Un prodigio llamado Anteto

Hace no mucho tiempo, hablando de baloncesto con Gonzalo Cappa, me comentaba que le gusta tanto la NBA que era capaz de ver partidos hasta de los Milwaukee Bucks. Aquello era mucho decir, que se trataba de uno de los peores equipos de la competición y, además, no tenía carisma alguno.

A estas horas, los Bucks son campeones de la NBA. Les confieso que me quedé en la Granada abrasada del pasado fin de semana para ver el decisivo Game 5 de las finales. Empezaron perdiendo 0-2 y ganaron 4-2. Inapelable.  ¿Por qué les cuento todo esto? Porque el artífice de la transformación de la franquicia de Wisconsin ha sido un jugador griego llamado Giannis y apellidado Antetokounmpo al que un compañero y colaborador de IDEAL, José Manuel Puertas, ha dedicado una monumental y premonitoria biografía. Subtitulada como ‘El MVP que surgió de la miseria’, está publicada por Ediciones JC, es de lectura obligatoria para todos los aficionados al baloncesto y muy recomendable para quienes no sean fans furibundos del deporte de la canasta.

Más allá de lo estrictamente deportivo, el libro de Puertas cuenta una historia con final feliz que, sin embargo, tenía todas las posibilidades de quebrarse en el camino. El padre de Anteto, inmigrante de los mal llamados ilegales, es un nigeriano que viajó a Grecia para buscarse la vida. Allí nacieron sus hijos, a los que trataba de sacar adelante en unas condiciones muy precarias. Y por ahí comienzan los contrastes que caracterizan la biografía de Anteto, con cinco chavales que viven en una de las capitales del igualmente mal llamado primer mundo, pero están al borde de la desnutrición.

En la biografía de uno de los mejores jugadores de baloncesto del mundo se cruzan personas magníficas con algún arribista que otro. En cualquier caso, el factor humano pesa por encima de todo. Las partes del libro sobre el fichaje de Anteto por el CAI Zaragoza o el secretismo con que los Bucks gestionaron su elección en el draft son dignas del mejor thriller de espionaje y tensión.

Y está la parte deportiva, claro. Lean el libro de Puertas para descubrir cómo el afortunado, que no casual, fichaje de un jugador en formación no solo cambia el rumbo de un club deportivo, sino el de una ciudad entera.

Jesús Lens

Las prisas de Marc Márquez

Es una máxima que siempre nos hemos aplicado quienes salimos a caminar por la montaña: paso a paso. Despacio. Piano, piano; como dicen en Italia. Pole pole, en swahili. Calmados. Sin prisas. Fue la frase más escuchada durante los días de ascenso al mítico Kilimanjaro, tantos años ha. Cada vez que nos veníamos arriba y empezábamos a caminar con más ligereza, el guía nos invitaba a ralentizar el ritmo: pole pole. Y así fue como conseguimos coronar el mítico Uhuru Peak, el Pico de la Libertad.

Más expeditivo era nuestro guía por el Atlas marroquí: durante la ascensión al Jbel Toubkal no dejaba de insistir: “tranquilo, tranquilo; que la prisa mata”. Me lo grabé a fuego aunque, en general, ya era poco amigo de bullas antes. Bastante tengo con ser embarullado y caótico como, para encima, ir a toda mecha.

Me acordaba de todo mientras leía el calvario por el que está pasando Marc Márquez, el campeonísimo de Moto GP, desde su accidente de Jerez. Se fracturó el húmero y pasó por el quirófano. Cuatro días después trató de volver a la competición. Fracasó en el intento. Para colmo, un accidente doméstico terminó de jorobar las cosas. A partir de ahí, todo ha ido de mal en peor y, además de perderse esta temporada, llegará tarde a la que viene. Y a saber en qué condiciones.

Marc Márquez trató de volver a toda mecha y se estampó, metafóricamente hablando. El más veloz sobre la moto, el más rápido de los circuitos, no tuvo la paciencia necesaria y se quedó en el dique seco. Las prisas no fueron buenas consejeras.

