CONGO. LAS LETRAS DE LAS TINIEBLAS

El 25 de mayo, en IDEAL, publicamos este reportaje sobre el Congo, subtitulado así: “El país más peligroso de África ha sido un imán literario para escritores como Javier Reverte, John Le Carre o Atxaga.” Como inmediatamente leeréis, hoy vuelve a estar de actualidad.

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Congo. Su sola mención ya tiene ecos mágicos, misteriosos y lejanos. Congo. Por mucho que el demente de Mobutu se empeñara en africanizar el nombre del país, cambiándolo por el de Zaire durante su enloquecido mandato, Congo es la denominación histórica con que conocemos un territorio mítico e ignoto que sigue excitando la imaginación de los viajeros y los aventureros de todo el mundo. Por eso no es de extrañar que escritores de todas las ascendencias se sientan subyugados por el fascinante universo congoleño y por su torturada historia, radicando allí sus ficciones más o menos basadas en hechos reales.

(NOTA.- El 3 de Noviembre de 2010 es importante ya que se publica la nueva novela del reciente Premio Nóbel, Mario Vargas Llosa, “el sueño del celta”, con el Congo como protagonista. Para “abrir boca”, esta impresionante galería de fotos del Horror conradiano y unos fragmentos de la novela, AQUÍ.)

Tras Albert Sánchez Piñol y su inquietante “Pandora en el Congo”, el último en hacerlo ha sido Bernardo Atxaga, el escritor vasco que lo ganara todo con la mágica y portentosa “Obabakoak” y que abandonó su Obaba natal para trasladarse, literariamente hablando, al Congo belga que le serviría de inspiración para la sorprendente, inesperada e inclasificable “Siete casas en Francia”.

Los protagonistas de la novela son Lalande Biran, la máxima autoridad en Yangambi, un poeta que, ambicionando amasar una gran fortuna, tiene como auténtico anhelo el volver a la capital de Francia y disfrutar de las tertulias de los cafés parisinos. Junto a él, un ex-legionario bastante perturbado o un soldado servil que quiere hacer carrera por la vía de conseguirle a su jefe las jóvenes chicas nativas, siempre vírgenes, que a éste gusta disfrutar. Y, por supuesto, Chrysostome Liège, un tirador casi infalible cuya llegada a Yangambi precipita los vertiginosos acontecimientos que nos cuenta Atxaga en una novela que, como él mismo señala, “roza la literatura grotesca, el humor negro, lo paródico, que ya es algo que he desarrollado en mis poemas. Yo sé que mis poemas de humor negro son un verdadero impacto para mucha gente así que, al usar este estilo en este libro, pienso “a ver si sucede lo mismo”.

Y es que el Congo impacta. Que se lo digan, si no, a Javier Reverte, quién pudo sentir cómo le rondaba el hálito de la muerte en mitad de la travesía que, entre Kinshasa y Kisangani, realizara en un barco por el Río Congo, uno de los más fascinantes y atractivos caudales de agua del mundo. Y todo ello lo cuenta en la que es, posiblemente, su mejor obra: “Vagabundo en África”, narración en que recrea no sólo su viaje desde Ciudad del Cabo hasta la zona de los Grandes Lagos, sino toda la rica y desmesurada historia de dicha parte de África.

Una historia que encuentra su quintaesencia en “El corazón de las tinieblas”, de Joseph Conrad, una obra maestra de la literatura universal que se condensa en la célebre expresión de Kurtz: “El horror”. Reverte decidió remontar el curso del río centroafricano siguiendo la estela del viaje que hiciera el protagonista, buscando a ese Kurtz al que las tinieblas habían hecho perder la razón y que Francis Ford Coppola adaptaría magistralmente al cine en “Apocalypse now”, trasladando la acción a la guerra de Vietnam.

Otro personaje que tuvo una íntima vinculación con Congo fue el célebre Henry Morton Stanley, contratado por el siniestro rey Leopoldo II de Bélgica para ejecutar sus planes de colonización de una tierra que, gracias a la naturaleza, atesora inmensas cantidades de riquezas naturales, lo que la ha convertido en objeto de una salvaje y permanente explotación sistemática. En la autobiografía de Stanley podemos leer la siguiente entrada, fechada el 15 de agosto de 1879: “Llegué a la desembocadura del Congo. Han pasado dos años desde mi estancia anterior aquí, tras mi descenso por el gran río en 1877. Habiendo sido el primero en explorarlo, me propongo ser el primero en probar su utilidad al mundo. Desembarco a mis setenta zanzibaríes y somalíes, con la finalidad de dar el primer paso hacia la tarea de civilizar la cuenca del Congo”.

