SELVA

Esta entrada ENUMI, es muy especial. La Entrada Número Mil de esta Bitácora, Pateando el Mundo, que aúna buena parte de esas cosas que tanto me gustan. Espero que os guste. 

 

 
Para El Elegido.
Y para su Mami.
 

La selva era tan frondosa como impenetrable, pero a esas horas de la madrugada todavía se mostraba silenciosa. Como todos los días, aún no había salido el sol cuando Sikial dejó el lecho que compartía con su hijo, Kukulkán, para asearse, ordenar el pequeño cubículo en que ambos vivían, solos, y preparar el cacao que tanto gustaba al niño.


 
Salió de la cabaña y fue por agua. La selva empezaba a despertar. Ya se escuchaba el griterío de las crías de las aves pidiendo el desayuno a sus progenitores. Los monos y los macacos comenzaban a chillar, jugueteando entre las ramas de los árboles y los jaguares rugían, hambrientos.
 
Sikial estaba enjuagando ropa en la orilla del río cuando el primer rayo de sol que conseguía atravesar la tupida maraña arbórea le acarició la piel. Se puso de pie y se giró para recibir esa luz que siempre había considerado un regalo del cielo. Alta y esbelta, morena, bella y hermosa como sólo una diosa puede serlo, cerró sus ojos, de un verde tan abisal como el de la selva, su selva, y disfrutó de las caricias con que el astro rey la agasajaba aquella mañana. Un sol que hizo brillar con fuerza la figura del Cóndor que llevaba tatuado en su mano derecha.
 
De repente, los pájaros callaron, los monos enmudecieron, cesó el zumbido de los insectos y la selva quedó sumida en un imposible silencio. Un espasmo recorrió la espalda de Sikial: ya no la acariciaba el sol. ¿Había llegado la época de lluvias? No. No era eso. Empezó a hacer frío. Mucho frío. Y el sol, sencillamente, desapareció. Cuando no hacía ni una hora que había amanecido, volvía a ser de noche. Y Sikial corrió a su cabaña, para abrazar a Kukulkán.
 
A esa misma hora, pero a muchos kilómetros de distancia, en el palacio de Tikal, un hombre también fue a ver a otra persona que dormía. Entró en su estancia y, mostrando una sonrisa tan cálida como un latigazo en la cara, sólo dijo:
 
–         Ha ocurrido. Ahora sí. El final está cerca.
 

Cuando Sikial llegó a su cabaña, Kukulkán ya se había levantado y estaba practicando con su pelota de caucho. No llevaba puestas las protecciones habituales que usaban los jugadores en el terreno de juego, y que él había decorado con la hermosa imagen de un Quetzal. Decía que tenía que endurecerse. Y, antes de salir a cazar, quería repetir quinientas veces ese saque que tan famoso le había hecho en las canchas de Juego de Pelota de la región. De hecho, sus amigos le auguraban la mejor de las fortunas en el Torneo de celebración del Solsticio de Invierno, que se celebraría en la corte de Tikal el 21 de diciembre, exactamente el día en que Kukulkán cumplía doce años.
 
Unas semanas después del súbito oscurecimiento del cielo, en las que los días habían sido felizmente rutinarios, pacíficos y tranquilos, Sikial y Kukulkán iniciaron el viaje que debería conducirles a Tikal. Un viaje que les decepcionó enormemente cuando descubrieron que a sólo tres días del lugar donde vivían, la selva ya no era tan frondosa, apenas se escuchaba signo alguno de vida y el sol quemaba la tierra hasta provocarle profundas y dolorosas grietas. 
 
El 21 de diciembre amaneció con un sol radiante. Desde primera hora de la mañana empezaron a celebrarse los partidos de Pelota en las distintas canchas que había repartidas en el recinto palaciego. Kukulkán fue deshaciéndose de sus rivales con una cierta facilidad, aunque no estaba acostumbrado a jugar tantos partidos seguidos y, hacia el mediodía, comenzó a dolerle el muslo izquierdo, sobrecargado de tantos pelotazos como llevaba encajados.
 

A medida que el torneo transcurría e iban quedando menos competidores en liza, los supervivientes se observaban y analizaban unos a otros, en busca de las posibles debilidades o carencias de los demás. Aunque, en el fondo, todos sabían que el rival más temible era el único que, de momento, no había participado en ninguno de los juegos. El contrincante a batir era el gran Jun Junajpu, campeón de los últimos años.
 
Por tradición, el campeón sólo tenía que jugar la gran final. Un campeón al que su ya tradicional cinturón de cuero negro le acreditaba como miembro de Verdad Oculta, la facción religiosa más conservadora de los Mayas, intrigante y opuesta al reinado pacífico, abierto y tolerante de Wuqub, el joven monarca que había revolucionado la política de Tikal.

