No hay que ser amigos de nuestros hijos… y tampoco de los amigos de nuestros hijos

Buenas, soy Emilio Calatayud. Siempre digo que no tenemos que ser amigos ni coleguitas  de nuestros hijos porque somos sus padres y, entonces, se quedarían huérfanos. Todo esto viene a cuento de una conversación que escuché el otro día en un ‘súper’ cuando estaba haciendo las labores propias de mi sexo. Una mamá joven, de poco más de cuarenta, le cuenta a otra de su misma quinta. “Nada, que mi niño se está haciendo mayor y me cuenta cosas de las chicas y tal, y me río un montón con él. Pero es que también me río con sus amigos. Tienen unas cosas. Me piden consejo y todo: ‘Oye, tía, que os gusta a las tías que os digamos y hagamos’. Yo es que me parto con ellos”.

Moraleja: No debemos ser amigos de nuestros hijos… y tampoco amigos de los amigos de nuestros hijos”. Con cariño y respeto, pero hay que mantener las distancias.  ¿¡Qué es eso de llamar ‘tia’ a la madre de una amiga y tratarla como si fuera una coleguita del insti!? ¿Estamos tontos? ¿Cuándo perdimos el norte?

Niños crecientes, pantalones menguantes, y sin dobladillo y rotos, para que no tengan que esforzarse en romperlos

Buenas, soy Emilio Calatayud. Hace poco hablábamos de que los piojos, ¡los piojos de nuestra infancia!, se han convertido en un negocio. Pero es que todo es ya un negocio. Me cuenta una madre que no gana para comprarle pantalones a sus hijos. Y me lo explica: desde que los niños españoles empezaron a equipararse en altura a los alemanes -antes éramos muy chicos para Europa- tiene que comprarles pantalones casi cada mes. La razón: la industria ya no hace pantalones con el célebre dobladillo, que se podía meter o alargar a conveniencia. Ahora no llevan ni un centímetro más de tela, así que en cuanto el niño o la niña crecen, que es cada dos por tres, hay que comprarles otros nuevos.

Y, por supuesto, las rodilleras y las coderas para remendar los rotos y alargar la vida de la ropa pasaron a la historia. Es más, ahora te venden los pantalones ya rotos para que los niños no tengan que esforzarse en rasparlos.

¿Deberes sí o deberes no? Término medio y siempre teniendo en cuenta la libertad de los padres, los coles y los maestros

Buenas, soy Emilio Calatayud. Hay una cierta polémica, que por otra parte no es nueva, sobre los deberes escolares. Hay asociaciones de padres que están pidiendo directamente que se prohíban e incluso han planteado la posibilidad de convocar una huelga de deberes para el próximo mes de noviembre. Es una postura respetable, pero en esto de los deberes yo siempre apuesto por el término medio: a un niño de seis o siete años no le puedes poner dos horas diarias de deberes porque tiene que jugar. Eso está claro. Pero un chaval que está en Segundo de Bachiller y quiere ir a la universidad o hacer un grado superior pues igual sí que tiene que echar dos horas diarias para estar preparado, que luego pegan el salto y se encuentran con la sorpresa de que tienen lagunas.

Y también hay que tener en cuenta la libertad de elección de los padres. Porque igual hay padres que tienen hijos que se portan mal y quieren que tengan deberes. A mí mis padres, después de suspenderlo todo,  me mandaron al ‘reformatorio’ para pijos de Campillos, Málaga, para que hiciera todos los deberes del mundo. Creyeron que era lo mejor para mí y acertaron.

Y luego está la libertad de los centros escolares para acordar si mandan deberes o no. Que usted no quiere que su hijo haga deberes, pues elija un centro que ofrezca esa posibilidad, y viceversa.

Y, sobre todo, está la libertad de los maestros para decidir si ponen deberes o no. No vaya a ser que acabemos por dañar la autoridad de los maestros imponiendo prohibiciones. Término medio y sentido común.

¿Cuál es el principal síntoma de que ha empezado el curso escolar?: que todos los niños y algunos padres tienen piojos

Buenas, soy Emilio Calatayud. El principal síntoma de que ha empezado el curso escolar no es que haya más atascos de tráfico -que también- o que no haya niños en la calle por la mañana-: la evidencia más clara es que todos tenemos piojos: los hijos y también algunos padres -se libran los calvos-. Los piojos son además muy democráticos e igualitarios: están presentes en los colegios de pijos y en los que no son de pijos. Aunque haya quien lo niegue, esto es así. Y también era así. Cuando yo era chico, también había unas epidemias de piojos de padre y señor mío. Entonces nos pelaban al cero y a correr. Ahora ya hay miles de potingues, cremas y lociones. Incluso hay un aparato que los electrocuta, según me cuentan algunas madres. Conclusión: los piojos, además de una plaga, son un buen negocio. Es hablar de esto y ya me está picando la cabeza, ja. ja, ja…