Los del veneno

En el proceso de recuperación de mi pie lesionado estoy practicando una actividad que he bautizado como Trotandar: alternar tramos caminando y otros al trote cochinero, procurando no asfixiarme en el intento.

Con el Trotandar he recuperado, también, la sana y creativa afición de buscar ideas mientras practico algo parecido al deporte al aire libre. Y con esa intención salí ayer domingo, a eso de la una de la tarde. Acababa de empezar mi recorrido e iba pensando en el gran MagoMigue y su maravillosa GranHada, cuando llegué a un paso de peatones.

 

Paró el coche que venía por el carril más cercano a mi acera, pero otro que venía más lejos, por el carril opuesto; viéndome más que de sobra y con tiempo suficiente para frenar, hizo exactamente lo contrario: acelerar y pasar él primero, pegándome un susto de muerte.

 

Imagino que, con semejante proeza, el tipo quiso demostrar el peso y el volumen de sus testículos. Supongo que será el clásico cerril que practica el espatarramiento y que, en un bar, siempre habla a un volumen lo suficientemente alto como para que toda la clientela se entere de lo que opina sobre cualquier cosa.

 

Lo peor no fue el intercambio de epítetos que nos soltamos. Lo peor de todo fue que, desde el incidente, todas las ideas que se me venían a la cabeza eran malas, negativas y pesarosas: entré en barrena mental y solo me acordaba de putadas recientes, de mala gente y de peores personas. El domingo, de pronto, se nubló.

Y entonces, pensé en él. En ese tipo que, de un tiempo a esta parte, lo envenena todo con cada aparición. Ese individuo que trata de hacer un show permanente para llamar la atención de sus fieles acólitos. Ese sujeto que utiliza los medios más mezquinos para llevar al barro y enmierdar desde su tribuna cualquier tema que toca.

 

No son las formas. No son los gestos para la galería. No son las provocaciones. No son las esposas que lleva al Congreso de los Diputados. Es el envilecimiento, el odio que genera, Gabriel Rufián, espoleando los más bajos instintos de su gente, apelando al yo animal que todos llevamos dentro. Al xenófobo. Al excluyente. Al descerebrado.

Son los Rufianes de la vida, con su odio, su veneno y su ponzoña; quienes nos separan, nos zahieren y nos dividen.

 

Jesús Lens

Rufián y su cable al PSOE

¡Qué gran cable le echó al PSOE, el pasado sábado, el diputado de ERC llamado Gabriel Rufián! Y, de paso, hay que ver lo complicado que se lo ha puesto a Pedro Sánchez y, más cerca, a José Antonio Rodríguez, el activo alcalde de Jun, y a José Antonio Pérez Tapias.

Rufián

Los dos políticos granadinos han sido defensores muy activos del No es No y, por ende, o bien de unas terceras elecciones o del pacto con, entre otros, los miembros de Unidos Podemos y de ERC. Y de ello hablo hoy en IDEAL.

Ahora, la pregunta que se hacen buena parte de los socialistas, es: ¿y con ese tipo es con el que queríais sondear una posibilidad de gobierno progresista y del cambio? ¿Con él y con la chavalería de Unidos Podemos que le aplaudió y dio palmaditas en la espalda? ¿Esos son los compañeros de viaje que buscabais?

Rufián aplausos

Una manera como otra cualquiera de desviar la atención de la abstención que permitirá gobernar a Rajoy. O, al menos, intentarlo. Pero es que Rufián se lo ha puesto muy fácil con una intervención más propia del Club de la Comedia o de la barra de un bar que la tribuna de oradores del Congreso de los Diputados.

Que sí. Que es inadmisible el halo de corrupción que rodea al PP e incomprensible la confusión programática e ideológica en que se ahogan los diferentes PSOEs que hoy son. Pero que, con su discurso zafio y faltón, Rufián ha dado un balón de oxígeno a los miles de socialistas que no sabían dónde meterse tras la abstención.

Sánchez: ¿destino Podemos?
Sánchez: ¿destino Podemos?

Porque Rufián pertenece a otro partido que, dependiendo del lado del Ebro en que sitúe, defiende una cosa y, a la vez, la contraria, sin que le duela en prendas apoyar a esa otra derecha, nacionalista y conservadora, igualmente manchada por la sombra de la corrupción.

Y estas son las incongruencias que alejan cada vez a más gente de la política. A la vez, estos discursos zafios, mentirosos, hipócritas y en blanco y negro, agitan a los fieles acólitos que, anulada su capacidad de razonar, insultan y golpean a quienes no piensan como ellos.

Malos tiempos para la política. Por culpa de los corruptos, por supuesto, pero también por los violentos que no dudan en poner en práctica métodos fascistas para aplastar las opiniones e ideas contrarias a las suyas.

Jesús Lens

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