Una tarea que terminaría desembocando en un auténtico genocidio, como los imprescindibles libros de Peter Forbath, “El río Congo. Descubrimiento, exploración y explotación del río más dramático de la tierra”, y de Adam Hochschild, “El fantasma del Rey Leolpoldo. Codicia, terror y heroísmo en el África colonial” se encargan de demostrar minuciosamente. Precisamente, el prólogo de este último viene firmado por Mario Vargas Llosa, quién en estos momentos se encuentra trabajando en un proyecto literario sobre este remoto país.

Hubo una vez, sin embargo, en que el Congo pareció ver la luz, entre tantas tinieblas. Fue de la mano de Patricio Lumumba, un hombre íntegro e independiente, elegido democráticamente como presidente del país y que fue depuesto por un golpe de estado inspirado por Bélgica, la anterior potencia colonial. Su tortura y muerte están contadas por Ludo De Witte en un libro tan apasionante como desgarrador: “El asesinato de Lumumba”.

Y, si en época de Stanley y Leopoldo II, las materias primas que se obtenían del Congo eran la madera y el caucho principalmente, la aparición de los móviles y los ordenadores portátiles hizo que dicho país volviera al candelero económico internacional por culpa de un mineral muy exclusivo: el coltan, de cuyas reservas, más del 90% se encuentran bajo el suelo congoleño. Así, John Le Carré traslada allí la acción principal de una de sus más recientes novelas de espías: “La canción de los misioneros” y Alberto Vázquez Figueroa titula con el nombre del mineral uno de sus más conocidos best sellers: “Coltan”. Michael Crichton, por su parte, tituló sencillamente “Congo” a su novela de aventuras africana.

Congo. Una tierra que parece maldita, permanentemente ensangrentada, y en la que, en fin, el célebre Hergé situaría la acción de uno de sus álbumes más controvertidos, acusado de racista y en permanente discusión: “Tintín en el Congo”. Y es que ni con los tebeos ha tenido suerte uno de los más sugestivos, ricos, atractivos, difíciles y demenciales países del mundo.

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.

Y LA MÚSICA DE HIZO IMAGEN

Dejamos la reseña del concierto de anoche, que tras los ensayos disfrutados… resultó igualmente espectacular. Lo que decíamos… música y cine de la mano. Y atentos a la reseña de Las Verdes sobre el 10.000 de hoy, que cumplimentamos a una media de 4,13 minutos el kilómetro. Que ya está bien 😉
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Un servidor, con Mossman y Jesús Villalba, Director del Festival.

Con la Sierra cubierta por las primeras nieves de la temporada, los plátanos de la Carrera de la Virgen cada vez mas desmochados y la Fuente de las Batallas oliendo a castañas asadas, tomada por las casetas de la Feria del Libro Antiguo, arranca la vigésimo novena edición del Festival de Jazz de Granada. Y lo hace con un concierto muy especial: el del Granada Film Project.
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Con las entradas agotadas y un lleno absoluto en la sala, el concierto dirigido por Michael Mossman ha tenido en vilo a los organizadores del Festival hasta el último momento. No es fácil lanzarse a producir un concierto como este. Por la elección de temas, por la complejidad técnica al acompañar la música con los fotogramas proyectados en la sala, por composición de la banda…. Se trataba de tender puentes entre dos disciplinas artísticas tan diferentes como complementarias: cine y jazz. Y, como pasa siempre a la hora de hacer elecciones, por cada estándar elegido, otro buen número de ellos se quedaron en la cuneta.

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La curiosidad que el experimento provoca en los espectadores, rápidamente queda eclipsada por la descomunal fuerza de una música que suena como un cañón y, aunque es inevitable el cuchicheo del respetable, comentando los trozos de película proyectados, la magia del jazz en vivo se impone en la sala.

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Arrebatador el arranque, con el tema de “Anatomía de un asesinato” y los metales hiriendo a la platea, desgarrados, recordando la saña del brutal crimen que reconstruía Otto Preminguer en una película extremadamente valiente.

