Al borde del mar

Vuelvo a Salobreña. Esta tarde culminamos la quinta edición de Granada Noir con una charla en su Auditorio de la Villa, gracias a la colaboración de la Diputación de Granada. Estoy nervioso, lo confieso. Aunque bajo con asiduidad a la localidad costera, donde tengo muchos y buenos amigos, hace mucho tiempo que no ‘actúo’ allí, y la responsabilidad es máxima.

Uno de los recursos utilizados por los coaches de desarrollo personal para encorajinar a ponentes y conferenciantes es decirles que ellos saben más que el público y que, por tanto, no deben sentir miedo escénico. Pero eso no es verdad. Hace un par de días, en Víznar, el público que asistió a nuestra charla sobre la provincia de Granada como escenario del Noir lo sabía todo sobre las películas, libros y cómics de los que hablamos. Y hoy, en Salobreña, los espectadores también serán muy exigentes.

Salobreña es uno de los focos creativos de nuestra provincia, imán para la gente de la cultura, gracias a un clima agradecido y un entorno favorable, entre el mar y las casas del Casco Antiguo encaramándose hasta lo alto del castillo.

Leo con angustia el titular de IDEAL: ‘El nivel del mar podría subir en Granada 40 centímetros en los próximos 20 años’. ¿Cómo afectará a Salobreña o a mi igualmente querida Chucha, situadas al borde del Mediterráneo? Hablamos de una posible subida de más de un metro para 2100…

Foto: Javier Martín

 

Con este tema pasa como con lo de Pedro y el lobo: llevamos tanto tiempo escuchando hablar de ello que nos cuesta trabajo prestarle atención. Y mucho menos, hacerle caso a las advertencias de los expertos y actuar en consecuencia.

Oscilamos entre el catastrofismo de los unos y el negacionismo de los otros. Los datos y las series históricas, sin embargo, nos dicen que el cambio climático es incuestionable y que avanza a una velocidad mayor de lo que nos gustaría admitir. Que ya se esté montando el árbol de Navidad más grande de Europa, mientras seguimos al borde de la insolación, por ejemplo, debería darnos una pista.

Jesús Lens

Y de repente, la niebla

El reto era simple: aprovechar el puente de Andalucía -auténtico eufemismo para los autónomos- y largarme cuatro días a la playa con el único propósito de dormir, leer… y disfrutar de las maravillosas puestas de sol invernales en el Cabo Sacratif.

Cuatro días para vibrar con el vértigo y la adrenalina de las casi 1.000 páginas de “La Frontera”, el desenlace de la Trilogía del Narco de Don Winslow, uno de los monumentos literarios del siglo XXI, publicada por Harper Collins el mismo 28 de febrero.

Ayer domingo me levanté temprano y, como todos estos días, me di un paseo para comprar el periódico y desayunar en el Camping Don Cactus, uno de los clásicos de la Costa Tropical. El cielo estaba raso, el sol brillaba con fuerza y no se movía una brizna de viento. El concepto de privilegio alcanza, en días así, una dimensión diferente. La sencillez convertida en lujo asiático.

Sobre todo cuando, a mitad de camino, Daniel me advirtió que mirara al mar: había revoloteo de agua y… ¡voilá! ¡El salto de un delfín! Hizo una cabriola y volvió a sumergirse. Y así siguió un buen rato, jugueteando mientras nos brindaba un soberbio espectáculo.

Hacía meses que no bajaba a la playa. Un sinsentido, con lo cerca que la tenemos. Leí junto a la orilla del mar hasta mediodía, conjurándome con mi hermano para, nada más terminar de comer, remar unos kilómetros con la piragua.

Estábamos almorzando cuando, de repente, un espeso banco de niebla salió del mar y ocultó el sol. Era como una película de terror gótico. Aun así, nos hicimos a las aguas. Fuimos remando sin alejarnos de la orilla para no perder la referencia visual de la costa. No tardamos en llegar al cabo Sacratif. Las gaviotas gritaban a nuestro paso y los jirones de niebla cubrían las rocas. Ni el faro éramos capaces de ver.

Fue una sensación onírica y surreal. Lo mismo podíamos estar en Carchuna que bajo los acantilados de Moher, escuchando el agua batir contra la piedra. Podíamos estar en Escocia, en Cornualles o navegando por un fiordo noruego.

