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La importancia de ‘Los nombres’

Me quedé flasheado. Estaba en el Garden Plaza, celebrando su décimo aniversario, cuando un chaval alto, espigado y bien guapete me saludó llamándome ‘Carlos’. No. No se había equivocado. Mi nombre completo, en realidad, es Jesús Carlos, como de galán de telenovela. Y si él me llamaba por el segundo, es porque pertenece al entorno más familiar de mi vida. ¡Claro! ¡Era Migue, el hijo de mi Paqui! Hacía mucho que no lo veía y tardé en reconocerle. 

Les cuento este episodio porque estoy noqueado tras la lectura del primer gran libro de 2026: ‘Los nombres’, el deslumbrante debut de la escritora Florence Knapp. En esta novela de inequívoco hálito paul-austeriano, la autora nos permite conocer las tres vidas posibles de una misma persona. Tres vidas que nacen de una decisión capital: qué nombre ponerle. “Un viaje inolvidable sobre la identidad, el destino y el poder invisible de las pequeñas elecciones que marcan toda una vida”, tal y como reza la contraportada del libro, portentoso, publicado por Salamandra y cuya portada está basada en el trabajo pictórico de Eva Navarro, una artista que me fascina desde que la he descubierto gracias a la novela Kanpp.

No voy a entrar en detalles, pero me siento una persona completamente diferente dependiendo de si soy Jesús o si soy Carlos. Para otra gente soy ‘Jésus’, Zus, Chus, Cuate —¡esa maravillosa individualización, los motes y apodos cariñosos de las buenas amistades!—, y hasta Carlitos. Todas esas versiones de mí mismo me gustan y me representan. Lo único es que me quedo desubicado si, quienes me conocen con uno de esos nombres, usan de golpe y porrazo cualquiera de los otros. ¡Hasta el Carlos Jesús de Raticulín y Ganímedes me divierte! Ahora, que antes me daba coraje. 

No es baladí la cuestión de los nombres. Recuerdo un libro de economía alternativa que alertaba del peligro de ponerle a un hijo un nombre con altas probabilidades de arruinarle la vida. Y hace unos días veía un documental en el que explicaban que tener dos nombres propios era muy de asesino en serie. Ya les explico el porqué cuando vuelva a escribir de la novela ‘Los nombres’.

La autora, Florence Knapp, parte de algo muy habitual: la inveterada costumbre de ponerle a un hijo el nombre de su padre, que a su vez es el de su abuelo paterno. Y así, escalando en el árbol genealógico hasta llegar a la Edad Media, si me permiten la exageración.

De ahí el famoso JR o que en la NBA hubiera jugadores como Lonnie Walker IV, con regio aroma a estirpe. Lean ustedes ‘Los nombres’ y la comentamos, por favor. 

Jesús Lens


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