En unas declaraciones recientes, al piloto no le ha temblado el pulso a la hora de buscar un culpable: el médico que, según él, no le paró. El galeno que le permitió la machada de tratar de conducir una moto a toda velocidad cuatro días después de instalarle una placa de titanio en el brazo roto.

¡Ay, la historia, qué veleidosa puede llegar a ser! A la vista de todo lo que le ha pasado, Marc Márquez se muestra convencido de que aquello fue una temeridad. Un error. Que debió tener más cuidado. Más paciencia. Más sentido común, posiblemente. Una lección aprendida.

Porque con la experiencia acumulada, ni Marc Márquez ni el médico habrían repetido los errores y las precipitaciones que tan fatales consecuencias han tenido para el piloto.

Jesús Lens

Cerrar el rebrote

En baloncesto, los entrenadores tienen una máxima cuando trabajan la defensa: cerrar el rebote. Los rebotes no se cogen por saltar más alto, sino por expulsar a los rivales de la zona antes de que caiga el balón. Digamos que es más una cuestión de culo que de piernas.

Una vez pasado lo peor de la pandemia, el gran temor es el rebrote. Brotes de contagio de coronavirus se están dando, puntuales y localizados. Y se están controlando. El miedo es a un rebrote de la enfermedad que nos devuelva al peor escenario posible: el confinamiento general.

Para evitarlo, hay que hacer caso a las autoridades sanitarias y trabajar en lo de cerrar el rebrote, si me permiten el juego de palabras. Si son aficionados al baloncesto, estarán a acostumbrados a ver a esos pívots que cogen rebotes casi sin esforzarse. Pudiera parecer que el balón les cae en las manos por casualidad, como si tuvieran un imán. O un sexto sentido que les llevara, siempre, a estar situados en el punto exacto de la zona donde caerá el rechace.

Nada de todo ello es casual. Se entrena. Para cerrar el rebote, tiene que trabajar todo el equipo a la vez, bloqueando a los atacantes e impidiéndoles que entren en la zona. Además, los buenos pívots estudian a los rivales antes de los partidos y analizan su forma de lanzar para saber hacia donde hay más probabilidades que salga el balón rebotado, si no anota. Son inteligentes. Y decididos: tienen instinto reboteador. Hambre de balón.

Si han visto ustedes el documental sobre Jordan, sabrán de lo que hablo: Dennis Rodman era una máquina reboteadora porque, más allá de sus excentricidades, estudiaba a los rivales con precisión matemática. Después, se lanzaba por los balones con el cuchillo entre los dientes.

Para ser un buen reboteador también son necesarias unas buenas condiciones atléticas y medir el timing de salto. Y está la suerte, claro. Pero las claves para cerrar el rebote son: el trabajo en equipo, el estudio estadístico, la inteligencia y la actitud. A partir de esas premisas básicas entran en juego el resto de factores, pero siempre tendrán una incidencia mucho menor en el cómputo global de un partido que el trabajo bien hecho.

Si queremos evitar un rebrote de la pandemia, jugamos todos: mascarillas, distanciamiento social, manos limpias y comunicación de los síntomas en tiempo real. Afortunadamente, no se nos exige ser Dennis Rodman para cerrar este rebrote.

Jesús Lens

Presupuesto sin público

Veo analogías entre el acuerdo para la aprobación de un presupuesto municipal, por primera vez en cinco años, y la decisión de reanudar sin público las competiciones deportivas de alto nivel.

Hablemos de baloncesto, que sobre el fútbol ya está todo dicho. La NBA ha aprobado, con un discordante voto en contra, volver a la competición en unas condiciones extrañas: solo participarán 22 equipos, concentrados en Disneyworld. Disputarán ocho partidos de temporada regular, un play-in para resolver la octava plaza en juego y los play-off de toda la vida. En plena canícula y en pabellones sin público, por supuesto.

Ante este acuerdo, cabe adoptar tres actitudes: renegar de él y no seguir la competición, aceptarlo a regañadientes y pasarse los próximos meses quejándose y rezongando, o adaptarse a las circunstancias y disfrutar del juego lo máximo posible. Hay razones fundamentadas y sólidos argumentos para mantener y defender las tres actitudes. Ya depende de cada uno.