Un domingo cualquiera, transportados a otra dimensión gracias a la niebla… y a nuestra proverbial fantasía, faltaría más.

Jesús Lens

Mediterráneo desencadenado

Amanece el domingo calmo y tranquilo en la playa de La Chucha. Tórtolas, chorlitejos y patinegros se desperezan mientras nos dan los buenos días, revoloteando entre las ramas de los pinos, aguacates e higueras. El viento de Poniente se ha calmado, pero el mar sigue rugiendo, todavía alborotado tras el temporal del sábado.

Segundo fin de semana de septiembre, previo a la vuelta al cole de los niños. Último fin de semana del posverano, por tanto.

 

El sábado salí a caminar temprano, al borde del mar. Empezaba a soplar el Poniente, pero el Mediterráneo parecía un plato liso, azul entreverado con el dorado del primer sol de la mañana. En unos minutos, empezó a picarse, con los borreguillos blancos acariciando la superficie del agua, cada vez más encrespada.

 

Cuando salí de desayunar del cámping Don Cactus, ya se había liado: el viento me empujaba a la contra mientras caminaba el último kilómetro de vuelta a La Chucha, y las olas se habían apoderado del mar, agitándolo y revolviéndolo desde lo más profundo.

 

Entonces empezó lo bueno.

Ni me acuerdo de cuánto tiempo hacía que no disfrutaba de un buen temporal de Poniente en nuestra costa. ¡Qué sensación, volver a sentir la fuerza desatada del mar haciendo lo que quiere con tu cuerpo, tratándolo como a un pelele desmadedajo, sacudiéndolo y agitándolo, tirando de él hacia dentro… antes de escupirlo, rendido, a la orilla de la playa!

 

A mi hermano Jose, a Eduardo, a Daniel, a Sergio y a mí nos gustan las olas. Nos flipan. Nos hemos criado en esta playa y la conocemos bien. Sabemos que, en cuanto la corriente nos lleva hasta las banderas del quiosco de Lidia, hay que salir del agua: más allá, los reflujos son peligrosos y te chupan hacia dentro.

 

Es un buen ejercicio, salir del agua, caminar unos minutos contra el viento por la orilla del mar, con el agua entorpeciendo el paso, para lanzarte a las olas y disfrutar de apenas cien escasos segundos de su vaivén y su trajín, de su energía y su fuerza desencadenadas.

 

Después, cansado y con una deliciosa sensación de vértigo, sales del mar, te secas con la toalla y te sientas a ver un rato a los surferos que, en la parte del gran rompeolas, cabalgan las olas con sus tablas, erigiéndose en demidioses capaces de caminar sobre las aguas. Un espectáculo, verles en sus arremetidas y galopadas, domando la fiereza del mar.

 

La mente, ahíta de emociones, empieza a llevarte por otros derroteros. Con la adrenalina aún corriendo por tu cuerpo, te acuerdas de los huracanes que, a estas mismas horas, azotan el continente americano. Y ya no es tan divertido, pensar en la fuerza de la naturaleza desbocada.

Y te acuerdas, inevitablemente, de las miles de personas que se dejan su vida en el Mediterráneo, ahogadas, en mitad de una travesía a vida o muerte que, huyendo del hambre, la guerra y la miseria; nada tiene de divertido.

 

Jesús Lens

No se ahoguen, por favor

¿Qué es más peligroso, una pistola o una piscina? El economista Steven D. Levitt nos hacía esa pregunta en “Freakonomics”, un apasionante libro que cuestiona, con datos y estadísticas, algunas de esas verdades impuestas por la sabiduría popular o la lógica aplastante. Lógica y sabiduría que resultan ser más falsas que las promesas de un político en campaña electoral.

freakonomics

La noche del pasado viernes, tomando una sangría en la casa de Isa y Eduardo, alcaldes oficiosos de La Chucha, hablábamos del mar. De su grandeza… y de las trampas que albergan sus olas, corrientes y resacas. Y a ello dedico mi columna de hoy en IDEAL.

