MI CUERPO ES UNA CELDA

“El mundo no es sino una cuestión de adicción y sustracción.

Todo lo demás no es sino conversación.”

Robert Rossen.

“Cuerpo y alma”

No es habitual que suene el teléfono de mi mesa, en la oficina. Ni el móvil, en realidad. Soy persona de e mails y de SMS más que de conversaciones telefónicas. Era Ángel, con un aviso:

– Jesús, que te espera Manuel Villar aquí abajo.

– Dile que suba, por favor.

– Que no puede. Que tiene el coche mal aparcado y se tiene que ir volando.

Bajé a dar un abrazo a uno de esos tipazos que, por suerte, viven, trabajan y producen en Granada y me encontré con la sorpresa de que venía a traerme el libro de un autor del que llevaba tiempo hablando maravillas: el colombiano Andrés Caicedo.

Tras la alegría por el hecho de que un amigo se arriesgue a que le multen para traerte un libro, lo cogí con reparo. No soy, tampoco, persona de leer libros prestados. Me fastidia no poder pintarrajearlos a mi antojo, aunque luego no los pintarrajee en absoluto, por ejemplo.

Eso sí. El reparo me duró dos estornudos. Me hice con papel y bolígrafo, me tumbé en el sofá y, de dos sentadas, devoré uno de los libros más intensos, enigmáticos y peculiares que he leído en los últimos tiempos. El protagonista único es el propio Andrés Caicedo, un enfermo de cine que, a los 25 años y tras dos intentos frustrados de suicidio, escribió a su madre una carta de despedida que terminaría por ejecutar unos meses después, antes de llegar a los 26.

“Mamacita:

Un día me prometiste que cualquier cosa que yo hiciera, tú la comprenderías y me darías la razón. Por favor, trata de entender mi muerte. Yo no estaba hecho para vivir más tiempo. Estoy enormemente cansado, decepcionado y triste, y estoy seguro de que cada día que pase, cada una de estas sensaciones o sentimientos me irán matando lentamente. Entonces prefiero acabar de una vez”.

A partir de aquí, “Mi cuerpo es una celda” se irá construyendo gracias a las cartas, los artículos y las críticas de cine de Andrés, un tipo hiperactivo, descrito como cinépata, que toda su vida la vive en forma de palabras y fotogramas. Un cinéfilo compulsivo que sostiene tesis tan sensatas como ésta: “Yo podría pasarme los días sin otra cosa que intercambiar títulos de películas y nombres de directores”.

Y declaraciones de principios tan radicales como ésta otra: “Llegué con Luis a la conclusión de que somos débiles mentales, sólo nos interesa una persona en la medida de la cantidad de cine que vea”.

Y es que, en una luminosa revelación, Caicedo llega a una conclusión que podríamos suscribir, palabra por palabra: “La cantidad de horas pasadas en el cine me hizo pensar en que la vida contemplativa ya no es como la describieron los antiguos, en el campo, observando mañanas y atardeceres, etc. el ruido de los pájaros y la pureza de la sangre: la vida contemplativa del siglo XX se encuentra dentro de la atmósfera confortable de una sala de cine”.

Después, su vida se va haciendo cada vez más complicada, luchando por vender guiones, sacar adelante su revista de cine o conseguir editor para sus novelas. Emprende, además, una lucha contra las adicciones y las depresiones. Una lucha en la que Andrés siempre lleva las de perder: “ya no soporto la compañía de las personas, porque implica raciocinio, conversación, y no estoy dispuesto para ninguna de las dos”.

El final del libro está escrito por un admirador de Caicedo que termina haciéndose una serie tan terrible como clarividente de preguntas:

“¿Era Caicedo el Cobain de los fanáticos del cine? O sea que de hecho el cine podía matar. ¿Era la cinefilia una adicción peligrosa? ¿Y no sólo un refugio para cobardes?”

Un libro, “Mi cuerpo es una celda”, que acredita que no hay diferencia entre la realidad y la ficción. Porque el cine y la literatura son la vida. Aunque, a veces, te la puedan quitar.

Gracias, Manolo, por este feliz descubrimiento.

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.

CONEJITOS SUICIDAS Y CABRONES

Vamos con otra de tebeos. Pinché el disco de Salif Keita y, al ritmo del «Tekeré», canción que sí había oído, pero que me fascina, empecé a leer un álbum naranja que, se devora en diez atropellados minutos. No más. Aunque después se vuelve al mismo, para paladear cada viñeta. Despacio.

 

El libro de los conejitos suicidas
El libro de los conejitos suicidas

«El libro de los conejitos suicidas», de Andy Riley es una pasada auténtica. La verdad es que Talía y yo ya alucinamos cuando Lillian nos enseñó dos o tres de las subversivas viñetas que lo componen. Unas auténticas animaladas, en todos los sentidos de la expresión. Y mira que el dibujo es básico y simple…

 En serio: ¡leánlo!

Pero la pregunta es, por supuesto, ¿resulta legítimo descojonarse a lo bestia de un tema tan teóricamente serio como es el suicidio?

