Con Barcelona

Me asomo a las últimas informaciones sobre el atentado de Barcelona, antes de escribir estas notas, y me invade la náusea al leer que ya van trece personas muertas.

Pienso en los muchos amigos que tengo en Barcelona y suplico que no haya ninguno afectado. Pienso en las víctimas, en sus familias, en el terrible dolor provocado por esta animalada.

 

Leo que se busca una furgoneta blanca, que los terroristas están atrincherados en una tienda o, quizá, en un restaurante turco.

 

Y las preguntas. ¿Cómo es posible? ¿Por qué ha ocurrido algo así? ¿Quién es capaz de una atrocidad de este calibre? ¿Qué quieren? ¿Qué buscan?

 

A lo largo de los últimos años se vienen repitiendo este tipo de atentados con una descorazonadora frecuencia. Y lo que más miedo da es que resultan imprevisibles: un desequilibrado, un coche o una furgoneta y se desata el Apocalipsis.

Frederic Amat

Sin bombas, sin explosivos, sin armas. Lo de Charlottesville de hace unos días es buena prueba de que cualquier enfermo, al volante de un coche, se puede convertir en un arma letal.

 

Cuando ocurren barbaridades como ésta, la vida queda en suspenso. Es difícil encontrar las palabras y todas las cosas en las que basamos nuestro día a día cotidiano dejan de tener sentido.

 

Y sin embargo, hay que seguir adelante con nuestra vida. Es la única manera posible de desarmar el terrorismo. De combatirlo de raíz. De vencerlo. Seguir adelante. Seguir creyendo en la democracia y en el Estado de Derecho. Seguir defendiendo nuestras libertades y nuestros derechos. No pensar en tomar atajos.

 

Las vísceras, las tripas piden venganza. En estos momentos de dolor, duelo e indignación, es fácil dejarse llevar por la ira.

 

Resulta esencial apelar a la sensatez, a la calma y a la frialdad de todos los poderes públicos. Es necesario un frente unido, sólido y cerrado en torno al gobierno. Que no se utilice de forma partidista una atrocidad como la de Barcelona.

 

Que el atentado de ayer sirva para hacernos más fuertes como ciudadanos y como sociedad. Ése sería el mayor fracaso de los terroristas.

 

Jesús Lens

  • Arturo Lens

    La expulsión de los jesuitas de España de 1767 fue ordenada por el rey Carlos III bajo la acusación de haber sido los instigadores de los motines populares del año anterior, conocidos con el nombre de Motín de Esquilache. POR EJEMPLO.