 
Jun se había entrenado con especial dedicación durante los meses anteriores al Campeonato de Invierno. Nunca se le había visto tan tenso, tan concienzudo y tan concentrado en su preparación. Desde que consiguió derrotar al antaño campeón, Kanul, apodado “el Águila”, sólo vivía para entrenar y jugar a ese Juego de Pelota que, más allá de un sencillo deporte, era todo un rito mágico religioso de tradición cósmica.
 
Cuando Kukulkán venció a su último rival, clasificándose para la gran final, el público rugió con vehemencia. ¿Quién era aquel chiquillo, tierno e imberbe, desconocido por todos, que sólo contaba con el apoyo de una hermosa mujer en la banda? Mientras buena parte de los mejores jugadores estaban rodeados por todo tipo de consejeros y ayudantes, aquel niño sólo recibía el cariño y la fuerza que emanaban de los ojos verdes de su madre, dos esmeraldas que refulgían en su noble y patricio rostro de facciones fuertes, serenas e imperturbables. Ojos verdes tan intensos como la selva de la que ambos provenían.
 
Dos horas pudo descansar Kukulkán antes de ingresar en una cancha central repleta de espectadores, expectantes, que le acogieron con una cierta indiferencia. Sin embargo, la pasión se desató cuando, imponente y temible, Jun hizo su aparición en el terreno de juego cubierto con una desafiante capa negra con la que avanzó, lenta y parsimoniosamente, hasta situarse frente al palco de autoridades en el que el rey Wuqub, vestido de blanco riguroso, se hallaba prácticamente rodeado por miembros de Verdad Oculta.

 


 
Todo el mundo sabía lo que la vestimenta negra de Jun quería decir. Era un desafío al monarca que, nada más acceder a su trono, había proclamado que quería llevar a su reino una nueva era de luz y que haría todo lo posible por desterrar un gobierno basado en el oscurantismo y las tinieblas, que había dividido al país y lo estaba empobreciendo a marchas forzadas, en beneficio únicamente de los miembros de Verdad Oculta. 

 


 
Desde entonces, una guerra sin cuartel se venía desarrollando, de forma tan sorda como sangrienta, entre las bambalinas de palacio. Una guerra despiadada cuya batalla más decisiva se libraría en la cancha de Juego de Pelota, cuando las fuerzas del Inframundo se enfrentaran a las de la Luz en singular combate. Y, de acuerdo con las profecías, el día había llegado. Porque la fecha señalada era, precisamente, el 21-12-12.
 
Verdad Oculta, bien conocedora del significado último de las profecías, sabía que su jugador tenía que ganar el Juego de Pelota, abriendo la puerta cósmica al Inframundo y de esa manera, acrecentar su poder. Si no, la siniestra hermandad estaría en grave peligro. Porque, de ganar las fuerzas de la Luz, los habitantes del Centro del país, con su ave mística del Quetzal, conseguirían unir al Águila del Norte con el Cóndor del Sur. Resurgiría un país nuevamente unido para fortalecer el rescate de la auténtica identidad maya, secuestrada por el fanatismo de Verdad Oculta. De cumplirse la profecía, renacerían el arte, la tecnología, la ciencia y diferentes formas de medicina natural. Las auténticas autoridades indígenas volverían al poder y el país entraría en una era de entendimiento, convivencia en armonía, justicia e igualdad para todos.
 
Una nueva forma de vivir. Un nuevo orden social, tiempos de libertad. Un tiempo para caminar como las nubes, sin limitaciones ni fronteras; para viajar como las aves, sin necesidad de pasaportes; para viajar como los ríos, todos hacia un mismo lugar, un mismo fin. Como concluye la profecía: “Es hora de amanecer y de que se termine la obra”.
                         
El Juego había comenzado. Y no iba bien para Kukulkán. Demasiado joven e inexperto, su cuerpo se resentía del castigo al que lo había sometido durante todo el día. La pelota de caucho con la que se practicaba el Juego era dura. Muy dura. Tanto, que la cadera y el muslo buenos del hijo de Sikial estaban amoratados y desollados. Aunque intentaba devolver los golpes con la derecha, no tenía tanta precisión ni fuerza como con la izquierda. Y, aún así, sólo iba tres tantos abajo, 18 a 15, de un total de 21.
 
Sikial pidió un tiempo muerto. Cuando vio llegar a su hijo, con una inequívoca expresión de derrota en su rostro, dos lágrimas aparecieron en sus ojos, pero consiguió reprimirlas. Tenía que transmitirle optimismo y confianza. Le acarició con ternura y, sacando un ungüento que ella misma confeccionaba con diversas plantas que encontraba en su selva, esa selva de la que ella obtenía toda su fuerza y sapiencia, se lo aplicó delicadamente en sus heridas.
 
Con un ajustado e inquietante 19 a 18 en el marcador a su favor, fue Jun quién solicitó el tiempo muerto. Y, de forma imprevista, pidió el cambio de pelota. Fue al lugar en que se encontraban las de reserva, eligió una y se la dio al árbitro, quién tras sopesarla detenidamente, intercambiando una mirada cómplice con el jugador de Verdad Oculta, la dio por buena.