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De inmediato entra la inconfundible “Round midnight”, que resuena con fuerza mientras las imágenes en pantalla nos hacían recordar al Paris mítico que acogía a los músicos exiliados de una America todavía segregacionista y demasiado puritana. La noche, la bohemia parisina, que dan paso a la claustrofobia del encierro forzoso del protagonista de ascensor para el cadalso, al que Miles Davis puso la ensordinada música de su trompeta..

Cuando arrancan los primeros acordes de “Misty” y el dialogo entre la trompeta de Mossman y Antonio Hart se adueña del Teatro, entre el publico se desatan auténticos escalofríos en la noche y, con la gente entregada, llegan los tórridos acordes y las sugerentes imágenes de “Labios ardientes” antes de un bis con el aroma cubano a Bebo Valdés.

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Un privilegio, esta noche de cine y música, en un concierto único e irrepetible que los afortunados espectadores guardaremos en nuestra memoria para siempre.

Jesús Lens

EL TÍO SAM ANTE LAS CÁMARAS. PARTE II

Subimos a esta bitácora, el día de las elecciones americanas, la segunda parte del reportaje publicado en IDEAL sobre los presidentes americanos televisivos. Así arrancaba “El tío Sam ante la cámara” y, si recuerdan, terminábamos hablando de Bill y Hillary. Por ahí seguimos. ¿Qué les parece la conclusión del reportaje, a todo esto?.

En “Presidente por un día”, en fin, la pareja formada por Kevin Kline y Sigourney Weaver se reían a mandíbula batiente del affaire Lewinsky, la becaria más famosa de la historia, en una sátira que, siendo divertida, no buscaba hacer sangre.

Pero no todo son demócratas en la filmografía presidencial yanqui. En “Ciudadano Bob Roberts”, un impresionante Tim Roberts dirigió e interpretó la historia de un cantante folk que, ataviado con sombrero de ala ancha y armado con una guitarra, se lanzaba a una teóricamente imposible carrera como senador, detrás de la que se agazapaba una trama racista, militarista y económicamente elitista, tal y como descubrió un desconocido periodista. Filmada con la apariencia de documental, la película sirvió para descubrir a un comprometido Robins que, en su faceta como director, rayó a la altura de su ya apreciable carrera de actor.

Pero volvamos a los padres fundadores de la patria norteamericana. Comenzábamos esta semblanza cinéfilo-presidencial habando de una serie de televisión, “John Adams”. En ella, aprovechando que se repasa pormenorizadamente la biografía del segundo presidente de los EE.UU. asistimos a la independencia del país, a la redacción de la Constitución y a las tensiones entre los Estados y el poder central. Y, por supuesto, en todo ello participaron Washington y Jefferson, primer y tercer presidentes americanos, respectivamente.

En “Jefferson en París”, James Ivory ya trabajó sobre la figura de una persona a la que Adams definiera como “una contradicción andante”, posiblemente la figura más interesante, novelesca o cinematográfica de aquella transición económica y política en el Nuevo Mundo. Sobre Washington también hay algunas series y películas, como “George Washington: la leyenda”, en que Jeff Daniels interpretaba al famoso general.


Sin embargo, fue Abraham Lincoln el presidente americano que más proyección tuvo en las pantallas de cine, desde que el mismísimo y pionero D.W. Griffith filmara su apasionante historia. John Ford, por su parte, filmó “Prisionero del odio” y “El joven Lincoln”, basándose en una figura histórica que le apasionaba especialmente. Y, mirando adelante, Steven Spielberg ha anunciado varias veces su intención de revisitar el mito, con Liam Neeson como protagonista.


LA OBSESIÓN PRESIDENCIALISTA DE OLIVER STONE

Ya hablamos anteriormente sobre el asesinato de Kennedy y las repercusiones que tuvo en la sociedad americana. La película que con más lujos de medios intentó arrojar luz al magnicidio de Dallas fue “JFK”, dirigida por Oliver Stone, que se había hecho famoso al ganar el Óscar con su drama bélico “Platoon”.

A través de un ingente reparto coral y de un preciosista ejercicio de montaje, “JFK” es una extraordinaria película que pareció abrir una especie de obsesión presidencialista en su director ya que, después de trabajar sobre Kennedy, Stone ha filmado las biografías de Richard Nixon y del propio George Bush Jr.

