Traer el nuevo Uclés a esta sección dedicada a la cultura negro-criminal les podría parecer un tanto forzado, pero déjenme que les convenza de su pertinencia desde ya: “A oscuras, pues el fuego de la antorcha se apagó con la nieve, Carvalho se arrodilló e intentó abrazar aquella malla de carne, pero le fue imposible reconocer ninguna parte”. No hay más preguntas, señoría.

Consejo de amigo: vayan a su librería de cabecera, cojan un ejemplar de ‘La ciudad de las luces muertas’, el reciente Premio Nadal de David Uclés, y lean sin disimulo. Estoy seguro de que en Librería Picasso les dejarán hacerlo con total libertad. Para empezar, la cita con que se abre el libro, de Carlos Ruiz Zafón: “El día que se acabó el mundo me pilló en el cruce de la Quinta con la Cincuenta y siete”. Y de inmediato, el prólogo: ‘La sombra a seis mil kilómetros’.
Lean de seguido, de pie y de forma compulsiva las páginas 15 a 21 de la bellísima edición de ‘La ciudad de las luces muertas’ y si ustedes no sienten una necesidad irrefrenable de llevarse puesto el libro, yo ya no sé. No. No es una segunda parte ni una continuación de ‘La península de las casas vacías’, pero es Uclés en vena y por los cuatro costados. Y en este caso, el libro objeto y físico importa.
No les voy a negar que las particulares circunstancias en que he leído esta novela han influido notablemente en las sensaciones que me ha provocado. Y también en algunas que he echado de menos. Pero insisto en el subjetivismo radical de estas apreciaciones.
Horas antes de que mi cabeza fuera a quedarse a oscuras, que me tenían que operar de un tumor cerebral, y gracias a la luz irradiada por una lamparita maravillosa que envidiaría el mismísimo Aladino, me emocioné casi hasta las lágrimas cuando leí una página cuya grafía simulaba una bella letra manuscrita. “Quiero ver la Catedral envuelta en el encanto y el misterio de la noche. En una noche eterna, una noche de los tiempos”. Permítanme que no les anticipe quién escribe esas palabras ni el porqué. ¡Descúbranlo ustedes!
Oscuridad y negritud presiden buena parte de ‘La ciudad de las luces muertas’. Pero entonces tiene que hacerse la luz. En un doble sentido figurado. Por un lado, es necesario que se termine el apagón que ha sumido a la ciudad de Barcelona en una noche eterna, física y metafórica. Pero también es necesario que destellos de luz contribuyan a iluminar esas ominosas tinieblas. Y ahí es donde entran las gentes de las artes y las letras, artistas y poetas que, con su talento y su trabajo, nos dan luz, además del reconfortante calor de su obra.
Ahí es donde eché menos, durante mi lectura, más explosiones de luz y color. Pero insisto en que es un juicio radicalmente subjetivo y, por tanto, injusto: con el cerebro abierto y atiborrado de pastillas, ¿qué quieren que les diga? Pues que ahora amo más a Carmen Laforet, a Ana María Matute y a Mercé Rodoreda. Y ya les contaré un episodio picassiano que compartí con José Enrique Cabrero y del que debemos hablar.
Cuando la lectura de un libro te lleva a recordar otras lecturas anteriores y te invita a descubrir nuevas voces; cuando leer te conecta con tu pasado vivencial, no tiene precio. Con ‘La ciudad de las luces muertas’ me ha pasado. ¡Gracias, David Uclés! Eres más grande que la misma vin.
Termino. Vayan a ver ‘Marty Supreme’, por favor. Y lo hablamos. Que es nada más y nada menos que ‘El buscavidas’ del pingpong.
Jesús Lens




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