“Cuando cumplió los quince años, estalla todo. Nos pasó por encima un tren. Llegamos a tener miedo de nuestro hijo”

 

 

 

 

Buenas, soy Emilio Calatayud. La vida sigue. Gracias a los que han entendido lo que quise decir en la ‘tele’ y gracias también a los que lo han criticado. En cuanto a los que me han insultado, espero que el desahogo les haya servido para relajarse y, al llegar a casa, hayan dado un abrazo a sus parejas o sus hijos. No hay mal que bien no venga. A lo que vamos. El otro día, Carlos Morán entrevistó a unos padres que han sido maltratados por su hijo menor de edad. Al final, no les quedó otra que denunciarlo y el chico acabó encerrado en un centro para menores infractores. Esta es su historia.

El hijo de Pablo y Clara (no son sus verdaderos nombres) siempre había sido un tanto testarudo. Aparentemente, nada grave. Todo apuntaba a que iba a ser un ‘superviviente’ de la adolescencia, esa fase en la que los niños transitan hacia la madurez entre convulsiones hormonales y cambios de conducta. Pero algo se torció y el chico se convirtió en un «tsunami», en un maremoto. «Llegamos a tener miedo de nuestro hijo», admiten Pablo y Clara, que tuvieron que cruzar la dolorosa frontera de denunciar ante la justicia a su propio vástago. Lo que sigue es la historia de cómo salieron a flote tras el hundimiento. Han querido contarlo para ayudar a otros padres que estén siendo víctimas de la violencia de sus hijos.

-(Pablo) Cuando cumplió los quince años, estalla todo. Nos pasó por encima un tren y todavía lo estoy buscando. Era un niño desconocido: irrespetuoso, desagradable, maleducado…

(Pablo) Se dio cuenta de que con la fuerza conseguía más cosas. Se levantaba con genio y daba portazos y puñetazos en las puertas. Y su madre se me venía más abajo. Y yo me veía en la tesitura de atenderla a ella o seguir con las imposiciones hacia él. Y me volví a equivocar, porque ella podía recuperarse en otro momento y teníamos que haber atajado lo que estaba haciendo él. Total, que cada día fue cogiendo más fuerza y llegó un momento en que se hizo ingobernable.

-(Clara) Dejó el fútbol, abandonó los estudios… Fue como un tsunami.

-(Pablo) Dando bandazos de un lado para otro, me encontré con un profesional que me dijo: ‘Su hijo tiene una enfermedad grave y debe llevarlo al mejor hospital, que en su caso es la fiscalía y los juzgados de Menores’. Me quedé… Tiene que haber otras soluciones, me decía. Esto no puede ser. Es muy difícil dar el paso de denunciar. A nosotros nos empujó un buen amigo que incluso vino con nosotros a la fiscalía. Pero es que no había otra solución. Y lo denunciamos. Le pusieron una libertad vigilada hasta que saliera el juicio, pero, a partir de ese momento, el odio hacia nosotros fue inmenso.

-(Clara) Fue a peor. Llegamos a tener miedo de nuestro hijo. Fue muy traumático. Iba a los controles de consumo de marihuana que incluía la libertad vigilada, pero nunca dio negativo. Cambió su aspecto. Rompió con todo. Quitó de su habitación los pocos objetos que conservaba de la infancia. Era un auténtico desconocido para nosotros.

-(Pablo) Y hablando con la educadora, nos convencimos de que había que dar el último paso: pedir que lo encerraran.

-(Pablo) En los permisos que ha tenido ha venido mejor. De momento, él acata cualquier decisión nuestra. Un ‘no’ es un ‘no’. Cuando hay una hora, es esa hora y no se la salta. El primer día que entró en el centro no quiso hablar con nosotros. Decía que estaba muy enfadado con nosotros, pero la educadora nos dijo que nosotros teníamos que estar más enfadados con él. Poco después, nos llamó, pero siendo el mismo prepotente que era. Pero ya a las dos semanas, volvió a llamar y noté un cambio. Reconoció que se había equivocado en todo, que nos echaba de menos… Fue una llamada de arrepentimiento, que era algo que no había hecho hasta entonces. Y ya cuando le hicimos una visita, aquello fue impresionante. Se sinceró… Fue una entrevista muy gratificante para todos. Vimos que la persona que había sido un monstruo estaba cambiando. Lloramos mucho los tres.

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