La primera parte de ‘Greenland’ está en plataformas. La segunda, en el cine, en Kinépolis Nevada. Y no siendo ninguna de las dos películas una obra maestra, ambas resultan de lo más interesantes. La segunda, de hecho, me ha gustado más que la primera, que me pareció más previsible.

El planteamiento de base: un cometa se dirige a la Tierra y la humanidad puede acabar como los dinosaurios. Solo que Groenlandia —y de ahí el guiño al presidente de los EE.UU.— se erige como ‘último bastión’ para la supervivencia de nuestra especie por razones que no les desvelaré. Pero no es fácil llegar allí y los protagonistas pasarán las de Caín para intentar conseguirlo. A fin de cuentas, Thule no se construyó en un día.
Ustedes saben que, desde tiempos inmemoriales, soy muy del fin del mundo. En sentido figurado, metafórico y hablando siempre de obras de ficción, que bastante jodida está la cosa ahí fuera, en la realidad. Y siempre que hablamos del tema, sea por culpa de plagas, meteoritos o zombis, acabamos llegando a una misma conclusión: «homo homini lupus”. O, en román paladino: el hombre es un lobo para el hombre. ¡Qué cabrones somos, demonios!

A estas alturas de mi vida y a pesar de la cantidad de libros que he leído y series y películas que he visto con la premisa del ‘vamos a morir todos’; todavía no me he comprado un arma de fuego para defenderme de… bueno, ustedes ya saben. Y aunque es una de las conversaciones recurrentes en nuestras comidas y cenas familiares, mi hermano y yo aún no hemos construido un búnker subterráneo para llenarlo de agua de Lanjarón, botellines de cervezas Alhambra y latas de fabada Litoral. Somos unos preparacionistas y survivalistas de salón; de boquilla y mentirijilla.
Por todo ello me han encantado las dos entregas de ‘Greenland’. Porque sus personajes tienen mucho que enseñarnos. Por ejemplo, a llevar las medicinas imprescindibles siempre encima. Que luego pasa lo que pasa. Y a imprimir los QR, que luego se te acaba la batería del móvil y la lías parda. ¡El papel sigue contando!
Les decía que me ha gustado más la segunda entrega porque en ella está todo, además de tener secuencias muy potentes, como la de Liverpool inundada o el Canal de la Mancha seco y desertizado. Una película de acción y mainstream que, sin dar la ‘charlita’, habla de crisis como las de los refugiados —todos podemos acabar siéndolo— y los e-inmigrantes —ídem de ídem—. Habla de cambio climático, de geopolítica internacional, de racismo y clasismo y yo veo ahí hasta la invasión de Ucrania por parte de Rusia. ¿Será por lecturas?

Insisto: se trata de dos películas de acción muy resultonas con todo lo que podemos esperar de y en ellas. Tampoco es que arda por volver a verlas ni espere desesperadamente las versiones extendidas del director con metraje adicional, pero me han gustado bastante y les animo a buscarlas.
Lo dejo aquí. Se me quedan en el tintero ‘Sirat’ y el corto ‘Disonancias’, de Raquel Larrosa; sobre las minas en el Sahara. A las que hacen ‘boom’, me refiero. También les podría hablar de los 300 muertos, decenas de ellos niños, por un corrimiento de tierras en una mina de coltan en Congo. Pero mejor quedarnos con la ficción apocalíptica que nos plantean ambas ‘Greenland’. Como les decía al principio, la realidad ya es lo suficientemente aterradora. ¡Salud y nos vemos en el cine y en las librerías!
Jesús Lens



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