Juan Ramón Tramunt

¡El sábado! ¡El sábado vienen Juan Ramón y María Jesús! A presentar la novela «La piel de la lefaa», cuya reseña dejamos aquí y, sobre todo, a charlar con todos nosotros sobre viajes, Marruecos, el Sahara, libros, documentales, películas, etc. Será a las 20 horas del sábado 8, en la Sala de Exposiciones de CajaGRANADA en Puerta Real, a las 20 horas.

La piel de la lefaa

Una inmejorable ocasión de disfrutar de una ilustrativa y excitante charla con personas sabias, buenas y entrañables, como vais a tener la ocasión de comprobar.

 

¿Nos vemos?

 

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La piel de la lefaa

Si ustedes le conocieran, no lo creerían. Es alto. También. ¿Qué pasará en Agüimes para que buena parte de la peña creativa de la localidad canaria tienda a alcanzar los dos metros de altura, como comentamos en el caso de Paco Suárez?

 

Juan Ramón Tramunt es, además, afable, pausado y cariñoso. Un primor de hombre, rebosante de bonhomía y humanidad. Y por eso digo que, si ustedes le conocieran, no lo creerían. Porque, después de leer, en dos sentadas, la primera versión de su novela inédita (de momento), “La piel de la lefaa”, me ha quedado meridianamente claro que Juan Ramón está detrás de todos los acontecimientos que, en las últimas semanas, sacuden los países del Magreb.

Imagino que la CIA, el FBI, la Interpol y hasta el CNI español tendrán un dossier más gordo que lo que solía ser una guía de teléfonos sobre Juan Ramón. Y es que en su novela, en un puñado de adictivos 200 folios que se leen en lo que tarda un avión en salir, despegar, volar, aterrizar y aparcar, explica a la perfección cómo se puede organizar una revuelta de la forma más aparentemente inocua y pretendidamente inocente.

¿Os acordáis del follón que se organizó en los territorios saharauis hace unos meses y que anticipó lo que, después, pasaría en Túnez, Egipto y Libia? Solo que, en Marruecos, la cosa no acabó igual: a sangre y fuego, los alauitas sofocaron la protesta saharaui…

Hace ahora un año tuvimos la ocasión de compartir un viaje con Juan Ramón, el antes citado Paco y otro nutrido grupo de personas, comandadas por nuestro siempre querido y añorado Antonio Lozano. Bajamos hasta Marrakech y, desde allí, cruzando el Atlas, nos adentramos en sur profundo de Marruecos, hasta que arribamos a las primeras arenas del desierto del Sahara.

Entre birra y birra, regateo y regateo, visita y visita… Juan Ramón iba mirándolo todo, viéndolo todo y fotografiándolo todo. Pero, en especial, iba con los poros bien abiertos, captando sensorialmente todo lo que nos rodeaba.

Y, como los buenos escritores, devuelve el contenido de aquellos días al lector, en la novela. Y lo hace de una forma sencilla, transparente y en absoluto artificiosa. En “La piel de la lefaa” no hay exotismo gratuito sino que el paisaje forma parte de la narración, la condiciona y la hace avanzar. Juan Ramón transporta al lector a un espacio y a un tiempo que, por cercanía geográfica, debería resultarnos muy familiar pero que, por separación geográfica es como si estuviera a años luz.

No sé qué editorial tendrá la suerte de publicar “La piel de la lefaa”, pero creedme que estaré muy atento y, en cuanto aparezca, lo haremos saber para que podáis disfrutar de una extraordinaria novela.

Y a Juan Ramón, antes de que los servicios de inteligencia españoles, franceses o yanquis lo contraten para su causa, tan sólo nos queda darle la enhorabuena por haber escrito esta novela. Un privilegio haberte conocido y haber compartido buenos tragos y mejores momentos. ¡No te pierdas, querido Juan Ramón, que seguimos teniendo pendientes esos vinos con aroma volcánico en El Hierro!

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.

MARATÓN DE SEVILLA: DONDE DIJE DIGO…

…Digo ¡Maratón!

«No todo el mundo tiene la suerte

de entender

lo delicioso que resulta sufrir.» 

Katherine Hepburn.

Una actriz, pero también un carácter.

 

 

No es que uno crea mucho en las señales, pero la página 48 de IDEAL del lunes 23-F me sacudió con virulencia. El titular rezaba: «Maratón récord en Sevilla», con una inmensa foto con cientos de corredores, en la salida de la prueba. ¿Recuerdan lo que escribí nada más terminar la Maratón de Sevilla, el pasado domingo?