En Granada, fruto de la negociación y la transacción, se ha consensuado, ¡por fin!, un presupuesto municipal. Seguro que no es el mejor posible, aunque ponerse de acuerdo en algo tan subjetivo resulta imposible. No hay más que ver las críticas vertidas por Unidas Podemos, formación para la que el presupuesto no es lo suficientemente progresista ni socialmente comprometido; y por Vox, que lo tacha de presupuesto socialista.

Entre lo óptimo y lo mejor, noble aspiración del ser humano en todos y cada uno de sus desempeños, está lo sencillamente bueno, que suele ser lo posible… y lo ejecutable.

He leído con sumo interés las entrevistas de Pablo Rodríguez a los muñidores del acuerdo para el futuro presupuesto municipal. En las respuestas de Paco Cuenca, César Díaz y Manuel Olivares había tanta cautela como mesura y sentido común. Justo lo que se espera de los políticos encargados de gestionar la res publica y lo que tanto se echa de menos en la política contemporánea. (Sobre ese tema escribí esta columna en IDEAL hace unos días)

Al margen de los codazos para estar —o no— en la foto; me ha gustado la alusión de los portavoces al ímprobo trabajo en equipo de los técnicos municipales en este proceso y a la labor en la sombra y fuera de foco de Luis González, el concejal encargado de los números en el Ayuntamiento de Granada.

El 31 de julio vuelve la NBA. La afición no rugirá en las gradas ni lucirá los colores de sus equipos y ya no veremos a Stephen Curry este año. Una pena. Pero la vida sigue. Afortunadamente.

Jesús Lens

Por fin vuelve el fútbol

Qué bueno que vuelva el fútbol. Si por mí fuera, y con permiso de la musculatura de los jugadores, empezaría el próximo fin de semana: de todas las medidas de la desescalada, esta es trascendental.

Desde que se paralizaron la Liga, Champion’s y demás competiciones futbolísticas, esto es un no vivir, con miles de vocacionales entrenadores de barra de bar mutados en epidemiólogos, sociólogos y politólogos.

Los kilovatios de energía diariamente empleados en discutir de fútbol se canalizaron hacia temas como el control de la pandemia, la gestión del estado de alarma y las fases de desescalada. Lo que hubiera estado muy bien… si no se estuvieran tratando con el incendiario forofismo partidista con el que habitualmente se habla de deporte.

A mí, el fútbol, me trae al pairo. Me resulta indiferente desde hace años. Sin embargo, cada vez que un intelectual (o aspirante a) suelta lo de que es el opio del pueblo, me sale sarpullido. Nunca he entendido la supuesta superioridad moral del que invierte dos horas en ver una película rumana en VOS sobre el que disfruta de un partido del Granada C.F. Esa necesidad permanente de descalificar al otro. ¡Cómo si fuese incompatible ver deporte con ser un buen lector!

“Es que hay mucha gente para la que lo único importante en la vida es el fútbol, que le tiene el seso sorbido”. ¡Pues muy bien! ¡Allá ella! Mejor que esa encendida pasión forofista se canalice a través del balón en vez de derivarse hacia cuestiones sanitarias o científicas. Mejor que se cuestionen las alineaciones, tácticas y cambios realizados por el entrenador del Real Madrid que las actuaciones y recomendaciones del secretario general de la OMS.

Y no porque considere infalible a la OMS o al doctor Simón, sino porque las opiniones de Fulano, Mengano y Zutano sobre cómo afectan las mutaciones del virus a la gestión de la pandemia tienen tanto fundamento y utilidad práctica como mis pronósticos para la Quiniela.

Sostenía Von Clausewitz que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Consideraba la guerra moderna como un acto político, confiriéndole un preocupante elemento racional. Además, los otros dos elementos de la guerra serían el odio, la enemistad y la violencia primitiva por una parte; y el juego del azar y las probabilidades, por otro.

¿No es mucho mejor que la continuación de la política por otros medios acabe en el fútbol, absorbiendo el atávico primitivismo del ser humano y la excitante aleatoriedad nerviosa que provoca el juego?

Jesús Lens