Todos los que nos hemos criado a la orilla del mar lo respetamos profundamente. Sabemos que, cuando se encabrita, puede ser terrible. Y sabemos, sobre todo, que al mar hay que conocerlo. Que cada playa tiene una personalidad propia y definida. Que, mientras aquí el levante es inocuo, en la playa de al lado, a menos de un kilómetro, puede ser letal. Y que dentro de una misma playa, el mar se comporta de forma radicalmente distinta en distancias de menos de diez metros.

La Chucha.  Foto: Granada Natural
La Chucha.
Foto: Granada Natural

Viene todo esto a cuenta de un dato estremecedor: en lo que va de año, se han ahogado 47 personas en Andalucía, un 23,7% más que en 2015. Si todas las muertes son trágicas y luctuosas,  un ahogamiento resulta especialmente cruel cuando una persona que va a disfrutar de un día de descanso, relax y asueto, lo que termina encontrando es la muerte, debajo de las aguas.

Por favor: prudencia. Hagan caso a las señalizaciones de los socorristas, por mucho que, a simple vista, el mar no parezca especialmente peligroso. Y mucho ojo con esos ríos, en apariencia divertidos y juguetones: un mal paso o un deslizamiento inoportuno y un pequeño rápido se puede  convertir en un infierno.

Ahogarse

Y, sobre todo, que los niños aprendan a nadar. Todos. Aunque vivan en ciudades y pueblos del interior. Que nuestros cachorros aprendan a defenderse en el agua desde su más tierna infancia: de todos los regalos que se le pueden hacer a una persona, el de la natación, además de ser para siempre, puede salvarle la vida. Porque, y aunque la lógica parezca indicar lo contrario, una piscina sin vallar es infinitamente más peligrosa para un niño que la presencia de una pistola en una casa. Científica y estadísticamente demostrado.

Jesús Lens

Twitter Lens

Banderas de nuestros padres

Cae la tarde a orillas del Mediterráneo, en la Chucha. Escribo esta columna para IDEAL sentado frente al mar, en una de las escasas tres playas granadinas que, este año, se han hecho acreedoras de la ansiada Bandera Azul.

Bandera azul

Cualquiera que se asome a la Chucha verá que la playa no es ninguna joya, precisamente. Aunque este año hay más chinorro y algo parecido a la arena, de forma que entrar en el agua no se convierte en un deporte de riesgo para tobillos, tendones y articulaciones. El agua, fresquita, está deliciosa. Algo sucia en la orilla, pero con nadar unos metros, el baño resulta maravilloso.

Empiezan a subir las olas. Mis sobrinas Julia y Carmela, aunque son pececillos, le dicen a mi hermano que se meta con ellas en el agua. Así se sienten más seguras a la hora de coger olas. Giro la cabeza y busco con la mirada la torre de los vigilantes de la playa. Vacía. Y ninguna bandera ondeando, ni verde, ni amarilla, ni roja. Nos acercamos a mitad de julio y, de momento, el servicio de vigilancia está desierto. Dicen que para el quince estará contratado. Dicen.

Eran otros tiempos...
Eran otros tiempos…

Lo paradójico del asunto es que una de las razones por las que Carchuna tiene concedida la Bandera Azul es por el servicio de atención sanitaria y socorro a los bañistas. En fin…

Personalmente, me preocupa poco. En Carchuna estamos acostumbrados a que, cuando sopla el temporal de Poniente, los chavales se hacen a las aguas, con sus tablas, en busca de olas que cabalgar. Siguen una inveterada tradición que arrancamos los más veteranos. En los años 70 y 80 del pasado siglo, cuando el surf era algo que solo se veía en las películas, los chucheros nos hacíamos a las aguas, en mitad de los temporales, y cogíamos las olas con el cuerpo. Ahora, a eso se le llama Body Surf. Para nosotros, coger olas, sencillamente.

Olas en el mar

Los mayores enseñábamos a los más pequeños, siempre atentos y vigilantes para que no fueran arrastrados por la corriente. Sin neoprenos, salíamos del agua tiritando, helados de frío. Pero felices y contentos, tras habernos enfrentado al mar furioso.

Con esto de los recortes, la vida contemporánea empieza a parecerse a lo que fue, hace décadas. Pero, más allá de lo poético que resulta volver a las raíces, debería darnos que pensar.

Jesús Lens