 ¿Les hace gracia?

Porque, créanme, Riley es un salvaje que se inventa las formas más sofisticadas, cafres, dolorosas, imaginativas y crueles que existen para propiciar el suicidio de sus conejitos. Y, como en las mejores películas de terror, no puedes evitar mirar unas imágenes que, por un lado, hieren tu sensibilidad, pero por otro, te obligan a no despegar la vista de la imagen.

 ¡Hay que ser retorcido!

Y, además, te llevan a prorrumpir en carcajadas salvajes, políticamente incorrectas como ninguna.

 

¡Quién dijo miedo!
¡Quién dijo miedo!

Y no sé si está bien reírse de algo tan serio como la muerte y el suicidio, la verdad.

 Suicidarse es un arte

¿Qué opinan?

 

¡Ahhhhhh!
¡Ahhhhhh!
¡Diga usted que sí! Eso es arte
¡Diga usted que sí! Eso es arte
La decapitación que a Talía y a mí nos dejó patidifusos
La decapitación que a Talía y a mí nos dejó patidifusos

Jesús Lens, auténticamente acojenado.

TOKIO BLUES

Fue en Navidad, en el aeropuerto de Estambul. ¿Se acuerdan? Así lo contaba: «Como la casualidad existe, después de que mi Alter Ego, José Antonio Flores, glosase las virtudes de Haruki Murakami, en la revista «Qué leer» leí una estupenda entrevista con el autor. Y, hablando esta mañana con una de esas amigas tan necesarias como ya añoradas, me decía: «Lens, tenías que haberte llevado el libro de relatos de Murakami a tu viaje.» Así que me hice con su novela Tokio Blues, ya que no encontré los cuentos. Pero Murakami será una de mis referencias para 2009. Así que me lo dejo pendiente hasta comerme las uvas.»

 

Y cumplí con mi promesa. De hecho, no abrí el libro hasta que, estando en Damasco, la mañana antes de volver a casa, decidí leer unas páginas antes de echarme a las calles de la capital siria, a dar un último gran paseo por una de las ciudades que más me han calado en mi vida. Y pasó lo impensable. Quedándome apenas seis o siete horas de la especialísima, única y deslumbradora luz de Damasco, allá estaba yo en mi habitación, imantado a las páginas de Murakami, como el náufrago que se aferra a un tablón de madera en mitad del océano.

 

«Por eso ahora estoy escribiendo. Soy de ese tipo de personas que no acaba de comprender las cosas hasta que las pone por escrito.»

 

Cuando alguien escribe una frase como ésa, que parece especialmente dedicada a uno, algo te sacude por dentro. Y el comienzo de «Tokio blues», que arranca con una canción de los Beatles y un alma hipersensible que se conmueve hasta la conmoción… te atrapa irremediablemente. Leí del tirón las primeras cincuenta páginas y, después, me obligué a separarme del libro, algo que me costó el mismo trabajo que pedir la cuenta, en un bar, estando en buena compañía.

 

Después, cuando la noche cayó y empecé mi peregrinar, de Damasco a Estambul, seguido a Madrid y después a Granada, con tránsitos y esperas incluidos; ya no me separé de Murakami. Hasta llegar al final: «¿Dónde estaba? No logré averiguarlo. No tenía la más remota idea de dónde me hallaba. ¿Qué sitio era aquél? Mis pupilas reflejaban las siluetas de la multitud dirigiéndose a ninguna parte. Y yo me encontraba en mitad de ninguna parte, llamando a…»

 

Una canción de los Beatles, como la magdalena de Proust, desencadena la cascada de recuerdos de Toru. Y, en una especie de ósmosis literario-vital, los recuerdos parecen traspasarse al lector, quién los hace suyos. Y empieza a vivir las historias de Toru, Naoko o Midori, no ya como si los conociera, sino como si fueran hermanos de sangre.

 

Un libro que posee una extraña capacidad de seducción, que se te incrusta bien adentro, y cuyos paisajes, situaciones y personajes, como el Raskolnikov de Dostoievski, ya nunca te abandonan. Más que verle, sientes a Toru, vagabundeando por ese Tokio sin principio ni final, atractivo, repulsivo, frío, caótico…

 

¿Son todos los libros de Murakami así? No lo sé. Y aunque me prometí que el japonés iba a ser uno de mis autores de referencia para el 220, ahora me da miedo coger otra de sus novelas. No porque piense que me pueda decepcionar. Sé que no. Pero hay que estar muy centrado, muy equilibrado, para que un libro como «Tokio blues» no provoque estragos en un lector medianamente sensible. A nada que te pille en un momento de bajón, te destroza.

 

¿Quién se arriesga?

 

Leer «Tokio blues» es asomarse a un abismo. Un abismo que te devuelve la mirada y te reta a lanzarte al vacío, sin red, a ciegas, sin saber lo que vas a encontrar en él. Pero con el convencimiento de que, cuando vuelvas -si vuelves- no serás el mismo.

 

Repito: ¿alguien se arriesga?

 

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.