Comenzando por esta última, diremos que ya antes de su estreno, “W” viene revestida de una agria polémica, no en vano, el estreno europeo iba a producirse en el Festival de Roma y el mismísimo Silvio Berlusconi ha censurado su proyección. Promete ser, por supuesto, una película que dará mucho que hablar y que nos permitirá a los periodistas derramar litros de tinta.

Tras el fulgurante éxito de “JFK”, Stone fichó a Anthony Hopkins para que le ayudara a componer a un Nixon amargado, alcoholizado y paranoico. Una película oscura, tibiamente acogida por la crítica y a la que el público dio la espalda, quizá porque sobre el famoso Watergate, el listón que pusieron Robert Redford y Dustin Hoffman en “Todos los hombres del presidente” ya estaba demasiado alto.

Y, sin embargo, estos retratos de los políticos en activo resultan de lo más estimulante. En Francia o en Inglaterra, diversos cineastas se han acercado a las figuras de Mitterrand o de Margareth Thatcher. Incluso al de la reina Isabel II. ¿Y en España?

En España nada de esto es posible. ¿Por la baja talla intelectual, moral o histórica de nuestros presidentes? ¿Por cobardía? O quizá pensamos que al público no le interesarían… El caso es que en nuestro país, a lo más que llegamos es a esos documentales hagiográficos y de medio pelo, de encargo, cuyo único fin es ensalzar al personaje de turno, pero nunca analizar las luces y las sombras de sus vidas, públicas y privadas. Lo que en el paraíso del Tomate y la telebasura debería darnos que pensar.

Y, desde luego, por si alguien lo dudaba, la fiebre presidencialista no remite en el país norteamericano: en la nueva película de Philip Noyce, Tom Cruise sería un joven presidente que, a su llegada a la Casa Blanca, se tiene que enfrentar a un singular complot, película que contaría también con la presencia de Denzel Washington.

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.

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EL TÍO SAM ANTE LA CÁMARA

Dejamos la primera parte del reportaje que hoy publicamos en IDEAL sobre Presidentes yanquis y su reflejo en cine y televisión.

Aunque Bush Jr. podría parecer la excepción que confirma la regla, ser Presidente de los EE.UU. ha de resultar tremendamente complicado, estresante y, cómo no, adictivo. Así lo sostiene John Adams en la biografía que le ha dedicado la cadena de televisión HBO y que se ha hecho acreedora un buen puñado de Emmys hace unas semanas: “Cuando se disfruta del poder es muy difícil dejarlo.”

A lo largo de su historia, el cine y la televisión se han ocupado de presentarnos a la figura del Presidente de los Estados Unidos desde muchas y muy variadas perspectivas. Del biopic supuestamente serio, documentado y riguroso, cuyo más reciente ejemplo sería la sensacional “John Adams” interpretada por un ajustado Paul Giamatti en estado de gracia, a las historias de política ficción en que la figura del Presidente adopta una filiación totalmente inventada, aunque alguno de sus rasgos estén más o menos basados en personajes conocidos y reconocibles.

Así Harrison Ford, el rudo presidente que derrota a los terroristas que secuestran su avión en ‘Air Force One’ (1997), ha salido elegido como el presidente cinematográfico que a la gente le gustaría que liderara EE.UU. En segundo lugar aparece otro mandatario de armas tomar: Morgan Freeman en ‘Impacto Profundo’ (1998). La tendencia, en general, es preferir a los presidentes que se enfrentan a duros conflictos en la pantalla. Otros que figuraron en la lista fueron Bill Pullman en ‘Día de la Independencia’ (1996), James Cromwell en ‘La Suma de Todos los Miedos’ (2002), Jack Nicholson en ‘Mars Attacks’ (1996) y ‘Jeff Bridges en La Conspiración’ (2000).

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Realidad y ficción se retroalimentan de tal forma que, sin ir más lejos, parte del éxito de Obama se atribuyó al éxito televisivo de la serie “24” en la que el célebre agente Jack Bauer salva al mundo de diversas hecatombes y atentados terroristas, estando a las órdenes de dos presidentes diferentes, ambos de color, hermanos en la ficción: David y Wayne Palmer.

Hablando sobre el ya conocido como “Efecto Palmer”, el actor Dennis Haysbert sostenía que el hecho de que en una serie del prime time se mostrara a un presidente negro, bueno y honesto, allanó la nominación de Obama, no en vano, el personaje al que interpretaba enseñó “cómo sería América si su presidente fuese un hombre negro, y lo que vieron los espectadores, les gustó.”


