Política de vergüenza ajena

Menuda tropa. Parafraseando ‘Casablanca’ y uno de sus diálogos más memorables, “el mundo se derrumba y nosotros nos peleamos”. Se pelean Teresa Rodríguez e Irene Montero como un par de adolescentes, liándola parda en twitter para bochorno propio y ajeno.

O Echenique, que se refiere a sí mismo en un tuit como “mi humilde persona” cuando sabido es y demostrado está que no hay nadie más ególatra y pagado de sí mismo que quien va de humilde por la vida. Me pareció lamentable otra perla tuitera en la que alude a los presupuestos, que Cs se vaya a comer con patatas. Revanchismo, necesidad compulsiva de quedar por encima, el zasca efectista como medida de todas las cosas, mensajes para enfervorizar a las masas…

Recordemos la bronca entre Casado y Abascal y los cuchillos que diariamente vuelan entre Ayuso y su vicepresidente, el pobre Aguado. ¿Cómo van a tener tiempo nuestros políticos de trabajar por la ciudadanía y de hacer algo constructivo, si se pasan el día —y la noche— a palos entre ellos, insultándose, criticándose y zahiriéndose?

Y luego está lo de Granada, donde el divorcio entre Sebastián Pérez y el resto del mundo tampoco es que sea precisamente edificante. Pérez acumulaba cargos en el Ayuntamiento a punta de pala, por los que cobraba un sueldo con dedicación exclusiva. Según manifiesta él mismo, sus compañeros de gobierno le han ninguneado hasta el punto de obligarle a abandonar todos esos cargos, manteniendo solo el acta de concejal y renunciando a ese sueldo tan exclusivista.

¿Podríamos colegir, pues, que Pérez ha estado cobrando una pasta todo estos meses sin pegar un palo al agua? Más allá de los palos que se pega con Salvador, quiero decir.

Mientras batimos récords de contagios por el coronavirus, los hospitales están a punto de petar y nos encaminamos a un posible nuevo confinamiento, ahí les tienen, entretenidos con unas folletaícas que solo les interesan a ellos y a sus hoolligans. De pena.

Jesús Lens

¡Qué vergüenza!

Han colgado todos los capítulas de una tacada, como suele hacer Netflix con sus mejores series originales. Son capítulos cortos, además. De menos de media hora. Normal. Si duraran más, no seríamos capaces de aguantarlos. Precisamente por eso deben ustedes evitarse el atracón y prescribirse a sí mismos la dosis mínima: un capítulo diario de vergüenza.

Vedla. Sufrid. Reíd. Llorar…

“Vergüenza”. Afortunado y esclarecedor título de una serie soberbia, original de Movistar +, que por fin empieza a justificar el pastón que cobra a sus suscriptores, sobre todo, a quienes el fútbol, las motos y los coches nos resultan indiferentes.

¡Por fin una serie de humor, bueno, que escarba en el ser lamentable que todos llevamos dentro, creada, escrita y dirigida por dos cocos privilegiados: Juan Cavestany y Álvaro Fernández Armero, de quien escribíamos ESTO tras su último estreno cinematográfico! Que ahonda en la miseria que nos corroe. Que saca a la luz nuestros trapos más sucios. Como esos calzoncillos con zurraspa. Y que juega con nuestra proverbial torpeza en el entorno digital, como esa monumental metedura de pata en el grupo de WhatsApp del trabajo.

Es España somos muy dados a reírnos de los problemas de los demás. A descojonarnos, incluso, de las miserias ajenas, de sus dificultades y sus meteduras de pata. Pero luego somos muy dignos con nosotros mismos, creyéndonos lo +Plus.

El gran éxito de “Vergüenza” es que Jesús -ya podían haberle elegido otro nombre al personaje de Javier Gutiérrez- y Nuria (igualmente excepcional Malena Alterio) somos todos. Somos usted y yo, apreciado lector. Solo que, por lo general, nosotros somos más avispados -o discretos, tímidos e hipócritas- que ellos. Pero, ¿quién no se ha visto alguna vez en situaciones como las suyas?

Jesús -Javier Gutiérrez, no se confundan- es el perfecto Cuñao, siempre una teoría petarda para darse pisto en cualquier situación. Siempre una explicación, a posteriori, con la que tratar de justificar su idiocia sin límites. ¡Pero es muy buena persona!, como no deja de repetir Nuria, su mujer…

Los culpables…

Poner en el currículum un nivel alto de inglés cuando apenas sabes decir hello, windows y marketing, hablarle a un inmigrante como si acabara del quitarse el taparrabos, hacerse el longanizas a la hora de sacar la cartera para pagar en el bar, mirar un segundo más de lo debido determinado canalillo…

Si ustedes padecieron, a la vez disfrutaban, con el ejercicio de autodestrucción de Jorge Sanz en la primera temporada de la mítica serie de David Trueba, vean “Vergüenza”. Y sufran. Tápense los ojos. Rían. Y después… callen.

Jesús Lens