 

El caso es que de la partida fuimos más de 4.000 atletas. La línea de meta fue cruzada, «sólo», por 2.828 corredores. Mi puesto, el 1.718 y, en mi categoría, el 395.

 

Pero la señal a que me refería está en la margen derecha de la página, en una columna muy estrecha, titulada: «Martín Fiz, a la conquista del Sahara». Y sigue la noticia: «El español Martín Fiz parte hoy como favorito entre los 500 participantes en el IX Maratón del Sahara, en el que sueña con brindar una victoria que alivie el dolor de los refugiados saharauis en los campos de refugiados de Tindouf.»

 

Y apostilla con una frase que se me ha clavado en el alma: «el sufrimiento de los maratonianos siempre será menor que el del pueblo saharaui.»

 

Sufrimiento. Ésta es la clave.

 

¿Saben cómo aguanté desde el kilómetro 25, en que me empezó a doler la pierna izquierda hasta el 33, cuando ya supe que terminaría sí o sí, aunque fuera a la pata coja? Pues apelando al sufrimiento. Me engañaba a mí mismo diciendo que ese dolor, en realidad, no era nada. Que el sufrimiento de verdad, el que me haría considerarme un auténtico Marathon Man, no empezaría hasta el kilómetro 33. Y que el Muro aún me esperaba, algo después, para terminar de ponerme a prueba y saber si, de verdad, era un corredor templado o un simple pisaparques con ínfulas atléticas.

 

Sufrimiento.

 

No hay otra clave para explicar la Maratón. La fiesta de la salida, con miles de personas expectantes, atentos a las pantallas gigantes de televisión, te da un buen subidón. Después sales y tardas unos kilómetros en coger el ritmo. Pero entonces llega la parte fácil de la carrera, en que esos kilómetros caen como churros. Los ánimos de la gente, el entusiasmo de los voluntarios en los puestos de avituallamiento, los pequeñuelos estirando las manos para que los corredores las chocaran…

 

Pero todo ello, esa facilidad, ese aparente relajo, sólo sirven para castigar el cuerpo y dejarlo listo para la esencia de la Maratón: el dolor.

 

Yo ya lo he sentido. Mucho, intenso, concentrado, salvaje. Y decidí no volver a experimentarlo nunca más. Al menos, en otra Maratón.

 

Hasta que he leído lo de Martín Fiz y el Maratón del Sahara: «Es una prueba de marcado carácter solidario, donde los participantes conviven unos días en las distintas familias de la localidad de Smara… y junto a la prueba de Maratón se disputará otra de Medio Maratón y de 10 kilómetros.»

 

Y ya he empezado a soñar. Porque puede ser una inmejorable ocasión para compartir un momento único e irrepetible.

 

Puestos a sufrir, ¿por qué no hacerlo por una buena causa, sirviendo el padecimiento del Maratón para hacer mejor conocida la vida, las circunstancias y la cultura de un pueblo como el saharaui?

 

Ahora mismo, con las piernas agujeteadas en cien puntos distintos y con el femoral destrozado, cuando pensar en correr debería provocarme un sarpullido, habiendo transcurrido nada más que veinticuatro horas después de haber dicho que no, que Nunca mais, que una y no más Santo Tomás… empiezo a pensar que, con una buena excusa, en el lugar apropiado y con las personas adecuadas… podríamos empezar a plantearnos la idea de participar, en un futuro lejano, en alguna otra Maratón… siempre que reúna los alicientes adecuados, claro.

 

Amigos, amigas, Verdes y Verdibles… ¿Qué os parece?… ¿Y sí…?

 

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.

 

PD.- Las fotos que «ilustran» esta entrada dan fe de todo lo que cuento acerca del dolor y el sufrimiento de la maratón, con esas patas espelichás, en expresión de mi amigo Rafa, con los músculos a punto de reventar y las articulaciones tensas al máximo. Imágenes patéticas, en absoluto épicas o heroicas… pero es lo que hay 🙂

 

Y como despedida, este colosal vídeo, enviado cariñosamente por el Blogrredor Gregorio.

 

Impagable.

No dejen de leer otras visiones de la Maratón de Sevilla, en clave Verde. Tenemos «El triunfo de la voluntad», de inequívocas resonancias alemanas, de Antonio «El Padrino»; y «Enganchado al sufrimiento», las Intempestivas Opiniones de mi Alter Ego, Jose Antonio Flores.