Sin embargo, George Bush Jr., el presidente saliente, no ha tenido tanta suerte en su “carrera” cinematográfica. Después hablaremos de “W”, la película que sobre él acaba de filmar Oliver Stone, pero no tenemos más que recordar las célebres y celebradas bufonadas de Michael Moore para sentir una cierta vergüenza ajena de Bush hijo. ¿Le recuerdan en aquella demoledora secuencia, leyendo un cuento en una escuela, cuando le comunican el atentado del 11-S, y su incapacidad de reaccionar hasta que sus asesores lo sacan a escape del aula? Tremendo.


Pero es que, además, al pobre hombre lo han “asesinado” en una controvertida película presentada en el pasado Festival de Toronto. Producido por el Canal 4 británico, “La muerte de un presidente” es un falso documental de noventa minutos en que se cuenta el teórico asesinato de Bush mientras da un discurso en una Chicago convulsa por las protestas contra la guerra de Irak, seguida de la posterior investigación del atentado, relacionada con la llamada Guerra del Terror desatada por el presidente americano en Oriente Medio.

Y es que en Estados Unidos, el tema de sus magnicidios presidenciales ha hecho revelar kilómetros y kilómetros de celuloide, con el asesinato de John Fitzgerald Kennedy como estrella, por supuesto. Son numerosísimas las películas que han tocado dicho tema. Reseñaremos una de las más recientes, “Cita con la muerte”, muy polémica porque defiende la tesis de que el único culpable del atentado de Dallas fue el régimen cubano castrista.

Un asesinato, el de Kennedy, tristemente cinematográfico al haber quedado recogido en la célebre película que Abraham Zapruder filmó con su cámara casera y que ha sido analizada hasta la saciedad por todos los estamentos policiales, judiciales y gubernamentales de los Estados Unidos.

Emilio Estévez, por su parte, presentó su película “Bobby” hace unos meses. En ella se recrean los acontecimientos que desembocaron en el asesinato de otro Kennedy, Robert F., aspirante a conseguir la nominación presidencial. La película cuenta las vivencias de las veintidós personas que estaban en el Hotel Ambassador el día 6 de junio de 1968 en que el senador fue tiroteado. Protagonizada por un impresionante elenco de intérpretes, de Anthony Hopkins y Elijah Wood a Helen Hunt o Demi Moore, la película tuvo una excelente acogida por parte de la crítica, aunque el público no respondió con el mismo entusiasmo.


Quiere la casualidad que Emilio Estévez sea hijo de Martin Sheen (Ramón Estévez, en su galleguiña acepción original), quién, a su vez, ha interpretado a Josiah Bartlet en la conocida y reverenciada serie “El ala oeste de la Casa Blanca”, cuyas siete temporadas han sido acreedoras de tres Globos de Oro y veintiséis Premios Emmy, un récord compartido con la no menos famosa y añorada “Canción triste de Hill Street”.

Lo más destacable de esta serie de televisión es el acendrado realismo con que se cuenta el funcionamiento del gobierno norteamericano, a través de un amplísimo relato coral en que una supuesta administración demócrata queda retratada con pelos y señales siendo, además, extrañamente profética con muchas de las cosas que estarían por venir en el ámbito de la política yanqui de los últimos años.

Pero volvamos a los presidentes reales. En “Colores primarios”, John Travolta interpretó a un político llamado Jack Stanton que, más que parecerse a Bill Clinton, era Bill Clinton. Y Emma Thompson, una más que creíble Hillary. En la película, muy polémica y basada en un libro escrito por un enigmático Anónimo, se cuenta la carrera del gobernador de un estado sureño que lanza a la conquista de la Casa Blanca, para lo que se rodea de un inmejorable equipo de asistentes y ayudantes. Los problemas comienzan, realmente, cuando el candidato deja embarazada a la hija de un íntimo amigo suyo, afroamericano, y el equipo del gobernador ha de ingeniárselas para tapar la historia…

Casualmente y de forma premonitoria, en “Cortina de humo”, dirigida por Barry Levinson, un asesor de la Casa Blanca interpretado por Robert de Niro contrata a un estrafalario productor de Hollywood, al que da vida Dustin Hoffman, para que se invente una supuesta guerra en Albania y, de esa manera, se distraiga a la opinión pública de un escándalo sexual protagonizado por el presidente de la nación.

