les avanzo que probablemente será protagonista principal de la próxima edición de nuestro festival Biotopías. Y que estoy loco por leerlo. ¡Muy loco!

Vuelvo a Félix Rodríguez de la Fuente y al capitán Cousteau. Para mí, la pervivencia del lobo, la ballena azul y el lince ibérico son la constatación de que la Humanidad, cuando quiere, puede. Porque la supervivencia del lince no ha sido nada fácil. Ni barata. Por la parte científica y de infraestructuras, incluidas las carreteras de nuestra Andalucía.

Que vivan los linces es algo que nos hace más humanos. Y tenemos que felicitarnos por ello. ¡Gracias!

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