 


 
Al público le extrañó que, estando en un momento tan importante del partido, Jun hubiese hecho un saque tan lento y poco potente. Pero la sorpresa de verdad vino cuando Kukulkán, abalanzándose sobre la pelota para rematar un tanto que creía suyo, nada más golpear el esférico, prorrumpió en un inconsolable grito de dolor mientras la pelota caía mansamente al suelo y el punto número 20 subía al marcador de Jun.
 
Fue necesario que dos personas ayudaran a Sikial a llevar a su hijo hasta el lateral del campo. Tenía tres minutos para conseguir que volviera a la cancha, pero esta vez, no pudo evitar que afloraran las lágrimas. Era imposible que el niño volviera al Juego. La pelota que Jun había puesto en juego era ostensiblemente más pesada de lo permisible y el muslo estaba definitivamente destrozado. Buscó con la mirada al árbitro, pero le encontró departiendo con Jun y supo que todo había terminado.
 
De repente, un rugido volvió a sacudir las gradas y antes de que Sikial pudiera saber qué ocurría, se encontró con que un hombre enorme, casi un gigante, se cernía sobre su hijo. No supo la razón, pero confió ciegamente en él, aunque Kukulkán gritó con desesperación cuando el recién llegado empezó a masajear su muslo herido.
 
Y un nombre empezó a escucharse entre el público, con intensidad creciente ¡Kanul! ¡Kanul! ¡Kanul!
 
Efectivamente, el hombre que se afanaba en la recuperación de Kukulkán era el antiguo campeón, caído en desgracia tras romper con Verdad Oculta. Pero cuando transcurrieron los tres minutos reglamentarios para que los jugadores se reintegraran al juego, el más joven aún estaba tendido en el suelo. Las manos de Kanul, decoradas con la imagen del Águila que tan famoso le había hecho, no conseguían recuperar el músculo dañado.
 
El árbitro se dirigió al centro de la cancha, dispuesto a proclamar la victoria de Jun cuando Kanul, tras explicar a Sikial qué tipo de masaje tenía que aplicar a la pierna de su hijo, se puso en pie y tranquilamente se dirigió a donde se encontraba Jun, sentado, esperando la resolución del árbitro. Se plantó frente a él e, inflexible y gravemente, pronunció las siguientes palabras, que retumbaron en toda la pista central:
 
–         ¡Jun! ¡Eres un gran campeón! ¡El más grande! Hace tiempo me venciste en buena lid y desde entonces, tu dominio en el Juego de Pelota ha sido incontestable. Hoy, un hombre que todavía es un niño, está haciendo historia en Tikal. ¿Cómo quieres que las crónicas reflejen tu más que segura victoria, en el día más importante?
 

Kanul volvió al lugar en que se encontraban Sikial y Kukulkán y siguió masajeando el muslo del atleta. Diez minutos después, éste consiguió ponerse en pie. Y cuando se aprestaba a reingresar en la cancha, Kanul lo rodeó con su poderoso brazo y, señalando al lugar que ocupaba el Rey Wuqub en el palco y, justo después a su madre, quedamente y al oído le dijo unas palabras que nadie consiguió escuchar.
 
Kukulkán volvió a la cancha. Y las crónicas de ese día cuentan que el niño que había abandonado la cancha llorando desconsoladamente, regresó convertido en todo un hombre. Incluso parecía haber crecido varios centímetros. Contaron las crónicas que una especie de aura le rodeaba y le protegía cuando, sin apenas dificultad, respondió a todas las pelotas que Jun le envió, aún cargadas de los más venenosos efectos. El Quetzal que decoraba su cinturón brilló con fuerza y luminosidad. Y así anotó los tres tantos consecutivos que necesitaba para ganar un Juego de Pelota que pasó a los anales de la historia, mientras Sikial y Kanul sonreían, con los dedos de sus manos entrelazados.
 
Jesús Lens Espinosa de los Monteros.
 
(*) Para la ENUMI, esta Entrada Número Mil de Pateando el Mundo, además de escribir un relato y ambientarlo en alguno de los países lejanos que tan me han gustaron; quería usar una de esas historias milenaristas sobre el fin del mundo. La profecía maya del 21-12-12 es radicalmente cierta, aunque la lectura que yo he usado es la más positiva y benevolente. Porque las lecturas más catastrofistas de la profecía señalan  que el 21-12-12 se termina el mundo.
 
Personalmente confío en El Elegido, para que nos salve. Un chavalito que, precisamente ese día, cumple 12 añazos. Este relato va por él. Por nuestro Kukulkán granadino.

Con sus imprecisiones y libres adaptaciones históricas, recuerden que lo anterior es un Cuento y que su autor es un Cuentista. Ni un historiador ni nada semajante. Un Cuentista de tomo y lomo. Y un pésimo fotógrafo, como se acredita con las imágenes que ilustran el Texto.