Y la esposa de Bill, candidata a la nominación demócrata hasta hace unos meses, tampoco sale muy bien parada en la polémica “Hillary. The movie”, en la que presentan de semejante guisa a la paciente esposa del ex presidente: “La senadora tiene una extraordinaria habilidad para ofuscarse, rehusar el responder preguntas, evitar confrontaciones y hasta ahora, ha conseguido pasar por encima de todo ello.” Ilustrativo, ¿verdad?

CONTINUARÁ

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BOABDIL

A lo largo del fin de semana hemos trabajado intensamente en este reportaje para IDEAL, páginas 46 y 47 de la Sección Vivir. Viene firmado por mí, pero sin la ayuda y la colaboración de José Antonio, Jomanalle y Claro, no habría salido como ha salido. Gracias, colegas.
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PD.- Si les interesa la historia, digan en sus Comentarios qué les parece Boabdil, ¿un vendido o una persona valiente y consciente que salvó el patrimonio de Granada, Alhambra incluida? Encuesta en la margen Derecha
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“Llora como mujer lo que no has sabido defender como hombre”. Así ha pasado a la historia Boabdil, conocido como el último rey moro, ése que, a la altura de dónde hoy se ubica Otura, marchando al sur, exiliado, hundido por el peso de ocho siglos de una historia que llegaba a su fin, giró la cabeza sobre sus hombros y exhaló el famoso suspiro que sirvió para bautizar uno de los más conocidos parajes granadinos.


Ahora, un proyecto ha vuelto a poner en candelero la figura del último rey nazarí de Granada. Se trata de la película que Antonio Banderas pretende poner en marcha y de la que ha hablado estos días en Granada, haciendo que el nombre de Boabdil vuelva a protagonizar las conversaciones de las personas de nuestro entorno.

El actor malagueño, que ya tiene escrito un guión para su película y anda buscando financiación para poder rodar la misma en árabe y español, en vez de en ese inglés universal que parece abrir todas las puertas, ha visitado diferentes escenarios históricos de la Alhambra como, por ejemplo, la famosa Puerta de los Siete Suelos en cuyo exterior, Boabdil rindió la Alhambra a los Reyes Católicos.

Pero ¿quién fue realmente Boabdil? ¿Fue el llorica melancólico que ha terminado pasando a la historia o, quizá, hay que estarle agradecido por rendir Granada y la Alhambra de forma pacífica, evitando un innecesario baño de sangre y la hipotética destrucción de los palacios nazaríes en una postrer contienda sinsentido?

Posiblemente, Boabdil fue ambos, pero también fue ninguno.

Porque la historia es, siempre, mucho más compleja de lo que se acostumbra a recordar a través de los tópicos y las leyendas. Así, por ejemplo, todo el tema de la supuesta Invasión de España por parte de los musulmanes y la consiguiente Reconquista por parte de los españoles no fue, ni mucho menos, esa sucesión de heroicas batallas que nos cuentan los cantares de gesta, los romances y las leyendas transmitidas de padres a hijos desde tiempos inmemoriales.

Ocho siglos de historia dan para mucho más que para contiendas, escaramuzas y guerras. Las fronteras de los distintos reinos fueron cambiantes, móviles y, por supuesto, permeables. Las relaciones entre los teóricos invasores y los supuestos oriundos fueron, evidentemente abundantes, feraces, habituales y, en muchos casos, difíciles y contradictorias.

La realidad de la biografía de Boabdil, el Rey Chico, nos puede servir como inmejorable ejemplo de la complejidad de esas relaciones. Aunque no sea momento ni lugar para trazar una completa, ni mucho menos compleja biografía del personaje, hay determinados pasajes de su vida que nos pueden servir para ilustrar la realidad política, personal y familiar de los protagonistas de la historia en los años del final del Al Andalus.

Comenzaremos por reseñar una interesante paradoja: en realidad, las luchas en las que Boabdil puso más empeño y en las que tuvo más éxito fueron, precisamente, las que sostuvo contra su padre, Muley-Hacén, y contra su tío, conocido como El Zagal. Boabdil derrocó a su padre del trono de Granada, aprovechando el descontento de los vecinos del Albaycín por las cargas impositivas con que les gravaba el monarca, contando para ello con el apoyo de los Abencerrajes, por instigación de su madre.

En la historia del Rey Chico, más allá de su famosa frase, Fátima tuvo una enorme importancia. Esposa de Mulay-Hacén, Fátima fue una mujer despechada que nunca pudo soportar que su marido la relegara de su lado, en favor de Isabel de Solís, una hermosa cristiana conversa que adoptó el nombre de Soraya. Aprovechando que el rey tenía la cabeza más en el disfrute de los placeres sensoriales que en la política de estado, Fátima estimuló el descontento popular de los nobles granadinos e instigó a su hijo a derrocar a Mulay-Hacén.

Una vez en el trono, Boabdil luchó con escasa fortuna contra los cristianos, quienes le obligarían a enfrentarse con El Zagal, su tío carnal, y contra los zegríes, enemigos acérrimos, a su vez, de aquellos Abencerrajes. Estas guerras civiles e intestinas fueron parte de la célebre política de los Reyes Católicos, basada en una máxima de probada eficacia a lo largo de la historia: divide y vencerás.

Y es que Boabdil, como estratega y comandante en jefe de los ejércitos nazaríes, demostró ser un auténtico desastre. El 21 de marzo de 1483, los musulmanes habían infligido a los cristianos una severa derrota en la Axarquía malagueña lo que condujo al joven e inexperto Rey Chico, que apenas llevaba un año en el trono de Granada, a intentar ganarse el honor y la gloria a través de una campaña bélica en territorio cristiano.

El objetivo: Lucena, una plaza mal defendida, cuyo comandante en jefe era un joven de diecinueve años llamado Diego Fernández de Córdoba. El 20 de abril de 1483, un muy bien pertrechado ejército nazarí chocó con las sorpresivamente reforzadas murallas de la ciudad cordobesa. La delación de un musulmán granadino hizo que se perdiera el efecto sorpresa del ataque de Boabdil, cuyo ejército agonizante terminó de ser diezmado por las tropas del Conde de Cabra, advertido de las intenciones de los nazaríes.

No sólo se quedó sin su ejército sino que, en la batalla, Boabdil perdió al célebre capitán de Loja, Alí al-Attar, que además era su suegro. Pereció, igualmente, buena parte de la aristocracia granadina y el propio monarca granadino fue hecho prisionero. Aquí es dónde comenzó la total y definitiva caída de Granada.

Porque, para ser liberado, Boabdil aceptó unas condiciones no sólo humillantes por la cantidad de riquezas que tuvo que entregar a los cristianos, sino que, sobre todo, fueron demoledoras para el destino del reino nazarí de Granada: en 1486, el Rey Chico aceptó volver a gobernar, Granada ocupada por su padre en el interín, en calidad de vasallo de Fernando el Católico, pasando Granada a ser reino tributario de una Castilla que se quedó con todos los dominios que correspondían a Muley-Hacén. Además, como ya dijimos antes, Boabdil tuvo que luchar contra su tío Al Zagal y los zegríes.

En los meses siguientes, los Reyes Católicos aprovecharon para avanzar sus posiciones y preparar su cerco contra Granada. En la primavera de 1491 se instalaron los campamentos junto a la vera del río Genil, en lo que poco después se llamaría Santa Fe, y la reina Isabel juró no lavarse hasta que cayera Granada. La suerte estaba echada y aunque las conversaciones con Boabdil hacían presagiar la rendición de la ciudad para la primavera de 1492, los acontecimientos se precipitaron y, al amanecer del día 2 de enero de 1492, Boabdil entregó las llaves de la Alhambra a Don Gutiérrez de Cárdenas, ondeando en la Torre de la Vela, desde entonces, ese pendón de Castilla que simbolizaba el sayón sanguinolento de la Reina Isabel, motivo que inspiraría, tiempo después, el grana y oro de la bandera de España.

Boabdil inició su exilio a las Alpujarras, cuyo señorío le había sido concedido por los Reyes Católicos. Posteriormente, se trasladaría a la ciudad de Fez, donde mandaría erigir castillos de inspiración andalusí y donde fallecería en torno a 1530.

Hasta aquí, las dimensiones bélica y política de la biografía de Boabdil. Sinceramente, no sabemos el tratamiento que Antonio Banderas le ha dado a las mismas en su guión para la película que quiere filmar sobre el último rey musulmán de Granada. De hecho, el único tono posible y razonable para esta historia tendría que ser necesariamente crepuscular. Una visión heroica o elegíaca de la vida de Boabdil resultaría altamente improbable e históricamente de lo más dudoso.

Sin embargo, un tratamiento crepuscular sí que serviría para reflejar el final de una cultura, Al Andalus, que daría paso a otra totalmente distinta. La reivindicación de la dimensión trágica de la figura de Boabdil, uno de los grandes perdedores de la historia de España, sí que haría ganar muchos enteros al proyecto de Banderas. Pero, por lo general, los tópicos del cine histórico, van por otros derroteros…

Ahora bien, ¿qué sería de una película histórica sin una bonita historia de amor? En la vida de Boabdil sólo hubo lugar para una mujer: Morayma, hija de Aliatar, a la que conoció en Loja, de la que se enamoró locamente, a la que convirtió en su esposa y sultana y con la que convivió hasta su fallecimiento, en Láujar de Andarax, durante su exilio forzoso de Granada.

No fue, sin embargo, una relación sencilla. Entre batalla y batalla, Morayma se consumía en soledad. Máxime cuando los Reyes Católicos secuestraron a los hijos de la pareja para forzar a Boabdil a luchar contra su tío y, después, rendir la ciudad de Granada. Así describe el Conde de Benalúa uno de los momentos en los que la pareja se separaba, cuando el monarca partía para la guerra: “Es tradición que Morayma, anegada en lágrimas, vióle partir desde el alto de un torreón, inmóvil, como la imagen del dolor, y no apartó su vista de aquel ejército hasta que los torbellinos de polvo desaparecieron en el horizonte de la vega”.

Paradójicamente, cuando el Rey Chico marchó a su exilio alpujarreño, su vida familiar debió ser especialmente feliz. La familia pudo reunirse y la pareja de monarcas destronados consiguió recuperar a sus hijos. Sin embargo, no duró mucho la alegría. Apenas pasados unos meses de la marcha hacia sus dominios alpujarreños, no sólo falleció Morayma sino que Boabdil se vio obligado a enterrar a uno de sus hijos.

Es más que posible que, devastado por el dolor, el Rey Chico decidiese marcharse a Marruecos e instalarse en Fez, intentando sepultar a base de kilómetros y distancia el sufrimiento provocado por el recuerdo de su mujer fallecida. De hecho, aunque volvió a guerrear y batallar, recuperando un cierto impulso vital en su existencia, jamás volvió a contraer matrimonio con mujer alguna.

Hasta aquí, un breve resumen de la vida de Boabdil. ¿Hay o no hay una historia que contar? Por supuesto que sí. Aunque, para saber si el proyecto es solvente, habrá que atender, sobre todo, al tono que el guión conceda a la figura del Rey Chico. Antonio Malpica, Director del Departamento de Historia, Toponimia y Arqueología del Reino de Granada, considera que el proyecto de Banderas será un acierto siempre y cuando se centre en el declive del reino de Granada y en el final de una época, más que en los avatares de la figura de un personaje que no es sino un gran perdedor. Si el guión presta atención a la realidad social y política del momento, puede resultar una película de lo más atractiva. Si se basa en la mitología sobre Boabdil y nos presenta a un monarca lloroso en las lomas de Otura, el resultado sería mucho menos interesante. Un guión, además, que será examinado con lupa, más allá de lo políticamente correcto. Por ejemplo, ¿estarán bien utilizados los gentilicios que distinguen a los árabes, de los moros y los granadinos nazaríes? ¿Estaremos ante un ejercicio de reivindicación de la Alianza de Civilizaciones, cinco siglos antes de su propuesta ante la ONU? Interesantes dudas e incógnitas que, esperamos, se vayan despejando en los próximos meses.

Hay quién piensa, sin embargo, que la figura de Boabdil no tiene la dimensión humana e histórica de otros personajes que, como León el Africano, serían merecedores de un proyecto de la enjundia del que está preparando Antonio Banderas. El Rey Chico, ni fue un militar brillante que permita reivindicar la dimensión épica de su biografía, ni un ilustrado hombre de letras o ciencias que aportara nada perdurable a la historia de la humanidad. Sencillamente, le tocó vivir una coyuntura compleja, de la que terminó escapando con más pena que gloria.

La sabiduría popular atribuye a los chinos la invención de una célebre maldición: “Te deseo que vivas tiempos interesantes”. Parece que, en el caso de Boabdil, la misma se cumplió a rajatabla.

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.

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